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miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA POESÍA MEDITERRÁNEA DE RICARDO BELLVESER

Ricardo Bellveser,España





LA POESÍA MEDITERRÁNEA DE RICARDO BELLVESER


Por Ricardo Llopesa




El interés del poeta y escritor valenciano Ricardo Bellveser por el verso largo, el ritmo y los temas cotidianos es un planteamiento que comienza a darse en sus primeros tiempos de poeta rebelde. Después de treinta años aún tengo presente la estructura de “La estrategia” (1977), uno de sus primeros libros, el segundo si no recuerdo mal, donde el poeta anunciaba el verso largo y coloquial que ahora nos ofrece, quizá con mayor rebeldía, porque la plasticidad de las ideas contenidas y el modo de visualizarlas, es un cometido en honor de la palabra trabajada con más rigor y elaboración en su último libro “Las cenizas del nido” (Madrid, Visor, 2009).
No es la suya una poesía muy al uso de lo que circula en tinta impresa por las páginas actuales de los libros. En “•Las cenizas del nido” hay una posición de conciencia de lo que está falta la poesía española. No es para menos que el jurado del Premio de Poesía “Jaime Gil de Biedna” le otorgase el galardón a una voz auténtica, si por auténtica se entiende la recreación de la palabra convertida en símbolo y estética de su propia escritura. Principalmente, en una época en que la poesía discurre perdida por muchos caminos sin encontrar el verdadero, que es el que le corresponde asumir con la modernidad. La poesía del siglo XX estuvo contaminada de experimentalismos que condujeron a oscuridad y paranomasia, ecos y retruécanos, conceptos falsos y metáforas absurdas, que es necesario rectificar. No en apoyo del purismo, sino todo lo contrario: en busca de la coherencia de la palabra para que poema no suene a viejo, sino a algo distinto, que es lo nuevo.
En España ha sido imposible explicar la poesía a través del prosaísmo, que está en la base de los mejores textos de la poesía moderna. El rechazo proviene de quienes permanecen adscritos a la poesía del discurso correcto y quienes admiten los cambios convirtiendo la lengua en jerga. Ambos caminos convergen en un mismo punto, que es culpar de los males al prosaísmo. El problema hay que buscarlo en el pasado. Recordemos un hecho en la crítica de Cánovas del Castillo, en 1853, a raíz de la poesía prosaica del poeta parnasiano, de origen cubano, José María de Heredia, quien luego tuvo el honor de ocupar sillón entre los cuarenta de la Academia Francesa, donde Cánovas hecha de menos el purismo por las formas, en un momento crucial de renovación de las estéticas europeas.
Encabeza el libro una breve cita de Luis Cernuda, “La casa familiar, el nido de los hombres”, que da la pista del título, “Las cenizas del nido”, y pone al lector en guardia de que el poeta va en busca de los pasos perdidos en el pasado, que es donde reposa la verdadera ceniza de la poesía.
A manera de prólogo figura un texto en prosa, “Lo que queda de ellos”, que no es prólogo, ni introito, ni liminar, sino una prosa transparente y limpia, donde el poeta narra la destrucción de la casa paterna, sin lirismo ni tono épico, con la paciencia de quien domina el léxico y lo que dice. El paisaje es desolador: “Las ventanas sin cortinas parecen las de la sala de la morgue”. Esta visión patética de la realidad deshabitada es asumida con valentía por el poeta, consecuencia de la constante renovación de la vida, el exilio interior o el cambio de piel que sufrimos. De lo que va el libro.
No cabe la menor duda que la mejor poesía de todos los tiempos es testimonio de la vida misma, asumida desde el punto de vista más objetivo, poéticamente hablando. Crear es recrear, tejer un tejido homogéneo de palabras, con el fin de tocar el diapasón de la sensibilidad mediante la imagen y el color.
“Las cenizas del nido” consta de dos partes, que encabezan citas de Félix Grande y San Juan de la Cruz para introducir al lector en el cuerpo de la obra. La primera, muy precisa, deja constancia de la intención del poeta, quien se convierte en cómplice de sí mismo: “Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás: el tiempo / habrá hecho sus destrozos levantando / su muro fronterizo”.
A partir de ahora Ricardo Bellveser, con mano firme, traza las líneas de la nostalgia de un ayer que sigue vivo en el recuerdo al hablar de la casa paterna. No se propone establecer un orden cronológico de los hechos, sino más bien alcanzar un cúmulo de emociones, pues al fin y al cabo la misión de la poesía moderna consiste en comunicar una multiplicidad de planos emotivos y fragmentados.
Esta segmentación de la idea es la que el poeta trabaja, consciente del valor de la unidad del verso, lo que exige rigor y precisión. Ya en el primer poema, “La casa de los padres”, encontramos versos tan bien confeccionados como repujados en mármol: “Una casa repleta de objetos raros” / “espesa red de recuerdos aturdidos”, donde se advierte la búsqueda constante de ritmos y sonidos próximos a la modernidad, que fue el movimiento que trajo el cambio. En su poesía adquiere mayor protagonismo, puesto que en el libro predominan endecasílabos y alejandrinos con la mirada puesta en el futuro.
La primera parte, “Fugit prima”, relata la memoria de la vejez de las cosas y la fugacidad de la materia, convertidas en recuerdo para quien ha conocido su existencia. Son las cosas útiles y prácticas de cualquier vida, las que conviven a diario con nosotros, sin darle mayor importancia porque son cotidianas.
A medida avanza, el poeta nos sumerge en la decrepitud de la materia, la casa abandonada, solitaria, en desorden, llena de objetos y fotos que evocan recuerdos olvidados, pero vividos con emoción en su momento, como si el pasado evocase lo que la memoria destruye.
El verso de Ricardo Bellveser está trabajado con rigor. La precisión recuerda algunos buenos versos, donde la idea exacta y limpia, el ritmo y la elección de la palabra lo convierten en verso prodigioso. Cuánta maravilla encierra éste, sin coma, ni artículo, ni preposición, escrito con la soledad de cuatro palabras, donde ninguna sobrepasa las tres sílabas, que sería lo correcto para crear un perfecto endecasílabo: “retiene apresados tenues perfumes”. Virtuoso endecasílabo, que más parece un endecasílabo galaico antiguo, acentuado en quinta y décima sílaba. Apenas podríamos citar otros ejemplos, a no ser el endecasílabo en la antigua poesía gallega, compuesto de hexasílabo, más pentasílabo. Aquí, al revés.