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sábado, 17 de noviembre de 2012

LA “SONATINA” DE RUBÉN DARÍO ES UNA INTRIGA SOCIAL

Ricardo Llopesa




LA “SONATINA” DE RUBÉN DARÍO ES UNA INTRIGA SOCIAL




Por Ricardo Llopesa


Rubén Darío debe la fama que goza aún hoy en día gracias a su poesía de juventud llena de simbología y preciosismo, como si con él el arte se derribase a través de un abismo de sueños y sirviese para consagrar dos de sus libros más experimentales y sorprendentes: “Azul...” y “Prosas profanas”, obras donde la influencia parnasiana y simbolista es evidente.
A pesar del brillante legado crítico que posee la literatura española Rubén Darío sigue siendo un autor oscuro y malamente leído aún por aquellos que se precian de cultos. No es un problema nuevo, es un problema que ha existido incluso en vida del poeta, unas veces por incomprensión, incompatibilidad estética y ética, que es como decir por falta de afinidad entre los sentidos del cuerpo y el alma; otras, porque el lenguaje del poeta se hacía de difícil acceso en el legado de sus contemporáneo, que es el problema que subsiste hasta hoy.
Suele decirse de Darío que es un poeta de lo efímero, lo precioso y hueco porque muchos temas que cultiva están relacionados con contenidos de hadas, princesas y sueños. Quienes así piensan tienen razón al decir de Darío que es un poeta de la fantasía más que de la realidad. Es cierto. Cuando leemos su poesía tenemos la sensación de sentir que es un poeta de una época que no es la nuestra, evoca paisajes exóticos, una cultura que nos resulta extraña y no es nuestra. Realmente, la poesía de Darío no tiene nada que ver con la poesía tradicional en lengua castellana, pero también es cierto que los contenidos de su obra tienen un planteamiento de gran hondura, que a veces no está al alcance de nuestra cotidianidad como lectores.
Leer a Rubén Darío en el siglo XXI --ya lo era en el XX-- supone que debemos tener antes unos conocimientos amplios que escapan a nuestra cultura y nuestra tradición. Darío es poeta extemporáneo y llegó a nuestra lengua como un extraterrestre, fue el nuevo Colón americano, nacido en Nicaragua para conquistar el territorio de nuestra lengua, infundirle vigor, nuevas alas para ser libre y volar. Ese es el problema central de una parte de la poesía de Darío en torno de “Azul...”, pero principalmente de “Prosas profanas”. Antes dijimos que el primero tuvo influencia parnasiana y el segundo simbolista. Y he aquí el problema de la cuestión.
¿Qué fue ser parnasiano y qué ser simbolista? La cuestión es más compleja porque estos planteamientos de los movimientos literarios franceses surgieron paralelos a los cambios políticos, económicos y sociales de la sociedad. Fue ante todo una pose, una postura de plantarse frente a las nuevas ideologías de cambio que eran burguesas y capitalistas, con las armas de un pensamiento revolucionario, combativo y abiertamente anarquista porque el papel del artista en ese momento adquirió el rango de su propia devaluación. La polémica que plantearon los parnasianos al separarse de los románticos por incompatibilidad frente al exasperante sentimentalismo dominante, supuso el inicio del cambio mediante una literatura abierta a la frontera de los símbolos, la plasticidad y la armonía de la forma que desde Homero retornaba con todo su ímpetu, siguiendo los moldes y modelos de la nueva burguesía surgida con la llegada del segundo imperio de Luis Felipe de Orleans, cuando se impuso el lujo y el esplendor como modelo de vida privilegiada.
Los artistas contemporáneos no fueron ajenos a ese fenómeno y si bien fueron contrarios al arte nuevo que implantaba el capitalismo, ellos mismo como artistas inventaron un nuevo mercado de consumo para las clases altas, un producto donde esa sociedad se encontrara reflejada. La literatura y todas las artes sufrieron las consecuencias de ese cambio. Se daba un paso adelante para que surgieran los cambios, debido al desmoronamiento que padecieron los principales pilares del arte tradicional. La poesía se concibió bajo la aparente libertad de la forma y la amplitud de los temas; pasando del campo a la ciudad, como en tiempos de Villón, para dejar atrás los temas rurales e incorporar los motivos sorprendentemente modernos del mundo de la ciudad llamado civilizado y agregar otros tomados de la vida de países exóticos como la China o el Japón.
A esta poesía parnasiana, conocida por su descripción estatuaria, siguió una réplica por incorporar la parte del espíritu que aquellos habían dejado de lado, a modo de protesta contra el lenguaje convencional del realismo que representaba la poesía burguesa. Es así como surgió el simbolismo que venía a ser la representación de la subjetividad y la metáfora de la palabra. Ellos dieron un vuelco a la significación del lenguaje convencional, infundiéndole una autonomía que nunca antes había tenido la poesía. Fue un trabajo de hilanderas, entre ellos los Baudelaire y Verlaine, tejiendo palabras impregnadas de representaciones simbólicas entre la realidad y el sueño, entre la objetividad y la subjetividad, dando como resultado una visión diferente del poema, que constituyó una verdadera revolución en el campo de la literatura.
En ese contexto aparece el joven Darío con un cuaderno de notas en la mano y el espíritu de leer a los franceses; más que leer, devorar; aprehender de ellos lo nuevo, aquello que no estaba en el desgastado uso de nuestra vieja lengua. Como anotador fue un excelente pendolista. Dio a la luz su célebre “Azul...” donde el mérito se lo llevan los cuentos porque cada uno de ellos desarrolla una de las tantas corrientes literarias que por entonces estaban de moda en la prosa francesa. No obstante, los poemas de “El año Lírico”, a pesar de tener todavía la influencia de Víctor Hugo y el molde español, son una buena muestra de poesía nueva. El cambio, sin embargo, llegó con la segunda edición publicada dos años después, en 1890, donde figuran una serie de sonetos que por la forma y el contenido rompen definitivamente con la poesía al uso durante varios siglos.
La novedad consistió en escribir otro soneto, con métrica diferente, de doce, catorce y diecisiete sílabas, y una nueva nomenclatura léxica.
La poesía en lengua castellana se situaba así a la par de las reformas emprendidas en Europa y entraba en el contexto de las literaturas contemporáneas. Pero España no aceptó los contenidos de la reforma porque veían en el castellano de América un apéndice de la literatura peninsular, incapaz de superar los modelos clásicos españoles, que eran quienes hasta entonces habían establecido el patrón y las normas literarias. No podía, pues, dársele carta de naturaleza a un poeta que venía de un país que no era ni México ni la Argentina, que eran quienes gozaban de credibilidad. Eso sí, Darío disfrutó entre los escritores españoles del afecto y la amistad, pero su literatura fue mirada con recelo, a regañadientes, por no decir con menosprecio. La prueba está en que ninguno de los escritores españoles de prestigio adoptó al menos algo de esa reforma ni elogió a través de la crítica los libros modernistas, a excepción del estudio de Valera sobre “Azul...”, cuando no le conocía. Pero otros como Clarín por el contrario fueron duros y asediaron sin cesar lo nuevo que surgía. El problema estaba en los orígenes oscuros de Darío, por venir de un país todavía primitivo. Recuérdese el comadreo que encubrió el chisme elaborado entonces “de Guatemala a guatapeor”, con el fin de ningunear la desigualdad social.
Tampoco podemos olvidar que los españoles veían a las culturas amerindias con desprecio y como razas inferiores. Ahí está el debate significativo entre españoles y criollos (hijos de españoles en América) a quienes se les denegó la nacionalidad española por el único delito de no haber nacido en el suelo de sus padres. Es contradictorio. El caso Darío es similar. Los académicos españoles no podían aceptar las reformas emprendidas por un indio porque estaban reservadas a ellos. Es un conflicto de identidad. También de soberbia. Y desde la perspectiva actual, de segregación racial, no cabe la menor duda. Recuérdese que España, desde la expulsión de los árabes y judíos, ha sido el único país europeo que hasta hace poco había cerrado sus puertas a la inmigración. Esa arrogancia española, alimentada por la soberbia del pasado, un tanto o muy machista, que se proyecta desde el espíritu dominante de los conquistadores lo que conlleva el poder imperialista, configuró una personalidad de prepotencia y orgullo nacional.
Cuando España, a finales del XIX, pudo optar por la reforma literaria conducida por Europa se oyó la voz antirreformista de Unamuno y su generación proclamando que era Europa quien debía españolizarse, en lugar de europeizar España. Es un signo irreversible de orgullo. Nuevamente sonaban las campanas de la Contrarreforma. Poco antes de la muerte de Darío, España seguía sin admitir la existencia del modernismo. En su “Métrica española” de 1908, Mario Méndez Bejarano renuncia a estudiar las formas del modernismo, de quienes escribe que: “representan la descomposición, la agonía, tal vez el definitivo ocaso de una raza”. ¡Es mucho! Todo apunta a problemas de identidad. Si Darío hubiese sido español las conquistas del lenguaje habrían sido tomadas en consideración hasta el elogio y el rumbo de la literatura española se habría visto favorecido.
Esa ruptura provocada por el modernismo en el seno de la tradición española se ha visto dentro de España como un distanciamiento de lo americano con respecto de lo español, por el hecho de venir el cambio de un poeta hispanoamericano y por contra no haberse dado ese cambio con igual intensidad en la península. Lo cierto es que el modernismo se extendió por Latinoamérica por el hecho de que Darío publicó sus primeras obras en Santiago de Chile, El Salvador, Guatemala y Buenos Aires, donde despertó inquietud entre los más jóvenes. En España también surgió el mismo espíritu entre los jóvenes pero fue contrarrestado por el puritanismo literario de los mayores cuyas críticas llegaron al insulto y lo soez. Juan Ramón fue blanco de ataques. En España surgió más bien, con mayor coherencia una corriente contraria, una Contrarreforma a la reforma que se había emprendido en Europa. Consistió, simplemente, en seguir dentro de la tradición. Hubo de esperar la llegada del 27 cuando las vanguardias llevaban varios años operando en Europa y aún en Latinoamérica para que los poetas españoles subieran al carro de la modernidad. Eso les llevó a retomar el modernismo. Pero la experiencia duró poco porque llegó la guerra civil en el 36 y tras la victoria del franquismo se eliminó todo residuo de renovación del mapa literario, imponiéndose el pensamiento conservador del 98.
Con esto también tengo que decir que este punto de visto ejerce su propia presión sobre un lector de Rubén Darío, debido a los prejuicios que todavía subsisten en el sustrato intelectual aún entre profesores de estudios básicos y medios. Pero, también hay que decir que actualmente existe en España un formidable equipo de especialista en Literatura Hispanoamérica que imparte su conocimiento en las Universidades y son quienes contribuyen a formar una juventud sensible a los problemas dentro de los límites de la tolerancia y la comprensión.
La postura española de separar la misma lengua en dos corrientes diferentes supuso en su momento rechazar la naturaleza de renovación de la propia lengua en la península y por tanto de la tradición literaria, cuya necesidad de renovación se remonta al Renacimiento cuando se italianiza; pero también recordemos la influencia gala de Berceo en “Los milagros de Nuestra Señora”, que para el caso es lo mismo. Lo importante para la lengua de Cervantes fue el milagro de la resurrección, porque a partir del modernismo el castellano se transformó en algo más dinámico y vivo, consiguiendo trasladar el centro del castellano de Castilla a Hispanoamérica, que desde entonces se ha convertido en el pulmón del idioma. Esa situación fue desfavorable para los jóvenes escritores peninsulares que se han visto forzados a trabajar con un lenguaje entre la tradición y la modernidad, que mira hacia adelante pero sin quitar la vista del pasado.
Toda esta información agobia al lector aún tratándose de lectores cultos. Todavía más, si tenemos en cuenta que ese grado de capitalismo surgido a través de una nueva burguesía y un estado complaciente no fue posible en España, donde se vivió una de las crisis más agobiantes tras la invasión napoleónica, la pérdida de las colonias y la crisis económica que acarreó todo esto durante el siglo XIX. Fue sin lugar a dudas el siglo más oscuro de su historia.
Este mapa de la ubicación, tanto de la literatura como de la sociedad, nos permite comprender los procesos de la mente del artista de finales del XIX y nos ayuda a interpretar su arte. Darío no fue ajeno a esa coyuntura, asumió el compromiso y lo cumplió. Trajo cisnes de Versalles, príncipes y princesas rodeados de servidumbre, abatidos en su soledad y prisioneros de su propia abundancia. También conoció el Chile de la más alta burguesía, amurallada por la miseria de Santiago, en palacios de mármol y lujo que competía con el de la capital de Francia. Conoció la miseria, la marginación y el desgaste humano de vivir en una sociedad avasalladora. Comió arenques ahumados como los pobres y contempló el derroche que dejaba atrás la riqueza. Un hombre así, decepcionado de su propia miseria, no podía elegir el preciosismo de lo hueco sino lo precioso de la sociedad para mostrar su lado hueco.
He aquí el problema que encuentra el lector de Darío. En primer lugar, el exceso de belleza induce a pensar que el objeto del poema es la estética cuando en verdad es el cascarón que encierra la nuez. En segundo lugar, el lector configura en su mente una estructura de país de los sueños, cuando en realidad ese país existe y tiene nombre, se llama Santiago de Chile o Buenos Aires, donde se edificaron palacios al estilo de los franceses y lo habitaron personajes distinguidos como príncipes y princesas de los cuentos de hadas. Cuando Darío llegó a Santiago se quedó deslumbrado. No era para menos.
Rubén Darío era un provinciano. A su llegada a Chile vestía un saco viejo y estrecho con un solo botón, un pantalón que le quedaba corto por encima de los zapatos y una maleta de madera desgastada por el tiempo. Venía de su Nicaragua natal, un país todavía metido en las entrañas del pasado, donde se vivía como en la época colonial con tradiciones inamovibles porque no se conocían otras diferentes. El León de Darío, como la capital Managua, las viviendas estaban desnudas hasta de luz eléctrica y agua potable, y también lo estaban de elementos accesorios relacionados con el lujo. Debemos tener en cuenta que el lujo es una necesidad y un producto de consumo de los sistemas de economía desarrollada. Así pues, el concepto de ciudad que tenía Darío estaba lejos de ser el esquema que se encontró en Chile. Ese encuentro, como es natural, produjo en el joven poeta un impacto de cambio que afectaría su visión personal de la realidad. Es seguro que le costó asimilar tanta grandeza, sorprendente e imponente, hasta el punto que el fausto empequeñecería su espíritu de visitante, sobrecogiéndolo, empequeñeciéndolo, porque el hombre consciente de su pasado, de lo que deja atrás, sabe distinguir la diferencia entre lo conocido y lo nuevo descubierto. Se convierte en mirada de sorpresa.
Con ese ánimo se encontró Darío en un Valparaíso comercial y dinámico, moderno y centro de la economía, y más tarde en Santiago, donde fue amigo del hijo del Presidente de la República, Pedro Balmaceda Toro, quien le abrió los brazos y con los brazos las puertas del Palacio de la Moneda y lo introdujo en el centro mismo de una de las aristocracias más rancias y orgullosas desde la colonia. En ese meollo de sofistificación que genera mecanismos de conducta nuevos como la pose y los amaneramientos, más bien para marcar la diferencia con respecto de los demás, seguramente Darío se encontró como un extraño entre amigos con hábitos burgueses, nuevos para él, hábitos adquiridos, opuestos a la personalidad simple y llana del hombre provinciano. Con esto quiero decir que la personalidad de Darío tras su llegada a Chile tuvo que deglutir de prisa no sólo las nuevas costumbres sino la convivencia en un medio totalmente diferente, incluso hostil. Pues una sociedad desarrollada es agresiva, establece cánones de inferioridad e intenta lesionar en el otro lo que tiene de más vulnerable. Como poeta y como extranjero, Darío sufrió en Chile la violencia racista, el apodo ofensivo de “indio triste”, condensando en esta expresión la afrenta del racismo, la segregación de “indio” y el tono despectivo de inferioridad en el adjetivo “triste”. Hay pues razón para pensar los motivos por los que no regresó a Chile.
Pero ese no fue el único problema que tuvo que afrontar el joven poeta nicaragüense. A esto hay que agregar los ultrajes que padeció reiteradamente por parte del director del diario “La Época”, donde trabajó y cuyos oficios figuran reflejados en la marginación que sufre un poeta en el cuento “El rey Burgués”. El resultado de ese sufrimiento diario fue un librito de doloras, lleno de espinas y sensibilidad, titulado “Abrojos”, publicado unos meses antes de “Azul...”.
En los cuentos y poemas de “Azul...” hay una reflexión sobre lo que fue el poder económico de la burguesía chilena. Darío como poeta no podía quedar al margen de un fenómeno sorprendente como el auge del capitalismo al estilo europeo en el país austral, pero en un círculo muy reducido de la sociedad. Eso es lo que se lee en “Azul...” y también en “Prosas profanas”. No son libros autobiográficos sino con referencias del contexto social de la época.
El prejuicio que pervive sobre la obra de Darío data del pasado, de la época de finales del XIX cuando España elaboró todo un ideario de crítica y asedio contra el modernismo y por ende contra el propio Darío. Tanto españoles como literatos conservadores latinoamericanos tuvieron un concepto similar en su crítica al modernismo, por cierto equivocada, como movimiento tomado de lo que en esa época se llamó literatura “decadente”, que era como decir que la literatura estaba en crisis, corrompida y degenerada. La obra “Degeneración” de León Bloy contribuyó a extender ese concepto erróneo que encontró adeptos entre las mentes conservadoras. No se podía comprender que la poesía se escribiera mediante un procedimiento irracional de la palabra y las ideas, dando como resultado un concepto moderno, a través de la representación simbólica de los sentidos, lo que abriría el camino hacia las vanguardias.
No obstante, quienes así pensaron también deseaban para la legua su preservación y continuidad, pero también el avance hacia la grandeza que esperaban de su futuro. Fueron los dos caminos hacia donde se dirigió la literatura de España y de América, a finales del siglo XIX.
Bajo el conjunto de esas influencias escribió Darío en Buenos Aires los poemas de “Prosas profanas”. Había madurado enormemente, había asimilado correctamente los usos y abusos de la sociedad, de lo contrario no habría llevado al poema la esencia de la época. Darío traslada al papel el testimonio de su tiempo. La misión del poeta consiste en dejar un legado de verosimilitud de lo vivido, lo observado y analizado. Para Sainte-Beuve la literatura estaba unida a la vida del escritor, a su realidad histórica, al mundo en el que vive. Lukas va más allá, al compromiso que debe adquirir el escritor frente a la realidad de su época: “Para el artista, el contexto con el tiempo y con todo lo que eso implica, es un problema intelectual y moral extremadamente serio; tiene el deber de tomar posición sobre los grandes fenómenos de su época”. Darío asumió ese compromiso a lo largo de su vida. En unos textos es más evidente que en otros, pero siempre está presente la cuestión social, quizás por la influencia que recibió en la adolescencia del Víctor Hugo libertario y el Montalvo combativo.
Hasta ahora hemos hablado del aspecto externo que caracterizó a la sociedad del modernismo, pero nos falta referirnos al lenguaje de la época utilizada por la literatura para poder comunicar la transformación del mundo moderno.
Como dijo Octavio Paz, el modernismo creó su propia sintaxis, un nuevo código sintáctico que amurallaba la diferencia con respecto del lenguaje tradicional, alejándose de los moldes prefabricados por los modismos y la retórica de las imágenes consabidas. Se pretendía comunicar ideas nuevas con un lenguaje también nuevo. Esto creó un conflicto entre seguidores y detractores porque despertó admiración donde, por otra parte, levantó iras. Difícilmente un lector acostumbrado a leer sin ninguna dificultad puede acomodarse a un lenguaje más complejo que hacía uso de extranjerismo y vocablos arcaicos junto a neologismos, con la finalidad de enriquecer el vocabulario.
El poema dejó de tener la estructura del discurso a modo del romance tradicional para trabar la concentración de la idea, por agrupación, no por dispersión. La estética de la belleza, recuérdese el postulado de parnasianos y simbolistas, utilizó un determinado vocabulario seleccionado de acuerdo con la moda del nuevo Renacimiento de la burguesía. Esto suponía a la vez alejarse radicalmente del cuadro descriptivo manejado por la tradición y enfrentarse, tanto el poeta como el lector, a ese nuevo código sintáctico. A los poetas atrevidos sedujo el experimentalismo; sin embargo, en los más viejos produjo rechazo. Aquí reside otro problema para el lector poco familiarizado con las vanguardias; pero, como dijo Adorno: “Sólo mediante la técnica se actualiza en la poesía la intención del contenido”.
Otro problema que encuentra el lector es el retroceso progresivo del Yo, el distanciamiento de la conciencia individual en favor de la identificación con las fuerzas masivas de la sociedad. El poeta se convierte en protagonista de la historia al introducir su pensamiento y su mirada en el seno de la sociedad sobre la que se inspira. La inspiración romántica se convierte en mirada realista, aplica el sentido crítico y objetivo; pero el lenguaje en que desdobla esa realidad no pertenece al realismo sino a la irracionalidad de que habla Bousoño. Es el instrumento moderno de la poesía que transforma el lenguaje bajo el efecto de la forma estereotipada del discurso. Baudelaire fue el primero en trabajar varios niveles de imágenes alegóricas y visionarias que tenían por finalidad llegar a esa irracionalidad del poema. Es una actitud del artista frente a la sociedad en la que vive y por la que siente rechazo, oponiéndose al arte que inaugura el mundo capitalista, siguiendo la teoría de Ernest Fischer. En ese caso, el poeta moderno regenera el lenguaje infundiéndole nuevos valores y así nace un nuevo orden estético. Es el punto de vista de una época como dice Mounin: “Cada época escribe la historia partiendo de un punto de vista”, y el modernismo tuvo el suyo, el que le tocó trazar.
Todo este discurso no nos conduciría a ninguna parte si no es para afirmar, como decíamos antes, que para muchos lectores Darío es un poeta de lo efímero. lo precioso y hueco.
Una reelectura de la “Sonatina”, uno de los poemas más denostados de Rubén Darío, podría servirnos para reconstruir una reflexión sobre la visión humana del poema, y llegar a la conclusión de por qué el lector piensa que es un poema lleno de preciosismo y contenido hueco. El poema ha sido un clásico como ejemplo de mal gusto por su manierismo y decadentismo. Pero, también nos servirá para comprender que esos conceptos, desde ningún punto rechazable, forman parte de un criterio personalizado y una crítica ligera sin tener en cuenta una serie de factores que influyeron en la elaboración del poema.



Rubén Darío





SONATINA

La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ah! La pobre princesa de la boca de rosa,
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir por el sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de Mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que Abril!

--Calla, calla, princesa --dice el hada madrina--,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor!

Cualquier lectura, toda lectura es superficial, nos lleva a la conclusión de estar ante un poema de contenido frívolo. El tema es simple, casi no existe. El poema termina donde comenzaría un texto tradicional. Y el lector tiene la sensación de encontrarse encerrado en un laberinto de palabras, bellamente expresadas, que actúan en función de la estética y la redundancia de la idea.
En realidad, el poema está escrito con una segunda intención. “Sonatina” no es un poema al uso tradicional ni discursivo. Por el contrario, su estructura es fragmentaria, tanto la idea como la forma que la encierra, a fin de comunicar la polisemia del mundo moderno, su fragmentación producida en el seno de la sociedad, la familia y el trabajo, pues la heterogeneidad de la sociedad se refleja en el arte. Lo que menos importa es el contenido; lo imprescindible es la atmósfera que teje el lenguaje, la descripción minimalista y el impresionismo de los símbolos. Se crean planos variables de la realidad y la ilusión, lo real aparente, el gusto por el contraste, por la paradoja y lo ambiguo. Es un procedimiento que procede del Barroco, donde fue imprescindible el formalismo de contenido insignificante y un refinamiento aparentemente estéril, con el propósito de comunicar un resultado estilístico. Para Hatzfeld, en su teoría sobre el fusionismo, es una tendencia a unificar en un todo una serie de pormenores dispersos.
El concepto del poema se convierte así en una representación artística que rara vez evoca una realidad inmediata. Más bien, representa una realidad evocada, un conjunto de símbolos visionarios, codificados por aglomeración para intensificar la idea central del poema.
En este caso, el tema es la descripción en tercera persona de una princesa que padece de depresión. Desde el primer verso el poeta comunica la ansiedad que padece su personaje: “La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?”
¿Por qué una princesa? Darío por entonces sabía lo que no debía escribir. Después de “El fardo”, su único cuento naturalista, comprendió que su manera de pensar y sentir comulgaba más con las teorías experimentales de la imaginación que con las teorías del realismo o el naturalismo. También, se dio otro fenómeno en el último cuarto del siglo XIX que influyó en Darío. Fue la moda de los cuentos fantásticos, cuando se rescató la obra de Madame d’Aulnoy y Shakespeare, y los cuentos y poemas se poblaron de personajes mágicos. Pero hay una tercera vía que influyó en Darío. El encuentro con la riqueza chilena y argentina, su elitismo y distanciamiento de las clases populares.
La princesa del poema de Darío es prisionera de su opulencia, está encarcelada en su propio palacio y suspira por la libertad. Es un tema que preocupa a Darío en su juventud. El problema de la libertad aparece en el cuento “El pájaro azul”, donde Garcín, el personaje, se suicida para alcanzar la libertad por medio de la muerte. En otro cuento, “El palacio del sol”, la protagonista, una adolescente, se libera viajando a través del espacio, gracias a una hada. Es un tema fantástico que cuestiona los conflictos de la adolescencia.
Antes dijimos que no es un poema discursivo. Esto quiere decir que retrata un instante. Es como una fotografía. Apenas se ve a la princesa, y cuando el poeta nos la presenta ofrece de ella pinceladas a modo de pintura impresionista. Realmente, en este poema Darío aplica una escritura de estilo impresionista, ya utilizada para describir algunos de sus cuentos de “Azul...” En ningún momento se la describe. No obstante, el lector la imagina, configura su imagen y su espacio: “está triste”, “no ríe”, “no siente”, “ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,/ ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata”, “está pálida”.
“Sonatina” está dividida en ocho estrofas de seis versos. Cada una de las cuales elabora su propia atmósfera y su propio espacio escénico, configurando una estructura autónoma. Es un poema escrito mediante la técnica de la concentración. Cada estrofa delimita un tiempo concreto, describe el entorno físico y psíquico que rodea a la princesa. En este entramado, descrito mediante la fragmentación, con frases cortas, cargadas de simbolismo y colorido (“boca de fresa”, “silla de oro”, “el triunfo de los pavos-reales”, “vestido de rojo, piruetea un bufón”...), el lector percibe una descarga de imágenes suntuosas y de un pasado majestuoso. Se queda con la impresión sensorial, pero no capta el trasfondo del poema, porque la fuerza de las palabras y los símbolos desgarran la sensibilidad del lector, desplazándolo de época y se queda como impávido, con la idea de los objetos, la mirada objetiva, anulando su conciencia subjetiva.
“Sonatina” es un poema de extraordinaria concentración. Cada estrofa vale por un poema. Son independientes, pero están íntimamente conectadas. Una somera mirada a través de los contenidos puede darnos una idea de su unidad y secreta comunicación: 1. Descripción del estado físico de la princesa; 2. Descripción del palacio y de la inquietud espiritual de la princesa; 3. Punto de vista del poeta; 4. Descripción subjetiva del estado de conciencia de la princesa, que desea la libertad; 5. La princesa renunciaría a sus bienes a cambio de la libertad; 6. La princesa se siente prisionera de su riqueza; 7. Punto de vista del poeta sobre la libertad, y 8. Liberación de la princesa, a través de una hada que la conduce a un “feliz caballero”.
El esquema es simple pero su estructura compleja con alusión al mundo de ostentación del Barroco. Traduce el gusto por la decoración rica, es espectáculo fastuoso, un arte de exuberancia y de intenso poder expresivo destinado a impresionar con fuerza los sentidos, a sabiendas de dejar desolado el espíritu. Un poema así, con estas características, tiene el poder de persuadir al lector, hacerle partícipe de las ideas correctas que comunica en torno de la princesa. Ese lector se sorprende y admira el arte exquisito, lo efímero, lo precioso y hueco.
“Sonatina” es un poema construido bajo una visión diferente de la realidad histórica porque propone unos símbolos no tradicionales que aspiran a lo culto, a lo minoritario. Lo que quiere decir, para lectores ávidos. El contenido es resultado de la técnica de la dispersión, a la manera del manierismo, donde “la tensión no se crea para ser resuelta, sino para permanecer”, según Rowland.
Pero el acto de leer, de realizar una lectura tradicional, el acto de interpretar la semántica del texto correctamente, es un problema con el que tropieza el lector de “Sonatina”. No es un poema convencional; por tanto, no puede leerse convencionalmente. Sólo algunos versos, algunas frases a lo largo del poema, dicen la intención del poema, su contenido fugaz.
Su esencia, su contenido se omite. Es lo no nombrado, el resultado que el lector percibe por rechazo o aceptación. El modernismo de “Prosas profanas”, donde figura el poema, aspira a comunicar una verosimilitud de la realidad a través de la ambigüedad que resulta evidente de la descripción de objetos preciosistas y decadentes. El poema dice lo que oculta. Es pues un poema sin retórica, una búsqueda del lenguaje. Para Valery “el hecho poético por excelencia no es más que el lenguaje mismo”.
Todo cuanto el poema describe es el material de desecho que ayuda en la construcción de la idea. Hay un verso muy elocuente en la segunda estrofa que invade todo el poema: “Parlanchina, la dueña dice cosas banales”, cuyo contenido agrio deja caer sus gotas de acíbar impregnadas en el telón de fondo de lo majestuoso. Es el aspecto grotesco de la realidad convertido en una ironía de la clase alta, donde queda dibujado el rostro de la incultura en una persona que ostenta el lujo del mundo. Darío plantea una contradicción, que se convierte en dicotomía de la aristocracia: aquellos palacios de mármol, el lujo que los invade y las señoras elegantísimas llenas de perlas y sedas que cuidan con esmero el rostro y el cuerpo, pero olvidan el espíritu, dejándolo en las manos de Dios.
Este problema nos mete de lleno en el conflicto entre el machismo y la marginación que padeció la mujer en ese contexto de finales del XIX. Fue una de las tantas contradicciones de la época. Las mujeres eran educadas para el hogar y los hombres para el monasterio o las armas; las mujeres nacían para esperar la llegada de su príncipe azul y mientras ese príncipe no llegara ella se pasaba la vida esperando y preservando sus virtudes para él, encerrada a cal y canto entre cuatros paredes que la protegían del asedio de los hombres.
Con este poema Darío quiso interpretar el fausto del mundo moderno, el torbellino de riqueza que azotó como plaga la conciencia de los hombres de una época concreta. La princesa es como la Cenicienta del cuento. Hay un rasgo muy significativo. Cuando Darío escribe que “la dueña dice cosas banales”, está refiriéndose a la reina, la madre de la princesa. Nos recuerda la cara de amargura de la reina pintada por Goya. Es una mujer banal que pertenece a una sociedad sin grandes valores. Esto, por otra parte, define algunas características, como que esa señora no pertenece a una familia real sino que es un personaje tomado de la vida real, que a través de la escala del dinero ha conseguido ascender a lo más alto. Sin embargo, goza de todos los bienes materiales de una familia real. Aquí volvemos nuevamente al lujo que hubo en Chile y Argentina sólo comparable con el de la aristocracia de París.
Siete de las ocho estrofas del poema están cargadas por esa presión de angustia que vive la princesa. Al mismo tiempo, la esperanza. Angustia y esperanza son los ejes del poema; pues, mientras la situación es angustiosa (“la princesa está triste”, “no ríe”, está pálida”) hay en la ilusión de la princesa un sueño de oro por encontrar un día a su príncipe azul, que ha de liberarla de su prisión de mármol. Es, por otra parte, el viejo axioma de las jóvenes adolescentes que aspiraban encontrar su caballero afortunado con quien desposarse con el fin de liberarse de las ataduras familiares que ejercen los padres. Pero, en la “Sonatina” el móvil es uno: ejercer una crítica al naciente capitalismo que ejecuta su libertad de anular la libertad, mediante la elaboración de una sociedad edificada sobre los pilares del individualismo y el egoísmo material.
La princesa es, mirada desde el punto de vista humano, una enferma; resultado de una clase social que ha eliminado de su entorno a las clases bajas, quedando reducida a poco menos que la soledad.
Este planteamiento: abundancia frente a soledad, no es comprensible si tenemos en cuenta la vieja idea de que el dinero ha sido la fuente de la felicidad. Hoy en día sabemos que no. Pero a finales del XIX, con el establecimiento de una nueva sociedad capitalista, fue un pensamiento generalizado promovido por el consumismo y el derroche.
El poema está elaborado sobre esta dicotomía. Pero,su técnica de elaboración deja ver con más claridad el paisaje, el telón de fondo, los decorados, y éstos son coloridos, llenos de símbolos, y el lector mientras lee queda encantado con la descripción y los decorados, sin percatarse o sin darle importancia al problema central del poema.
El poema está escrito con la técnica parnasiana, aunque evoca una temática simbolista. Parnasiana, porque predomina la descripción plástica, la imagen estatuaria y llena de colorido. El simbolismo le da la interioridad del contenido, la tragedia en sí; porque, contrario a lo que pueda pensarse, es un poema triste, por parafrasear el ditirambo que repite el poema: “La princesa está triste”.
A pesar de la claridad del poema hay zonas oscuras a través de algunas palabras poco frecuentes que pueden transmitir la impresión de excesivo cultismo, como “clave sonoro”, “perlas de Ormuz”, “los nelumbos”. Muchas aliteraciones, entre ellas una de las más conocidas: “la libélula vaga de una vaga ilusión”. Pero, llama la atención la cantidad de símbolos homogéneos, que son las ideas más notorias en el poema porque destacan por encima de otras: “boca de fresa”, “silla de oro”, “clave sonoro”... Este tipo de símbolo; por cierto, los que dan brillo y color, presentan un problema en la conciencia del lector, que consiste en abolir su racionalidad, ese grado de verosimilitud que hay en el poema, convirtiendo su contenido en algo inverosímil.
Aquí reside otro de los problemas de por qué el lector de “Sonatina” percibe un mundo velado, lleno de sombras iluminadas que le ofuscan, impidiendo ver el fondo humano del poema. Sólo ve símbolos racionales que se vuelven irracionales y su mente se puebla de fantasía. Entonces, la realidad se torna imprecisa y se llena de quimeras. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la “Sonatina” es un conglomerado de ideas, encadenadas, unas con otras, que ofrecen planos diferentes llenos de simbología; lo que hace parecer un poema discursivo. Pero, no lo es. Más bien, está falto de discurso. Es un poema descriptivo. Y esto podría hacernos pensar que es también objetivo, y lo es, pero cargado de símbolos irracionales que son los que le dan ese sentido de efímero, precioso y hueco, pero también fantástico.
El poema oscila dando un paso hacia adelante y otro atrás, estancándose, moviéndose con lentitud y describiendo el escenario, a fin de convertir la descripción en un movimiento reiterativo, que avanza onduladamente y deja al descubierto el espíritu atormentado de la princesa, convirtiéndose el tema principal en parte secundaria del poema.
Desde esta perspectiva, la “Sonatina” es una crítica contra el poder establecido por la aristocracia, su distanciamiento de la realidad y su encierro en la torre de marfil. De esta manera, la sociedad capitalista, creada por el bienestar para vivir mejor, se convierte en una especie de prisión del cuerpo y la mente. Rubén Darío, como modernista y poeta, fue un crítico severo del capitalismo duro porque sabía que la abundancia proporciona el bienestar, pero a su vez la esclaviza en su propia riqueza; sometiéndola al aislamiento de su torre de marfil, a una incomunicación restringida, dejando al desamparo los vientos del alma, la soledad y la exclusión.
La princesa “está presa en sus oros, está presa en sus tules”. Es una prisión de lujo, pero prisión, al fin y al cabo.