En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



miércoles, 27 de noviembre de 2013

LAS ERRATAS

Yván Silén



Yván Silén:
        
          LAS ERRATAS


            Lan Yu Lee saltó de la silla.

            Los extranjeros llegaron a la aldea con su manía de matar los pavos. Luego de matarlos se los comían y se enfermaban. La gula era espantosa. Los nativos que copiaban en todo a los extranjeros, los yanquistas, comenzaron a podrirse. Los espejos también se podrían y, lamentablemente, las erratas se le habían escapado a los editores eunucos. Cada vez que los extranjeros excretaban, la mierda se les convertía en erratas y las ratas que las comían se tornaban verdes. La lucha por sobrevivir era brutal. Las erratas terminaron por comerse a las ratas. El sol avanzaba lentamente, crecía.

Los editores se hacían ricos y robaban descaradamente a la luz de las lámparas y a la luz de los maniquíes importados que se desboronaban. Algunos editores se hacían fotógrafos oscuramente. La postmodernidad lo contaminaba todo. Las erratas eran diminutas y pequeñitas, pero lo devoraban todo. Las erratas se le metían debajo de las uñas a los poetas y les producía ceguera o glaucoma.

            El cielo era una costra infinita.

            La muerte, la sífilis, el opio y el sida habían enriquecido a los extranjeros. Arrastrando sus maletas antiguas, los ángeles también comenzaban a podrirse. Lan Yu Lee, que trabajaba sobre el tema del deseo, escribía una antología titulada La discordia del cielo. Pero los editores, como los libreros (Tiempo falso, Callizo, Congosta, La Peña, etc.), procuraban corroer todos sus documentos. La fama de Yu Lee era un escándalo. Sus madres, esos personajes de la infancia, a pesar de las letras muertas, hedían. Y los sacerdotes enclenques de la cultura oriental, mezclados con la cultura occidental, habían puesto precio a la cabeza de Yu Lee. Su muerte, en aquel pedazo de tierra en donde los crímenes y los asesinatos se habían puesto de moda, sería insignificante porque vendría a ser parte de su fama oscura. Los documentos se deshacían como si estuvieran cubiertos de polillas. El resto lo devoraban las erratas. Estas parecían cucarachas o escarabajos. El editor de Callizo se burlaba:

---¡Dios es una errata!—pero Yu Lee no contestaba.

            Los más pobres preparaban las piras para celebrar los eclipses de luna. Cuando los estudiantes de las universidades extranjeras y de las universidades arruinadas venían a solicitar los textos del poeta codiciado, los esclavos les decían que no tenían sus textos. Los budistas, los cristianos y los mahometanos, como los comunistas y los demókratas, lo odiaban profundamente. El arroz se había llenado de erratas y todos, como si fueran el coro griego plagiado de la muerte, decían que la culpa era del aëda. La realidad se había tornado falsa: los lotos, el vino, las cervezas importadas y el agua enlatada se habían llenado de erratas como las que yacían en los ojos inmortales de los caballos chinos. La verdad, para aquellos editores del capitalismo, se había tornado falsa. Los sacerdotes adictos a la viagra caminaban erectos debajo de los pinos japoneses.

Sólo Ika creía en él. Trataba de ponerse su pantimedias ante los espejos empañados de la casa de madera. Cuando era imposible utilizar los espejos, ella ordenaba quemarlos.

---Dicen que eres nihilista—murmuraba.

            Yu Lee sonreía y se restegaba los ojos sucios.

Los eclipses, la precipitación vertiginosa de los eclipses, se hacían más frecuentes. Los nativos habían olvidado que estaban invadidos. Algunos se creían idiotamente extranjeros. Otros se premiaban solidariamente unos a otros para evitar el olvido. Pero las erratas no dejaban de devorar los conejos, las culebras y los gatos. La carne escaseaba. Las vacas de enormes cabezas también se habían contaminado. Las erratas también trepaban por las paredes de la realidad y del mercado. Los insecticidas eran inútiles. La luz misma estaba contaminada.

Pero un día en que Ika cruzaba los jardines de rosas perla de Lan Yu Lee, ella lo observó orinando verde como las hojas moribundas del viento. Uno de los saltamontes que emigraban lo había picado. Yu Lee no se dio cuenta. Siempre andaba religiosamente entre la infamia que los editores levantaban contra él y contra los dioses. Lo llamaban el “Imprudente”. Su religiosidad molestaba a los religiosos; su ateísmo molestaba a los ateos.

Lan Yu meditaba debajo de las palmeras. Las erratas se le habían metido por el orificio del falo y le habían producido fiebre. Era la fiebre de lo ajeno. Era la fiebre de los enemigos. La arena del desierto próximo también se había llenado de erratas. Los extranjeros habían traído las ratas amarillas para que éstas devoraran las erratas del desierto y las erratas del mar. Las erratas escapaban al cielo. La fiebre se parecía a los orgasmos.

Yu Lee orinaba y pensaba. A pesar de ser un metabudista, un metabuda, un metajesús, pensaba en los dioses falsos de los extranjeros de los mercados podridos. La inverosimilitud de los televisores había sustituido a la realidad. Nadie creía en la razón, nadie creía en la identidad y nadie creía en la verdad. Las erratas terminaron por devorar a las ratas. Las conciencias se habían llenado de polillas. La mala fe era peor que el Ángel Sifilítico de la envidia. La penicilina, como todos los antibióticos, resultaba ser una errata.

Ika se le acercó y lo interrogó:

---¿Qué tienes?
---Se me está pudriendo el prepucio—dijo como un niño sabio.

            Las geishas importadas, para la dicha de Ika, también habían enfermado con la enfermedad de los extranjeros. La errativitis lo había contaminado todo. La erratidad estaba devorando el ser. Los monjes y los extranjeros temían la visiones del zen. Las rosas amarillas, plateadas, azules, negras, verdes, anaranjadas, grises, comenzaban a tener ojos. ¡Miraban! Los perros mudos, que habían traído de Latinoamérica, ladraban. El ateísmo se multiplicaba. Las iglesias se corroían. Los monjes pedófilos se hacían tecatos. El cielo había descendido brutalmente hasta rozar la cabeza del Sexto Ángel.

            Lan Yu Lee, a pesar de la belleza velluda de Ika, proseguía escribiendo. Hacían el amor para recordar y recobrar el “part-time”. Las erratas sembraban tumores en los lagos de arroz. Lan Yu hablaba con ella de las paradojas, de los dioses, del odio, de la envidia de los editores y del fin del mundo. Lan Yu apocalipsaba bajo los besos de Ika. Las geishas, aprovechando el furor de la gente, abandonaban los zapatos incómodos que les había impuesto el poder, la tradición y el extranjerismo. Pero las ratas le mordían los deditos de sus pies esbeltos. Y las erratas, aprovechando el odio que reinaba, se amontonaban y se almacenaban en las vulvas lampiñas de las monjas paranoicas. El sexo se había prohibido en todas las aldeas. Los editores alimentaban malignamente a las erratas. Y las lunas del desierto se tornaban azules.

            Los extranjeros estaban vendiendo la aldea pedazo a pedazo. Mientras, Ika, a pesar del delirio, bromeaba. La risa funcionaba como antibiótico. Estaban atrapados.

---Sólo el amor nos salvará de la muerte--decía ella.
---Sólo la muerte nos salvará del amor--argumentaba él.

            Yu Lee alucinaba: las flechas fálicas de Cupido, ese dios antiguo, atravesaban a Ika. La música inflamable del sol se había tornado oscura. Y los espíritus ciegos de la carne cantaban furiosamente. Las visiones de Yu Lee se suspendieron de golpe.

            Los gatos verdes también habían desaparecido y la muerte, esa antipática, también había desaparecido. Era la última china contaminada por los japoneses y contaminada por los editores extranjeros. Los cometas habían dejado de pasar y habían dejado de estrellarse. El agua escaseaba. Los cuentos antiguos habían perdido el sentido de los entes del tao. A veces, a pesar de la desnudez de Ika, a pesar de los senos redondos de Ika, Lan Yu veía el miedo. Ika, hipnotizada, no dejaba de mirarlo. Estaba fascinada por él. El sexo se había tornado inútil. Las erratas, esa maldad de lo invisible, parecían lepra. Uno de los dos era irreal.

---Uno de nosotros no existe.

            Ika tembló ante la verdad de los templos.

            Lan Yu, pese al insomnio, introdujo nueve pavos reales en la Aldea del Plata. E introdujo nueve caballos de los ojos cosidos con el hilo de oro en las Orillas de la Muerte. Nadie pensó que la osadía de Lee pudiera ser cierta. Las caballos eran flacos como las guajanas que vendían los extranjeros en la oscuridad de los viveros.

            Los extranjeros contemplaban a los intelectuales del silencio que compraban a los editores que se vendían como geishas del sidismo debajo de las lámparas de papel. Pero nadie entendía la relación de las erratas y de las ratas que se comían los carteles de los papeles de arroz. Nadie sabía cómo Lan Yu había sobrevivido a la maldad de los extranjeros y al comercio infiel de los editores. El cielo proseguía descendiendo sobre la cabeza rapada de ellos. Las erratas se había convertido en la maldición incierta del capitalismo. China ardía. La muerte, a pesar del intento de ocultarla en el esplendor del mercado, era una cosa terrible. Los editores proseguían forjando poco a poco a los suicidas.

Lan Yu, después de mucho caminar la noche, llegó a su casa y empujó la puerta de paja. Olía mal. Las escobas estaban rotas. Buscó una soga y la amarró a la viga incierta de los sueños. Olía a miedo. Olía a hormigas muertas. Olía a los cangrejos triturados y a los prepucios recortados. Olía a caballos sueltos contra las olas de las playas y olía la casa a mujer desnuda. El animal prepúcico del poeta estaba suelto. Su semen olía a nata. Ika pensaba tiernamente en él y lo miraba detenidamente. Dido, la gata de ella, gruñía como si fuera un puma.

---No soporto las erratas de los criminales—dijo Lan Yu y se subió de golpe a la silla.---No soporto el sida de las erratas. Debo de asesinarlos uno por uno.

            Ika sonrió tiernamente. Tomó la cámara de la mesa apolillada y lo retrató. Yu Lee le dedicó fugazmente la mejor de sus sonrisas. La luna brillaba anaranjadamente en los ojos de los cadáveres verdosos que se habían amontonado en las cunetas. El eclipse era triste.

---¿Por qué no lo haces de una vez?
---…
---¿Por qué no los matas?

            Lan Yu Lee se colocó la soga sobre el cuello. Pero Ika, aunque temblaba de pies a cabeza, no se movió. Parecía una estatua de mármol.

---¡No soporto la imbecilidad de los editores!

            De momento escuchó el chirriar de la luna. Lan Yu se quitó la soga. La silla se tambaleaba brevemente, pero Yu Lee no cayó. Hacía frío. Hacía otoño. Sus piernas flacas se tambaleaban.  Ika le tendió la mano y logró sostenerlo. Yu Lee saltó. Ika lo recibió en sus brazos antes que tropezara con el suelo de madera. La realidad parecía un sueño. El sueño se parecía a la realidad. No sabían si el suelo era de caoba. Ika lo sentó en uno de los bancos oscuros. Lo besó apasionadamente. Su lengua estaba fría y, tomando el paño mugroso, húmedo, deshilado de la cocina, le secó la frente.

            Yu Lee se incorporó. Abrió la gaveta de la mesa que estaba cubierta de libros antiguos y, abriendo de un tirón, tomó la Luger. Él era el único intelectual que no se había vendido. Las erratas subían por las paredes. Los espejos se habían oscurecido y se derrumbaban pedazo a pedazo. Los saltamontes que roían la luna eran insoportables.

---¿Tú crees en Dios?—le preguntó ella.

            La pregunta era vieja. Lan Yu tomó la pistola, pero no le contestó. Sólo olía la voz delicada de Ika:

---¡Mátalos!—dijo.

            Los extranjeros habían invadido las aldeas. El tiempo se había llenado de ratas. Lan Yu se mantenía sobre la silla antigua. Contempló las sendas oscuras del tao. Las erratas avanzaban como saltarenes. Ika tenía miedo de estar compartiendo el mismo sueño de Yu Lee.

            El poeta…saltó de la silla.


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27 de noviembre de 2013
Puerto Rico