En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



lunes, 25 de febrero de 2013

ENTRE LAS RATAS DE YVÁN SILÉN Y MARCELO BORDESE

Francisco Cabanillas, Puerto Rico





ENTRE LAS RATAS DE YVÁN SILÉN Y MARCELO BORDESE





FRANCISCO CABANILLAS





a no nos es suficiente reconocernos en Holderlin, o en Mallarmé, o en Rimbaud, o en Rilke, o en el hermoso Pessoa, o en San Artaud, sólo nos queda el poeta inédito que somos: el Paria.
-Yván Silén, La poesía como libertá (1992)

Mi obsesión por los siameses me llevó a pensar en la posibilidad de que siameses de sexo diferente pudieran copular entre sí en un cuerpo común. Se daría así el curioso caso de un coito con masturbación ajena al mismo tiempo.
-Marcelo Bordese

Oh, man, yeah, man sí there are mucho rats / and we need more cats
-Jorge Lopez

(Er)ratas: retrospectiva. Atestado de libros, muchos de ellos ejemplares de los años cincuenta, de la Editorial Cultural (Puerto Rico) y de la Editorial Losada (Argentina), con páginas amarillas, sueltas, picoteadas, el cuarto, lleno de ratas, empezaba a oler mal, como si se hubiera podrido algún poema entre dos páginas que el tiempo, y la soledad, habían pegado en seco (con semen viejo). La caca de las ratas, testimonio de una escritura que las delataba, marcaba una ruta clara hacia los libros de literatura, al fondo de los cuales estaban, como metadiscurso, los de poesía:

Las Erratas no han venido
sino a ver los Prolegómenos del sueño
donde se hospeda el sombrerero. (El último círculo)

Sólo el correteo de los ratones, como metáforas que son, alteraba el silencio de la poca luz que entraba por la ventana, manchada en una edad sucia: “El tiempo se detuvo en el espejo / como un retrato” (Las mariposas de alambre). Una estela mate, la del devenir silencioso, que, con su sombra gris, caía, como un cuchillo filoso, sobre los libros cagados, cuya luz borrosa y densa, al tocarlos con la arista de la sombra, los partía en dos. Silencio oscuro, como el de la rosa que se desangra en su soledad botánica (y hasta burguesa), intocada por la mirada de los amantes enfermos, secos, borrándose en un montón de literatura que ni siquiera tienen la oportunidad de ojear: “Amara, tú que masturbas a Dios, / ¿para qué me tocas?” (El libro de los místicos).
Solo las ratas conocen los títulos de los libros con las colas más largas.

Bibliófilos. Ratas literarias, de muchos autores (Manuel Ramos Otero, Roberto Bolaño, Copi, Steinbeck, Savage), engordadas clandestinamente con “alpiste”; como las de Leopoldo María Panero, como las de Yván Silén; y con desechos de poesía orgánica/ecológica, elaborada en la canasta de la composta retórica, donde los tropos se retuercen en la descomposición de los símiles más disímiles: “Tres días de eclipse como un letrero” (Las mariposas de alambre).

Ratones literarios que, como si fueran los siameses de Marcelo Bordese (en el epígrafe), se lo comen todo, insaciables en la contigüidad de una mismidad que en el fondo aborrecen: “Me hospedo, / lo sé, entre la ciencia y el misterio!” (El libro de los místicos).

Roedores librescos, bibliófilos. Los mismos que, en un tono rosado y gris, merodean, estática y estéticamente, por la tapa de La poesía como libertá (1992), el poemario quíntuple (pentatéutico) de Silén (Los poemas de Filí-Melé, El miedo del Pantócrata, Las mariposas de alambre, El último círculo, El libro de los místicos), en uno de cuyos poemarios, el hedor eflorece con voluntad ontológica:

¡Oh mar!
Un ser sin sombra eres, pero
sabes que miento,
que el tiempo y la persona batallan
y hay ratones en mi alma,
y debajo de tus barcos hay ratones,
porque sólo tú eres lo tuyo,
y yo lo mío de la muerte. (El miedo del Pantócrata)

Desde el “lirismo de las ratas,” los libros de Silén se amontonan. Alrededor de la mirada del gato, maúllan: “¡Creo que / en el gallinero de Dios, / Iván canta!” (El último círculo). Por ello, en el silencio gris que los corta con un cuchillo de sombra, los libros (sublimes, demasiado siniestros) se dejan morder por las ratas, sinestésicas e hipertélicas, siempre hambrientas de la poesía que les falta para respirar y vivir como lo que son (literatura): “¡Tanto soy de tu ser Pessoa!” (Las mariposas de alambre).

Ratonera. Peste; asco metafórico, hedor literario del que se ha valido, con tino, el Paria, para encarar, desde la “libertá” que lo “poesía”, desde la literatura que lo arrebata y lo sutura, desde el amor fati que lo hace “realidar”, los tres espantos ratoniles que obcecan al Poeta (según se plantea en “Entre el Fatum y la moira o cómo se llama Yván Silén”): el terror a las ratas (la experiencia del niño espeluznado ante el cruce de los “monstruos” que le pasan por los pies), las “aporías del poder” (los burgueses “colaboracionistas” como los “rateros” de siempre), y por supuesto, la muerte (la rata mayor), que apesta más que “mil ratas”. Pestilencia que, para el Poeta, se confunde con el tufo de los “poetas-ratas”, cómplices de la “demokracia” y de su violencia.

El lirismo silenista de las ratas estalla en el cuarto oscuro; revienta en seco y llena las paredes de tinta: “vigilo los portones de la bestia / para que no se muera el ángel / de la vida” (El miedo del Pantócrata). Como efecto, surge en el cielorraso descascarado del cuarto lleno de libros, igual que una diapositiva anacrónica, la imagen de El señor de los ratones (2003), de Marcelo Bordese (argentino). Un Cristo ratonizado, erotizado, enardecido, que se retuerce en el dolor de sus ratas, traspasadas por una cruz que les perfora la carne con las agujas de Dios: “para qué cadáver domesticas / el animal que eres” (El miedo del Pantócrata). Violencia; caldo de cultivo que abona el terreno para la transmutación libidinosa de la imagen: “con Cristo de 4 clavos te festejo” (El miedo del Pantócrata).

Fina estampa (grotesca) de la “ratificación”, “traigo la misma hiena / en la pata del animal oscuro” (El miedo del Pantócrata); El señor de los ratones cambia poco a poco de piel, adquiriendo por contagio libresco los tres sentidos silenistas del pavor ratonil: el biográfico, el político y el biótico.

Biografía. El niño descalzo (el Poeta en ciernes) de ocho años, experimenta por vez primera el espanto: “su vulva está llena de navajas” (El miedo del Pantócrata). Frente a la madre, que ha despertado alarmada por el correteo de las ratas en la casa de la urbanización Roosevelt, el pavor lo sacude de los pies a la cabeza: “¡Dios está orinando / en la escritura” (El miedo del Pantócrata). Esa noche, el niño prueba el sabor amargo del horror: “No-Ser del Ser: eseyesiendo” (El miedo del Pantócrata).

Las ratas que le pasan al Poeta por los pies, esos “monstruos”, le dejan un gusto raro en la garganta, entre el asco y el miedo, que no olvidará jamás, como queda claro en la primera novela, La biografía (1984), en la que algunos personajes femeninos miran con ojos de ratón blanco; en la que, además, las ratas se pasean por la “maquinilla” de escribir y juegan en el poema.
Pero sobre todo, las ratas irrumpen con violencia en la segunda novela, La casa de Ulimar (1988), cuya primera oración, memorable por la tensión entre el animal y la madre de todas las madres, empieza así: “María tocó la rata con la punta del pie. Estaba muerta. Las primeras moscas verdes la poblaban”.

El señor de los ratones cristifica el pavor del niño-poeta en la libido exacerbada del macho cabrío, que necesita exorcizar los ratones del alma frente a la vagina dentada de la madre (muerta), por la que grita de dolor desde la trompa el animal: “una tráquea que solloza” (El miedo del Pantócrata). El miedo a las ratas que le pasaron por los pies al niño, se ha hecho todo un señor: “te quiero animal” (El miedo del Pantócrata). Pero ahora el monstruo sale de dentro: “me esperan las esquinas” (El miedo del Pantócrata). Por las manos y los pies salivan sangre las ratas del alma (y de la nariz). El niño se piensa en la pesadilla del señor crucificado; y grita frente a la vulva de la madre que lo clava (para que no se olvide del espanto).

En La casa de Ulimar, María se “dobló sobre la rata y [le] quitó la arena”. Entre el asco que le daba el cuerpo muerto del roedor  y el gusto de la carne que sentía donde la golpeaba —en la vulva— el agua de la playa, “para sentir el mar ahí”, María “[H]urgó en el vientre del animal para ver los pequeños gusanitos... ‘El Señor es siniestro’—pensó”. María se daba el gusto de la soledad; en el cadáver de la rata que aplastaba con el pie, erotizaba la vida con la muerte: “Acercó su boca casi hasta tocar el vientre de la rata y escupió. Contempló los gusanitos nadar en la saliva. Y vio que la rata ya no tenía ojos”. Altanera, sentenció proféticamente: “Las ratas huelen a hombre”.

Política. El señor de los ratones metaforiza la llegada de otro espanto silenista: el del poder (en pelotas). Un animal que parece humano: “ausencia de la presencia en los ojos / como el pájaro / que atraviesa / el clítoris” (El miedo del Pantócrata). La fiera alzada que intenta salirse de su cruz, cuya trompa de bestia bífida termina en una pistola ensangrentada: “los místicos copulan / con Dios” (El miedo del Pantócrata).

El poder es como una rata con dos colas: “detrás de la lluvia / los ruiseñores apestan” (El miedo del Pantócrata). Por un lado, está la cola de las “aporías del poder” burgués, “colaboracionista,” cuya política “antidemocrática” y “nihilista” se vale del colonialismo, en Puerto Rico, para perpetuar la violencia que es desde el patriarcado: “me gusta / la risa y el asesino que soy” (El miedo del Pantócrata). Poder político que, en el mejor de los silenismos, opera desde la vulva ideologizada por el Estado: “amor, no me lamas, amor, / que estoy pasando por el ojo de la madre” (El miedo del Pantócrata).

Por otro lado, está la cola del poder que crucifica al Paria, ratonizado por Poeta (lírico), mediante la violencia del Estado, cuya vulva lo entrega animalizado a la cruz, desde un clítoris fálico, alfabético y alegórico: “vengo del medioevo / a besarte la boca con vinagre…” (El miedo del Pantócrata). Beso que le serrucha “el alma” al Paria, “las doce del espanto / y no sabes dónde escondiste el brazo” (El miedo del Pantócrata), que grita como una bestia en el silencio del espanto, lo “que permite / que la aguja descubra al asesino” (El miedo del Pantócrata).

Biología. Entropía; cuerpo de una carne que se retuerce en su cruz: “los ratones se comen / los dedos y las pupilas” (El miedo del Pantócrata). Cruz del animal que es todo carne perforada y perforante. Trompa feroz del que se sabe pulpa, materia sensible a la humedad de la hembra: “El hombre / —entre verbos— / orina una forma de ser tiempo” (El miedo del Pantócrata).

Así, El señor de los ratones poetiza el espanto silenista del No-Ser, de la madre (muerta), de la enfermedad, de la sangre, del pus, de la mierda, del sida, del esputo, de los sapos. Emblema de la política atroz de la carne en la volatilidad de la materia:

Sabes que hiedo,
que mi cuerpo hermoso
como un sátiro destruido,
se descompone
en el funeral que celebran los verdugos. (El miedo del Pantócrata).

Poesía. Ya sea como una metafísica de la “negatividad,” las “rosas negras” que el Paria cultivó en la poesía y en la prosa, según las cuales la realidad del Ser está “ratificada” por la realidad del No-Ser (un ratón), “soy infinito / en tu persona como rata / de corazón vacío” (El miedo del Pantócrata). Ya sea como mensajero del silenismo más sublime, “¿Qué busca el miedo / en el que ríe?” (El miedo del Pantócrata), El señor de los ratones “ratoniza” la llegada yvanesca de lo siniestro:

Toda la poesía se pudre
en mi corazón
como una rosa del desierto
en una rosa. (El libro de los místicos)

De repente, el animal crucificado que se retorcía en el dolor de la carne y en la masculinidad de la violencia, “Oh, Mefisto, ríete de los filósofos / por la boca del Paria” (El libro de los místicos), se desvanece. El cielorraso se oscurece. La bestia multiplicada varias veces en sus ratones, “los ángeles desnudos son un gerundio” (El miedo del Pantócrata), se transforma. En la oscuridad del cuarto lleno de libros, se escucha el correteo de un poema silente: “¡Yo quise ser Dios, no pude! / ¡Michu! / ¡Michu!” (El libro de los místicos). Entre los libros más oscurecidos por el ruido del silencio, merodea ahora, onomatopéyica, la metáfora del gatito, ¡Michu!, que se alimenta
de moscas
y alacranes
y cangrejos,
y arañas
y ratas.
¡Tantas alimañas para forjar el alma! (Los poemas de Filí-Melé)