En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



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domingo, 7 de abril de 2013

MIGUEL FAJARDO: UNA POESÍA DEL HOMBRE Y DE LA TIERRA






MIGUEL FAJARDO: 

UNA POESÍA DEL HOMBRE Y DE LA TIERRA




Dr. Adriano Corrales Arias,
Instituto Tecnológico de Costa Rica




La obra de Miguel Fajardo es muy singular. Como además de poeta es ensayista, educador, investigador y promotor cultural, su poesía está teñida de esos avatares. Parte de un arraigo guanacasteco que se enlaza con la poesía telúrica y social latinoamericana. Su registro es muy amplio, pero me parece que fundamentalmente es una poesía del hombre y de la tierra como complementos indispensables de la vida social guanacasteca, costarricense, centroamericana y de más allá.
La importancia de la obra de Fajardo hay que comprenderla integralmente. Ha sido el alma de la actividad literaria guanacasteca en las últimas cuatro décadas, junto con Marco Tulio Gardela.  Y su poesía le debe mucho a esa actividad de promoción literaria y cultural, a su preocupación por el hombre y la mujer ubicados en su historia y su contexto inmediato: Guanacaste, tal es el caso de su poemario SON OTRAS PALABRAS” (2010-2013).
En poesía no puede hablarse de desarrollo, sino de sostenibilidad o sustentabilidad. En el caso de Miguel Fajardo, su actividad ha sido muy importante para consolidar un movimiento literario en Guanacaste. Su poesía ha seguido un proceso que ha ido decantando su propia expresión.
Lo importante de Miguel Fajardo es que imbrica la poesía de su provincia con las principales corrientes poéticas de América Latina y del mundo. Supera la poesía tradicional para ubicarla en formas más contemporáneas, dotándola de mayor plasticidad y rigor formal. Por lo demás, hace valer el oficio, la responsabilidad y el compromiso del poeta, como un intelectual,  como un promotor cultural.
Permite que la poesía guanacasteca incorpore los hallazgos de las vanguardias y posvanguardias latinoamericanas y de más allá, así como las maneras poéticas procedentes de otras formaciones culturales, especialmente europeas.
Establece un compromiso con su realidad, pero con rigor formal. Una apertura con una prosodia y una expresión más en sintonía con la poesía centro y latinoamericana, aunque sabemos que toda obra artística que pretenda ser universal debe partir de lo local, pero incorporando los hallazgos de otras regiones culturales e investigando en sus propias posibilidades.
Por ello, Fajardo se ha abierto a otras influencias y las ha estudiado para incorporarlas en su producción poética. Véanse sus textos (pp. 100-105) en mi antología sobre la poesía costarricense “Sostener la palabra” (Editorial Arboleda, 2007: 322).
Miguel Fajardo Korea es un poeta muy destacado en Guanacaste y una referencia necesaria en el mapa de la poesía costarricense contemporánea. 



lunes, 1 de abril de 2013

LA POESÍA DE ADRIANO SAN MARTÍN

Adriano Corrales, Costa Rica





LA POESÍA DE ADRIANO SAN MARTÍN





WILLIAM PÉREZ [mediaislaEn el presente trabajo el poeta costarricense posa su ojo sobre los textos más recientes («San Lucas, ciudad Quezada» 2011 y otros poemas y «Samsara») de su homólogo Adriano de San Martín, y nos ofrece algunas claves para su lectura.




SOBRE LA POESÍA COMO SELLADO DE GRIETAS


De vez en cuando los poetas nos facilitan la tarea al separar sus poemarios en secciones, sin embargo, este no es el caso de San Lucas, Ciudad Quesada 2011 y otros poemas (Ediciones BBB, 2012) de Adriano de San Martín. El artificio de aglomerar todos los poemas de forma seguida logra darle al libro un carácter de diálogo interno, donde el poeta, fuera de ser monolítico en su propuesta, se intrica a sí mismo e invita a seguir ese paso acelerado.




La isla “San Lucas” es una suerte de rito iniciativo para el lector, pues debe ubicarse justo en el medio de dos polos que se enfrentan violentamente: por un lado, están las naves y edificios abandonados, acompañados de fantasmas y muertes pasadas; pero allí mismo se gesta también una vitalidad feroz, en el apareo de las tortugas y los pochotes que crecen como guardianes. El terror que genera esa contradicción (bellamente condensada con la imagen el intervalo entre flor y cuchillo) es inevitable; tanto así que desencadena una serie de textos en los cuales el poeta hace un recorrido a su pasado y lo confronta con el ahora. Es así como la selva pasa de ser el patio de juegos de la infancia al lugar de la guerra y la crudeza (De repente otra vez la montaña, pero ahora cruzada por trazadoras, bombas de gasolina…guerrilleros caídos). Más aún, la migrante cierra los ojos para contemplar el rostro joven del esposo / que se amusga allá en el pueblo de la infancia y María continúa teniendo los veinte años descocados que exhibía.

En su intento de sellar esa grieta que se ha abierto entre el pasado y el presente, el poeta decide dialogar con el nicaragüense José Coronel Urtecho para traer a valor presente (entiéndase 2011) su “Ciudad Quesada”, enseñándole así las nuevas amenazas neoliberales de la minería y el narco. Y es precisamente en este punto donde aparece una primera solución: el diálogo con los poetas. De Oliverio Girondo se aprende que del centro no quiere saber nada, lo suyo es el costado y de Luis Rogelio Nogueras que un intervalo de incertidumbre de 80 años desaparece utilizando su célebre Eternoretornógrafo.

La poesía se concibe en este punto como el oficio de lo inmediato, es decir, como una forma de hacer que las cosas siempre estén en el presente, fuera de ese intersticio en el cual gobierna la ilusión del tiempo. Bajo esta consigna aparecen poemas como “Haikai”, “Antiadariana”, “Consigna”, “Enigma” y “Posmo”, donde los versos marcan su propia temporalidad. Ese furor por la inmediatez alcanza su punto máximo con el “Elogio a la marihuana”, donde el momento preciso en que se prende la hierba es ocasión para que se concilien los ángeles y los demonios, la guitarra eléctrica y el timbal. El trauma del parto del cual hablaba Freud y su consecuente complejo del Nirvana desaparecen con uno de los mejores logrados versos del libro: regreso al instante donde nacimiento y tránsito tejen el puente hacia otro cielo…

Adviértase que lo anterior se cierra con puntos suspensivos, lo cual hace sospechar que aún no se tiene la respuesta final (esto ya se presagiaba desde el poema “Latinoamericanidad” donde el poeta se confiesa en una espera hasta que sean legibles nuestros versos). Tras sellar la grieta entre el pasado personal y el presente personal, se abre una nueva entre el presente personal y el presente colectivo. En “Panajachel” hay un desencanto con la posmodernidad, en “Poema urgente para Honduras” la historia que viene y regresa / llevándose lo mejor de la esperanza aumenta la distancia entre las estructuras sociales y las del poder. Inclusive la poesía se ve apedreada por la egolatría filosófica de Hegel y, peor aún, manchada con el rockstarismo revolucionario de Ernesto Cardenal tocando las puertas de Estocolmo y machacando al poeta pulpero.

Un segundo momento de respuesta llega en boca de Max Jiménez, cuyo mayor atributo es el ser ¡Decidido!, así como de El Güegüense que se enfrenta con sus risas a un Cristo que se superpone. Ambas fuentes le sirven al poeta para reafirmar que lo que existe es el presente, pero esta vez como una toma de conciencia almargen de idealizaciones; más bien, su oficio consiste en la captura del presente contextualizado, con sus altos y bajos. Así como al inicio se mostró la Ciudad Quesada del 2011, se muestra el Barrio Amón donde conviven casas de la cultura y prostíbulos, estudiantes y travestis, afirmando: son también mi patrimonio.

San Lucas, Ciudad Quesada 2011 y otros poemas” no es un poemario sobre el tiempo, sino sobre el poeta frente al tiempo. El oficio de la palabra, como bien acierta Adriano de San Martín, es del presente, pero de ello no se sigue una negación del fenómeno temporal. Recurrir al pasado es una operación válida en la medida que se haga para actualizarlo, es decir, para sellar la grieta que atrapa al sujeto en un tiempo ya ido y le impide participarde su tiempo existencial y de su entorno inmediato.

Curiosamente el poeta abre con la isla de San Lucas y cierra con “La isla que somos”, evidenciando cómo el oficio poético consiste en el tránsito desde un lugar ajeno hacia uno propio, desde el pasado a la brutal realidad de su presente.




REINVENTANDO LA RUEDA



Samsara (Ediciones BBB, 2012), la rueda de la vida, reencarnación, hinduismo y Jefferson Airplane ¿Jefferson Airplaine? Sí, Grace Slick, la belleza comprimida en una tableta de ácido lisérgico, le canta al conejo blanco en un libro con un título más cercano al Baghavad Ghita que a Woodstock. Pero esto no es una ocurrencia por parte de Adriano de San Martín, se trata más bien de su respuesta a uno de los cabos sueltos del libro anterior (“San Lucas, Ciudad Quesada 2011  y otros poemas”): ¿cómo se debe recurrir al pasado?

Hay una respuesta obvia: el recuerdo. Sin embargo, tómese en cuenta que la temporalidad que le termina preocupando a San Martín en “San Lucas, Ciudad Quesada 2011 y otros poemas” es la del colectivo, es decir, aquella en la cual ocurre el devenir social, político y cultural. Siendo así, se requiere de algún otro recurso para acceder al pasado, alguno que alcance una dimensión mucho más amplia, pues nada se quiere con lo irracional y breve de toda biografía.



En esta búsqueda el poeta recurre a estudiar, en primera instancia, la concepción del tiempo que ha gobernado en Occidente: la lineal. La metáfora del filósofo Heráclito de Éfeso, en la cual el tiempo se equipara con un río, aparece en “Samsara 1”: Muchos ríos corrieron / bajo sus plantas. Pero a esto le sigue una desconfianza en la imagen del río; en su poema homónimo se lee que El caudal no se detiene aunque se enturbie con sangre y tinta. El contexto contemporáneo ya no puede creer en un río como un lugar límpido y cristalino, pues este aparece como el botadero por excelencia de la maquinaria capitalista; ejemplo de ello es el verso El boulevard es un río de basura, refiriéndose a las calles repletas de residuos del fast food y Wall Mart.

Se hace manifiesto el desencanto con el tiempo lineal, pues está directamente vinculado con la idea de progreso, lo cual le ha costado bastante a la civilización. Más que desaprobar a Heráclito, el poeta desaprueba a Occidente, arrancándolo desde sus orígenes en Grecia. En el poema “Mientras grabo música” se entabla un duelo entre el Hölderlin defensor de los dioses griegos y San Martín defensor de las chozas circulares de Guayabo. Y es precisamente esta apología de la circularidad la que sirve como clave para responder a la pregunta inicial, pues un tiempo circular es efectivamente la forma en que el pasado histórico puede ser accedido desde el presente.

Siendo el hinduismo pionero en la concepción circular del tiempo, el poeta toma prestada la noción del Samsara para emprender su búsqueda poética. Pero, tal y como se mencionó al inicio, el poemario no adquiere en absoluto un tono místico ni nada por el estilo; más bien, está plagado de referencias al rock psicodélico (Lucy in the sky with diamonds, Grateful Dead, Creedence, Santana, Joe Cocker). En el poema “En San Francisco” el adulto visita la tierra del espíritu revolucionario de los hippies y, a pesar de toparse con la versión comercializada de los años 60s (Vietnam como un restaurante en el Chinatown y Allen Ginsberg como objeto académico), lo mira con los ojos del joven que soñaba con llegar allí desde La Villa. Nótese que con ello se pone en práctica el Samsara, en cuanto la historia se repite allí donde ya había pasado.

Vale la pena apuntar que en este libro se asume el Samsara desde una posición bastante inusual. Schopenhaeur, quien haya sido quizá el más cercano en Occidente a concordar con las filosofías desprendidas de las religiones orientales, bien supo que la noción circular del tiempo deviene en la aniquilación del yo, dando como producto una actitud pesimista del mundo. Pero este no es el caso de Adriano de San Martín al decir: la nieve como un manto sagrado / cubre los dioses / que habrán de despertar / cuando nuevos hombres salidos de acá / decidan que los tiempos / nuevamente / deben cambiar. Es decir, el poeta deja intacta la forma del Samsara, en cuanto la historia se repite; sin embargo, hace una relectura de su contenido, pues toma esta repetición como una oportunidad para reescribir lo ocurrido. Esto le confiere al poeta un carácter activo frente a la historia y el tiempo, pues, fuera de esperar pacientemente a que las cosas se repitan, se está a la espera de dicha repetición para cambiar todo aquello que fue un error (dirigimos nuestro anhelo a un país mejor).   

El gran mérito de Adriano de San Martín en este poemario es el utilizar al Samsara como un artefacto de transformación social y política del mundo. Si todo es cíclico, lo que queda es esperar el regreso de los males para combatirlos y poder erigir finalmente la escritura corregida. |

[Texto íntegro reproducido de “Mediaisla, puente de palabras vivas”,con autorización de Adriano Corrales. Published: March 30, 2013 ]








sábado, 4 de junio de 2011

UN POEMA DE ADRIANO CORRALES


ADRIANO cORRALES, COSTA RICA




CASI-DA A FEDERICO GARCÍA LORCA





Nuestras ciudades enloquecieron con sus guadañas
el humo asfixia a los maricas los peones las pitonisas
los rascacielos los callejones la caravana de gitanos
en el éxodo de los incendios la Danza de la Muerte
con sus harapos sus cadenas su retorcerse
alrededor de este siglo que también se nos muere
por las horas graves de esta tarde en que subís vos
Federico ángel toreador de las estrellas los enjambres

Siempre vos subís por las cinco sangres de la tarde
con Antoñito el Camborio e Ignacio
con el rey de Harlem y el Viejo de las hierbas del Hudson
con una comparsa de negros en búsqueda de su Habana para verte

Subís y bajas y subís por las cinco sangres de todas las tardes
como un son de la murga en la guitarra más ancha y profunda
plectórico de romances saetas valses con tu luna de plata
tu barca amarrada al alma tu caballo anclado en el Alhambra
el puñal abierto y las cartas lanzadas a las esquinas de los amantes

Tras de vos vienen los fusiladores con sus capas de tinta y cera
y todos los que te han matado y te matan sin matarte
pero también vienen Margarita Antonio Pablo Luis Vicente
y los demás poetas con sus cantos y sus olivares de trashumante

Subís hacha de luz con todas las muertes a cuestas
encendido en el baile de máscaras con las páginas abiertas
como las flores en el instante de la primavera

Subís con nosotros en la hora ciega de los alacranes
con todo tu amor en nuestra rabia y en nuestros pesares
para iluminarnos y limpiar el óxido de los altares
la rancia costura de los maestros los empleados los generales

Subís toro torero por este cementerio de plantas y pañales
con tu fuego perpetuo de lluvia para apagar las academias
los anuncios las lámparas de la fama las camas vacías los pedestales

Subís y subís con tu alta raíz de sombras y jaguares
hasta este nombrarte nombrándome en la apuesta más lúcida
de los guernicas las plazas los bosques los labios mas lunares
subís y nos subís por la garganta romo una procesión fresca de animales
para regresar a la humedad de los collares en el lomo del tiempo
y arrear la bandera negra de tu Andalucía para izar la nuestra
esta funda de sortilegios en la concavidad de todas todas las sangres

(Del libro Profesión u Oficio)

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miércoles, 31 de marzo de 2010

La crónica existencial de Adriano Corrales- Alfonso Peña


Adriano Corrales Arias, Costa Rica



La crónica existencial de Adriano Corrales *
Por Alfonso Peña
[Entrevista]

Una conversa con Adriano Corrales, no es una labor sencilla, ni puede ser complaciente, porque Adriano, se desliza en un doble, o triple andarivel creativo y sociocultural. Esto hace que el método a utilizar requiera una alta dosis de maduración.
En sus diversos matices, Adriano es ante todo escritor: poeta, ensayista, narrador. Se desempeña como Investigador de las culturas populares y de la dramaturgia en el Instituto Tecnológico de Costa Rica. A lo largo de varios años fue el timonel de Fronteras, dinámica revista de Arte y Literatura centroamericana con 15 entregas bien cimentadas. Es editor del sello Arboleda, cuyo cometido es dar a conocer la nueva poesía regional. Como agitador cultural, lleva a cabo una infatigable tarea Los miércoles de poesía, en la Casa Amón del Instituto Tecnológico, por donde desfilan poetas y escritores, noveles y consolidados. Es el provocador que dirige el Encuentro Internacional de Escritores con ocho convocatorias realizadas en territorio costarricense. Es, además, un andariego, siempre bien informado del acontecer centroamericano.
Denota un temperamento acelerado y enérgico. Francotirador y reflexivo. Poseedor de un ardoroso discurso que muchas veces lo lleva a confrontaciones inverosímiles; en algunos espacios culturales o a través de Internet, donde sus polémicas son bien conocidas.
Su poesía no es la del cantor melancólico, más bien se sitúa en los parámetros de lo cotidiano. La palabra está plagada de imágenes concretas y con una posición vertical que lo emparenta con lo simple, lo práctico, con los desposeídos; es como un detonante de lo habitual, y desarrolla esa práctica con una lente mundana y profunda. Sus propuestas poéticas están salpicadas de elementos coloquiales y disquisiciones políticas, con algunos destellos eróticos. No se detiene demasiado en los contenidos.
En el trabajo de este creador es posible encontrar trazos donde el lenguaje y algunas invenciones proponen una ruptura con las formas y paradigmas balsámicos. Hace acopio de símbolos y aspectos urbanos con el propósito de dar a su palabra tintes innovadores y plenos de actualidad. [AP]
AP Adriano, en tu vida y en tu propuesta estética, hay una palabra clave: frontera. Es una constante tanto en el plano sociocultural como en tu creación poética. En la actualidad, en el mundo se da un amplio debate sobre las diversas connotaciones de ese vocablo. Cuéntanos como se inicia en vos ese importante elemento semántico e ideológico.

AC Ciertamente, como bien decís, la frontera, o lo fronterizo si querés, ha sido una constante en mi vida y en mi trabajo; siempre va y viene, para allá y para acá, y por eso, generalmente, he estado nadando entre dos aguas. O probablemente porque desde mi infancia me sentía dividido, separado, como alguien que no era del lugar donde estaba, o no quería estar. Nací en el campo, en Venecia de San Carlos de Costa Rica, y crecí en un pueblo de montaña, Marsella; era tan aldeano en aquél tiempo que solamente se podía ingresar a caballo o en carreta con bueyes. Cuando inauguraron la escuela me matricularon con cinco años, por eso siempre fui el menor en los demás grados escolares y colegiales. Mis hermanos y hermanas viajaban a la escuela de Venecia a caballo. Sin embargo, siempre quise salir; había una especie de intuición que me decía que debía salir, que yo no pertenecía a ese lugar. Además, cierto temor, quizás atávico, a las bestias, a las serpientes, en fin, a algo inexplicable ahora para mí, pero era una suerte de comprensión de la necesidad de emigrar, de viajar… Luego mi familia se trasladó a Ciudad Quesada, una pequeña ciudad entonces, y me sentía dividido entre lo seudourbano y sus novedades, y lo campesino o montañés. ¡Cómo me gustaría ahora volver a vivir en ese pueblo, alejado del bullicio urbano!
Luego me vine a la universidad, con la huella de ser un campesino descampesinado, un “maicero”, como a veces me decían. Y allí de nuevo la indecisión. Me debatía entre los estudios y la bohemia, entre la universidad y la cantina. Ingresé a estudiar educación física porque entonces era medio atleta, aunque indisciplinado y sin muchas perspectivas, pero con muy buena actividad física. Obviamente, no era lo mío. Luego pasé por filosofía, literatura, educación, sociología, etc. Hasta que me fue ganando la militancia política en la izquierda de los setenta y, de pronto, me vi más allá de la frontera, en la guerra contra la dictadura somocista, en el frente sur, en la entrada histórica a Managua el 20 de julio de 1979. Luego se profundizó la militancia, casi en la clandestinidad hicimos mucho trabajo de solidaridad, no en las universidades ni en las sodas o cantinas, sino muy concreto, en actividades de apoyo a organizaciones guerrilleras de Centroamérica y de más allá. Y siempre con la pequeña culpa de que, de alguna manera, traicionaba a mi familia, en especial a mi madre, que había trabajado muy duro para enviarme a la universidad, porque éramos una familia sin recursos. Después vino el desencanto, con un par de tortas que nos jalamos y tuve que refugiarme en San Carlos. Volví a la casa paterna. Empecé a trabajar como maestro de primaria en educación física, luego en un colegio de monjas. Hasta que apareció la oportunidad de estudiar en la antigua Unión Soviética y, tras conseguir una beca del Ministerio de Relaciones Exteriores, me largué para allá; estaba deseando irme del país, me asfixiaba. Fue muy complicado la consecución del pasaje, que era lo único que uno debía poner, uno de mis hermanos me ayudó y con una amiga logramos un préstamo, y me fui.
Hice la Preparatoria en Voronezh, una pequeña ciudad en el centro de Rusia que tenía la dudosa reputación de que, durante el stalinismo, desterraban allí a intelectuales y políticos que se oponían al régimen. Allí estuvo exiliado el extraordinario poeta Osip Mandelstam. Todas las semanas iba al decanato de extranjeros a entregar mi pasaporte para que me consiguieran mi pasaje de regreso. Y todas las semanas me convencían de que me quedara. El desarraigo y la cabanga eran totales.. Me sentía entre dos mundos, absolutamente dividido. Y entonces, no sé cómo, porque me la pasaba en bares, parques, plazas y museos, y por eso aprendí un ruso muy coloquial, callejero, logré sacar la Prepa. Luego me enviaron a Leningrado, hoy, como antes de la revolución de octubre, San Petersburgo, San Piter como le decimos. Inmediatamente me enamoré de la enorme ciudad, es un gran museo, una ciudad portuaria con una historia impresionante y con una belleza inigualable. Allí pasé muchos días felices, aunque también muchas amarguras. Yo era muy crítico del régimen soviético, era muy libertario, y eso siempre me acarreó problemas con la seguridad, con la (KGB, “cajita loca”, como le decíamos, y con la burocracia universitaria y partidaria. Pero en esa ciudad hice mis mejores armas en la formación artística e intelectual, le debo mucho a la educación soviética. Imaginate que recibíamos clases de historia del arte en El Ermitasch. Me gradué en Bellas Artes, con énfasis en dirección escénica. Y regresé a Costa Rica, según yo a trabajar en teatro, pero ya el boom teatral de los setenta y ochenta había pasado. La escena empezaba a comercializarse. No encontré nada; además nadie me conocía ni yo conocía a nadie, era un doble desarraigo, el país que había dejado era otro, mis amigos no aparecían, en fin, llegué como un extranjero. Regresé a San Carlos y empecé a dar clases en un colegio nocturno. Luego me contrataron en la Sede Regional del Instituto Tecnológico (TEC) y allí me he quedado, aunque luego me trasladé a San José. Fijate, mi formación es en teatro; sin embargo, terminé dedicándome a la literatura, aunque sigo “haciendo teatro” como investigador.
Cuando empecé a trabajar en el TEC, en San Carlos, me tropecé con la gran figura de José Coronel Urtecho, el poeta de la frontera. Me identifiqué de inmediato. Era el prototipo fronterizo; abandonó la ciudad para venirse al campo, a la “terra incognita” como dice en uno de sus poemas, a su hacienda y la de María Kautz, su esposa, en Medio Queso de Los Chiles. Y, por supuesto, con su poesía. Entonces me dio por organizar un encuentro de poetas tico-nicas emulando un poco el Coloquio internacional de escritores que él mismo organizara en Los Chiles en 1976. Preparé el primer encuentro en 1999, pero no llegó ni un poeta nica. Como había tanto problema fronterizo, causado por los gobernantes de Managua y su eco en San José, eco que a veces me parece cómplice, se negaron a venir, a pesar de que se lo dedicábamos a Coronel Urtecho, un poeta insignia en Nicaragua, o tal vez por eso mismo, no sé. Ernesto Cardenal, quien entonces era Presidente del Centro Nicaragüense de Escritores, me envió una carta diciendo que declinaban participar porque el evento era una trampa del gobierno tico para hacerlos firmar un manifiesto donde se diría que el río San Juan era costarricense. Daba risa, era un tremendo disparate. Pero el encuentro se dio exitosamente con participación de unos 25 poetas ticos. Entonces organizamos el segundo en San José con gran presencia, ahora sí, de colegas nicas, tanto que el tercero lo hicimos en Managua, pues el encuentro se declaró centroamericano. La idea era realizarlo en cada capital centroamericana cada año, pero los salvadoreños no se pusieron de acuerdo para producirlo allá y se suspendió como por cuatro años. Hoy vamos por el octavo Encuentro Internacional de Escritores contra viento y marea, y lo realizamos anualmente acá en San José.
Por lo demás, otro asunto fronterizo en el que cabalgo es el de poseer conciencia de que en nuestros países, por las condiciones objetivas, no se puede ser un escritor profesional como uno quisiera, a tiempo completo digamos; por tanto hay que ganarse la vida en otras actividades. En mi caso, a través de la docencia, la extensión y la investigación. Pero entendiendo que acá, además de escritor, hay que convertirse en promotor, en gestor cultural, porque no hay instancias, ni oficiales ni privadas, o las que hay son mínimas, que permitan la circulación de los productos literarios o artísticos, que hagan fluir la actividad cultural. Y en eso hay que matricularse también… Finalmente, Alfonso, supongo que en mi poesía, en mi narrativa y en mi trabajo docente e intelectual, hay bastante de ese trajinar fronterizo, de esas fronteras culturales y literarias, intelectuales y espirituales, metafísicas y vitales, supongo…

AP Parafraseando a Marc Augé, hoy en día sería necesario reconsiderar el concepto de frontera, esta realidad que no deja de negarse por un lado y, por el otro, de reafirmarse, aunque adoptando formas radicalizadas, consideradas como prohibidas y que conllevan la exclusión. Por tanto, para llegar a comprender las contradicciones que afectan a la historia contemporánea, la noción de frontera debería ser replanteada. ¿De qué manera podemos entender esto?

AC A mí me parece que frontera es un concepto muy amplio y muy complejo, la crítica literaria lo está utilizando mucho, igual que la antropología y los estudios culturales. Por lo demás, vivimos en una época fronteriza, entre una modernidad no acabada ni realizada y una posmodernidad imaginada por el pensamiento europeo, especialmente francés. Esa posmodernidad, en tintas fuertes, no es más que la globalización bajo esquema neoliberal que pretende hacer tabula rasa de nuestras culturas para imponer un solo modelo consumista y depredador; por tanto, deshumanizado. Ese modelo ciertamente es excluyente y, para nosotros, los latinoamericanos, es importante siempre la frontera entre metrópoli y periferia, aunque sería mejor decir entre metrópoli y colonia. Hablando de colonia, es ineludible enfrentar las fronteras ficticias que los europeos construyeron en nuestros territorios. Hoy son fronteras que nos dividen estúpidamente. Por eso hay que reconsiderar el término y colocarlo en una vía de interculturalidad, donde lo importantes es construir puentes sin aduanas, es decir, caminos de doble vía sin policías de ningún tipo. Un poco el sueño bolivariano y morazanista pero en términos culturales, donde el intercambio igualitario sea la constante. Eso, por supuesto, precisa estrategias para enfrentar creativamente la globalización y resistir ante su embate. Pero la resistencia debe ser a partir de nuestras fortalezas, sin desdeñar ni desconocer los aportes de las metrópolis y de los otros, es decir, de las otras culturas también excluidas y amenazadas, como las africanas o las asiáticas.
Si quisiéramos graficarlo, podríamos hacerlo con un concepto del mismo Augé, el antropólogo que citabas; él habla de los “no lugares”. Esos no lugares son los sitios globalizados. A nivel de la arquitectura, si a eso podemos llamar arquitectura, podemos ejemplificar con los aeropuertos, los mall, los centros comerciales, los fast food, las embajadas gringas, etc., donde todo sigue el mismo patrón, el mismo diseño. Por lo demás son lugares que invitan a consumir y nada más; ya no son sitios de encuentro sino supermercados transnacionalizados. La idea, entonces, es construir “lugares”, o sea, sitios para el encuentro, para el descanso, para la tertulia, para la creación; sitios donde circulen las ideas y la personas libremente, sin obstáculos ni visas. Se trata de descontaminar y de hacer más vivible nuestro entorno. Y, para ello, se deben transitar las fronteras con un sentido de intercambio y no de imposición.
Por otra parte, toda sociedad vive procesos de frontera porque no hay ninguna cultura pura, todas están entrecruzadas, entremezcladas, y siempre estamos realizando intercambios. Las migraciones, las invasiones, los conflictos políticos y socioculturales, etc., provocan esos procesos fronterizos. Igualmente los choques generacionales, combinados con los conflictos mencionados, insertan la discusión entre tradición y renovación, entre conservación y ruptura, entre reacción y revolución. Lo anterior, llevado al nivel estético y del conocimiento, significa que las fronteras conceptuales se están difuminando, igual la de los géneros y la de los modelitos. Los mundos se develan y las distancias se acortan. Todo nos sirve hoy para la producción artística y para la generación de sentido, pues se rompen las concepciones tradicionales, las academias hacen el ridículo, el canon se da el color. En términos de saberes y prácticas culturales, hay una reivindicación de los saberes populares, de lo que se consideraba acientífico, del mito, porque allí se encuentran milenarios aspectos de conocimiento fundamentales para la época que atravesamos. En otras palabras, se visibiliza lo invisibilizado, lo prohibido, se presenta lo impresentable, se escribe lo que no se dice, o se dice lo que no se escribe, o lo que nos dé la gana, de tal manera que un poema puede ser un ensayo y viceversa, y una pintura puede estar en la pantalla, en una pared o en la piel.

AP Por algún sendero llegamos a la temible “globalización”; queda la impresión de que es un concepto de que el mundo se acaba y se paraliza el tiempo. Los propulsores de esta corriente denotan falta de imaginación y una permanencia en el presente. Ante esto, ¿cuál debería ser la posición o respuesta del artista?

AC Creo, Alfonso, que la actitud del artista, sobre todo del periférico, del tercermundista como nosotros, debe ser la resistencia activa. Esa resistencia debe apertrecharse de lo mejor del conocimiento occidental, pero también debe regresar a los sectores populares y a nuestras comunidades, no como iluminados, que es lo que pensaban los intelectuales y artistas de izquierda que deseaban ilustrar al pueblo; no, se trata de hacer alianzas con los artistas e intelectuales populares, respetando sus procesos y sus prácticas culturales para producir un nuevo arte, una creación de frontera compartida. Es que allí en los sectores populares se conservan formas y materiales de suma importancia, que bien pueden reformular el arte contemporáneo. Pero no hay que ir en el sentido del huaquerismo cultural, como hacen algunos músicos gringos y europeos con nuestros productores musicales, o con los africanos, por ejemplo, a quienes les expropian sus ritmos y melodías. No, no, se trata de una nueva actitud donde se vea al artista popular, al narrador oral, al productor de imágenes de las comunidades como un aliado, del cual podemos aprender mucho y con el cual podemos compartir lo que sabemos. Para ello debemos conocer sus historias y sus formas de vida, sin llegar a “disciplinar” o a “guiar” nada. Todo lo anterior, sin olvidar los procesos de imposición global de los cuales hablábamos antes, y evitando ese tremendismo del fin de la historia y toda la mitología posmoderna. Porque en América Latina, en “Nuestra América”, por ejemplo, los tiempos son diferentes, conviven diferentes ritmos y tiempos en espacios comunes. Quiero decir que en Costa Rica vos vas a San Carlos, a algún pueblo, y te encontrás con que el tiempo transcurre de otra manera, no es el de la gran ciudad ni el de la parafernalia posmoderna; allí se encuentran otros modos de entender la vida, aunque, claro, la masiva globalización está desestructurando esos modos y visiones. Pero debemos hacer el intento de reconstruir y deconstruir eso de una manera consciente y diferenciada, porque somos todos diferentes. Se trata de reinterpretarnos en la diversidad, en el maremágnum de la globalización, pero siempre desde nosotros mismos, desde nuestras propias posibilidades, desde nuestras propias historias y contextos socioculturales.

AP Vayamos a la revista Fronteras, que editaste y dirigiste por espacio de 15 números. Conversemos en relación con la idea de llevar adelante una revista de arte y literatura que se catapultaba y cimentaba en Centroamérica.

AC La revista Fronteras fue el intento de crear una publicación cultural a nivel centroamericano, precisamente a partir de mis inquietudes con respecto a la frontera tico-nica y la labor de José Coronel Urtecho. Recordemos que una de los acuerdos del Coloquio de escritores centroamericanos celebrado en 1976 en Los Chiles, (frontera norte), fue la creación de una revista literaria centroamericana. Se editaron varios números de la Prensa Literaria Centroamericana pero luego, lastimosamente, no se pudo continuar con ese hermoso proyecto. Fronteras nació en San Carlos con el apoyo de la Sede Regional del Instituto Tecnológico de Costa Rica, y con aquélla precariedad logramos hacer 15 números dignos convocando a escritores, artistas e intelectuales centroamericanos y de más allá. Desafortunadamente, con mi traslado a San José en el 2003, y con la amenaza de la burocracia universitaria y de la ignorancia, (porque no creás, en las universidades hay mucha ignorancia y lo peor, mucha insensibilidad), me quitaron el presupuesto y no me permitieron seguirla editando. Un par de personas envidiosas destruyeron el proyecto alegando que ellos lo continuarían y luego no pudieron hacer ni un boletín. Eso me deprimió mucho. Sin embargo, sigo haciendo esfuerzos a ver si la colocamos en la red y continuamos su ruta por otras vías. En todo caso, creo que Fronteras cumplió un papel aglutinador y se convirtió en una de las publicaciones culturales más importantes de la época en Costa Rica.

AP La dinámica de la revista Fronteras, te permitió realizar otros proyectos paralelos: la antología de los poetas de la frontera y centroamericanos y los encuentros de poetas, que continúas realizando. ¿Vivencias? ¿Experiencias?

AC Cierto, y es eso lo que no lograron entender nunca los burócratas tecnológicos ni los envidiosos, que Fronteras era más que una publicación. Junto a la revista marchaban los encuentros de escritores, los talleres literarios, otras publicaciones, los congresos de las culturas populares, las visitas de intelectuales y escritores, es decir, el intercambio de producciones y experiencias a nivel centro y latinoamericano. En el segundo encuentro, en San José, editamos la antología Poesía de fin de siglo Nicaragua-Costa Rica y se establecieron vínculos importantísimos a nivel de editoriales y publicaciones. Pero nada de eso era importante para algunos “académicos”.
En ese orden de cosas, las vivencias y experiencias son muchas y variadas. El proyecto me ha permitido conocer de cerca los movimientos literarios y artísticos centroamericanos, así como a sus principales protagonistas, con quienes hemos establecido lazos de amistad suficientemente fuertes. Podría narrarte muchas de esas vivencias pero creo que correríamos el riesgo de abusar de la paciencia de los posibles lectores de esta entrevista. Lo que sí puedo decirte es que ha habido experiencias muy gratificantes, pero también incomprensiones y desencuentros. En nuestros países centroamericanos, y latinoamericanos en general, todavía priva mucho el nacionalismo de provincia colonial y el chauvinismo se expresa de diversas maneras; nos enconchamos en esas fronteras ficticias y nos vemos con recelo, casi como adversarios. Justamente el propósito era romper con ese enconchamiento y con esa desconfianza para realizar proyectos comunes. Además, como bien sabés, lo más difícil es lidiar con el ego de algunos escritores y artistas; muchos de ellos están tan necesitados de que se les visibilice que, cuando se les toma en cuenta, abusan y se convierten en vedettes, es decir en pequeños monstruos. Pero uno trata de olvidar esos sinsabores y de recuperar los mejores momentos, los que te nutren y te hacen crecer y continuar.

AP No podemos pasar por alto los Miércoles de poesía; una labor ininterrumpida de varios años que estimula y promociona a poetas establecidos y a los emergentes. La Casa Cultural Amón del Instituto Tecnológico, es un ámbito de gran fuerza cultural. ¿Cómo lograr el equilibrio para que los “asistentes” a las lecturas no pierdan el interés?

AC Bueno, Miércoles de poesía es la continuación, en pleno centro de San José, de la actividad iniciada con Fronteras. Abrimos un espacio a la poesía costarricense, en especial para la joven y alternativa, en la Casa Cultural Amón, proyecto de extensión sociocultural del ITCR en ese estupendo barrio que es Amón, barrio histórico y corazón de Chepe; lleva ya cuatro años ininterrumpidamente. Creo, si no me equivoco, que es el espacio más duradero que ha tenido la poesía en San José. Y no solamente la poesía, porque hemos incorporado la narrativa y la dramaturgia en algunas de sus lecturas. Tenemos un público muy fiel, que siempre responde y acude. Paralelamente, funciona el taller literario del mismo nombre, donde ya figuran nombres importantes de la nueva poesía tica y que edita la revista literaria del mismo nombre. Y allí va creciendo el proyecto. Casa Amón también es el centro del Encuentro internacional de escritores y punto de referencia de jóvenes talentos costarricenses y centroamericanos.
Ese equilibrio por el cual preguntás se logra, creo, principalmente con la calidad y la frescura de los poetas y escritores participantes. Por lo demás, el espacio es informal, no tiene esa tiesura de los eventos académicos o “culturosos” que siempre se ponen demasiado serios. Y un aspecto importante es la tertulia. Nosotros estimulamos el diálogo de los creadores con el público y eso enriquece el espacio. Se han generado polémicas y discusiones muy interesantes. Y al final, compartimos un vasito de vino entre los asistentes, lo cual ya se ha vuelto tradicional. El otro elemento importante es tener abierto el espacio a todas las tendencias y generaciones, tratar de no ser excluyentes ni optar por ninguna línea estética o de grupo. Somos muy abiertos. Por último, privilegiamos la presentación de libros y distintas publicaciones, desde editoriales oficiales hasta editoriales emergentes. En fin, propiciamos un ambiente tolerante y fresco donde lo acartonado abandone la escena.

AP Adriano, no hay que ser demasiado analítico para comprender que eres un “expertólogo” en poesía centroamericana. Podrías ampliar conceptos acerca de este tema.

AC Eso de “expertólogo” –un interesante neologismo nacido en la órbita de Andrómeda– creo que me queda demasiado grande. Lo que sí puedo decirte es que conozco más o menos bien, no todo por supuesto, porque es imposible; además, hay una gran ebullición literaria en Centroamérica y no es posible conocer todo que se publica, sino los principales representantes de la poesía contemporánea de la región. Uno trata de estar informado y, afortunadamente, hemos tejido una red importante donde se intercambian textos y experiencias. El Encuentro internacional nos permite también el contacto necesario.
Creo que, después de las guerras en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, nuestros países se han ido asentando y van logrando, poco a poco, digerir esa parte tan tremenda de la historia. Porque Honduras, Costa Rica y Panamá no estuvieron exentos de esos traumas. En menor o mayor medida, fueron guerras que ampliaron las fronteras. En medio de ese proceso, nació Belice el país más nuevo en la región. Con la globalización, la posguerra es un espacio que se va transnacionalizando y se va acuerpando con los designios estadounidenses y europeos de dominación regional y planetaria. Todo ello va produciendo una serie de asimetrías y descontento en grandes sectores de la población centroamericana, que genera otro tipo de violencia, una violencia social al lado de la delincuencial, organizada por el narcotráfico, tal vez peor que la causada por la guerra. Las causas de las guerras siguen intactas y más bien se profundizan. Las nuevas generaciones, con mayor acceso a la cultura universal a través de la red electrónica, asumen ese descontento y esa exclusión con nuevos insumos para producir. Y se produce el boom.
Creo que asistimos a un verdadero boom en la literatura centroamericana. La poesía es una de las puntas visibles de ese boom. Aparecen nuevas figuras, nuevas editoriales, nuevos espacios, encuentros y festivales, y la actividad crece. A mí, particularmente, me llama la atención la producción poética de Honduras, país casi invisibilizado y que ahora, desafortunadamente, adquiere protagonismo gracias a la ofensiva letal de los militares y a una oligarquía primitiva que no quiere perder sus privilegios. La producción poética hondureña no deja de sorprenderme. Igual me sucede con la salvadoreña y la guatemalteca. No así la nicaragüense, la cual, bajo serias excepciones, siento que se ha estancado. Panamá vive un proceso interesante, pero no despega aún. Y en Costa Rica asistimos a una verdadera eclosión poética, nunca como hoy hemos visto tanto joven escribiendo y publicando, tanta actividad literaria, ya no solo en San José, sino en diferentes puntos del país.
Obviamente, esos procesos deberán ir decantándose; no todo lo que se publica sobrevivirá, ni todo el que publica se consolidará como poeta. El tiempo tendrá la última palabra. Pero si por la víspera se saca el día, la nueva poesía centroamericana pugna con denuedo y rigor por ocupar el lugar que le corresponde en la poesía de lengua española y de más allá.

AP Estamos de acuerdo –como afirma Octavio Paz–, que el artista jamás debe plegarse a los intereses de los partidos políticos o a las componendas con las Iglesias. El arte y la literatura están plagados de ejemplos nebulosos, incluso con tristes y abominables desenlaces para muchos artistas. De qué modo se puede conciliar el hecho de que un artista tenga “debilidades morales” y acepte las concesiones y prebendas de los poderosos, llámense, partidos, sectas o campañas mediáticas indecorosas. En Latinoamérica se repite esto con mucha insistencia. Costa Rica, no es la excepción. ¿Deberían tener los escritores y poetas una actitud crítica cuando se da un caso de éstos?

AC Has puesto el dedo en una llaga que nunca termina de sanar. Sin embargo, creo que primero debemos tratar de entender la relación entre arte y política, es decir, la relación del intelectual con la política. En América Latina ha sido una constante, es casi inevitable, –el mismo Octavio Paz es un buen ejemplo, ocupó cargos diplomáticos y participó con partidos políticos–. En Centroamérica, Rubén Darío es el personaje más significativo, no solo en la poesía sino en el aspecto de ser funcionario y representante de varios gobiernos. Es decir, que nosotros hemos tenido una historia larga de escritores, artistas e intelectuales comprometidos con ideologías, o más aún, como funcionarios gubernamentales o políticos que ocuparon altos cargos, incluso la presidencia de la república. O de poetas e intelectuales militantes en procesos revolucionarios que ofrendaron su vida como Leonel Rugama, Otto René Castillo, Roberto Obregón, el mismo Roque Dalton, etc. Es lo que conocemos como el intelectual orgánico y/o comprometido.
Ahora bien, lo que pienso es que ha variado el tipo de compromiso y la organicidad del trabajo intelectual, literario y artístico. Quiero decir que una cosa es identificarse con ciertas luchas políticas y sociales como ciudadano, y otra es plegar el trabajo intelectual a un partido, a determinada corriente ideológica, o a ciertas capillas, lo que se conocía antes como el hecho de poner al servicio de la “causa” el arte o la literatura. Hay algunos trasnochados que todavía hacen ese tipo de prédicas. Pero está claro, y Julio Cortázar, por ejemplo, lo tuvo muy claro, el compromiso del escritor y del intelectual, del artista en general, ha variado. Hoy tenemos plena certeza de que el mayor compromiso que uno tiene es con su propio trabajo, con el rigor, con la disciplina, con la seriedad de lo que hacés. Cosa diferente es participar, como ciudadano, de movimientos sociales, políticos o religiosos. Y, peor aún, –y es lo que señalabas– es aceptar dádivas del poder y de los círculos económicos y socioculturales hegemónicos. Eso es otra cosa. Lo terrible de ello es aceptar esas dádivas con el lomo inclinado, o negociar tu trabajo para recibir favores, porque al final te convertís en un peón de esas fuerzas y de esos intereses.
No sé si te referías a que hay mucho artista, escritor e intelectual, que anda negociando puestos y cargos en consejos directivos de editoriales públicas o en ministerios o, lo peor, negociando premios en certámenes o con los mal llamados “premios nacionales”, porque desgraciadamente hay muchos, pululan. Y también hay que decir que muchos nombres enquistados en el canon y en la ambigua “fama”, esa mezcla de publicidad con la farándula, son nombres y reputaciones que se han labrado gracias a esas maquinaciones y no a su trabajo intelectual, literario o artístico. Yo considero que, en ese sentido, el intelectual, el escritor, el artista, debe ser independiente, debe lograr cierta autonomía, porque de lo contrario se pierde en ese berenjenal de negocios y compromisos con ciertos círculos y personajes oscuros. Se debe guardar distancia de esos oscuros contubernios y, si se tiene la posibilidad, denunciarlos y hacerlos visibles para que se conozcan las matráfulas que solamente daño pueden hacer a la actividad artística y cultural. Por supuesto, no soy tan ingenuo como para creer que eso no se seguirá repitiendo mientras haya premios, cargos, empresarios desalmados, editoriales cooptadas y políticos necesitados de sobalevas; especialmente en un período donde lo que priva es el mercado y la consigna de ¡!sálvese como pueda!

AP Recientemente leí unas declaraciones de la escritora nica/salvadoreña Claribel Alegría, en la cuidada edición de Versos comunicantes, bajo el sello editor Alforja de México. Ante la pregunta de cómo sentía ella, la actual creación centroamericana, contestó que está sin brújula, experimenta una gran falta de rigor poético (“temblor poético”) y, con un tono nostálgico, expresó que en décadas pasadas, con las insurrecciones y las luchas populares los poetas centroamericanos contaban con una temática épica que los disparaba a ser protagonistas en el mapa contemporáneo de la poesía y que en la actualidad, por falta de ese espoleo, la poesía pareciera que vive una etapa de baja frecuencia. Sin embargo, sostiene la poeta Alegría, ella, detesta el panfleto, prefiere la poesía social.

AC No estoy muy de acuerdo con la respetable opinión de la poeta Alegría. Es cierto que mucha poesía de la que se produce en la región padece de diletantismo y de falta de rigor poético, y que se hace una poesía muy globalizada a veces, muy alfaguara o visor, es decir pensada para las metrópolis y no para y desde nosotros mismos. También hay mucha actividad poética de bar y grupos de amigos con muchos impostores. Pero eso no indica que todo lo que se está haciendo esté sin brújula. Por otra parte, no comparto la idea de que la coyuntura épica y social dispare la buena poesía. El caso de Roque Dalton es un buen ejemplo: vos le quitás toda la parte militante, la presencia de lo político, lo acusadamente social, y te encontrás con verdadera poesía, con la esencia poética, es decir con lo que, seguramente, el poeta no se propuso conscientemente, o tal vez sí, no lo sabemos. Lo que trato de decir es que lo político no necesariamente es lo fundamental en Dalton, lo básico en su obra es justamente el temblor poético. En el caso de Ernesto Cardenal es un poco al revés, cuando le quitás esos componentes queda una poesía bastante floja, contrariamente a la del gran poeta Carlos Martínez Rivas que posee una obra profunda y redonda sin acudir a la temática político-social, mejor dicho, acudiendo a esa temática pero de manera más oblicua, más indirecta, sin militancia partidaria. Lo épico no debe entenderse solamente en tiempo de guerra. La verdad es que continuamos en la guerra, solamente que por otros medios, y las luchas populares son tan intensas y dramáticas como entonces, porque, como ya dijimos, la globalización neoliberal es excluyente, eso de alguna manera se difracta en la nueva poesía. Repito, no puedo negar que haya una poesía liviana, edulcorada, incluso escapista y refractaria de lo que se produce en las metrópolis, pero a su vez se produce una poesía con garra, no solo con temblor sino con furia, huracanada y seria, con logros formales importantes y visibles. Negarla sería injusto.

AP Vos tenés varios poemarios publicados, después de repasarlos me queda la impresión de que tu poesía tiene matices coloquiales, argot urbano y una descarga emotiva de erotismo. ¿Cuáles son las similitudes, diferencias y recurrencias entre Caza del poeta y Hacha encendida?

AC Esos aspectos que apuntás me parecen muy interesantes, es una generosa lectura. Ciertamente en mi poesía hay algo de todo eso. Caza del poeta es un libro más épico, es una metáfora de la casa centroamericana pero desde mi humilde postura y visión, es decir, desde una Costa Rica globalizada y desencantada. Hay un juego entre la casa y la cacería, ese juego semántico remite a las búsquedas del poeta en casa ajena, o en una casa que de repente se va haciendo ajena porque la empiezan a habitar otros personajes y especies. Y posee una carga nostálgica profunda, justamente por esa Centroamérica que pudo haber sido y no fue. En cambio Hacha encendida es un ejercicio más íntimo. Es un poema largo divido en 23 secciones. Un poema amoroso, erótico, con una carga de ausencia y pena apreciable, dedicado a una mujer extraordinaria. Seguramente no alcanza la dimensión de esa dedicatoria. Es un poema que escribí y guardé y luego decidí publicarlo para compartirlo con mis amigos y conocidos; realmente no estaba pensado como libro, sino como una plaquette sencilla para regalar a personas allegadas.

AP ¿Tienes alguna fórmula chamánica para iniciar el poema… utilizas conjuros o investigas el tema, o sos del tipo de poeta que dejas buena parte de la creatividad en la inspiración…?

AC No, no dejo nada a la inspiración, aunque a veces llega el ramalazo, una especie de rayo que te ilumina. Confío más en la intuición, si a eso se le puede comparar con la inspiración. Generalmente los poemas llegan a partir de imágenes vistas o escuchadas, o de sueños, o recuerdos, o a partir de golpes emocionales. Pero también de una lectura, de una pieza musical, de una película, en fin, de diversas fuentes. En mi caso, lo que hago es el boceto y lo guardo. Es como el dibujo a mano alzada y luego, con el paso de los días lo saco y si vale la pena lo trabajo y, si no, se va al mejor amigo del escritor: el basurero. Creo que en esa segunda fase está el quid de un poema, allí se reelabora y se pule sin que pierda el temblor… Allí se demuestra el oficio, porque la poesía no es asunto de inspiración, como ya te señalaba, o no solamente de inspiración, sino básicamente de oficio, como en toda labor. Y el oficio se aprende con la práctica continuada, con la disciplina, con el rigor, con el estudio, con la investigación, que en nuestro caso tiene que ver con la forma, con el lenguaje, con el ritmo. Debo confesar que en algunos casos hay poemas que he dejado intactos, pero ahora estoy arrepentido, son los que no me gusta ver, aunque al final quien tiene la última palabra es el lector.
Y si hay algo chamánico en la poesía es el estado de vigilia que el poeta asume, es esa actitud de alerta que se debe tener, como el buen cazador o el guerrero. Cuando se vigila suceden cosas extraordinarias, aparecen imágenes sorprendentes y la vida te muestra esquinas, personajes y matices que no podés ver cotidianamente. En ese sentido, lo chamánico también es un proceso de largo aprendizaje y de limpieza interior para acceder a elementos de la realidad que no alcanzás con lo puramente racional.

AP Vos también tenés una veta social en tu poesía… y se rastrea en tu novela Los ojos del antifaz. Esta novela se inscribe en los ochenta, época dolorosa y convulsa para los inquilinos de la frontera Costa Rica/Nicaragua…

AC Pienso, Alfonso, que toda producción artístico-literaria está mediada por lo social, aunque el autor no se lo proponga. Y en mi poesía esa veta es importante, claro que sí. En mi narrativa, mucho más. Los ojos del antifaz es una novela que hube de escribir porque ya no podía más, me iba a asfixiar, me iba a consumir. Tenía mucho odio acumulado, mucha rabia. Es una especie de ajuste de cuentas con una época y con una experiencia cargada de victorias y de derrotas, más las segundas que las primeras. Y de muerte. Es el esfuerzo por novelar una experiencia bélica y militante pero sin hacer crónica social o histórica, sino tratando de poner puntos sobre las íes, a la vez que iba experimentando con el lenguaje y con las formas. Allí hay de todo, como en mi bolso. No sé si el esfuerzo fue literariamente recompensado, pero desde mi perspectiva sí, pues me desahogué. Con Los ojos del antifaz aprendí que la literatura tiene un poderoso mecanismo terapéutico; realmente su escritura me sanó, me sosegó. Con la escritura de esa novela me liberé de una serie de fantasmas y demonios.
Supongo que, sin proponérmelo, logré hacer un fresco de la época de los finales de los 70 y de los 80, de la insurrección sandinista y la participación de muchos ticos en ella, con un gran contenido social y político, con una perspectiva menos partidaria y más lúdica, más dentro del artificio literario. Tardé mucho escribiéndola, pues escribía partes y las abandonaba; de hecho la reescribí toda luego de tirar a la basura el primer manuscrito, es que me causaba mucho dolor. Por eso al final no la revisé mucho, quería deshacerme rápido de ella y que otros se encargaran de esas energías. Lo que sí puedo decirte es que tiene una profunda carga energética, porque me consumí de lleno en su escritura, visceralmente, con rabia, con odio, con desamor.

AP De ese trasiego fronterizo, quedó una especie de “mitomanía” entre algunos poetas y diletantes de la poesía. En algunas sobremesas josefinas, casi siempre después de algún vernissage, lanzamiento de libro o recital poético, de repente, entre los animados diálogos y “guaruceras”, emergen unos personajes que se autodenominan Comandantes, Sargentos, Coroneles, y que (ellos) narran sus propias “odiseas castrenses” en los recovecos de la frontera, ¿esquizofrenia, humor negro?

AC Creo que las dos cosas, es decir mucha esquizofrenia con humor negro, por la pose de esos personajes. Pero fíjate que esto no sucedió solamente en Costa Rica, también en otros países que sí tuvieron guerra. Luego de las firmas por la paz, resulta que muchos aparecen como excombatientes y comandantes, o responsables ideológicos, o sencillamente colaboradores de la guerrilla. Es una fauna interesante y variopinta que reclama su lugar en los nuevos escenarios políticos y culturales. Claro, en el caso de nuestro país es mucho más patético, porque seguramente es gente que nunca estuvo en el frente, o que tal vez colaboró con los sandinistas o los salvadoreños, pero tangencialmente, y luego se pavonean con poses militares en una realidad más tranquila, menos asfixiante y represiva. Son escenas un tanto goyescas que dan para buenos cuentos o para una novela de humor negro, como señalabas.
En honor a la verdad, debo decir que en Costa Rica hubo muchísimas personas que colaboraron con los sandinistas, directa o indirectamente. Esta fue la retaguardia de la insurrección y el pueblo tico en su amplia mayoría era antisomocista y solidario con la lucha del Frente Sandinista. Tampoco son pocos los ticos caídos en combate, no solamente en la insurrección sino después, en la lucha con la contra apoyada por el gobierno de Estados Unidos. Pero vos sabés que siempre la historia se tiñe de personajes que pretenden figurar y vanagloriarse.

AP Me has comentado en recientes conversaciones, por las vistosas calles de Barrio Amón, en San José, que preparas otro poemario. ¿Podrías adelantarle a nuestros lectores de que trata esta nueva incursión por la palabra?

AC Sí, es un poemario precisamente dedicado a San José. Se llama “San José varia” y espero que salga pronto. Lo he venido preparando durante algunos años; tiene algunos poemas viejos no publicados, de 10 años atrás y otros más recientes. Es poesía urbana y un tanto socarrona, pero también espesa, creo. Es un homenaje crítico a la ciudad, un homenaje y un grito, pienso. Y tengo en preparación otro poemario, pero no hablaré de él por ahora, porque creo que no se debe hablar de lo que aún no está listo.

AP Hace pocas semanas se realizó la Feria del Libro en Guatemala. Fuiste convidado a participar en varias actividades culturales. Entiendo que hubo un Encuentro centroamericano de escritores, en donde se firmó un manifiesto de repudio por el golpe de estado en Honduras. Conversemos sobre lo que sucede en Tegucigalpa con el llamado golpe de estado perpetrado por Gorileti y sus secuaces.

AC Sí, en el marco del Encuentro de escritores centroamericanos que organizó la Feria del Libro guatemalteca, dedicada a Costa Rica, por cierto, firmamos un manifiesto repudiando el golpe y exigiendo la vuelta a la democracia restringida de ese país. Es doloroso y lamentable lo de Honduras, es un giro violento hacia las cadenas coloniales. La oligarquía hondureña es de las más retrógradas de Centroamérica y quiere perpetuarse en el poder por siempre, no importan los métodos. No me cabe la menor duda de que detrás de ellos está el gobierno de Estados Unidos, al menos la parte más dura de ese gobierno, lo que se conoce como los halcones, es decir los designados por los Bush que, de alguna manera, siguen gobernando. Cada vez tengo más la impresión de que Obama es un adornito para calmar al pueblo norteamericano, enfrascado en una terrible crisis, con un manto de tolerancia étnica. Pero el poder detrás del trono lo ejercen las transnacionales y los militares con la industria armamentista. Ellos deben estar detrás del golpe, porque sin ellos nada se mueve en estos países que, al parecer volverán a ser “bananas republics”, o mejor digámoslo globalizadamente, “maquilas republics”.
Tengo la esperanza de que las fuerzas sociales de ese hermano país venzan el oprobio y la imposición y abran un merecido camino democrático y de justicia social, para un pueblo que clama desde hace mucho tiempo por reformas profundas, dados los niveles de pobreza y exclusión que exhibe. De lo contrario, volveríamos a las primeras décadas del siglo pasado.
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Alfonso Peña (Costa Rica, 1950). Narrador, ensayista y editor. Autor de libros como Noches de celofán (1996), La novena generación (1991), y Labios pintados de azul (2004). Actualmente dirige las Ediciones Andrómeda y la revista Matérika (www.materika.org). Contacto: manija05@yahoo.es.
*La presente entrevista fue publicada en AGULHA HISPÂNICA-REVISTA DE CULTURA; fue enviada a André Cruchaga por el entrevistado.

lunes, 5 de marzo de 2007

De todas las selvas_Novela de Daniela Trottier

De Todas las selvas, Editorial de la Universidad de Costa Rica.

“La revolución en muletas”
“De todas las selvas”, novela de Daniela Trottier

La insurrección sandinista que derrocara al tristemente célebre dictador nicaragüense Anastasio “Tacho” Somoza, tuvo en Costa Rica su más amplia retaguardia. Con la hábil tolerancia del gobierno de Rodrigo Carazo Odio (1978-1982), basada en la solidaria indignación del pueblo costarricense y el apoyo internacional a la lucha guerrillera, nuestro país se convirtió en una enorme base de apoyo a la causa insurreccional del vecino país del norte, especialmente del Frente Sur, donde combatieron cientos de costarricenses, varios de ellos entregando heroicamente sus vidas. Sin embargo, no todo era permisividad, las fuerzas beligerantes y el espectro de la guerra fría conspiraban abiertamente en nuestro país.

La novela de Daniela Trottier, “De todas las selvas” (presentada por la editorial como “Cuentos costarricenses” o “Relatos personales” y que bien pudo llamarse “De todas las sangres”, “De todas las trincheras”, “De todas las guerras” o “De todas las nostalgias”) es una galería de personajes que poblaron aquélla retaguardia por múltiples razones y procedencias, especialmente en las casas de seguridad, campamentos, hospitales, oficinas, cantinas y rincones de un San José poco acostumbrado a la conjura político/militar. Nombres y seudónimos van desfilando por las páginas de estos relatos unidos por el hilo conductor de la lucha desde un frente poco heroico, donde los ideales se entretejían entre lecturas, conversaciones, amores fugaces, despedidas, pérdidas, furias, llantos y la ambigua y lejana convicción por la victoria.

Cada relato, o capítulo de la novela, lleva el nombre de uno de esos personajes anónimos para la historia patriótica y militar: Ernesto, Emiliano, Luigi, María de los Ángeles, Juan, Elena, Santiago, Daniela Segunda, Carlos el hondureño, Ramiro, Laura, Diana… Hasta Pueblo, quien, en principio, podría figurar como un personaje colectivo, es el alias de un combatiente herido que luego de la guerra se desempeña como oficial de migración en la frontera. Así, la revolución se encarna en cada uno de esos personajes que, con más pena que gloria, representan el lado oscuro, o el otro sitio, el más soslayado, de la guerra revolucionaria.

La galería de personajes se complementa con el montaje, o, si se quiere un lenguaje más visual, la “instalación”, de la parafernalia clínico/hospitalario/forense que sintetiza lo agudo y lo irregular de toda retaguardia de campaña bélica: “El tráfico de frascos y pastilleros de la Caja Costarricense de Seguro Social con sus indicaciones y contraindicaciones, el trasvase de líquidos diversos, del fungicida importado al desinfectante de ferretería para los veteranos de trincheras, el contrabando de muletas, suelas ortopédicas, tablillas, prótesis y corsés usados, el comercio subterráneo de anteojos y dientes postizos, de radiografías de cráneos y vértebras, fantasmas en blanco y negro de muertes futuras, todo aquello merecía alguna atención y en todo caso una sabia planificación para no intoxicar a un manco o despachar una muleta a un asmático.”

Si algo llama la atención, como vimos en la cita anterior, es el humor contenido y distanciado que se respira en toda la narración. Humorismo (podríamos enlazar humor con sus variados significados de supuración, transpiración, flujo, bilis e ingenio, gracia, salero o sarcasmo) que nos permite comprender de mejor manera ese mundo antiheroico donde, a veces, la desolación, la incoherencia, la confrontación ideológica y hasta la traición, son cuestiones habituales. Por lo demás, se nos permite, como lectores, asimilar mejor aquélla realidad aparentemente enigmática y rutinaria de la militancia revolucionaria en condiciones de clandestinidad, o tras las bambalinas del teatro de operaciones de la guerrilla.

Porque las labores del trabajo revolucionario de apoyo al frente de combate no consistían solamente en lo referido a la sección clínica, también requería esfuerzos en el campo del avituallamiento, las comunicaciones, el trasiego y embutido de armamento y combatientes de paso, hasta las tareas de casera, compañera del combatiente en la línea de fuego, madre ocasional, profesora de español, amante transitoria y virtual o psicóloga empírica, encargadas a la narradora protagonista. Esa voz en primera persona que describe y detalla paisajes urbanos y rurales, así como los caracteres, actitudes, conflictos y mentalidades de los demás personajes, es precisamente el hilo primordial que engarza todo el tejido de la trama novelística, otorgándole coherencia al argumento de la misma.

Podríamos señalar leves ripios, repeticiones innecesarias y frágiles intersticios de discordancia narrativa, pero no vale la pena frente a la autenticidad del documento narrativo que, entre testimonio y ficción, nos ofrece un vasto fresco de las calamidades de la guerra, contextualizadas en la Costa Rica sandinista y en la Nicaragua revolucionaria de entonces. Además, el mérito narrativo de la autora, para quien el castellano es su segunda lengua, la cual maneja con notable y atinada corrección, consiste justamente en captar perfiles, rostros, acciones y texturas de una realidad sociocultural y lingüística de alguna manera “ajena” para ella, aunque la misma novela es alegato y evidencia de su acertada aprehensión.

Por esas razones y muchas otras que no me permiten el tiempo y el espacio, la primera novela de Daniela Trottier trasciende cualquier análisis crítico que pudiese, por ahora, intentar. Su riqueza está en la polifonía de sus mismos personajes y en la apropiada manera de presentárnoslos. Y en la perspectiva nostálgica y apasionada, en su humor negro contenido, en la difracción erótica y en la capacidad discursiva para acercarnos a una época donde la guerra revolucionaria fue seguida ansiosamente por millones de latinoamericanos y habitantes del planeta. En Costa Rica muchos participamos de esa ansiedad y aquél apasionamiento, por ello más de alguno podría repetir con la narradora que esa “guerra la tengo aún adentro, que no me la puedo sacar, que es lo más terrible y lo más sublime que me ha pasado…”

Adriano Corrales, escritor costarricense