En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



viernes, 3 de julio de 2015

DE VALENCIA A CINCTORRES, PASANDO POR SAGUNTO

Imagen cogida de la red (Paisaje valenciano, España)




DE VALENCIA A CINCTORRES,
PASANDO POR SAGUNTO


Ricardo Llopesa


I

A partir de Sagunto, en dirección a Castellón, el terreno es abrupto, volcánico, con colinas que se encuentran. La vegetación es baja. Predomina el verde. A las seis de la mañana del mes de junio, el sol sale como un balón grande y rojo. Es el gran sol del imperio Inca que reluce oro. Las crestas se levantan a un lado y otro de la carretera. A estas tierras de declives constantes, Cristóbal Colón le habría llamado tierras de honduras. Realmente, son eso, tierra de cerros enanos, donde conviven las piedras y las plantas.
            El primer pueblo grande se encuentra a mano izquierda y es Moncófar, que se tiende sobre un valle, como un Atlas echado a tierra, protegido por altas montañas, que son capaces de frenar el viento frío del invierno y el caliente del verano, procedente del Sahara.
            Pasando Castellón se encuentra Pobla de Tornesa, por donde pasa la línea del Meridiano de Grenwich y se entra a una carretera estrecha, en dirección al Valle de Alba, espeso, tupido de vegetación, donde se cultiva la aceituna y la almendra, semillas de tierras frías. Vamos en la carretera que nos conduce a Villafranca.
            El pueblo del Valle de Alba es pequeño, y en proporción a su tamaño, también la iglesia y su plaza de toros, que parece una maqueta de las grandes. Es tan pequeña que carece de palco de primer piso.
            A medida avanzamos hacia el interior las curvas se repiten, son más continuas y la carretera sube. La naturaleza es más frondosa. Hay un punto de subida que pareciera que no podemos, que el vehículo no sube, pero avanzamos hacia la cumbre. A lo lejos, en lo alto, se dibujan unas casas en lo alto de la cumbre, como una postal dibujada por Murillo. Es Ares del Maeztrago, imponente y seductor, en lo alto de la montaña como una reina en su trono. Para llegar a lo alto hay que escalar el Puerto de Ares, así llamado porque está a más de mil metros de altura. Desde ahí se contemplan los llanos y la tierra en forma de escalera, obra de hombres y mujeres que con sus manos robaron tierra a la montaña donde sólo habían piedras. El espectáculo invita a suspirar.
            Antes de llegar a Morella, entrando por la izquierda, se llega a Cinctorres. La carretera es mala, vieja y estrecha. No avanzamos diez metros sin que nos asalte una curva con el precipicio de la muerte a un lado u otro. La naturaleza es rabiosamente abundante. El paisaje es una delicia de la Primavera. Por todas partes saltan a los ojos montañas verdes. Hay manzanilla y romero. Hay pinos por todas partes. Un hombre que baja del monte viene en moto. Ha sido el único viajero de regreso. Por fin, llegamos a Cinctorres.



II

CINCTORRES Y
NATI CLIMENT CASANOVA, FAJERA

La entrada a Cinctorres la preside la estatua en bronce del “fajero”. Simboliza el sacrificio de aquellos hombres, en la época del hambre que vivió España después de la cruel guerra civil, cargados de fajas de telas, hechas a mano por las mujeres, en la espalda, el pecho, debajo del brazo, cuantas más, mejor, en busca de la peseta. Salían del pueblo a pie o en bicicleta con destino a Barcelona, Madrid, Valencia, donde vender aquellas fajas de hilo que servían para apretar los pantalones. No había cuero y la tradición de la faja de colores vistosos viene de muy lejos. Los hombres pobres tenían que desplazarse decenas de kilómetros a pie. Algunos no regresaban de aquella ausencia que podía durar semanas, durmiendo en aceras y gastando poco para comer, que el dinero vuela. A esos héroes de los años injustos de la miseria se les rinde tributo. Tarde, 2006, porque la justician es lenta.
            Pero el Ayuntamiento de Cinctorres cometió un error al olvidar a las mujeres. Las verdaderas artífices del gran negocio. El pueblo entero se convirtió en una gigantesca fábrica que vendía a toda la nación. Gracias a las mujeres, Cinctorres vivió uno de los mejores momentos de progreso. Tenían lo básico, lo importante para comer. Las multinacionales llegaron a arruinarles el negocio. La faja la usaban hombres y mujeres. Los payeses catalanes, mallorquines, aragoneses y valencianos la han llevado. Visten de luces a los toreros apretados con la faja.
            Ellos, los fajeros, han muerto todos. Sólo los recuerda el sobrio monumentos. Ellas, sin embargo, no cuentan o importan poco o nada por ser mujeres, que no se les recuerda como a ellos. En una sociedad machista, donde el patriarca es hombre y las mujeres forman parte de la marginación. De ellas hay pocas, muy pocas fajeras vivas.
            NATI CLIMENT CASANOVA, así en letras grandes para luchar contra el olvido, es una de aquellas pocas, poquísimas mujeres sobrevivientes que aún puede contarlo. Ella es símbolo de aquella época de lucha. Es feliz, porque todo pasó. Cada año, cuando llegan las fiestas de Cinctorres, coge sus hilos y se pone bajo el sol a hacer lo que ha sabido, fabricar fajas, para recordar a los demás, a los que beben cerveza todo el día, que aquel fue un pueblo que tuvo que trabajar mucho para poder comer.
            Aquel negocio desapareció. Hoy en día está en manos de los chinos. El progreso trajo muchos beneficios, uno de ellos dejar sin trabajo a muchos pueblos.