En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



viernes, 14 de septiembre de 2012

NANDIRÍ

Yván Silén




NANDIRÍ



¿Quando é que despertarei de estar
acordado?[1] . . . Eu, que tantas vezes
 me siento tão real como uma metáfora.
                 Fernando Pessoa




            Le cortaron el clítoris.

           

Nandirí no profirió un solo grito. Se sentía profundamente mujer. Y se sentía oscuramente una metáfora. Se mordió los labios y la sangre manó como manaba el periodo de su vulva. Despertó.

El rito de ser mujer se había realizado tarde en su vida. Sus once años le parecían una pesadilla. Se apretó entre las piernas con un paño que no estaba muy limpio. El llanto se le había detenido  en la cuenca de los ojos. Contempló la fila de niñas que la precedían y las más oscuras que proseguían al ocaso prolongado. El dolor era del tamaño del mundo. El dolor era azul. Se contuvo y trató de no desmayarse, pero ya era tarde. Se desmayó. Las comadronas, más oscuras que Nandirí, le echaban una sustancia que impediría la hemorragia. Su grito continuaba tropezando entre los dientes. Se restregó los ojos y contempló que los hombres se habían ausentado de los muelles. Mirar era todo. La aldea estaba desierta. Las rosas parecían de alambre y el cielo pergaminaba.

            El brujo de la aldea fumaba tranquila y lejanamente. El chamán fumaba irrealmente. La miraba, pero no la veía. Nandirí trató de mirarlo, pero era inútil. Los pájaros se amontonaban sobre el ocaso y el silencio avanzaba como la pequeña lluvia que caía. Trató de levantarse, pero no pudo. La mujer la tomó por las axilas y le impidió que cayera. Era Kahina. Por su parte, Nandirí soñaba la sangre coagulada. Soñaba el cansancio, el sucio, lo indebido de su carne desprendida y del cuerpo de ser ella. La mujer oscura, como un espejo en donde yacían sus ojos amarillos, la abanicaba.

—¿Me estoy orinando.

            Hacía frío y había noche. Las últimas ráfagas del sol se acumulaban anaranjadas contra las esquinas del cielo. El Erebo crecía. No podía hablar. No oía. Sólo se mordía la lengua. Y el calambre de sus ojos la angustiaba. Había dolor en sus pupilas y sus pestañas mohosas la lastimaban. Se puso de pie y la mujer más negra que ella la tomó por los hombros para que no cayera. Caminaban contra la memoria. Recordaban y veían a las niñas tempranas que daban los primeros pasos contra las sombra prematuras del sol. La crueldad de la tradición aguardaba entre los puentes.

            Se quemaba desde niña la planta de los pies mientras su madre sonreía. Era una dicha que Nandirí no entendiera nada. Era una risa ardua como los ojos cafés de las mujeres que ayudaban a la infamia; como los ojos ratas de las mujeres de la injuria. Los pasos olían a muertos. Y el cielo olía a caracoles. Las gallinas se subían a los árboles y las estrellas caían o se escurrían de las hojas. El cielo había descendido demasiado pronto. La humedad que la había hecho mujer seis meses atrás era ahora la humedad que la estaba deshaciendo.

            Goteaba.

            Retomó su clítoris del suelo y lo limpió contra su falda. La mujer oscura vestida de blanco lo hechó en el alcohol. La luna se reflejó en el pequeño falito. Creyó en Dios y trató de sonreír. Intentó sonreírse a sí misma. Se acercó al cubo en donde estaba el hielo. Buscó un vaso de metal, lo abrió, lo estiró y tomó los pedacitos de hielo. Depositó el bichito en lo profundo del vaso de metal y sintió que el penecito se movía. Oyó que la herida de su vulva también latía.  Era luna. Su alma pulsaba. Habló y dijo: “dolor”. África era inmensa. La mujer que la ayudaba la sostenía. Sintió el otoño y sintió que sus pasos se le hundían en el fango de su sueño. Se abofeteó. Estaba despierta. Era cierto.

La clitoridectomía había sido terrible. La fiebre era total. Nandirí pensó en Dios. La lanza del soldado romano le atravesaba el costado. Dios era rojo. Dios se parecía al achiote. Dios tenía sed y tenía prisa. Ella quería llegar a tiempo a su destino. Porque lo que le había sucedido, la tradición de los hombres, la mansedumbre de las mujeres, no era su destino. Ella era terrible como un guerrero. Los tigres rugían en los eclipses de las lunas.

Estaba sola; sudaba. Estaba pálida. Su mulatez, el color rojizo de su pelo, había cambiado de tono. Una idea luminosa se precipitó sobre ella: “podía curarse”.

Corría, era necesario que corrieran. Tropezó y cayó sobre sus senos. Su cuerpo esbelto, su cuerpo de modelo suicidada, se develó como un escándalo. Sus nalgas eran impecables. El dolor de caer fue inmenso. El dolor del pubis cambió de sitio, pero no sangró. Su senos latían. El campo o el hospital eran inmensos. Los trenes yacían incendiados. Contempló a la mujer que la miraba desde arriba. Descubrió que su ayudante, su lazarilla, estaba ciega. Se incorporó lentamente. Siguió la sombra y el instinto de la falda blanca. Tentó el elástico de su cintura y la volvió a palpar. Miró sus ojos. Se los habían cosido. Había ratas.

—¿Ves el ocaso?
—¿¡No!--dijo Kahina.
—¿¿Y cómo me guías?
—¿Conozco el camino.
—¿¿Qué te pasó?
—¿cosieron los ojos para que no mirara a los hombres.
—¿nos coserán la nariz, nos cortarán la lengua, nos taparán los oídos--dijo Nandirí.
—¿Pronto nos coserán el culo—¿añadió Kahina.

            La aldea que yacía contra el mar estaba desierta. Mientras caminaban sentía las piedras en el talón, entre los dedos, en la planta de los pies. Los perros aullaban y los pájaros regresaban. Las mujeres estaban de luto. Sufrían por las niñas roídas, por las rosas muertas, sufrían por las ratas. La mujer ciega se le adelantó a Nandirí. Palpó la puerta y sintió las vibraciones de la casa. Kahina se detuvo, se volvió y la besó en la frente.

—Creo que me voy—dijo la enfermera

            Kahina le entregó el cacharro en donde yacía el clítoris. Nandirí sintió el miedo de la otra sobra sus mejillas, pero no dijo nada. Se sentó sobre los escalones y contempló a Kahina cruzar el portón de la casa. Húmeda todavía contemplaba a los niños estrellarse contra las olas. La tarde se alargaba. La tarde se rezagaba y la lluvia era continua. Se incorporó y observó la mancha roja sobre los escalones y ya no oía el dolor. No veía el sentido. Se sentía anestesiada; soñaba. Los escarabajos habían poblado la casa. A lo lejos el olor de los jueyes muertos era insoportable. Sólo pudo observar cuando Kahina se volteó y la saludaba. Su mano parecía una gaviota oscura. Los niños parecían albatroses sacudidos por las olas. A pesar del eco de las voces estaba sola.

Caminó hacia el interior de la casa y sintió que la idea de curarse la obsesionaba. Era posible. Regresar, arrepentirse, sublevarse. Una paloma blanca, domesticada, se posó en la ventana. Buscó los fósforos y encendió las velas. Todos los cuadros estaban tristes. Las sombras se arrastraban. La oscuridad, a pesar de las velas, era plena. La soledad, pese al dolor, era contundente. Depositó el cacharro con el clítoris sobre la mesa apolillada y suspiró. El hielo se derretía rápido. Buscó las agujas de coser, prendió la estufita de gas y calentó las puntas. Buscó el hilo especial que le habían regalado las enfermeras menonitas. Y una vez calentadas las agujas se detuvo y escuchó el mar. Se asomó a la ventana y contempló la luna amarilla casi del tamaño del sol. Los niños ya no se oían. Se volvió. Tomó el clítoris, tomó las agujas, las ensartó infinitamente y abrió las piernas. Sabía que le dolería, sabía que sería fatal. Tomó la botella de ron que yacía sobre la mesa y bebió y se empapó el pubis. Colocó la aguja en la carne lastimada y ensartó la vulva. Lloró. Se mordió los labios y su gesto se hizo enigmático, repetitivo, lento. La aguja atravesaba la carne y surgía de ésta totalmente ensangrentada. Era absurdo. El clítoris titubeaba y se balanceaba. Sabía, sospechaba, que todo aquello no era real. Cerró los ojos y despertó; abrió los ojos y soñaba. Buscó el marco de la ventana en donde estaba la luna y sólo vio aquel tropel de niños que la contemplaban. Los ojos negros de los niños la miraban hipnotizados.

—¿¡Largo! —¿gritó.

            La luna era impecable. Los niños aplaudían lenta y monótonamente. Algunos sonreían, otros tenían miedo, los menos hacían gestos obscenos. Nandirí cortó el hilo. Trató de incorporarse y las ratas, que habían invadido la casucha, corrían asustadas. La ventana estaba vacía. Habló con Dios, pero fue inútil. Los hombres acribillaban el mundo. Dios había abandonado el Erebo. Abrió los ojos por décima cuarta vez: alejandriaba. El bisturí avanzaba lento. La mano de la mujer no titubeó. El movimiento fue lento.

—¿Algún día nos cortarán la lengua—¿repitió Kahina.

            El clítoris cayó al suelo. La enfermera lo tomó y lo depositó en la escudilla. La aldea estaba desierta. Los niños se precipitaban contra las olas. Nandirí cerró lo ojos.



21 de febrero del 2012
Puerto Rico


[1] ¿Cuándo despertaré de estar despierto? (Traducción de José Antonio Llardent.)