En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



viernes, 8 de abril de 2016

POEMAS DE VÍCTOR PÉREZ

Víctor Pérez, España




1
Comed buenas tajadas
 porque ahora va a venir la libertad del cielo.
 Comed buenas tajadas porque la verdad es alegría.
 El santo temor sí, pero el vano temor, nunca.
 Algunas chicas me han escupido en conciertos y ahora sólo deseo ganar millones
 Yo nunca olvida un culo blanco
 Y los antiguos bomberos me hacen vomitar
 Los sábados vendo mi sangre a las embarazadas
 Soy como lo adorable de la taxidermia
 Los que se estremecen me destruyen y oscuro es mi vino para levitar
 Si falto yo os va a comer la mierda
 Educado al sol con videojuegos lineales, todo lo que he hecho en esta vida lo puedo tirar abajo en un segundo
 Será una sola visita al orgullo, pero final y constante
 No me importa con quién folles; sólo a quién dedicas los poemas de amor
 Si deseas ganar a toda costa destruye el carácter de la gente
 Familia, amor,
 amigos, poesía:
 no son para el poeta.
 Mira a la madre,
 y si es una cerda.
 Corre!
 Después de la destrucción
 del Mediterráneo
 llegó ese dinero de Valladolid.
 Mucho poli al límite al fin en mi consulta.
 Yo no conozco España.
 Yo compro hierro, compro puertas
 Sonrío al prójimo como sonreí al sistema métrico cuando me lo enseñaron
 De pequeño me llamaban “el ruso” porque sabía exponer mi corazón
 Los paseantes son mis enemigos
 Y acabo de tirar a tu abuela a la laguna
 Yo era el típico solista investigado que sólo sabía hablar de camareros
 No tardaron en enviarme a Columbia para hacer superliteratura
 Recuerdo mis ojos monstruosos de museo en museo
 En estos días tendré mi tercer hijo con una sueca enigmática a la que apenas conozco
 Voy a estrellar el petrolero ruso de 600.000 toneladas de mi mente contra tus costas escocesas
 Y como hace una ventisca de puta madre te voy a pegar un tiro en las rodillas
 Con voz de hombre mueren a solas las niñas viajeras
 Cuando me tomo el pulso en los huevos
 mi boca es una rebanada coránica
 un nervio que acelera los minutos
 y mi escroto es un cero infinito que arde
 un puto teorema solar inspirado en los límites.
 Ahora me dedico a
 romper con mi sonrisa la
 magia de los momentos
 porque ardo en los suburbios
 y mi nombre es
 impronunciable
 Huya pues el viento de mi violencia
 Fidelísima
 El talento
 El horror de la primera parte.





2
Destruyo adolescentes
lo llevo escrito en la cara
Senderos de montaña y antiguos bosques mixtos llevan mi nombre
No me da pena: ni mujer, ni hijos,
 Ni perro, ni nada
A los que no puedo manipular
 los convierto en enemigos
 Es consecuencia de mi personaje
 Cuando hablo de sentimientos
 hablo de un diálogo abierto
 con el infierno que me postula
 Cuando escribo no muestro
 lo que soy exactamente sino
 su precisión más altanera
Es el proceso onírico del camuflaje frente a lo adaptativo y real
Los suaves años humanos.
Suelo dormir con alumnos de arte
 en una gasolinera abandonada
 escribiendo para los moradores de la superficie
 largas cartas de ciencia ficción
 y cuando las anfetaminas
 aumentan mi claridad de pensamiento
 se la chupo lentamente
 a galgos vagabundos en los maíces
 ensayando mi sonrisa de bienvenida.
También leo la mano de los negros en
 los hoteles
 e inyecto sangre de buitre a
 bailarinas yugoslavas
 A veces escribo.
 Sólo me dedico a eso
 Me gustan las bañeras con
 carácter
 Sumergirme en ellas
 Y cantar a los países
 Proscritos
Estas son las
 postales insuficientes de mi
 holocausto y mi camorra.
Ojalá me pongan en las escuelas
 de
 Georgia del sur durante los
 últimos días
 de la Tierra.


  

3
Mi abuelo cantaba mis poemas
 era un juego adictivo
 era un bochorno que merecía la pena
 así que empecé a fumar caballo con él
 le invitaba
 con su dinero
 y lo vestía de novia temible
 era fácil entusiasmarle y besarle
 en la boca, meterle la lengua.
 Como siempre me dejaba hacer
 lo que quisiera
 yo lo que quería era una buena pelea con él
 hacernos justicia en el monte
 conseguir una buena historia
 él me dijo: sálvate con los poemas
 el resultado fue que me pegó su bronquitis
 crónica y nuestro amor se hizo
 más rápido y bueno,
 desde entonces
 nos sentábamos en el porche
 pensando en nuestra vida y
 era yo quién le limpiaba el culo
 para que se viera mi talento
 ante la familia
 y el que lo bañaba por las tardes
 con una sospechosa
 lentitud alucinante.

jueves, 7 de abril de 2016

POEMAS DE AGUSTÍN RAMÓN SERRANO SANTIESTEBAN

Agustín Ramón Serrano Santiesteban, Cuba





FANTASMAS DEL SUEÑO 

Acepto la reverencia de los techos
el golpe de los poemas que limpia  la memoria
Reconozco la ausencia de tus huellas
el silencio inocente de otros jóvenes
que acechan la pelota entre las aguas
Estoy perdido en la medianoche
mientras mis manos deshacen pesadillas
y el reloj anuncia la penitencia de las horas
Vuelvo a los sitios que preguntan por mí
a la calle donde aún vuelan  los fantasmas del sueño
No puedo detenerme a contemplar
           los recuerdos que pasan
Allá lejos cantan los ausentes
he avistado el fulgor de sus fiestas
pero no bastan la palabra  el olvido
la acera donde riñen la alborada y la noche
Es imposible atrapar este soplo de vida
esta oculta sacudida del cuerpo
Torpemente reconozco que llueve en los amaneceres
y en cada pecho duerme la infancia agazapada.





POSTULADO SOBRE LA AUSENCIA

Un hombre no recuerda las veces
                      que lloró de niño
                            ni las  causas
los lugares comunes   las peculiaridades
sólo sabe que existe una cortina gris
una distancia entre lo real y lo pasado
donde persisten huellas que nunca encontrará
a pesar de los augurios de la brisa
y el permanente influjo de los sueños

Un hombre va dejando sitios
                        inocencias
trajes deshechos y pupilas rotas
No existe el otro lado ni el silencio
sólo la inmensa soledad de la vigilia
la impostergable opción del laberinto.



TODA EL AGUA DEL MUNDO

Ha pasado un hombre que ignora
                   la lluvia
el jadeo incesante del agua
                   entre las grietas
En el imperio del retiro
donde sobreviven los ausentes
el rumor de la lluvia es un fantasma
un fuego fatuo de la otredad que padecemos
Sólo los niños reconocen que afuera llueve
que hay un mundo que estalla entre
                          las nubes
cuando pasa el relámpago rasgando
                    las cortinas de la tarde
Ha pasado un hombre con los ojos cerrados
las manos extendidas hacia las sombras
                               del abismo                                     
ignorando que un perro solitario
hace añicos los breves espejos de la tierra
Sólo los niños saben
que el tren de la lluvia  atraviesa ciudad
y otra vez el relámpago y el trueno
cruzan por nuestros rostros insensibles
mientras afuera  
toda el agua del mundo
                 danza sobre las calles.





A CORAZÓN ABIERTO

Te dejo mi corazón
bajo señales de humo.
Voy a partir, no presumo
de tener siempre razón.
Sólo me queda una opción
y tengo el tiempo preciso.
Vacilo, estoy indeciso
y aunque me toca partir,
no sé cómo decidir
entre infierno y paraíso.

Entre infierno y paraíso
deja el hombre sus mitades,
cuando la fuerza del hades
rompe el cerco del hechizo.
La vida es un compromiso;
es una prueba la vida,
que nos juzga sin medida,
para mal o para bien,
y nos deja en el Edén
junto a la fruta  prohibida.

Junto a la fruta prohibida
el hombre elige un camino,
lanza el arco del destino
relámpagos a la herida.
Ha llegado la partida;
adiós sueño, adiós memoria,
nos veremos en la gloria
si acaso la gloria existe
o en algún  lugar más triste
del mañana, en otra historia.

Del mañana, en otra historia
alguien buscará mi sombra,
este dolor que me nombra
y circuye como noria.
Tengo que partir, la euforia
va cediendo en cada paso.
Dejo al menos: un abrazo,
un hijo, un árbol, un nombre
y la silueta de un hombre
ardiendo sobre el ocaso.


lunes, 4 de abril de 2016

LA PILA 21 DEL PUENTE DE MARACAIBO Y EL GATO NEGRO.

Puente de Maracaibo





LA PILA 21 DEL PUENTE
DE MARACAIBO Y EL GATO NEGRO.

«La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo»EPICURO DE SAMOS

Por: GREGORIO RIVEROS

En el kiosco de la esquina, leí en un periódico el titular de una noticia: «TAXISTA SE LANZA DE LA PILA 21 DEL PUENTE DEL LAGO DE MARACAIBO». Esta noticia me recordó a mi padre quien también se lanzó de la Pila 21. Ese día que mi padre se lanzó, yo estaba ahí, y toqué con mis manos la calurosa Pila 21. Había una suave brisa que traía un olor intenso a pescado y a lemna. No sé por qué, ese día me sentí sumergido en el cuerpo de mi padre como en un remolino frío, inerme, en las turbias y bravías aguas del lago. Pero él se hundió, y yo me quedé parado en el puente, mirando su ausencia en las profundidades de las aguas. Nos separaban tan solo 50 metros. Era una simple distancia mortal.
Mi padre decidió lanzarse de la Pila 21. Pienso que todos los que deciden lanzarse, ya conocen el significado de la pila. Se informan muy bien, saben que ninguno de los cuatrocientos (hombres y mujeres) que se han lanzado, nadie ha fallado. Nadie ha sobrevivido. Pero los vecinos de Santa Ritay San Francisco, dicen que «sí hubo un sobreviviente» de esa mortal caída libre. Que ha sobrevivido únicamente: «un gato negro».
Yo fui quien llevó a mi padre hasta el puente. Se bajó de mi vehículo y se lanzó desde la Pila 21. Por eso, por la muerte de mi padre, me interesaba leer la noticia del taxista suicida. Compré un periódico, y me fui al cafetín del Centro Cultural «Rafael María Baralt». Pedí una taza de café y lo bebí con mucha calma. De verdad, no quise leer nada del periódico. Me puse a mirar a unos obreros que hacían unos retoques de pintura en la fachada principal del Teatro que estaba diagonal a la Plaza Bolívar. Así estuve un rato, mirando pasar carros, motos, caminantes y trabajadores de la calle. También miré hacia la torre del «Banco de Venezuela», porque al lado, estaba ubicado mi apartamento. Estaba en pleno centro de la ciudad. El cafetín y el edificio de mi apartamento los separaba solamente la Plaza Bolívar.
Me bebí el café. Salí. Caminé y atravesé la plaza con pasos tranquilos y seguros.
Al abrir el apartamento, oí unos quejidos. Hice un cuidadoso silencio y seguí escuchando. Eran quejidos suaves, pero agitados y sensuales. Abrí la puerta de mi habitación y estaba mi esposa desnuda en la cama haciendo el amor con mi propio hermano. Sentí rabia y desesperación, me temblaban las piernas. Pensé en matarlos. Mi mujer soltó una mirada de piedad. Su rostro estaba pálido. Comenzó a llorar y a jipiar sin dejar de mirarme. Me dijo con una voz quejumbrosa que la entendiera, que me iba a explicar todo.
A su lado (junto a ella), estaba mi hermano sentado en la cama desnudo y asustado. Pero rápido me volvió la idea de matarlos. Me sentí ofendido. No aceptaba ninguna explicación. La habitación tenía un aire pesado para soportarlos vivos. Solo se oía el llanto quejumbroso de mi mujer. Al fin, hice lo que tenía que hacer. Cerré las puertas y salí rápido del apartamento.
Crucé la Plaza y volví al cafetín. Aún sostenía el periódico que temblaba en mis manos. Yo era el psiquiatra de tantos pacientes, y ahora me tocaba ser un paciente, asustado, angustiado y deprimido. Yo mismo no podía encontrar el sosiego. Sabía que necesitaba ayuda. Me senté. Pedí otro café y llamé a un amigo, un colega psiquiatra. Sabía que lo necesitaba y le manifesté mi urgencia en verlo. Comencé a esperarlo, y en la espera, fue cuando me atrapó la idea del suicidio. En el fondo, no quería repetir la misma tragedia de mi padre que se quitó la vida por despecho porque mi «madrastra» lo abandonó por otro.
Para evitar pensar en mi suicidio, preferí leer el periódico, pero ahí estaba la historia del taxista. Tenía un titular muy triste: «TAXISTA SE LANZA DE LA PILA 21 DEL PUENTE DEL LAGO DE MARACAIBO».
Creí por un momento que estaría seguro y tranquilo en el cafetín leyendo el periódico y tomando café, y después, todos mis sentidos se arreglarían. Pero el ambiente se puso muy extraño: el taxista-suicida era «Gerardo Rivas», me resultaba conocido, era un paciente mío del psiquiátrico donde yo trabajaba. Esa cercanía con el suicida de la Pila 21 me puso más intranquilo.
Para completar el desequilibrio de mis nervios, de repente un gato negro se subió y pasó corriendo sobre mi mesa y derramó la taza de café. Al pasar, pude percibir en sus ojos una mirada de oscuras premoniciones. Eran extrañas coincidencias; yo no creía en esos cuentos de espantos y fantasmas. Pero estaban ocurriendo. Aún así, no quería creer en supersticiones. Insistí en no pensar nada malo. Aunque ese gato tenía un parecido al gato que vi cuando mi padre se lanzó de la Pila 21.
Me quedé buscando la calma y seguí leyendo la historia del taxista. Pero me temblaban las manos. Mi amigo el psiquiatra no aparecía y mi celular comenzó a repicar, pensé que era él, y cuando miré la pantalla del teléfono, era mi esposa quien llamaba y lo apagué. Seguí la espera, tenía la sensación y certeza que mi amigo llegaría tarde o temprano.
Retomé la lectura. El periódico repetía lo que yo conocía: «que los que se lanzan de la Pila 21 no se salvan». En todo caso, dice lo mismo: que ha sido «un gato negro el único sobreviviente» y que los vecinos creen que todavía «desanda».
Afirma el periódico que: «Hace varios años, el día 24 de agosto de 1962, día de la inauguración del puente del Lago de Maracaibo, a las pocas horas de inaugurado, un grupo de muchachos ociosos que parrandeaban y transitaban por el puente, lanzaron un gato negro desde la Pila 21. Hay quienes vieron nadar al gato hasta la orilla del lago, y otros dicen que se ahogó. Lo más extraño, después de lo acontecido, ocurre que cuando alguien se lanza desde la Pila 21, y se hunde en las turbias y mortales aguas del lago, ven que aparece un gato negro nadando en las cercanías de la Pila; y se distingue mejor cuando desanda en la oscuridad de la noche con sus ojos rojizos y destellantes››.
Mi amigo no llega. Entonces, prendo el teléfono y veo en el registro de llamadas, todas las llamadas fallidas de mi esposa. Llamé a mi amigo y escuché un mensaje automático de la contestadora. Pedí otra taza de café. Vuelvo a llamar y ni siquiera repica. Se me acerca muy amable el dueño del cafetín, el señor «Aguirre», y me sirve la taza de café, y me pregunta: «si me está pasando algo malo». Le contesto que no, que no pasa nada, que estoy bien. Insiste:
‹‹Cualquier cosa, doctor, estoy a la orden››. Le di las gracias.
Apenas me bebí un sorbo de café y comencé nuevamente a pensar en la muerte de mi padre. Ese día lo recuerdo muy claro: toqué con mis manos sudorosas la Pila 21, yo estaba impresionado y muy asustado, me temblaba el cuerpo, sabía que tocaba la puerta infalible de las profundidades infinitas del vacío.
El desaliento cambió mi semblante al presumir que mi amigo no iba a llegar. Apagué definitivamente el teléfono. Y mi mujer daba vueltas y vueltas en mis pensamientos. En ese momento comprendí que la amaba profundamente. Aquí pude sentir con más intensidad que la amaba muchísimo; pero no sé por qué, también se intensificó el deseo de lanzarme de la Pila 21.
La noticia del taxista «Gerardo Rivas» afirmaba que «se suicidó por amor». El periodista que redactó la información, incluyó como epitafio un pensamiento del poeta Cesare Pavese, para darle un sentido al suicidio por amor. Era un pensamiento que también asustaba y ponía los pelos de punta. Decía el epitafio: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada».
Tomé un largo sorbo de café y agravé más la situación porque me bebí dos pastillas: un rivotril y un lexotanil. Era una combinación peligrosa. Estaba confundido, no me servía para nada la psiquiatría y pensé que quizás no era tan mala la idea de quitarme la vida.
Las ganas del suicidio se me afincaron más duro. Se avivó un terrible y doloroso instante de confusión y amargura: mi mujer no me amaba y se acostaba con mi hermano; además, me perseguía el agobiante recuerdo de mi padre y aquél día de su muerte en la Pila 21.
El día que mi padre murió, yo no sabía nada de sus planes, no sabía que tenía previsto lanzarse de la Pila 21. Ese día llegamos al puente y había una inmensa cola por un accidente de tránsito. No estaba restringido el paso, pero la circulación era demasiado lenta y se paralizaba a cada rato. De pronto, mi padre se bajó de mi vehículo y corrió hasta el borde de la pila 21 y se lanzó.
Recordar ese día es revivir su muerte. Nunca me quité de encima esos recuerdos, aunque su muerte no fue mi culpa. Hay muertes que pesan en la conciencia sin que seamos los victimarios, porque hay una frontera invisible que se afinca con algún sentimiento de culpa y nos involucra en algún espejismo y nos hace creer que esos muertos salieron de nuestras propias manos.
Es como volver al mismo lugar y mirar el vuelo rasante de las aves sobre las aguas del lago. Tal vez siempre hice un juego peligroso con el recuerdo suicida de mi padre y lo utilicé para simular mi propia muerte; o tal vez, ahora estoy buscando un espacio fantástico para llamar o distraer la atención, o conseguir un gesto, un gesto de piedad, una mirada, unas palabras de lástima o consolación. La cruda verdad, me avergonzaba de mis actos miserables, porque mi corazón estaba degradado como un mendigo de afectos en procura de una mirada piadosa y un poquito de amor.
Ahora me tocaba vivir la realidad y estaba casi seguro que tenía que llegar a la Pila 21. Las aguas del lago redimirían mis penas. Aunque por momentos sentía chispazos de lucidez que me apartaban de la pila. Era un sentimiento afectivo y moral que me llegaba de la infancia como una advertencia muy repetida por mi madre «Rosa Solarte» afirmando que: «los suicidas no ven el rostro de Dios y van derecho al infierno». Pero ya ni eso me daba miedo. Y así estuve un buen rato. Pensando en mi amigo (el psiquiatra que no llegaba) y mi mujer desnuda balanceándose y estremecida en los brazos de ‹‹mi hermano››.
Volví a llamar a mi amigo y no respondía. Pedí un tercer café, le di un largo sorbo. Seguí leyendo el periódico:
«Qué valentía tienen las personas que llegan hasta la Pila 21. Qué fuerza de voluntad los motiva. ¿Planifican su muerte? Por qué tiene que ser la Pila 21 y lanzarse desde el canal que va desde Maracaibo hacia la . ¿Por qué planificar tanto? Será que saben, que cuando se lanzan en horas de la mañana flotan más rápido; sabrán que los suicidas matutinos flotan por los lados de las riberas del Bajo, o la Cañada de Urdaneta. Y los suicidas vespertinos (los que se lanzan en horas de la tarde) demoran hasta cinco días para flotar y sus cuerpos pueden llegar hasta las orillas de . ¿Son valientes? ¿Son cobardes
El redactor de la nota periodística se hacía las mismas preguntas que yo, sobre la valentía o cobardía de los que se lanzan de la Pila 21. Pero yo sigo aquí, sin respuestas. Al final, creo que se toma la decisión y listo. Cuando uno se va a suicidar parece que no hay muchas preguntas: se toma la decisión, nos matamos y punto.
Aún me tiemblan las manos y las piernas porque quizás no nací para morir en la Pila 21. Eso me asusta bastante. Por eso, pensé, en tener un miedo más leve; era mejor si «me bebía unas cervezas y ahí decidía». No era ni mala la idea: unas cervezas y unas pastillas más.
Salí del café, miré al cielo y había un sol inclemente. Comencé a sudar sin parar. Fui al estacionamiento para sacar mi vehículo, y me fui para la calle Carabobo.
Entré al bar ‹‹El Palmarejo». Me atendió un buen amigo (Mario) que parecía más actor de circo que mesero, era también muy agradable y diligente, me traía rápido las cervezas que hacían explosiones en mi estómago y repotenciaban las pastillas. Bebí más de una docena de cervezas. Salí del bar. Caminé por la calle Carabobo. Al final de la calle, ya no hubo más distancias entre las cosas y los caminos: había emprendido un largo viaje inacabado.
A pesar de la ciudad muy caliente, me senté en una calle sin nombre, cercana al Centrodearte «Lía Bermúdez». Todo sucedió tan rápido. Las pastillas y las cervezas comenzaron a traer recuerdos lejanos: mis padres, la casa vieja de la infancia, mis amigos del ayer, las botellas, los cigarrillos, gritos, música, los bares, los muertos, y un olor a flores silvestres con exuberante olor a café de amargo velorio. También pasaba mi ciudad, como la más elegante y amada de mis novias, caminando con distinción y pomposa majestad.
Todos pasaban y se despedían como de un cuerpo moribundo y fúnebre.
Era una marcha sin fijación de lugares, ni cercanos, ni lejanos. Eran recuerdos como de un naufragio: un viaje a la deriva. Así desfilaban apurados por mis pensamientos, amigos de la niñez, mi facultad de medicina, poetas, libros, profesores, profesoras, mi psiquiátrico, locos, locas, heterosexuales, homosexuales y bisexuales. También pasaba mi tía «Bárbara Portillo»; sin faltar su hija, mi prima «Dévora Encarnación» con sus primeros besos y sus tetas peladas como virginales duraznos dulces y tiernos. Ella, «Dévora Encarnación» fue mi primera novia y luego sería mi esposa.
Me sentía muy borracho. Pero pude ubicarme más adelante, en el callejón de “Los Miaos››. Ahí me detuve, y por un momento caí al piso, donde brotaban ráfagas de calor de las entrañas de la tierra. Así consolidaba con mi borrachera una peligrosa trocha hacia la Pila 21.
Había conformado la certeza de morir por mi propia voluntad como un derecho que me asiste. Es una decisión que podía tomar cuando quisiera. Nadie está obligado a quedarse a vivir en el mundo cuando considere y decida que ya la vida se ha vuelto tan indigna que no merece ser vivida.
Así dispuse mi viaje, y mi vehículo siguió la ruta hacia la Pila 21.
Ahí estaba parado, justo en la entrada del puente. Seguí hasta llegar a la Pila 21. Tenía pocos minutos antes que llegara la Guardia Nacional. Me bajé y caminé hasta la orilla de la carretera; la gente miraba, se fueron parando los carros y comenzó una cola inmensa. Se paralizó el tránsito. Nadie se me acercaba.
Pero un chofer de un bus que estaba allí mirando, me gritó:
«No hagáis eso Mijo, no hagáis eso. Salí de ahí…»
Yo no miraba a nadie. No hablaba. No quería escuchar nada, más bien todo se empeoraba, porque los amenazaba con acercarme más al extremo del puente.
Alguien conocido, tal vez alguno de mis pacientes, me llamó con título y apellido:
« ¡Doctor Portillo!!»
Aquél grito de alguien me impactó. Volví en sí, pero era demasiado tarde, porque toda mi realidad era envolvente: la historia amorosa de mi esposa infiel y también el suicidio de mi padre. Todo se amontonaba sacudiendo la borrachera de las neuronas. Pero recordé algunas cosas del pasado, la infancia, los amigos, la casa campestre y los animales. También recordé a Rosa Solarte (mi respetada madre).
Las cervezas revueltas con las pastillas recrudecieron los recuerdos alucinantes. Un sudor copioso cubría mi rostro. Miraba a mi mujer revolcada en mis pensamientos, desnuda y estremecida en los brazos de mi hermano. Sentía un filoso puñal traicionero que traspasaba mi pecho.
El calor y los efectos de las cervezas con las pastillas me hicieron alucinar y fantasear de verdad: escuchaba gritos y voces que venían de lejos. Eran los gritos de un ser muy apreciado. Esos gritos desesperados y recurrentes, se metieron en el remolino tormentoso de mis pensamientos:
«Ruuuua…ruuua... ¡Mariquito! ... ruuua… ».
Era ‹‹Marisela››, la lora de la infancia, la mascota de mi mamá que no paraba sus gritos alucinantes. Hacía heroico y valerosos intentos por salvarme. La lora estaba como loca dando alaridos, quería distraerme, gritaba y gritaba. Hasta que logró paralizarme. Para ese momento, me senté en la orilla de la Pila 21. Y en un rápido instante, todo había cesado, había desistido de saltar.
Sentado en la orilla del puente recordé a mi madre (Rosa Solarte) cuando en la casa de la infancia le daba comida a «Marisela». Comía pan y vino para que hablara bastante. Era muy conocida en el vecindario. No paraba de gritar y llamar a la gente con palabrotas comunes y groseras. Ella era como parte de la familia.
Nunca olvidaron el día cuando se marchó para siempre. El hogar fue un desmadre; fue una loquera. Ese día «Marisela» después de comer, quiso reposar, y se acomodó en el comedero del burro, un fresco pastizal verde y tierno que no daba oportunidad al mismo burro para diferenciar entre el verdor del pasto y el verdusco plumaje de la lora. El burro se la comió y la casa se llenó de una larga y profunda tristeza.
Por eso «Marisela» estaba aquí en mis pensamientos, aquí en la Pila 21. Pero no había nada que hacer, volvieron las ganas de lanzarme. Estaba decidido a caer en las turbias aguas del lago. Y de pronto, un Guardia Nacional llegó y me agarró. Me sentí muy desolado y triste. Me sentí perdido; pero al fin, estaba a salvo. No sé si tranquilo, o simulaba estar tranquilo. No me resistía para nada. No intentaba hacer ningún movimiento para soltarme.
Los curiosos que estaban en el puente aplaudieron al Guardia Nacional; y uno de los curiosos, soltó un grito:
« ¡Lo salvó Dios! ¡Bendito sea Dios!»
Una mujer, también gritó:
« ¡El Ángel de la Guarda, lo salvó!»
Eso fue lo que escuché y es lo último que recuerdo antes de soltarme de las manos del Guardia Nacional.



lunes, 21 de marzo de 2016

LA POESÍA DE KAREN VALLADARES, CORPUS POÉTICO

Karen Valladares, poeta hondureña





LA POESÍA DE KAREN VALLADARES,
CORPUS POÉTICO


André Cruchaga


Ya el primer poema Viene llegando la tarde” nos anticipa cuál será el recorrido del poemario “Ciudad inversa”: el tiempo y sus ráfagas solitarias, ciudad desterrada, vacía y oscura. El río de su poesía es fuego vivo, a veces salpicada por las uñas de la irreverencia, Karen pertenece a la nueva promoción de la poesía hondureña. Or supuesto su poesía tiene claras fragancias y una clara dirección. Reconozco que sería temerario de mi parte hablar de lazos poéticos, pues, mi ignorancia es mucho mayor a lo que conozco de poesía hondureña. Mi universo quizá se resuma a cinco, o seis poetas. Entre ellos, por supuesto, están mis buenos amigos y poetas Fabricio Estrada, Samuel Trigueros, etc. En ninguna parte del mundo los poetas comparten los mismos rasgos, ni uniformidad de estilo e intereses. Cada cual tiene su propio registro. Clamor y fuerza son algunas de las claves de la poesía de Karen:

“Hay un charco de silencio afuera de la casa.
Hay un charco de silencio afuera de la casa.”

Destacan, como vemos, esas circunstancias objetivas que luego se adentran en la conciencia de la poeta y la vuelcan a una forma de angustia. En su palabra de vislumbra una ciudad fantasma, la ciudad que no resiste al portento de la poeta, esa ciudad con la que no podemos comunicarnos. Las preguntas no son tales, sino caminos para dilucidar las frustraciones, para entender todo el clamor que nos desoye.
Existen, seguramente, coincidencias con todos los poetas de su promoción en ciertos temas, pero no en su manera de abordarlos, ni tampoco en las técnicas poéticas empleadas, ni en los planteamientos estéticos, ni en su posterior evolución. En “Sobra el tiempo” podemos ver con mayor claridad lo afirmado: aquí la poeta se nos muestra preocupada, al menos en lo que se refiere hacia fuera; otra cosa es hacia dentro, el tiempo vital que claudica, reductos de una conciencia crítica. Pero el tiempo siempre resulta ser el aleluya de los orgasmos. Luz y palabras nos acribillan, tierra adentro de nuestras fauces.
Un poema revelador es, sin lugar a dudas, “La sombra y mi cuerpo”. Revelador en cuanto a espejos, a sombra y cuerpo y silencio.

“Que no me duplique la sombra en los espejos.
Mucho menos que absorba el color de mi carne.
Que no persiga el ritmo sordo de mis pasos, de mis manos;
el sonido plano de mi alma cuando calla.”

En este poema emergen los símbolos. ¿Es desahogo, o búsqueda de transparencia, frente a la sombra de aquella ciudad-cuerpo? ¿Es soledad el dolor de la carne, el secreto sudoroso que arde en esa duplicación de la cual nos habla la poeta? No es cualquier cosa decir: “el ritmo sordo de mis pasos”, es la certificación de lo inefable, la sed austera de la entraña, el ser humano desarmado frente a su humanidad, el ahogo que nos produce el asalto a la ternura.
“En mis ojos” hay una especie de reencuentro: aquí el interés es otro. Otras las motivaciones, las condiciones personales y sociales. Hay como un reencuentro con su entorno y consigo misma. Por supuesto que esto no constituye una nota común generacional, pero sí una perspectiva muy distinta de la de algunos otros poetas coetáneos. El ambiente que traslucen los siguientes versos tienen mucho que ver con lo que planteo:

“Mis ojos no son ya aquellas calles solitarias y muertas,
la piedra que golpea la tibia mirada que no observa.
No son los trenes que avanzan cargados de gente,
sin nombre,
sin cuerpo,
sin sombra,
sin sueño y sin amorío.”

De nuevo en el poema: “Nave de sueños”, retoma el hilo conductor del inicio. Encuentro en Karen a una poeta visionaria a menudo, serenamente contemplativa, centrada en los valores del ser humano, la solidaridad humana, la reflexión casi elegíaca por así decirlo...

“Nave de muerte
son mis sueños
o este cuerpo
que habito a diario
o esta voz
que calla
la sombra rota de los espejos”…

La poeta asume una estética del “yo lírico”. Aunque, a veces cuando alude a lo lírico pareciera que se está denostando al poeta. Y no es así. Es ella, la poeta, y su destino con la poesía. La poesía es en suma ese dilema de vivir o morir, o ambas. En palabras de Unamuno: "Todo verdadero poeta es un hereje, y el hereje es el que se atiene a postceptos y no a preceptos, a resultados y no a premisas, a creaciones, o sea poemas, y no a decretos, o sea dogmas. Porque el poema es cosa de postcepto, y el dogma, cosa de precepto" [Gerardo DIEGO, Poesía Española (Antología 1915-1931). Madrid, Editorial Signo, 1932.]
Un tema que en lo personal me enternece es el de la muerte. La poeta lo asume con delicadeza, sentimiento genuino y sinceridad. Don Jorge Manrique nos refiera que la muerte nos ha dejado harto consuelo su memoria. Otros nos la refieren como “estruendo de hierro, crujido de huesos, carne desgarrada,”… En este poema, “Muerte”, la poeta nos desvela otra faceta de su cosmovisión poética. Al igual que la poeta yo lo veo como la vida en tránsito, veamos:

“Este ataúd
es el primer barco de  la muerte,
donde naufrago en mares de sueños que jamás dormí,
donde me hundo con un sonido de huesos
gritando nombres,
nombres que me olvidaron a diario.”

Pero claro, la poesía de Karen Valladares no es una poesía volcada en o hacia su interioridad. Digamos que es una poesía vívida y vivida. Una mirada de corajes irremediables hacia su entorno, a esa ciudad inversa, contraria al común de las ciudades. Allí, las imágenes reales y las confabulaciones, los ecos, los fantasmas, los verdugos, la piedra del absoluto ardiendo en ceniza.
“En amanezco”, es la misma postración. Hay aquí un significado de la vida espeluznante, hueco vacío, es casi una flor irascible en el desvelo, en el insomnio, en esa hueste de túnicas que nos desarman. La poeta a través del recurso de la anáfora nos inventarea esa cuasi caótica manera de ver el mundo, de deglutirlo, de sentirlo en sus ijares, en ese visceral coro del sofoco.

“Amanezco, y no precisamente en la mañana.
Abro los ojos, y caminan lento, buscando quién sabe qué cosa.
Aquí las horas tempranas envuelven por completo la casa.
Sigue latiendo algo dentro de mí,
y mi cuerpo tendido en la cama,
pensando en todo,
pensando con los ojos abiertos,
con las manos abiertas,
con el corazón abierto como flor,
con las palabras abiertas pero mudas,
con los pájaros nocturnos yéndose a su nido
y no a mi techo,
y no a mis árboles,
y no a mi patio trasero,
y no a colgarse a los balcones,
y cantar cualquier cosa que se les ocurra.”

En “Se me han agotado las palabras”, “Es tarde”, y el resto de poemas, superan la anécdota autobiográfica, la significación estrictamente íntima, para abrirse a significados plurales y universales, los que acontecen a todo ser humano en su relación con el mundo. En esencia, ¿qué o quién alimenta la obra de esta poeta cuyo futuro es promisorio? Seguramente, los miedos, los temores, las florescencias, el tiempo. Ella respira su íntima luz, pero también la luz del mundo, de ese mundo que nadie sueña al mundo, como diría Borges.

“Pienso en todas las tardes,
en todas las noches,
en todas las mañanas,
en el único nombre que mi boca pronuncia.
Y lo pronuncio sin ninguna prisa.
Hay algo que voy acumulando dentro de mí.
Hay tantas cosas que me vuelven nostálgica.
Pero sólo observo todo.”

“Sobre la baldosa una niña abandonada por su madre.
En el otro extremo la imagen se nos lanza a pique,
mientras una anciana, cargando la muerte de su nieta en brazos, pasa.
Jorge capta con su celular la escena sin ninguna dolencia. 
Es mentira el silencio de los hospitales,
porque traspasa ácidamente el dolor de los niños con jeringas insertadas,
y el dolor de los heridos recién llegados.”

Más que leer el poemario de Karen Valladares, ha sido pensándolo bien, un viaje inmenso e intenso. Este destino que tengo con la palabra me ha permitido tocar tierra en su ciudad. Hoy me acuesto con ese sabor a lluvia diferente, a fuego infinito. La poesía siempre está cruzada por circunstancias históricas vividas, que es necesario metaforizar, caso de la poeta con su “Ciudad inversa”.

Barataria, 21.03.2016