En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



domingo, 8 de septiembre de 2013

MIS TRES MAESTROS

Luis Ibarra Mayorga




MIS TRES MAESTROS




2. LUIS IBARRA MAYORGA
(Nicaragua, 1890-París, 1977)


Por Ricardo Llopesa


Luis Felipe Ibarra Mayorga había nacido, en Chinandega, el 26 de diciembre de 1890 y murió en París el 6 de agosto de 1977. El “Diccionario de autores nicaragüenses” destaca que fue poeta, conferenciante, compositor y diplomático. En 1930 ofreció su primer concierto en el Colegio de Señoritas de San José (Costa Rica) Luego viajó a España a realizar estudios de música, primero en Barcelona, después en Madrid, donde le sorprendió la guerra civil. Colaboró en el bando de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, que posteriormente se trasladaron a Valencia con el objetivo de colaborar con los barcos de republicanos que enviaron a Latiniamérica. Al final de la guerra se disfrazó de miliciano, tomó un barco para Marsella y llegó a París. Se ganó la vida por las calles recogiendo y vendiendo chatarra (“hierros viejos”, decía él). En París hizo estudios de Psicología Experimental, bajo la enseñanza de Mme. Monmessori. A la entrada de los alemanes, el Encargado de Negocios de Nicaragua en París, el escritor Eduardo Avilés Ramírez huyó. Ibarra se hizo cargo de la Legación, pero los alemanes lo cogieron dando salvoconducto a españoles y latinoamericanos que huían de París. Estuvo en varios campos de concentración, hasta su liberación en 1945. En 1952 fue nombrado Agregado Cultural de la Embajada de Nicaragua en Francia y en 1961, Cónsul General hasta su fallecimiento.
Desde la primera cena en su casa, hasta su muerte, fuimos amigos. Aquel hombre menudo, esquelético, ágil, nervioso, diligente y humano, enemigo de la guerra y admirador de Ghandi, sería mi segundo maestro. Podría decir que fue él quien me inició en la visión de un mundo distinto. Con él la literatura y la política tuvieron en mí otra perspectiva, más cívica, más humana y más comprometida. De él se decía que era comunista, pero como diplomático de la dictadura de Somoza sabía resguardarse bajo el techo del silencio. Nosotros, en nuestros primeros tiempos solíamos visitar a los republicanos españoles en el exilio, que hacían sus actividades en la Mutualité de París, por entonces dirigida por Pierre Biessy, de la Academia Francesa, sobre quien escribí mi segundo artículo tras su muerte.
Yo también buscaba a los españoles por mi vínculo sentimental con Granada, hasta el punto de buscar entre ellos la amistad y preferencias. El “Rincón Español” fue uno; el otro, la Casa de España, pero los de la Casa, republicanos catalanes que habían sido diputados y senadores, también periodistas, fueron para mí personas a quienes recuerdo con gratitud.
Como el Cónsul supo de mi amistad con los primeros hippy que llegaron a vivir en la acera del Sena, donde bebíamos, cantábamos y hasta practicábamos el amor libre, Ibarra se escandalizó y me mando a llamar para vivir en su casa, en el Boulevard Magenta, número 90. Él quería que yo estudiara una carrera de letras y que abandonara mi idea de la medicina. Para conseguirlo me llevó a conciertos, recitales de poesía, conferencias, pero lo más importante es que gracias a él conocí a lo mejor de la literatura latinoamericana que por aquel entonces del 66-67 vivía en París.
Al primero en conocer fue a Miguel Ángel Asturias. Yo no sabía quién era aquel indio de piedra, sereno y majestuoso. Para conocerlo, el Cónsul Ibarra me dejó el Popol Vuh para que lo leyese. Sorprendido por aquella escritura tan extraña, le hice varias preguntas acerca del libro y la manera de escribir un cuento. En nuestros varios encuentros tenía claro cómo se podía escribir un cuento y hasta una novela. Me había revelado su técnica. Luego vinieron otros como el cubano Juan Maranillo, que representaba a Cuba en la UNESCO, al igual que el poeta ecuatoriano Carrera Andrade y muchos otros. Entre ellos sentí el deseo de convertirme en escritor algún día.
El Cónsul Ibarra se sentía feliz al ver mi cambio de postura. Algo había en él que miraba dentro de mí. Quería formarme y transformarme. Muchos años después de su muerte supe que hizo de mí lo que no había podido hacer con sus hijos: convertirme en poeta. Es cierto, en París escribí, tras varias lecturas de Tagore, charlas e incursiones sobre la filosofía de Ghandi, mi primer poema sobre la madre muerta.
El padre del Cónsul Ibarra, Felipe Ibarra (1853-1936), lingüista y poeta, autor de un libro manuscrito e inédito, Becqueriana, que tuve entre mis manos, fue el iniciador de Rubén Darío en la poesía.
Hay una anécdota curiosa, a este respecto, que cuenta Anselmo Fletes, es la conversación entre Bernarda Sarmiento, tía abuela de Darío, y un amigo de la familia, José Rosa Rizo:

¿Qué hago con Rubén, don Rosa? Me lo está echando a perder Felipe.
¿Y de qué modo se lo está echando a perder, señora?
Pues, enseñándole a hacer versos. Va a arruinármelo. ¿Qué me aconseja usted?
Pero Rubén no hará más que copiar los versos de Felipe, señora, y no veo en eso ninguna ruina.
¡Qué sabe usted don Rosa? Rubén los saca de su propia cabeza. Yo lo he visto escribirlos. Me lo arruinó enseñándole a hacer versos.
Doña Bernarda dice el doctor Rizo, ¿tiene usted algunos versos escritos por Rubén?
Aquí están los versos exclama la señora y alarga al doctor Rizo unos papeles.
Éste lee. Abre los tamaños ojos, se exalta y por fin dice:
Doña Bernarda, así no hace versos Felipe. No pueden ser de él. La letra es toda araños: hilución con h y con cestreyascoracón. ¡Pero qué ideas de muchacho!

Es otra faceta en la que Ibarra me inició en el conocimiento de Rubén Darío. Lo leíamos juntos, hablábamos, me sacaba de su armario gris páginas entonces inéditas. Fue él mi verdadero iniciador. Por más que luché contra la idea de la literatura, París fue mi perdición. Tuve muchos momentos de duda, pero había caído en la redes de la poesía. Llegué para leer a Víctor Hugo y regresé a España recordando los versos sencillos de Jacques Prevert.
Para el mes de noviembre o diciembre llegó a París el Ministro de Educación de Nicaragua, José Sansón Terán. Venía a uno de los congresos anuales de la UNESCO. Como faltaba personal diplomático en la delegación, me nombró miembro de una de las comisiones para representar a Nicaragua, siguiendo las instrucciones de dar el voto a los Estados Unidos, a pesar de una propuesta cubana de alto valor para el desarrollo de la educación como era incluir las clases prácticas para aquellos alumnos que no desearan continuar la carrera universitaria.
Fue también por esa época cuando acordé llevar al Consulado a la Junta Directiva de la Casa de España, después de que la Casa decidiera organizar un Homenaje en el Primer Centenario del Nacimiento de Rubén Darío, que me encargué de coordinar. La visita al Consulado fue amenizada por la propia banda de la Casa, Ibarra tocó al piano, pero todo terminó aguadeándose a raíz del pica-pica que soplaron los muchachos de la orquesta y mi amigo empezó a estornudar.
La noche del 31 de diciembre de 1966, cenamos con Mme. Ibarra en un restaurante de los Campos Elíseos, entre abrazos y besos, principalmente los besos que los hombres dábamos a las muchas que pasaban por la avenida.
El Homenaje a Darío tuvo lugar el 18 de enero de 1967 en el enorme salón de actos de la Casa de España, donde cabían dos mil personas, situada en el boulevard Stramburg.. El invitado para hablar era el conde Miguel D’Escoto, Embajador de Nicaragua en Francia. Habló, fue muy aplaudido por más de mil españoles, se abrazó con los directivos de la Casa y a los pocos días llamó a Ibarra y a mí para presentarnos en la Embajada.
El Embajador estaba hecho una furia contra nosotros dos. Llamó a Ibarra “comunista”, lo insultó y yo recibí otra perorata terrible. Ambos fuimos expulsados de la Embajada, con las siguientes restricciones: no teníamos derecho a tabaco ni a güisqui, pues yo recibía una botella y dos cartones cada semana.
En París conocí a dos amigos de Rubén Darío, el colombiano Alberto Zérega Fombona, que estaba muy mal de salud, vivía en el Hotel Lutecia, casi inválido, y el uruguayo Hugo David Barbagelata, historiador que había sido secretario de José Enrique Rodó.
Cuando Pablo Neruda llegó a París a ocupar el cargo de Embajador de Chile le pedí al cónsul Ibarra que me lo presentase. Yo estaba impaciente por conocer al poeta que había llenado  mis noches de sueños de amor. Pasaba el tiempo y nada. Hasta que un día me dijo Ibarra: “Voy a invitarlo a una reunión de amigos en el Consulado”. Y así fue. Neruda llegó, llegaron otros, pero mi estrella era Neruda. En un momento en que Neruda estaba solo le pedí que me leyese el “Poema veinte”, pero a medida iban saliendo las palabras de su boca lo sentía más distante. No podía creer que el poeta que había escrito grandes versos pudiera leerlos tan mal. No hacía mucho, en una de las tantas tertulias que se hacían en París, había oído el mismo poema en la voz de un actor colombiano que me puso los pelos de punta.
Pero con quien más amistad hice fue con Barbagelata, ya anciano, patriarcal, sentado en su sillón clásico, venerable y noble.
Ibarra me mandó a Grenoble con una beca del gobierno francés, en calidad de “estudiante privilegiado”, a hacer un semestre sobre novela francesa. Ahí, en la Biblioteca Pública, tuve entre mis manos los manuscritos de Stendal. El frío y el viento en la calle eran insoportables y la niebla lo encerraba todo en un espacio cerrado donde no veía a más de un metro de distancia. Cuando terminé le escribí diciéndole que regresaría a España
Vete a España, pero pasa por Valencia. Es una ciudad pequeña y muy bonita me adelantó. Pero antes vé y conoce al Cónsul en Barcelona, el Dr. Ernesto Selva, que somos viejos amigos, para que te preste todo tipo de ayuda si la necesitas. Yo le escribiré.
Y así fue. Nuestra amistad duró hasta su muerte y más allá de su muerte, porque al morir, su hermano Salamón Ibarra Mayorga (1887-1985), autor del Himno Nacional de Nicaragua escrito en 1912, quien por entonces vivía en san José, me escribió una carta diciéndome: “Si usted fue amigo de mi hermano también es amigo mío” y reprodujo en un librito, titulado Homenaje a Luis Ibarra, un artículo mío publicado en La Prensa, de Managua.
Mi amistad con Salomón fue muy intensa. De él conservo su última carta, escrita poco antes de su muerte a la edad de 98 años, el 2 de octubre de 1985, así como el Himno Nacional de su puño y letra. Salomón publicó en vida una Monografía del Himno Nacional de Nicaragua (1955) y el libro de poemas Gris (1975). He aquí la carta de Salomón Ibarra, fechada en Tegucigalpa, el 11 de agosto de 1985. Es decir, mes y medio antes de su fallecimiento:

Mi querido Ricardo:
Por fin después de una dolorosa y larga crisis de salud, que me ha dejado con los ánimos caídos.
Respondo a su última carta, que no tengo a mano, pero recordando de ella algunos puntos que vienen al caso y lo hago del modo siguiente: 1) Agradéscole mucho, los amables conceptos que figuran sobre mi humilde persona, en su importante revista “OJUEBUEY” y por la publicación en ella de mi pequeño poema “Tintas del Trópico” 2) Recordando que entre algunas de las poesías que le envié hace algún tiempo iba una titulada con el nombre “El bastón de mi Padre” que le suplico devolvérmela a vuelta de correo, dejándose usted una copia. Necesito ese poema, para publicarlo en mi próximo libro titulado “Cenizas que arden” del cual le enviaré a usted un ejemplar. Me pide usted mi retrato y ahora le mando 2. Uno de hace un año y el otro de tres meses.
            3) No le escribo más, como yo quisiera, por la impotencia anímica, pero le ruego encarecidamente, enviarme a vuelta de correo su contestación.
            Deseándole toda clase de felicidades, me suscribo como siempre.- Su servidor y amigo que le quiere mucho,
            Salomón Ibarra Mayorga.

En cambio, el cónsul Luis Ibarra, publicó en francés Quelques vers au XXe siècle (París, 1947); la conferencia leída en la Sorbona, en 1947, El genio de una raza y la riqueza de un continente (París, 1948) y el libro de poemas Deuze chants, traducido al francés por Claude Couffon (París, 1951). También dejó inédito un cuaderno didáctico: El método Montessori en la pedagogía contemporánea y unos Cuadernos musicales, que reúne su obra musical.
El cónsul Ibarra murió en París, el 6 de agosto de 1977, a la edad de 87 años. Aquí reproduzco la última carta que me envió, escrita el 10 de julio; es decir poco antes de su muerte:

            Estoy muy contento de haber recibido su última carta del 2 de los correspondientes en la que me participa la pérdida del primer hijo que tuvo su esposa y las operaciones a que fueron sometidos en Masaya su tía y su cuñado Juan José. Gracias a Dios todo salió bien por una parte y por la otra.
            Cuídese y también cuide también a su esposa porque el haber perdido el primer hijo es algo que hay que tener en consideración para el futuro.
            Recibí también el recorte de prensa (fotocopia) del artículo suyo que había sido publicado en “El Centroamericano”.
En cuanto a este su amigo, continúo siempre delicado de salud sobre todo cuando me veo obligado a salir a la calle con el clima de París, que está aún frío y lluvioso a pesar de estar acabando ya la primavera. Sin embargo no pierdo las esperanzas de viajar a Nicaragua y sólo espero los pasajes que debe enviarme nuestro Gobierno. Quizá la política actual en el país no sea buena y por consiguiente, según las noticias que de allá tengo, haya algo que perturbe al Gobierno porque éste ha ordenado restricciones muy severas para todas las personas que desean viajar a Nicaragua, sean ciudadanos extranjeros o nicaragüenses.
Es bueno que Ud. publique su libro puesto que está en la mejor edad de producción literaria, si Ud. realiza esta publicación será para Ud. un estímulo más en su vida de escritor.
Yo no sé si Ud. recibe los periódicos de Managua pues a mí me gustaría leer algo de lo que pasa en nuestro país, ya que el mundo está muy revolucionado y aquí en París, la radio da publicación a crímenes que se cometen constantemente en el mundo. Esto no pasaba cuando yo estaba recién llegado a la capital francesa, es decir que estamos viviendo un estado anormal en lo que respecta al mundo y a sus luchas por vivir.
Espero pronto sus noticias y si le escribe a su madre no se olvide de decirle que guardo siempre para ella un verdadero cariño por todas las finezas que tuvo para conmigo en Masaya.
Si por casualidad ve Ud. en las librerías un libro nuevo o viejo sobre Gabriela Mistral, le agradecería me lo enviase. Yo le reembolsaría los gastos del mismo.
Sin otro particular y con saludos cariñosos para su señora, le abraza siempre agradecido este su amigo a quien Ud. debe estímulos que no se pueden pagar con nada,
            Luis IBARRA
            Cónsul General de Nicaragua

Como documento inédito reproduzco la carta del General Charles de Gualle, Presidente de la República Francesa, en respuesta al envío de su poemario, Vuelques vers au XXe siècle (1947).

LE GÉNÉRAL DE GAULLE
París, el 17 de enero de 1969
Monsieur le Cónsul Général

Vos poèmes m’ont paru trés Meaux et émouvants, notamment ceux qui révèlent la part que vous avez prise aux épreuves de la France.

C’est vous dire combian je suis sensible à l’aimable pensée que vous avez eue de me les adresser. De cette attention et de l’envoi qui accompagnait votre recueil je vous remercie bien sincèrement.

Veuillez croire, Monsieur le Cónsul General, à mes sentiments les plus distingués et les meilleurs.

                                               C. de GAULLE.

Monsieur Luis IBARRA
Attaché Culturel
Cónsul General du Nicaragua
89, Boulevard de Magenta
PARIS 10ème.

            Dos de los poemas preferidos de Ibarra eran “Canto salobre de eternidad”, que pertenece a su primer libro de 1947 y el segundo “Cantar, siempre cantar”, en versión original que encargó para su traducción al francés a su amigo Claude Couffon, que se titula Douze Chants (París, 1952).


CANTO SALOBRE DE ETERNIDAD


Canto salobre de eternidad
es mi canto:
El mundo está perdiendo su faz;
los hombres cavando cada vez más el cielo
con turbada osadía.
Truenan todas las aguas sucias
y todas las tormentas dentro de nuestro barro.
Volveremos  al mundo troglodita?
Los cuervos devoran a los cuervos;
las águilas ebrias de altura
desgarran el misterio.
Preñado está el Planeta de antinomias ocultas.

El ojo de Dios comienza a manifestarse
en su caída con su verde color enmohecido.
La tierra suda petróleo y sangre,
hieden a podredumbre sus axilas,
los rostros y las almas traslucen
oro y acero en las pupilas.
El homo-sapiens para monstruos y ritmos
contra los ritmos planetarios.

Cavando, cavando vamos
cada vez más el cielo,
cada vez más el suelo
con nuestros fierros,
con nuestros hierros,
con nuestros yerros…

Vamos perdiendo, vertiginosamente,
el ritmo puro de nuestra danza.
Estamos locos de ciencia
cavando sepulturas a la Esperanza
cavando cada vez más el cielo
cada vez más el alma.


CANTAR, SIEMPRE CANTAR


Cantar, siempre cantar,
cantar y danzar sobre
las hojas muertas de nuestra carne
para no desesperar.

La muerte,
colgada a nuestro cuerpo
como fruto a la rama,
como hermana gemela de nuestra sombra,
marcha al lado,
por delante, detrás,
poniendo puntos suspensivos
al río de nuestra sangre.

En cada día,
en cada noche
se ocultan crímenes o alboradas.
Amanecemos frescos
o amortecidos
según las luces del minuto que pasa:
puñales, manicomios, dinamitas, diamantes
orgías, cataclismos o adivinaciones-

El tiempo marca
con ritmo cierto
el movimiento de nuestras piernas,
los contratiempos del corazón
y el final retorcido de nuestro canto y danza.

Sobre la última cama
para el último sueño
la Tierra nos embarca de nuevo
en sus caderas amplias.

Entre los muchos documentos que conservo del cónsul Ibarra, figura una tarjeta postal de Gabriela Mistral:

Los Ángeles 1946
Caro amigo Ibarra:
            Caminé con sus alientos por varias partes. Qué humano y noble es usted. Yo necesito saber si se decide a regresar. Está Ud. perdiendo allí la razón de su vida. Esto le pesará mucho más tarde; le pesará enormemente. Dígame si le ofrecen algo de su país. Escríbame al Consulado de Chile a los Ángeles, por ahora.
            Afectos y recuerdos de
                                               Gabriela

No obstante, me parece oportuno dar a conocer la parte menos conocida suya, que fue la más importante en su vida, la de compositor clásico, donde desarrolló una pequeña pero intensa actividad en cuanto a lo que corresponde a la ejecución de su obra.
            Este documento lo redactamos juntos y permanece inédito. La falta de comas, giros de lenguaje y cualquier otro error es sólo culpa mía, porque fui el responsable de pasarlo a máquina, en 1967:

TEXTOS MUSICALES DE LUIS IBARRA

La mayoría de estas obras han sido ejecutadas.

1º.- En el año 1934 en el Conservatorio Nacional de Música de Madrid habiendo tocado al piano “LYNCHESCA” (Valse-Caprice), el Maestro Ataulfo Argenta.

2º.- En 1939 en un concierto patrocinado por el Cuerpo Diplomático de Centro-América en honor de Madame Ernestina Corma se ejecutó unas obras de las obras del Profesor Luis Ibarra, “CANCIÓN DE CUNA”; el referido concierto tuvo lugar en la Escuela Normal de Música de París bajo la dirección artística de Alfred Cortot.

3º.- En 1948 fueron ejecutadas por una orquesta de cincuenta profesores en el festival que tuvo lugar en el Gran Anfiteatro de la Sorbona, bajo la presidencia del Rector de esta Universidad.

4º.- En noviembre de 1965 tuvo lugar otro concierto en la Casa de la América Latina, acto que fue organizado por la célebre concertista internacional Madame Ginette Martenot de Lazard. En este concierto fueron interpretadas por el instrumento “Ondas Martinit”, las obras del Profesor Ibarra.

            Pero esta relación de sus actividades que redactamos a máquina no fue completa porque guardo entre mis papeles otra más extensa, escrita de mi puño y letra, lo que quiere decir que él y yo hicimos una relación que debíamos agregar:

1927.- Colegio de Señoritas de San José de Costa Rica.
1929.- Managua, Nicaragua.
1930.- En el Liceo de San José C. R.
1931.- Centro Artístico de Barcelona
1935.- Conservatorio Nacional de Música de Madrid
1948.- Gran Anfiteatro de la Sorbona
1952.- 29 oct., en España, Barcelona, siendo Consejero Cultural de la Legación de Nic.
1957.- El 12 y 14 de Mayo en Managua
1965.- Maison de l’Amérique Latine en las Ondas Martinot
1966.- En junio, Sala O.P.I.C. de México, patrocinado por la Asociación Cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores de México.