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jueves, 8 de noviembre de 2012

RELEER A BÉCQUER

Gustavo Adolfo Bécquer




RELEER A BÉCQUER


A Pilar Sánchez Pérez.


Por Ricardo Llopesa


           

Con mucha razón Pedro J. de la Peña es su artículo "Bécquer y el antisistema del Romanticismo" (República de las Letras, 127, Madrid, abril-junio 2012, pp. 81-85) sostiene una postura de desacuerdo con la crítica que desde siempre ha colocado a Bécquer dentro del listón de poetas Románticos, cuando debería de ocupar un lugar aparte dentro del panorama literario, por su escritura y su estilo que le confieren una voz personal, creador de su propia escuela dentro del grupo de poetas de su tiempo.
            A partir de Bécquer hay un antes y un después. Con él la poesía adquiere otro tono, un tono que sólo él sabe dar en la poesía castellana de la época. Entre 1860-70 en España se produce un giro poético en torno a la poesía de Heine desde que Augusto Ferrán (1835-1880), tras su estancia en Alemania, publicase en España las Traducciones e imitaciones del poeta alemán Enrique Heine en 1861, en El Museo Universal de Madrid. A propósito del libro La soledad (1861) del mismo Ferrán, escribió Becquer que se trataba de poesía: “natural, breve, seca (…) que hiere el sentimiento (…) desnuda de artificio”.
            Este movimiento español coincide con los Parnasianos franceses de Théophile Gautier y Banville, quienes instauran el verso breve y leve, similar a Heine. Luego pasará a los poetas latinoamericanos, Martí y Gutiérrez Nájera, prefigurando el Modernismo. Pero en España ha faltado un estudio más detallado que permita configurar una teoría sobre aquella época de transición, donde figuran una serie de poetas considerados menores, pero que dieron un paso más en la busca de un cambio poético, como Antonio de Trueba y su Libro de los cantares (1852), precisamente el año en que Gautier publica en París Esmaltes y camafeos; Rosalía de Castro con Cantos gallegos (1863), la más conocida; Ventura Ruiz Aguilera en Armonía y cantares (1865); Melchor de Palau y sus Cantares (1866), y José Puig y Pérez con Coplas y quejas (1869), por poner un ejemplo.
            En la América española se le imitó, se pretendió plagiarle, pero todos los intentos fueron vanos. El más adelantado de sus discípulos fue Rubén Darío.
            Como afirma Pedro J. de la Peña, a Bécquer hay que restituirle su dignidad y colocarlo en el lugar que merece como poeta español de transición entre el siglo XIX y el XX. O lo que es lo mismo, es el poeta que disuelve el Romanticismo para adentrarse en las primeras manifestaciones del Modernismo.
            Por esa época muy pocos poetas españoles y americanos iban en busca de una forma de expresión nueva, donde lo flexible y breve fuese la razón de cambio. En 1876 Manuel del Palacio dio a luz por primera vez unas traducciones de Carducci en Letra menuda. Luego fue Rubén Darío quien se iluminó de luz becqueriana tras imitar a Bécquer en un conjunto de poemas, titulado "Otoñales", luego ampliados y publicados en libro, en Santiago de Chile en 1886 titulado Rimas, dos años antes de Azul... (1888).
            Rubén Darío estaba tan empapado de Bécquer que el mismo epígrafe de su primer libro lo delata como uno de los primeros lectores que supieron ver en Bécquer la perspectiva de una poesía distinta de los poetas románticos españoles.
            La fama que alcanzó Bécquer en el nuevo continente llegó a límites insospechados. En Santiago de Chile se convocó el “Certamen Varela” (La Libertad Electoral, 28 de junio de 1887) con seis temas a desarrollar. Uno de ellos convocaba a los poetas de esta manera: “Tema segundo, poesías líricas, una colección de (doce o quince) composiciones inéditas de poesías del género sugestivo o insinuante, de que es tipo el poeta español Gustavo A. Bécquer.”
            Este documento es prueba de la importancia de Bécquer. La organización del premio recalca que los poetas han de presentar: “poesías del género sugestivo o insinuante de que es tipo el poeta español Gustavo A. Bécquer”.
            Queda claro que hay en Bécquer un estilo y un tono personal que dista mucho del Romanticiasmo que le precedió y de los poetas de su tiempo, de quienes se distancia para ser acorde con una nueva poética que le saca del grupo romántico. Pero hay una razón más que le hace ser distinto de los demás: no se parece a nadie, ni imita a ningún poeta de la lengua. La suya es una poesía solitaria que destaca en el páramo de aridez de la poesía española por su flexibilidad y síntesis de contenido.
            Si pudiéramos comparar a Bécquer con algún poeta de su tiempo, ése sería Banville en Francia, Heine en Alemania y el poeta gaélico Ossián, que por entonces estuvo de moda en toda Europa, después de que un tal Macpherson (1736-1796) tras ser rechazado por los editores británicos se convirtiese en impostor asegurando haber encontrado poesías inéditas del poeta Ossián del siglo II. Influyó sobre Goethe y Heine, también en Bécquer y lo mismo puede decirse de Rubén Darío. En España se conoce desde que su nombre apareció en un artículo inédito en un periódico madrileño en 1788 refiriéndose a la primera traducción de Alonso Ortiz.
            Dicho todo esto, debería valorarse la importancia de Bécquer en su papel de ruptura con el Romanticismo y analizar ese paso adelante de su poética que camina hacia el Modernismo. Para comenzar deberían los historiadores y críticos sacarlo del polvo que lo sepulta entre ese más que largo movimiento de los poetas románticos, con quienes sólo tiene que ver la afinidad de la lengua, para poner en su sitio el papel privilegiado que merece como uno de los poeta modernos que se mueve dentro del grupo de precursores del Modernismo.