En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



domingo, 21 de marzo de 2010

poemas de gladys zaldívar


Gladys Zaldívar, Cuba








Segundo reino







Ahora sostengo los espejos con el hueso de la soledad
una imagen ardiente sucede al caballista
que hace trotar el mediodía sobre mis ojos una imagen
de niño sobrecogido por el paso de la muerte
sobre los adoquines de su pueblo
recobrado de pronto en alguna galería de la memoria
el dios del invierno desciende por los nudos del agua
hasta mi rostro innúmero de visitante
(fabrica un barco de hielo para llevarse las lágrimas secretas)
si pudiera las dejaría ir temblando entregaría también
su ruta estéril si pudiera pero nacen de una remota bestia
en la que cabalgó mi infancia por un sendero marino
con grillos luciérnagas donde otro dios del tiempo
impone su aliento de llama sobre nuestras raíces
para siempre único poseedor de todo el aire
la ciudad en su oficio de enmascarada muerte
asalta mi lentitud de visitante gris
pero yo reconcilio entonces su mosaico de casas-insectos
que no detectan pájaros sino altos sonidos
los ojos violáceos que eléctricamente cuelgan de la noche
el nervio subterráneo arrastrando urgencias
que tienen el corazón de res
con el territorio ya perdido rescatable sólo al tacto del alma
que no es más que un punto en el hombro de la dulce bestia
pero donde el sol flota en la techumbre
como una naranja en el azul del río
donde el cómo está usted y su respuesta inauguran hilos
para el encuentro de las soledades
reconcilio también la heredad de los peces con el reino
que cierra una espalda intemporal de piedra
el filo recién nacido oliente a hierba
con el muerto furor de la espada
el crucigrama mágico de tempestades y caracoles
con la clepsidra del asombrado navegante
y reconcilio en fin el organismo que habita mis más recónditos espacios
con éste igualmente mío no sin antes haber caído mil veces
rodando aullidos tiniebla sangre hasta encontrar
las exactas humanas brújulas









Máscara y río








Es la imagen con sus flautas conduciendo al agua de la muerte
pero las uvas del jarrón, la lagartija en su cárcel de porcelana
y todo lo demás --qué bien Ud. lo sabe-- son pétreos fantasmas,
reflejos del viento en el doble vaso del sueño;
el valle de viñales, que acude sin prisa a su cerrada soledad,
sostiene ahora un jade intenso, de yunque en sombra bañado
para que la fijeza al fin resuelva, en el falo clavado,
su destino de arbórea rectitud;
pienso en su ventana dormida, en el silencio abriendo pétalos de fuego
y el pulso hospedado por ángeles coléricos,
en esa tibia, cercada víspera, del azul recobrado que será;
(la redonda eternidad muerde su cola)
entra y sale del invisible aro que sostiene como un pez milenario,
huésped de los signos, acarreando el nombre de madera
que ha convocado riéndose para palpar una vez más el pecho borrado,
la máscara de sierpe en la transgresión de cada negativa;
comprueba las cerraduras del futuro, apoya su cifra inexorable,
nos recuerda que nadie escapa de la danza de teas
cerrándose en el agua;
déjenlo flameante que se vuelva
tamborileando sobre el río (roto Narciso en mil destellos)
midiendo con el aire las cuatro esquinas de un número increíble,
despojando de barro, con su viaje al fondo del árbol,
no al hueso que siempre se espuma, sino a su antesaIa misteriosa,
tosiendo con las alas la esperanza del cuerpo único
y recordándonos la estirpe del fuego, sus caladas manos convidando
al festín siempre mísero, colocando distancia y luego la ceniza;
váyase, váyase,
que está al borde mismo de la noche, casi tocando sus párpados de harina
y no hay más compañía en el abismo que el seguro huracán de la rosa;
váyase que sé que lo acompaña esa rosa única que lava nuestras plantas
y asciende con nosotros como una prodigiosa floración de llave










Lázaro en la puerta del alba







Cuerpo auroral que tañendo sostiene
sus monedas de aire y de ceniza
estación del arcángel que lo habita,
desde la mar y sus dos perros duendes.
Porque su voz conoce de la noche
los códices de luz, la puerta al alba;
porque escribe los libros de la llaga
de pie sobre la muerte como un bosque.
Diecisiete cantatas de caminos
para el dolor de diecisiete rostros
sólo son alarifes de un asedio.
Mariposa en harapos su sonrisa
por una áurica casa que regresa
alta y primaveral desde su ruina.









El barrilete







Grácil, el corazón del vuelo se alza;
su geométrica pasión de estrella
abre callado en el dintel del árbol
e irrumpe en el balcón como una fiesta.
Biografía de las nubes, su danza;
medalla de la tarde es su silencio;
su cola, ruta al reino de la lluvia;
su quieta altura, códice del ave.
No el rombo de azafrán cierra su forma
sino la breve mariposa clara;
no ingrávido esqueleto es su madera
sino la honda presencia de la sombra.
No es el aire su cárcel o morada
sino el cuerpo icarial que al fin lo acoge.