En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



lunes, 4 de abril de 2016

LA PILA 21 DEL PUENTE DE MARACAIBO Y EL GATO NEGRO.

Puente de Maracaibo





LA PILA 21 DEL PUENTE
DE MARACAIBO Y EL GATO NEGRO.

«La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo»EPICURO DE SAMOS

Por: GREGORIO RIVEROS

En el kiosco de la esquina, leí en un periódico el titular de una noticia: «TAXISTA SE LANZA DE LA PILA 21 DEL PUENTE DEL LAGO DE MARACAIBO». Esta noticia me recordó a mi padre quien también se lanzó de la Pila 21. Ese día que mi padre se lanzó, yo estaba ahí, y toqué con mis manos la calurosa Pila 21. Había una suave brisa que traía un olor intenso a pescado y a lemna. No sé por qué, ese día me sentí sumergido en el cuerpo de mi padre como en un remolino frío, inerme, en las turbias y bravías aguas del lago. Pero él se hundió, y yo me quedé parado en el puente, mirando su ausencia en las profundidades de las aguas. Nos separaban tan solo 50 metros. Era una simple distancia mortal.
Mi padre decidió lanzarse de la Pila 21. Pienso que todos los que deciden lanzarse, ya conocen el significado de la pila. Se informan muy bien, saben que ninguno de los cuatrocientos (hombres y mujeres) que se han lanzado, nadie ha fallado. Nadie ha sobrevivido. Pero los vecinos de Santa Ritay San Francisco, dicen que «sí hubo un sobreviviente» de esa mortal caída libre. Que ha sobrevivido únicamente: «un gato negro».
Yo fui quien llevó a mi padre hasta el puente. Se bajó de mi vehículo y se lanzó desde la Pila 21. Por eso, por la muerte de mi padre, me interesaba leer la noticia del taxista suicida. Compré un periódico, y me fui al cafetín del Centro Cultural «Rafael María Baralt». Pedí una taza de café y lo bebí con mucha calma. De verdad, no quise leer nada del periódico. Me puse a mirar a unos obreros que hacían unos retoques de pintura en la fachada principal del Teatro que estaba diagonal a la Plaza Bolívar. Así estuve un rato, mirando pasar carros, motos, caminantes y trabajadores de la calle. También miré hacia la torre del «Banco de Venezuela», porque al lado, estaba ubicado mi apartamento. Estaba en pleno centro de la ciudad. El cafetín y el edificio de mi apartamento los separaba solamente la Plaza Bolívar.
Me bebí el café. Salí. Caminé y atravesé la plaza con pasos tranquilos y seguros.
Al abrir el apartamento, oí unos quejidos. Hice un cuidadoso silencio y seguí escuchando. Eran quejidos suaves, pero agitados y sensuales. Abrí la puerta de mi habitación y estaba mi esposa desnuda en la cama haciendo el amor con mi propio hermano. Sentí rabia y desesperación, me temblaban las piernas. Pensé en matarlos. Mi mujer soltó una mirada de piedad. Su rostro estaba pálido. Comenzó a llorar y a jipiar sin dejar de mirarme. Me dijo con una voz quejumbrosa que la entendiera, que me iba a explicar todo.
A su lado (junto a ella), estaba mi hermano sentado en la cama desnudo y asustado. Pero rápido me volvió la idea de matarlos. Me sentí ofendido. No aceptaba ninguna explicación. La habitación tenía un aire pesado para soportarlos vivos. Solo se oía el llanto quejumbroso de mi mujer. Al fin, hice lo que tenía que hacer. Cerré las puertas y salí rápido del apartamento.
Crucé la Plaza y volví al cafetín. Aún sostenía el periódico que temblaba en mis manos. Yo era el psiquiatra de tantos pacientes, y ahora me tocaba ser un paciente, asustado, angustiado y deprimido. Yo mismo no podía encontrar el sosiego. Sabía que necesitaba ayuda. Me senté. Pedí otro café y llamé a un amigo, un colega psiquiatra. Sabía que lo necesitaba y le manifesté mi urgencia en verlo. Comencé a esperarlo, y en la espera, fue cuando me atrapó la idea del suicidio. En el fondo, no quería repetir la misma tragedia de mi padre que se quitó la vida por despecho porque mi «madrastra» lo abandonó por otro.
Para evitar pensar en mi suicidio, preferí leer el periódico, pero ahí estaba la historia del taxista. Tenía un titular muy triste: «TAXISTA SE LANZA DE LA PILA 21 DEL PUENTE DEL LAGO DE MARACAIBO».
Creí por un momento que estaría seguro y tranquilo en el cafetín leyendo el periódico y tomando café, y después, todos mis sentidos se arreglarían. Pero el ambiente se puso muy extraño: el taxista-suicida era «Gerardo Rivas», me resultaba conocido, era un paciente mío del psiquiátrico donde yo trabajaba. Esa cercanía con el suicida de la Pila 21 me puso más intranquilo.
Para completar el desequilibrio de mis nervios, de repente un gato negro se subió y pasó corriendo sobre mi mesa y derramó la taza de café. Al pasar, pude percibir en sus ojos una mirada de oscuras premoniciones. Eran extrañas coincidencias; yo no creía en esos cuentos de espantos y fantasmas. Pero estaban ocurriendo. Aún así, no quería creer en supersticiones. Insistí en no pensar nada malo. Aunque ese gato tenía un parecido al gato que vi cuando mi padre se lanzó de la Pila 21.
Me quedé buscando la calma y seguí leyendo la historia del taxista. Pero me temblaban las manos. Mi amigo el psiquiatra no aparecía y mi celular comenzó a repicar, pensé que era él, y cuando miré la pantalla del teléfono, era mi esposa quien llamaba y lo apagué. Seguí la espera, tenía la sensación y certeza que mi amigo llegaría tarde o temprano.
Retomé la lectura. El periódico repetía lo que yo conocía: «que los que se lanzan de la Pila 21 no se salvan». En todo caso, dice lo mismo: que ha sido «un gato negro el único sobreviviente» y que los vecinos creen que todavía «desanda».
Afirma el periódico que: «Hace varios años, el día 24 de agosto de 1962, día de la inauguración del puente del Lago de Maracaibo, a las pocas horas de inaugurado, un grupo de muchachos ociosos que parrandeaban y transitaban por el puente, lanzaron un gato negro desde la Pila 21. Hay quienes vieron nadar al gato hasta la orilla del lago, y otros dicen que se ahogó. Lo más extraño, después de lo acontecido, ocurre que cuando alguien se lanza desde la Pila 21, y se hunde en las turbias y mortales aguas del lago, ven que aparece un gato negro nadando en las cercanías de la Pila; y se distingue mejor cuando desanda en la oscuridad de la noche con sus ojos rojizos y destellantes››.
Mi amigo no llega. Entonces, prendo el teléfono y veo en el registro de llamadas, todas las llamadas fallidas de mi esposa. Llamé a mi amigo y escuché un mensaje automático de la contestadora. Pedí otra taza de café. Vuelvo a llamar y ni siquiera repica. Se me acerca muy amable el dueño del cafetín, el señor «Aguirre», y me sirve la taza de café, y me pregunta: «si me está pasando algo malo». Le contesto que no, que no pasa nada, que estoy bien. Insiste:
‹‹Cualquier cosa, doctor, estoy a la orden››. Le di las gracias.
Apenas me bebí un sorbo de café y comencé nuevamente a pensar en la muerte de mi padre. Ese día lo recuerdo muy claro: toqué con mis manos sudorosas la Pila 21, yo estaba impresionado y muy asustado, me temblaba el cuerpo, sabía que tocaba la puerta infalible de las profundidades infinitas del vacío.
El desaliento cambió mi semblante al presumir que mi amigo no iba a llegar. Apagué definitivamente el teléfono. Y mi mujer daba vueltas y vueltas en mis pensamientos. En ese momento comprendí que la amaba profundamente. Aquí pude sentir con más intensidad que la amaba muchísimo; pero no sé por qué, también se intensificó el deseo de lanzarme de la Pila 21.
La noticia del taxista «Gerardo Rivas» afirmaba que «se suicidó por amor». El periodista que redactó la información, incluyó como epitafio un pensamiento del poeta Cesare Pavese, para darle un sentido al suicidio por amor. Era un pensamiento que también asustaba y ponía los pelos de punta. Decía el epitafio: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada».
Tomé un largo sorbo de café y agravé más la situación porque me bebí dos pastillas: un rivotril y un lexotanil. Era una combinación peligrosa. Estaba confundido, no me servía para nada la psiquiatría y pensé que quizás no era tan mala la idea de quitarme la vida.
Las ganas del suicidio se me afincaron más duro. Se avivó un terrible y doloroso instante de confusión y amargura: mi mujer no me amaba y se acostaba con mi hermano; además, me perseguía el agobiante recuerdo de mi padre y aquél día de su muerte en la Pila 21.
El día que mi padre murió, yo no sabía nada de sus planes, no sabía que tenía previsto lanzarse de la Pila 21. Ese día llegamos al puente y había una inmensa cola por un accidente de tránsito. No estaba restringido el paso, pero la circulación era demasiado lenta y se paralizaba a cada rato. De pronto, mi padre se bajó de mi vehículo y corrió hasta el borde de la pila 21 y se lanzó.
Recordar ese día es revivir su muerte. Nunca me quité de encima esos recuerdos, aunque su muerte no fue mi culpa. Hay muertes que pesan en la conciencia sin que seamos los victimarios, porque hay una frontera invisible que se afinca con algún sentimiento de culpa y nos involucra en algún espejismo y nos hace creer que esos muertos salieron de nuestras propias manos.
Es como volver al mismo lugar y mirar el vuelo rasante de las aves sobre las aguas del lago. Tal vez siempre hice un juego peligroso con el recuerdo suicida de mi padre y lo utilicé para simular mi propia muerte; o tal vez, ahora estoy buscando un espacio fantástico para llamar o distraer la atención, o conseguir un gesto, un gesto de piedad, una mirada, unas palabras de lástima o consolación. La cruda verdad, me avergonzaba de mis actos miserables, porque mi corazón estaba degradado como un mendigo de afectos en procura de una mirada piadosa y un poquito de amor.
Ahora me tocaba vivir la realidad y estaba casi seguro que tenía que llegar a la Pila 21. Las aguas del lago redimirían mis penas. Aunque por momentos sentía chispazos de lucidez que me apartaban de la pila. Era un sentimiento afectivo y moral que me llegaba de la infancia como una advertencia muy repetida por mi madre «Rosa Solarte» afirmando que: «los suicidas no ven el rostro de Dios y van derecho al infierno». Pero ya ni eso me daba miedo. Y así estuve un buen rato. Pensando en mi amigo (el psiquiatra que no llegaba) y mi mujer desnuda balanceándose y estremecida en los brazos de ‹‹mi hermano››.
Volví a llamar a mi amigo y no respondía. Pedí un tercer café, le di un largo sorbo. Seguí leyendo el periódico:
«Qué valentía tienen las personas que llegan hasta la Pila 21. Qué fuerza de voluntad los motiva. ¿Planifican su muerte? Por qué tiene que ser la Pila 21 y lanzarse desde el canal que va desde Maracaibo hacia la . ¿Por qué planificar tanto? Será que saben, que cuando se lanzan en horas de la mañana flotan más rápido; sabrán que los suicidas matutinos flotan por los lados de las riberas del Bajo, o la Cañada de Urdaneta. Y los suicidas vespertinos (los que se lanzan en horas de la tarde) demoran hasta cinco días para flotar y sus cuerpos pueden llegar hasta las orillas de . ¿Son valientes? ¿Son cobardes
El redactor de la nota periodística se hacía las mismas preguntas que yo, sobre la valentía o cobardía de los que se lanzan de la Pila 21. Pero yo sigo aquí, sin respuestas. Al final, creo que se toma la decisión y listo. Cuando uno se va a suicidar parece que no hay muchas preguntas: se toma la decisión, nos matamos y punto.
Aún me tiemblan las manos y las piernas porque quizás no nací para morir en la Pila 21. Eso me asusta bastante. Por eso, pensé, en tener un miedo más leve; era mejor si «me bebía unas cervezas y ahí decidía». No era ni mala la idea: unas cervezas y unas pastillas más.
Salí del café, miré al cielo y había un sol inclemente. Comencé a sudar sin parar. Fui al estacionamiento para sacar mi vehículo, y me fui para la calle Carabobo.
Entré al bar ‹‹El Palmarejo». Me atendió un buen amigo (Mario) que parecía más actor de circo que mesero, era también muy agradable y diligente, me traía rápido las cervezas que hacían explosiones en mi estómago y repotenciaban las pastillas. Bebí más de una docena de cervezas. Salí del bar. Caminé por la calle Carabobo. Al final de la calle, ya no hubo más distancias entre las cosas y los caminos: había emprendido un largo viaje inacabado.
A pesar de la ciudad muy caliente, me senté en una calle sin nombre, cercana al Centrodearte «Lía Bermúdez». Todo sucedió tan rápido. Las pastillas y las cervezas comenzaron a traer recuerdos lejanos: mis padres, la casa vieja de la infancia, mis amigos del ayer, las botellas, los cigarrillos, gritos, música, los bares, los muertos, y un olor a flores silvestres con exuberante olor a café de amargo velorio. También pasaba mi ciudad, como la más elegante y amada de mis novias, caminando con distinción y pomposa majestad.
Todos pasaban y se despedían como de un cuerpo moribundo y fúnebre.
Era una marcha sin fijación de lugares, ni cercanos, ni lejanos. Eran recuerdos como de un naufragio: un viaje a la deriva. Así desfilaban apurados por mis pensamientos, amigos de la niñez, mi facultad de medicina, poetas, libros, profesores, profesoras, mi psiquiátrico, locos, locas, heterosexuales, homosexuales y bisexuales. También pasaba mi tía «Bárbara Portillo»; sin faltar su hija, mi prima «Dévora Encarnación» con sus primeros besos y sus tetas peladas como virginales duraznos dulces y tiernos. Ella, «Dévora Encarnación» fue mi primera novia y luego sería mi esposa.
Me sentía muy borracho. Pero pude ubicarme más adelante, en el callejón de “Los Miaos››. Ahí me detuve, y por un momento caí al piso, donde brotaban ráfagas de calor de las entrañas de la tierra. Así consolidaba con mi borrachera una peligrosa trocha hacia la Pila 21.
Había conformado la certeza de morir por mi propia voluntad como un derecho que me asiste. Es una decisión que podía tomar cuando quisiera. Nadie está obligado a quedarse a vivir en el mundo cuando considere y decida que ya la vida se ha vuelto tan indigna que no merece ser vivida.
Así dispuse mi viaje, y mi vehículo siguió la ruta hacia la Pila 21.
Ahí estaba parado, justo en la entrada del puente. Seguí hasta llegar a la Pila 21. Tenía pocos minutos antes que llegara la Guardia Nacional. Me bajé y caminé hasta la orilla de la carretera; la gente miraba, se fueron parando los carros y comenzó una cola inmensa. Se paralizó el tránsito. Nadie se me acercaba.
Pero un chofer de un bus que estaba allí mirando, me gritó:
«No hagáis eso Mijo, no hagáis eso. Salí de ahí…»
Yo no miraba a nadie. No hablaba. No quería escuchar nada, más bien todo se empeoraba, porque los amenazaba con acercarme más al extremo del puente.
Alguien conocido, tal vez alguno de mis pacientes, me llamó con título y apellido:
« ¡Doctor Portillo!!»
Aquél grito de alguien me impactó. Volví en sí, pero era demasiado tarde, porque toda mi realidad era envolvente: la historia amorosa de mi esposa infiel y también el suicidio de mi padre. Todo se amontonaba sacudiendo la borrachera de las neuronas. Pero recordé algunas cosas del pasado, la infancia, los amigos, la casa campestre y los animales. También recordé a Rosa Solarte (mi respetada madre).
Las cervezas revueltas con las pastillas recrudecieron los recuerdos alucinantes. Un sudor copioso cubría mi rostro. Miraba a mi mujer revolcada en mis pensamientos, desnuda y estremecida en los brazos de mi hermano. Sentía un filoso puñal traicionero que traspasaba mi pecho.
El calor y los efectos de las cervezas con las pastillas me hicieron alucinar y fantasear de verdad: escuchaba gritos y voces que venían de lejos. Eran los gritos de un ser muy apreciado. Esos gritos desesperados y recurrentes, se metieron en el remolino tormentoso de mis pensamientos:
«Ruuuua…ruuua... ¡Mariquito! ... ruuua… ».
Era ‹‹Marisela››, la lora de la infancia, la mascota de mi mamá que no paraba sus gritos alucinantes. Hacía heroico y valerosos intentos por salvarme. La lora estaba como loca dando alaridos, quería distraerme, gritaba y gritaba. Hasta que logró paralizarme. Para ese momento, me senté en la orilla de la Pila 21. Y en un rápido instante, todo había cesado, había desistido de saltar.
Sentado en la orilla del puente recordé a mi madre (Rosa Solarte) cuando en la casa de la infancia le daba comida a «Marisela». Comía pan y vino para que hablara bastante. Era muy conocida en el vecindario. No paraba de gritar y llamar a la gente con palabrotas comunes y groseras. Ella era como parte de la familia.
Nunca olvidaron el día cuando se marchó para siempre. El hogar fue un desmadre; fue una loquera. Ese día «Marisela» después de comer, quiso reposar, y se acomodó en el comedero del burro, un fresco pastizal verde y tierno que no daba oportunidad al mismo burro para diferenciar entre el verdor del pasto y el verdusco plumaje de la lora. El burro se la comió y la casa se llenó de una larga y profunda tristeza.
Por eso «Marisela» estaba aquí en mis pensamientos, aquí en la Pila 21. Pero no había nada que hacer, volvieron las ganas de lanzarme. Estaba decidido a caer en las turbias aguas del lago. Y de pronto, un Guardia Nacional llegó y me agarró. Me sentí muy desolado y triste. Me sentí perdido; pero al fin, estaba a salvo. No sé si tranquilo, o simulaba estar tranquilo. No me resistía para nada. No intentaba hacer ningún movimiento para soltarme.
Los curiosos que estaban en el puente aplaudieron al Guardia Nacional; y uno de los curiosos, soltó un grito:
« ¡Lo salvó Dios! ¡Bendito sea Dios!»
Una mujer, también gritó:
« ¡El Ángel de la Guarda, lo salvó!»
Eso fue lo que escuché y es lo último que recuerdo antes de soltarme de las manos del Guardia Nacional.