En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



martes, 9 de septiembre de 2008

El mundo empieza con las palabras_André Cruchaga

André Cruchaga, El Salvador






El mundo empieza con las palabras




¿Palabras? ya sé, palabras,
No me las puedes decir;
Pero mirarme sí puedes:—
¡Basta para vivir!
JOSÉ MARTÍ




El mundo empieza a nombrarse a través de las palabras. Van en el óvulo y la esperma, luego se arman, reordenan; permanecen ahí en la isla amniótica de los fluidos germinales. Después se balbucean con el fogón filial de la mazorca. Más tarde la escuela ¡ay, la escuela! que destruye su magia y las torna piedras de dudosa procedencia. Jamás en ella se aprenden los significados alados del arco iris en su ungido alambique. Jamás la escuela da vida a las palabras, a no ser que sean aquellas que sirven para causar zozobra, miedo, angustia… son determinantes cuando se quedan en adjetivos; pero cambian cuando uno las hace trascender y vuelan, lloran, saltan sobre las estribaciones del diario vivir.

Para usar la palabra hay que ver, oler, sentir, tocar…Luego nos dan el cuaderno sin letras, en blanco, con una serie de rayas como rieles para no salirse de su cauce. Desde siempre “escribir es un acto posterior al de percibir y se basa en él. Tendremos que reaprender a mirar, para después reaprender a nombrar a "captar la extrañeza de lo cotidiano", como nos recomendaba Cortázar”. Pero la escuela no nos enseña a percibir ni a mirar, mucho menos a captar la extrañeza de cuanto nos rodea: gentes, cosas, fenómenos, animales. En Rayuela, Julio Cortázar nos dice:

"¿Cuáles son las cosas que me parecen extrañas? Las más triviales. Sobre todo, los objetos inanimados. ¿Qué es lo que parece extraño en ellos? Algo que no conozco. Pero es justamente eso! ¿De dónde diablos saco esa noción de «algo»? Siento que esta ahí, que existe. Produce en mi un efecto, como si tratara de hablar. Me exaspero, como quien se esfuerza por leer en los labios torcidos de un paralítico, sin conseguirlo. Es como si tuviera un sentido adicional, uno más que los otros, pero que no se ha desarrollado del todo, un sentido que está ahí y se hace notar, pero que no funciona. Para mí el mundo está lleno de voces silenciosas. ¿Significa eso que soy un vidente, o que tengo alucinaciones? Pág.102.

Según maduramos entramos a su mundo intrincado. Nunca ha ido fácil meterse, por ejemplo en el océano de un diccionario sin salir airoso. Uno anda al cuidado de los peces depredadores. Francisco Umbral dice que el lenguaje habla por nosotros. Prefiero decir que las palabras hablan desde el fondo de nosotros y nos describen. Cervantes usó a Dn. Quijote para hacer viables las palabras; y ahí nos retrata de carne y hueso. Las palabras se tornan en la persona lo que para los pulmones las radiografías. Y veamos que nos dice Francisco Umbral:

Mil años de castellano se ponen en marcha cuando me siento a escribir cada mañana. La inspiración… es el lenguaje, porque otra no existe. Creo en las palabras fanáticamente, como Borges y tantos. Después de escribir, releo, por ver dónde he traicionado a la palabra, dónde he puesto la que no era. No creo en las erratas: creo en las traiciones a la formidable y espantosa máquina del idioma. Hay que combatirlas.”

Pero no sólo Cortázar y Francisco Umbral han opinado al respecto. Está, por ejemplo Elías Canetti con sus digresiones.

Había acontecimientos, imágenes, sonidos, cuyo sentido de entrada radica en uno mismo, que fueron no tanto tomados, sino reducidos a palabras, y que más allá de las palabras, son aún más profundos y plenos de sentido que ellas mismas.”

"El oído es, sin lugar a dudas, el órgano de la palabra escrita, antes sonido, balbuceo, música; escribir, es decir, nombrar, llevar el sonido al papel, es también escucharse a uno mismo, retratarse"… cada palabra tiene su propia historia, se hace y rehace en la geografía: tienen sus propios acertijos, sus abecegramas, disecciones, erratas y otras zarandajas.

Si algo he aprendido de Dn. Miguel de Cervantes Saavedra es a gozar a través de los vitrales de cada palabra: él nos dice, “más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo”; Ortega y Gasset, reafirma mi convicción: “las palabras no son palabras sino cuando son dichas por alguien”. Las palabras, además, tienen vida secreta: son como el cierzo mágico de los cuentos de hadas o armas o luz para salir de las tinieblas de las catacumbas. Son cuerpo y alma y camino: esta palabra somos en la inmensidad del íntimo pulso. Hay que sembrar —como dijese Octavio Paz— ojos en las páginas, palabras en los ojos. Porque “los ojos hablan/ las palabras miran,/ las miradas piensan.”

La palabra es vida. Los religiosos llaman “palabra de vida”, a la palabra bíblica; y siendo la Biblia muchos libros, también resulta ser que se constituye en testamento de la palabra. Los proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel, nos dicen, por ejemplo que Para entender sabiduría y doctrina, para conocer razones prudentes, para recibir el consejo de prudencia, Justicia, juicio y equidad; para dar sagacidad a los simples, Y a los jóvenes inteligencia y cordura, es necesario escuchar al sabio, y aumentará el saber, y el entendido adquirirá conocimiento del mundo. El principio de la sabiduría es es Dios; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.

Su reino es de este mundo. Sirven para leer y escribir. Hoy existen cajas de palabras, aunque no sé si son como los féretros, encerradas, sin vida, fósiles. Los maestros deberían ser adictos a las palabras como lo son los poetas que miran a través de ellas y las hacen andar, tienen la capacidad de nombrar, de distraernos y encerrarnos. Cada quien nace, crece y vive desde y en la palabra. Todo el ser está en la palabra, así lo dice Neruda, el incansable Neruda malabarista, el jinete del idioma. Veamos:

...Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan. Me posterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo todas las palabras. Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen...

Son tan hermosas que las quiero poner en mi poema. Las agarro al vuelo cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces, las revuelvo, las agito, me las bebo, las trituro, las libero, las emperejilo"... [Extraído de: Confieso que he vivido: memorias / Pablo Neruda. - Buenos Aires: Losada, 1974. - p. 73-74.]

Con las palabras se construye el mundo. La escuela, sin embargo, las fosiliza. Uno aprende y aprende, decía Borges. Sí, uno aprende a construir/ todos sus caminos en el hoy/ porque el terreno de mañana/ es demasiado inseguro para planes.../ y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad./…

Borges —en palabras de Roberto Alifano, director de Proa— amaba las palabras, tenía por ellas un respeto sagrado. Las palabras eran su fundamento y así llegó a la quintaesencia de la literatura. Es uno de los pocos escritores que soporta el peso de una obra completa, es decir, de una obra inobjetable hasta el último adjetivo. Allí está la belleza, la sensibilidad, el talento siempre, "la inminencia de una revelación que no se produce", para decirlo con sus propias palabras al definir el hecho estético. El secreto de su observación, me parece, está en la palabra inminencia; todos los seres y las cosas están a punto de revelarnos algo; si se produjera la revelación desaparecería el misterio.”

Palabras hay para todos los gustos. Unas para desnudar el cuerpo; otras para vestirlo. El poeta José Hierro, las invoca para que llevadas al papel sigan llorando como él las ha llorado antes de llevarlas a la hoja en blanco. Uno advierte en ellas diferentes instantes: cuando se llora, ríe o recuerda el aroma de la lluvia, cuando se arenga sobre el púlpito del corazón. Palabras hay que deshojan los intrincados caminos del alma; son criaturas que envuelven o desvelan el tiempo, dicen cuánto un hombre o una mujer ha vivido los despojos de la soledad o la compañía; “bajo la luz mortal” se vuelven intratables, durante “el tiempo del macho y de la hembra” se embarazan con la desmesura de un espejo.

David Escobar Galindo, desde los insondables jardines del vértigo y la vigilia remota del sueño, nos dice con un sorbo de voz memoriosa que “La palabra revienta en el silencio/ y el silencio se nutre de palabras.” El silencio más allá de los fantasmas es un cielo transparente de palabras. Se dialoga con uno mismo; el yo y el otro yo en la vocación del rocío. Al principio son candados; pero luego en los niños las vemos salir como un gajo de luciérnagas.

Eliseo Diego también da fe que a través de ellas se puede asir el mundo, nombrarlo, adjudicar nombres en un acto de unción creadora:”Voy a nombrar las cosas”. Así el poeta, poseso de su estro y la magia de las palabras, expresa: “Y nombraré las cosas, tan despacio/ que cuando pierda el Paraíso de mi calle/ y mis olvidos me la vuelvan sueño,/ pueda llamarlas de pronto con el alba./”… la palabra es tal que al desvelarla se llega al fondo, letra a letra, de la palabra misma. “¡Ah, las palabras!” dice Blas de Otero con un dejo de admiración y desconsuelo, alguien rompió el cuerpo con su viento.

La palabra en Quevedo multiplica fríos y en sus cenizas arde helado. Sin embargo, calla su deseo [¿de hablar?, seguramente que sí] para no romper el cielo a gritos. No siempre la palabra asegura felicidad, a menudo son inconsolables hasta “en la memoria o la esperanza”. Arden y en fuego se derraman. Algunas veces hacen —dice Francisco Brines— que la luz se torne negra y se borre el mar. La palabra triunfa sobre la ruina y el caos, así nos lo comparte Carmen González Huguet; pero también nos puede caer como una tempestad de hierro ardiendo,/ como un golpe de mar, un sol muriendo”… La palabra es entonces una brasa sin posibilidades de agotamiento; son ríos, y en ellas, las pupilas reverdecen sobre los trenes de los pájaros en las pupilas.

En Agnus Dei, el poeta Francisco Andrés Escobar, consumado hacedor y ofrendante al hablar de o con su padre le dice: “Ahora que los días están idos/ Y que un rubio verano me acompaña,/ Es tiempo de una carta./ ¡Hay tantas cosas que no quedan dichas!/ ¡Hay tanto amor que siempre nos negamos/ por humanos y débiles,/ por hombres confundidos!/ Y esa oquedad hay que salvarla, padre,/ No sea que después los precipicios/ Nos dejen sin palabra,/ O con palabra extraña que no podemos ni siquiera oírla”… hay pues, palabras extrañas, “palabras agrestes”, como la intemperie de las estatuas, como el golpe de las pupilas en los muros, como la pesadumbre del despojo y los duelos.

Palabras hay para el gozo erótico y no sólo para el insomnio y el miedo. Dina Posada, por ejemplo habla de “Gramática propia” cuando los desnudos indicios pertenecen a un cuerpo confeso. Antonio Porpetta para el caso también expresa que los “Ángeles del mar”, ahuyentan de los labios las últimas palabras, esas que nos clavan el tiempo en el alma y nos dejan en sus ojos una herida. Y en Juan Ramón Jiménez es “Agua de mujer”: ¿Qué me copiaste en ti,/ que cuando falta en mí/ la imajen de la cima,/ corro a mirarme en ti? Claudia Hérodier, por su parte, las llama “celestiales antorchas encendidas/[que] van poniendo su luz en el camino”, es decir, nos van iluminando cual un puñado de estrellas para evitar los tropezones. En Cristina Peri Rossi “sus manos son las palabras/ de un mudo/ que en el terror del silencio/ sabe que hay un secreto.” José Martí, apóstol de la independencia cubana, dice por su parte que: “Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero. Las palabras están de más cuando no atraen, cuando no añaden. La verdad es para decirla, no para encubrirla”. “La palabra martiana sigue siendo aliento vivo de la tierra”. Así lo hizo también Francisco Gavidia: él dio luz con sus palabras en un mundo de ceguera y carencia espiritual. Y así podríamos seguir enumerando esos hitos de la palabra como en “La historia de mi corazón” de Elvio Romero.

La escuela sin embargo, nos “mete en la evidencia de lo oscuro”: uno parpadea ante la sombra de la pizarra, esperando un instante de sol, que el lápiz sea un susurro de agua; pero no sucede así: les quita la ternura donde los niños juegan a las nubes, diseca las venas y nos deja un “libro de tristeza” en el tintero, no en el pupitre, en el alma…
Barataria, 18.VIII.2008
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