En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



viernes, 30 de noviembre de 2012

APUNTES SOBRE POESÍA ESPAÑOLA

Escultura de Ricardo Llopesa





APUNTES SOBRE POESÍA ESPAÑOLA



Por Ricardo Llopesa




            Llevamos medio siglo esperando el resurgir de la poesía en forma de nuevo Siglo de Oro o al menos que iguale a la generación del 27, pero ese poeta o esos poetas nuevos todavía no han llegado. Leíamos los suplementos literarios de los fines de semana y cada semana surgía la voz que estaba por llegar y a la semana siguiente la anterior era superada por un nuevo nombre, hasta que dejamos de creer en falsas promesas comerciales y terminamos por abandonar aquellas lecturas insólitas.
            Llevamos 500 años repitiendo el mismo soneto y el mismo metro, hasta el punto de parecernos aburrido por repetitivo en su forma y vacío en su contenido. La poesía en general ha caído en el tedio. No por falta de ideas porque las hay. Lo que falta es coraje para abandonar la forma clásica, siempre la misma, repitiendo el mismo metro endecasílabo desde los tiempos de Boscán como si fuese el único. Repetimos también la idea porque no existe, nace muerta y en el poema permanece como una pirueta o juego de palabras que comunica lo menos esencial de la existencia como puede ser lo fatuo. Es una cuestión de formación. Estamos saciados de clasicismo y tradición. El tema del metro ha enraizado tanto en la cultura poética que quien se mete a poeta difícilmente puede salir de la tradición. La métrica del endecasílabo se ha convertido en religión y de allí no salimos porque algunos de nuestros grandes poetas han logrado excelentes sáficos o troqueos.
            En cuanto a las ideas, estamos atados de pies y de manos. Con el siglo veinte hemos presenciado la vuelta de lo metafísico y trascendente, hasta el punto de que la poesía habla de aquello que está al margen de la idea crítica, social, humana, personal o íntima, encubierto todo por un velo de misterio que deja el poema velado o enterrado en la oscuridad. No faltan ideas, lo que pasa es que el poeta tiene miedo a exponer sus propias ideas, políticas, religiosas, morales o personales. La poesía del discurso preciso ha desaparecido por la poesía de tesis. Los caminos están cerrados. A finales del siglo XIX, en 1892, un guatemalteco que vivía en París editó en Madrid un libro de hai-kus que fue el primero en nuestra lengua corrigiendo a Octavio Paz, quien afirma que fue el mexicano Juan José Tablada. Mucha de la poesía actual está muy cerca del hai-kus para alejarse de su propia identidad.
            Para comprender el problema hay que retroceder, ir más atrás, hasta los tiempos de Boscán y Petrarca, donde nace el estigma que heredamos. España no tuvo Reforma, no pudimos elegir el camino de la libertad. Tampoco tuvimos una reforma literaria en el tiempo en que Luzán publicó una de las métricas más avanzadas de su tiempo, "La poética" (Zaragoza, 1737), donde defiende claramente la tesis de que los poetas deberían escribir metros variados, al margen de los endecasílabos. Pero ningún  poeta lo leyó o no le hizo caso. Lo cierto es que cuando Moratín regresó de su exilio lamentó ver la decadencia que padecía España. Estas palabras suyas podrían aplicarse a la mayor parte de nuestra producción literaria actual: " La poesía lírica toda era paranomasias y equívocos, laberintos, ecos, retruécanos y cuanto desacierto es imaginable. En el género sublime: hinchazón, oscuridad, conceptos falsos, metáforas absurdas". No hay desperdicio. Según Moratín nadie siguió "la doctrina y el ejemplo de la Poética de Luzán".
            Todo esto quiere decir que en la época de Luzán se escribieron poemas ajustados al rigor de la gramática, pero muy alejados de la búsqueda o la ruptura, con muchos abusos que la convirtieron en disparate, como las falsas verdades, muy alejadas de la realidad, a través de laberintos anudados unos a otros, produciendo ecos o rimas de eco en el interior del poema. Se usó mucho como novedad el abuso de los retruécanos, esos juegos peligrosos de la palabra que maneja con habilidad el contenido de la oración alterando sustancialmente la idea. Este exceso, por supuesto, daba origen a la hinchazón del poema, la oscuridad y el caos. El mensaje era mesiánico, pero con despropósitos apoyado en conceptos falsos producidos por la imaginación, a través de metáforas absurdas abiertas como flores, por lo general estrambóticas, lo que para la época parecía ser el hallazgo del poeta. En poesía no se puede mentir. En su poema García Lorca habla de que tiró limones al río y quedó color de oro, a lo que un crítico venezolano comentó que el poeta estaba equivocado porque el limón es verde. Los dos tenían razón porque según el país el limón cambia de color.
            Llegado el momento de una nueva renovación literaria con el Modernismo los poetas dieron la espalda, con la excepción de unos pocos que produjeron frutos excelentes como Valle-Inclán, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Era la hora de la modernización de todas las lenguas cultas de Europa, pero los poetas entonces representativos, todos ellos los hombres mayores de finales del XIX, vieron aquello como un fenómeno devastador encabezado por un indio (Rubén Darío) en busca de laureles que daba al verso un golpe como ahora el rock. Don Juan Valera dijo que ya estaba bien de influencias francesas, que ya habíamos tenido mucha. Unamuno dijo que en lugar de europeizarnos los españoles tenían los europeos que españolizarse. Tuvimos un 98 más preocupado por la moral cristiana que por el porvenir de la lengua y el lenguaje literario.
            A la sombra de ideas todavía caducas entramos en el siglo XX. Si el 27 surgió fue gracias a poetas como Juan Ramón y Antonio Machado que habían experimentado en sus propias carnes el Modernismo y la dosis de libertad de pensamiento para guiar los primeros pasos de una poesía que no se ha repetido.
            El problema tiene dos cabezas: el problema de la forma y el problema de la idea. Pero el problema principal lo arrastramos nosotros en los prejuicios infundidos por la moral cristiana que nos enseñó desde niños el respeto a lo viejo por sagrado, con tal de mantenerse intocable e inamovible, a la par del ejército. Nos ha faltado la fuerza suficiente para revelarnos contra unos principios caducos, también porque el control sobre las ideas ha sido un papel que ha desempeñado la iglesia y el estado. Los programas de educación y comunicación de ideas han sido siempre manipulados por los mismos. Carecemos de ideas propias. Los señores encargados de mutilarnos la libertad de ideas son los mismos desde hace medio milenio. Nuestra cultura está en crisis desde que nació, hija de la religión y el feudalismos, y no hemos hecho nada por cambiar el curso de su historia. Bécquer ocupa el mismo lugar de romántico desde que se le ocurrió al primer gramático, pese a su poesía moderna que nada tiene que ver con el listón de poetas del Romanticismo, ni su escritura breve, rota, con el sello de otro ritmo y tono.
            A la hora del Modernismo nuestros poetas no estuvieron atentos a los cambios que la literatura experimentaba en Europa. La religión no estaba para reformas ni permitir la entrada de ideas vanguardistas y libertinas. Rubén Darío ha sido leído hasta la saciedad, sus poemas han sido declamados y se sigue leyendo. Pero la crítica literaria es una en España y otra en Latinoamérica. A partir de él, en América surgió un cuadro de escritores que han escrito verdaderas obras literarias. En España la crítica oficial, entiéndase por oficial los guardianes de la censura, nos han ofrecido un Rubén Darío hueco y vacío, que habla de princesas y príncipes que no deben interesarnos. El modernismo en España, a nivel de manuales y libros de texto, significó la poesía superficial y preciosista. Por el contrario, Darío fue un poeta social que supo envolver de belleza la miseria humana. La princesa del poema “Sonatina” de Prosas Profanas no es tal, es una joven encerrada por sus padres entre oros, prisionera de sus sueños y que no alcanzará la libertad hasta que no pase a otras manos seguras que será su príncipe azul. Es una crítica al machismo imperante en la época. El título del libro es sacrílego para la época: se refiere a las prosas que durante la misa se leen o cantan después del aleluya, y en lugar de ser sagradas son profanas
            Azul..., el primer libro del modernismo, de 1888, es un alegato contra la miseria, pero envuelto en una estética de belleza tal que nada tiene que ver con el contenido. Pero desde la estética de la belleza hasta lo más horrible como el hambre, todo parece bello en el libro.
            Este arte de tejido imbricado entre lo uno y lo otro —forma e idea— fue lo que faltó en España, no se leyó o se leyó poco y mal entre los poetas. Leer el Modernismo tiene sus principios como leer a Quevedo. Es el caso de Borges. Aleixandre llegó a la poesía tras descubrir a Darío en una antología que le regaló Dámaso Alonso.
            Nos ha faltado valor para romper con las ideas preconcebidas porque desde niños hemos aprendido la única lección en el cuaderno de la moral y el respeto al pensamiento de los mayores, hasta el punto de que hemos nacido viejos. ¿Dónde está la juventud?
            Cuando Rubén Darío publicó en Madrid su célebre poema la “Marcha triunfal” en la revista El Álbum, el 2 de junio de 1899, los jóvenes ultraconservadores que estaban al frente del periódico madrileño Gedeón, el 14 de junio, doce días después, publicaron el poema en verso libre “La Marcha triunfal del pedrisco”. Un ataque burlesco que da origen a la difamación que cobró importancia con el paso de los años, hasta el punto que a la muerte del poeta en 1916, el papel de disolución de su prestigio era evidente.
            El proceso de exterminio de una poesía culta había dado comienzo. Se echó mano de mucho desecho. Lo principal era eliminar el pensamiento crítico y potenciar la espiritualidad disfrazada de pensamiento filosófico. De esta manera la propagación de la idea nueva llegó a través de manuales y publicaciones que llegaron hasta los pueblos más remotos de la geografía.
            Aquellos jóvenes apasionados, defensores de la soberanía del cristianismo escribieron sin darse cuenta y por primera vez el verso libre, que por libre no es permisible aún hoy. A ello contribuyó uno de sus más fervientes defensores que publicó el Tenerio Modernista (1904) un libro exageradamente ridículo que tuvo la virtud de convertir el castellano en una jerga incomprensible. Las misiones religiosas lo llevaron por el mundo hispánico como escudo contra el modernismo, de tal manera que en Nicaragua pronto se dio un poema titulado “Chinfonía burguesa” y en Rayuela de Cortázar, que no tiene nada de clerical sino de literato, figura un capítulo que copia su estilo. En españa sus huellas son muy visibles, casi directas, aparece en el Gregerismo (1910) de Gómez de la Serna, y más tarde en el movimiento que tomó el nombre de Postismo (1945) al frente de Chicharro, Carriedo y Ory.
            Sin ideas claras no se puede dar la poesía. Con la llegada de la Dictadura se implantaron en España nuevamente las ideas del 98. Su teórico más liberal, José Ortega y Gasset, defendió la teoría del buen burgués sentado en el sillón de la aristocracia. De entonces a hoy hemos padecido el mal de la oscuridad, con la excepción de los grandes poetas. El problema es más grave de lo que parece a simple vista. Hace medio siglo se decía: "Cuando muera Franco surgirá la buena literatura". Murió Franco, llegó la democracia y con ella la libertad pero la poesía nueva no da visos de moderna ni de nueva.
            El asedio contra el modernismo fue incesante. Se contaron más de una y mil sátiras todas a cual más irrisorias sobre la figura de los modernistas y el movimiento, principalmente en torno de Rubén Darío. Uno de los fieles seguidores del modernismo, Juan Ramón Jiménez fue apodado “lilista”. Con la Dictadura el terreno fue favorable a su aniquilación y la poesía se escribió bajo el control de la censura que poco a poco fue convirtiéndose en autocensura, y con ella la libertad quedó aniquilada o autoaniquilada.
            Los poetas de los años 50 cansados de la dictadura (Blas de Otero, Zelaya o José Hierro) escribieron una obra coherente y de calidad que alcanzó eco más allá de las fronteras, pero la dictadura se empeñó en formar todo un aparato de destrucción a través de los críticos de mayor difusión, y los lectores terminaron por aceptar la etiqueta de panfletarios, que fue la manera de definir el discurso marxista. Por otra parte estaban los poetas de la sobrevivencia (José Luis Hidalgo, Caballero Bonald o Brines) que tenían que acatar a regañadientes los principios del Movimiento Nacional, a través de una poesía íntima, ligada a la pena de aceptar la resignación. Pero todos escribieron de rodillas entre el fusil y el Cristo. Hay nombres muy destacados que sobreviven hasta nuestros días. Fue el movimiento más brillante después del 27.
            Con la llegado del grupo de poetas del 70, llamados los novísimos, se cierra el siglo XX, se avanza en las formas más que en el fondo y se le supone un movimiento con similitudes parecidas al modernismo en lo formal. Con ellos la poesía española recobra vigor, son los verdaderos estetas de la palabra, pero todo ese enorme esfuerzo ha tenido pocos continuadores porque los poetas españoles posteriores a ellos todavía siguen a Lorca y a Miguel Hernández, quizá porque la calidad la miran a través de la tragedia. Fue un movimiento que se puede codear con los poetas del 27, nació del inconformismo de Gimferrer y alcanzó su cúspide con la poética de Jaime Siles. Quizá un día alguien resucite la poesía de todos ellos y la etiquete como una renovada generación que todavía no ha terminado de dar sus mejores frutos.
            Como podemos apreciar los poetas españoles del siglo XX han sido unos verdaderos artífices de la forma, pero no del pensamiento o las ideas, que es lo que el poeta deber ser, un conductor de la palabra y las corrientes del pensamiento. La autocensura dura más allá de la dictadura porque la censura es una marca o un sello impreso en la mente de quien escribe. Hay libertad formal, pero no compromiso de ideas. El mensaje político, la crítica o el inconformismo social son temas vedados, como el aborto, el sexo o la religión. Es como si el poeta viviera en el mejor de los mundos dando su canto a la primavera o a las cosas más tribales, de espalda a la realidad, cuando la misión del poeta es dejar un testimonio social de su tiempo.
            Puestas las cosas así debemos reconocer la carencia de una poesía en verso libre, totalmente liberado del verso libre métrico que ya hizo hace más de un siglo el poeta boliviano Ricardo Jaimes Freire. Además de libre esa poesía debe establecer una lucha de equilibrio entre la palabra y el contenido en busca del ritmo, pero que sea libre como el rock, sin un principio establecido que nuevamente conduzca a lo monocorde como en el verso métrico. Cada poeta podría tener su propio ritmo, que es como decir su propio tono, lo que caracteriza y distingue a un poeta de los demás. A la vez, cada poeta debería tener su propia temática y desarrollarla según la capacidad de fuerza de esa idea, lo arraigada que esté en él o la convicción con que la exponga. Ese sería el mayor reto de la poesía española, pero resulta difícil porque el poeta tiene que ser sincero y, después de haber padecido una educación de ocultamiento es casi imposible ser sincero.
            La crítica de Moratín sobre los excesos de la poesía del siglo XVIII: “paranomasias y equívocos, laberintos, ecos, retruécanos y cuanto desacierto es imaginable”, así como la “hinchazón, oscuridad, conceptos falsos, metáforas absurdas", sigue viva. Urge la reflexión de los poetas, tenemos poesía pero carecemos de un gran poeta con voz original que nos guíe. Hasta ahora quienes han trabajado la forma han creado filigranas talladas en palabras pero ha fallado el contenido. La uniformidad ha agotado el discurso y el discurso ha quedado agotado en su monotonía.
            El reto está en la reflexión. Nuestra poesía vive alejada de sus propios conflictos, al margen de la sociedad, la niega y los lectores la rehuyen. El Hip-hop, el Rap y las letras de sus canciones están a años luz de nuestra poesía todavía rebozada de clasicismo intolerante, rancio por viejo, en estado de caducidad como las teorías métricas de Petrarca.
            Cuando las generaciones nuevas salen de las aulas de la Universidad lo hacen nutridas de ideas viejas, ya caducas, impregnados del autor sobre quien escriben el mamotreto de la tesis doctoral, y el ciclo vuelve a comenzar. Esperemos que las nuevas generaciones, nacidas en otro tiempo y bajo circunstancias distintas, puedan darse cuenta de esta realidad y reaccionar a tiempo. Es una frontera difícil de establecer porque las aulas terminan por ser la misma repetición año tras año y mientras los sagrados conductores del pensamiento sigan manipulando los hilos de la libertad de pensar seguiremos escribiendo poesía de modorra y bostezo.