En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



viernes, 7 de diciembre de 2012

POEMAS DE ADALBERTO GUERRA

Adalberto Guerra




Del silencio y las palabras muertas.




El silencio, que sabe acunarse en la vasta deformación del verbo,
como un ave traspasada me cae contra el cristal del ojo,
en otro tiempo,
yo le cavaba un hueco, decía unas palabras;
pero hay otras aves simultáneamente cayéndoseme
contra los cristales de adentro
y en vano las espanto, y muertas ya siguen cayendo,
por lo que voy dejando que el tiempo mismo caiga
y se junte al polvo como un tendón del polvo,
porque la vasta oscuridad y la luz misma,
y las seguras cuerdas por las que Dios baja,
y toda cosa, penden de la palabra,
y de las palabras muertas no nace la luz
ni se convoca un canto y la luz aparece
sobre las disimiles formas de las cosas muertas,
ni pudieran las cosas que he dado por nombradas
acomodarse en los pómulos de mis ojos
a mirar por mí la vida,
ó a hacer un recuento de la cosas que me faltan
porque las cosas nombradas
se diluyen en los sonidos de otras cosas
o toman la cotidiana forma de las cosas inútiles, con rapidez tal,
que uno queriendo nombrarlas,
se diluyen, y pasan a ser palabras muertas,
y de las palabras muertas no nace la luz
ni se convoca un canto y la luz aparece,
ni un canto puede disipar toda la tristeza acumulada en el ojo del buey
y levitarlo sobre la empírica zarza.






En temporada de la muerte de mi madre





Yo tenía los ojos en esa foto de niño
como los ojos vidriosos de un toro entristecido,
como solo en la tierra tenía yo los ojos
en esa foto en la que mi madre clavó dos alfileres
con la finísima delicadeza de una campesina;
que queriendo huir se quedó allí cuidando mi alma tanto tiempo
que envejeció sin cambiar sus prendas interiores,
como animal atado a un árbol envejeció mi madre,
yo la miraba con los ojos vidriosos de haber llorado mucho,
sola como una baliza olvidada en medio de las aguas.

Yo le tejí un vestido oscuro para su viudez
y lloré con ella sin saber a quién
por los muerto de la casa,
en la casa donde no había muerto gente alguna,
yo le leí Job Treinta y ella tornó su cara hacia la luz y se fue yendo
como una niña de regreso a casa
con los ojos vidriosos de haber llorado mucho.

Yo he llorado a mi madre
y ciertamente he llorado al que tuvo un día duro por igual,
una vida dura,
le he llorado públicamente como un hombre,
como un hijo enfermo,
mas ella andaba como buscando alguien o algo
olvidado en la vasta región de su memoria,
no me miró, no me maldijo o dijo nada
y entró riendo para siempre en los cuartos interiores de la muerte.






Los caminos borrados del agua.



                             En la red de cristal que la estrangula, el agua toma forma.
                                                                                                     José Gorostiza.




Pudiera un hombre creer que Dios habita sobre las cimentaciones del barro
o sobre las luces que trasiegan en el interior del humo,
y el humo mismo pudiera tragarle los ojos,
y aun creyendo pasar sin notar la carencia de la piedra dura
sobre los inseguros puentes que le tiende la noche al paso.
Un hombre pudiera caer de un andamio colgado del cielo
como un gato de mármol al pavimento
y morir y levantarse a colgar los ladrillos de una casa inconclusa
ó a amasar la harina de un pan imaginario
y tener a una mujer imaginaria
que le chilla al oído y le maldice y le dice muere….
y muerto ya, se para sobre las cimentaciones del barro
a discursar sobre Dios de una manera
que Dios mismo se sienta enternecido a llorar su muerte.
Pudiera un hombre por los caminos borrados del agua,
volver a tomar posesión sobre las cosas pérdidas,
llámese las cosas perdidas una casa
o la más sencillas de las cosas perdidas
y habiendo recobrado de la miseria la parte armada de la vanidad,
se acuesta complacido y se levanta sin nada,
porque las muchas posesiones no son más
que la huella sobre el agua de las cosas que se hunden.
Hay hombres que se hunden en el agua,
literalmente se desploman en el agua,
se anudan el agua al cuello,
trafican en el interior del pensamiento con cuchillos de agua,
hay hombres que engullen las palabras
en el vientre del agua……. con tal monotonía
que el agua misma los rechaza,
que buscando un milagro golpean el agua vanamente
y el agua les traspasa y les habita y se les acuna en el pecho
con un ruido de agua que solo el agua reconoce.





Casa de Occidente






Frente a mi casa de occidente
donde nada es real
ni la paz ni la luz que cuento,
se detienen los trenes en la noche,
atormentados hombres viajan en busca de una flor
o en busca de algo sencillamente vivo.

Frente a mi casa de occidente
vienen los suicidas a posar para la prensa su último desnudo,
danzan al compás de diabólica música,
chillan de gozo bajo las máquinas que van ciegas hacia la bruma,
mañana la ciudad es noticia,
la nebulosa esperma de fama crece,
los soñadores se acuestan en las calles,
la música ahuyenta los insectos,
los pájaros del parque,
los ancianos trémulos se aferran a sus estampillas,
los cementerios, los puentes o cualquier lugar
por donde pueda entrar la buenaventura
o la muerte disfrazada de benévolo ángel del suicidio.

Nada retorna a su origen, ni tu país ni el sueño,
ni esta ciudad será mañana ciertamente la noticia
aunque me tienda en los rieles a esperar paciente
la acerada máquina del sueño.
Finísima red es la que atrapa la niebla del sueño
y a los cuerpos que van sin aparente rumbo,
que emiten sexuales S.O.S,
que adjuntan fotos a los postes del alumbrado
o se encadenan a los autos policiales,
caras jóvenes colgando de la cuerda de humo de la marihuana.

Desde mi soledad, yo péndulo estático,
los miro con cierto asombro,
los escucho sin entender palabra alguna,
veo la falsedad del ovejero acomodado en su flauta
siempre confiado en el retorno de la magistral oveja guía,
veo venir un tiempo en que intentando buscar la libertad
avanzarán a través de la noche
despertando en cárceles repletas
de locos buscadores del eléctrico alba,
que después del alba buscarán la noche con premura
para esconderse en el llanto de sus aposentos
clamando por una intoxicación definitiva,
los veo retorcerse por los alargados manicomios del alma
vomitar sobre las tumbas,
tambalearse sin encontrar una puerta que se abra
un agujero que los entierre
y así de muertos volver al consecutivo círculo
de la vida y la muerte
y de la nada que es contar los pasos que faltan
para que se los trague la deseada boca del abismo.
Puesto estaba yo antes de nacer como un péndulo
en el equilibrio ciego del tiempo,
como Dios indeciso
o como un hombre que no ha nacido nunca
pero puesto a mirar su nacimiento
desde el enfermo vientre de América,
y estaba América bajo la cegadora luz de la pobreza
que iba alumbrándole los minuciosos huesos,
y vi en las puertas de las cárceles
a carceleros perseguidos de la noche a la noche
por incesantes gemidos de mujer,
que para silenciar sus alucinaciones
se disparaban en el cráneo
y seguían gritándoles de lejos o riendo
hasta apagárseles la tormentosa maquinaria del pensamiento.

Que amontonaron innumerable basura humana
para la hoguera celestial del ascenso de sus almas
o se lanzaron de los altísimos puentes de la imaginación
hacia el vacío real del tiempo,
que creyeron haber muerto
y ningún ángel o demonio se prestó a conducirlos
por el presunto camino que hay de América al cielo.


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Adalberto Guerra (Ad.Guerra). San Antonio de Cabezas, Matanzas, Cuba 1967. Reside en Palm Beach -Florida, desde 1994. Poeta, narrador y periodista. Ha publicado “El Desierto que canta” (Endowment for Cuban American Studies 1994-Ant. de Poesía) “Reunión de ausentes” (2001-Ant. de Poesía). Recientes publicaciones: “Cazadores de la sombra del ave” (2009- Poesía.) “En el lenguaje lascivo de los perros”, (2010- Cuentos)