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domingo, 18 de julio de 2010

Temor rojizo: su dimensión mítica-Por Pedro Camilo

Elenco de Temor rojizo


Temor rojizo: su dimensión mítica
El autor comenta la puesta en escena de la obra de la escritora Teonilda Madera puesta en escena recientemente en Nueva York

Pedro Camilo
Nueva York

El pasado viernes 18 de junio de 2010, fue puesta en escena en el auditorio de De WITT Clinton, en Nueva York, la obra Temor rojizo, de Teonilda Madera, poeta, narradora, ensayista y dramaturga dominicana. La obra ganó el primer lugar en el concurso de la Editorial Paisaje, en Bilbao, España, y fue publicada por la revista literaria Baquiana. En la actualidad está a punto de ser editada en otra fuente gracias a una propuesta del escritor Andre Cruchaga.

El elenco de esta función estuvo compuesto por más de 20 actores y actrices, estudiantes de la escuela De WITT Clinton. Los protagonistas fueron Yakairy Ortiz, como María Mercedes y Ramón Villalona, como don Alfonso el Turco. Phillip Canate representó a Tato, el marido de María Mercedes. En la escena de las vendedoras aparecen: Yasmín González como Morena, la vendedora de guandules, y la propia Teonilda Madera como Juanita la Yerbera. Las compradoras fueron Kayla García y Masiel Grullón.

Actuó también la profesora Luz María Toribio, que hizo de la mamá de Tato. Por su parte, Lorenzo Alcequiez efectuó el papel de jefe de los gangueros, mientras que Christopher Hernández es el personaje que le lacera el rostro a María Mercedes. Los jugadores de dominó fueron Amador Gavallues, Leonel Pimentel, Stanlyn Ávila, Egdaly Cruz y Phillip Canate (Tato). Como encargado de sonido estuvo Cristian Núñez.

Esta obra tiene una dimensión mítica que es necesario subrayar: el mito del Sueño Americano y el que corresponde a una vertiente de éste, el mito del cambio. Como advertencia inicial, debo decir que desentrañar las funciones de estos mitos dentro de la obra de Teonilda Madera, amerita un análisis más profundo que este comentario. Habría que estudiar los datos históricos y sociales que constituyen la envoltura esencial de los mitos, además de su soterrada razón ontológica. Según Roger Caillois, en el mito hay un impulso interior que podría ser psicológico, pero que viene a ser su núcleo vital. El escritor francés resalta: “La mitología se sitúa más allá (…) de la fuerza que impele al ser a perseverar en su ser, más allá del instinto de conservación” .

Dentro de su línea argumental, Temor rojizo, una tragedia en tres actos, empieza con el monólogo de María Mercedes, la mujer de Tato:

Un día voy a escribir mi historia para borrar de ella y a mi antojo estas sombras que se baten como alas de murciélagos enormes. Mi historia nace en el trópico bajo un cielo y un sol que dora los sueños de los hombres. ¡Pero de pronto!, mi historia se deslizó en la nieve, me congeló los sueños y se fue borrando sola.

Tras estas palabras de conjuro, se inicia una retrospección, un desplazamiento temporo-espacial, que ubica la acción en un barrio dominicano, mediante el pregón de Morena, la guandulera, quien anuncia inútilmente su venta. O tal vez no inútilmente, porque una o dos vecinas le solicitan guandules a crédito, a lo que ella accede con generosidad.
A partir del diálogo que entabla Morena con Juanita, la yerbera, y con el apoyo de las vecinas que poco a poco se arremolinan alrededor de ellas, se entrelazan revelaciones que dibujan el perfil de la miseria, con sus ingredientes de enfermedades, hambre y desesperanza. Es en este escenario donde aparece María Mercedes, procurando con Juanita algún remedio para sus hijos enfermos.

Mientras tanto, en la ciudad de Nueva York, una de las múltiples gangas se halla organizando un plan. Este paréntesis abre un inciso premonitorio.

Al principio del cuadro II, surge Tato, el marido de María Mercedes. Se encuentra en un ambiente de mujeres y juego de dominó. Tato y su frente pierden la partida. Acto seguido, llega la Bertraneja, una mujer admirada por su belleza y por su destreza en el juego de dominó. En medio de las ocurrencias de la Bertraneja, quien ahora empieza a jugar, se presenta la madre de Tato para avisarle sobre el empeoramiento de sus hijos. El hombre no le hace caso, y lo que es peor: le solicita un préstamo para seguir jugando.

Ya en el cuadro III, María Mercedes acude a la farmacia de don Alfonso el Turco, en busca de medicina para sus hijos. Pero el boticario, en lugar de fiarle los medicamentos, le regala dinero, porque entiende que la causa principal de las enfermedades de los niños, es el hambre. María Mercedes toma el dinero porque las palabras llenas de ternura del hombre le quitaron los escrúpulos de mujer decente.

Con ese dinero compró comestibles. Pero el marido la estaba esperando. Quería saber quién le había dado dinero para comprar todo lo que llevó a la casa. La mujer mintió. Dijo que había pasado por la farmacia de don Alfonso y que éste le había ofrecido trabajo para limpiar y vender, y que ella había aceptado. Luego de proferir una amenaza, le ordenó que se pusiera a cocinar.

En el cuadro IV, María Mercedes regresa a la farmacia. Por casualidad, se presenta la ocasión de ella servir como vendedora. Con el consentimiento de don Alfonso, la mujer hace la venta. El Turco le propone trabajo, y ante su asombro, acepta, mientras piensa que Dios le concedió el milagro.

Su vida empezó a mejorar. También, los niños comenzaron a recuperarse. Tiempo después, un día de un aguacero –don Alfonso consideraba la lluvia como afrodisíaca-, surgió la propuesta de hacer el amor. Y lo hicieron. Las prácticas eróticas se repiten, cada vez con mayor calidad, y siempre al ritmo de la lluvia.

Pero una tarde que auguraba melancolía, María Mercedes le solicitó a don Alfonso que le ayudara a conseguir una visa. El hombre, pensativo, le dijo que le diera tiempo. Una mañana otoñal, el Turco le entregó un cartapacio y cuando lo abrió pudo leer, llena de asombro: “Tiene cita en el Consulado Norteamericano el día tres de diciembre a las nueve de la mañana”.
Antes de que se apaguen todas las luces, María Mercedes monologa:

Fui a la cita y, claro está, con una farmacia a mi nombre, con una cuenta bancaria con números que a mí se me hacía imposible leer y con un par de fincas a mi nombre, el cónsul me dio visa múltiple por cinco años. Así fue como vine a la “tierra de las oportunidades”, como dicen los gringos.

Empezando el Acto Segundo, los miembros de una familia que reside en Nueva York están viendo y escuchando las noticias televisas. El noticiero advierte a los ciudadanos que una ganga denominada “The Bloods” amenaza con lacerarle la mejilla a cualquiera que lleve algo rojo a menos que sea miembro de la ganga. El pánico se desliza como pólvora por la Gran Manzana.

Mientras tanto, en el cuadro III, aparece María Mercedes en su habitación, mientras le escribe una carta a don Alfonso. En ella, le pide que no olvide su promesa de cuidar a sus hijos, y acto seguido, empieza a bosquejarle la silueta de Nueva York, mediante palabras y frases cortas: violencia, muerte, apatía, ruina humana y sobre todo, duelo de forasteros porque el idioma, la música y el arte de sus tierras mueren en la ciudad fantasmagórica donde la lengua, el ombligo y el sexo están atravesados por aretes.

En el cuadro IV, la escena toma lugar en la estación 42, en el subterráneo. Se escucha el bramido de los trenes que van y vienen. Se abre el telón y se ve un mural gigantesco de la ciudad de Nueva York y un joven que mira a todas partes con un nerviosismo mal disimulado.

Una voz en off informa que una mujer (María Mercedes) llevaba la mitad del túnel recorrido cuando se dio cuenta de que un joven se le había pegado demasiado. De repente, luego de arrimarle a la pared, le asestó un navajazo en la cara. El muchacho empezó a correr, pero nadie lo detuvo ya que la gente en Nueva York siempre anda corriendo.

A pesar de los gritos de María Mercedes, las personas continúan su marcha. De por medio hay sangre y la sangre significa sida. Sólo una mujer toma su celular y llama a la policía. Después llevaron a María Mercedes a un hospital, donde le cosieron la herida y le dijeron que necesitaría una cirugía plástica. A los pocos días de la desgracia, comenzaron a llegarle cartas del centro solicitándole que pagara un balance de $1,200.00 dólares que no le había cubierto el seguro.

El Acto Tercero, el último, registra una escena en la que María Mercedes soporta las murmuraciones de sus compañeras de trabajo. Es el momento cuando la mujer se levanta lentamente, camina hacia el público y empieza su monólogo final: “La cicatriz la trato de disimular con el pelo, pero de vez en cuando aparece como un camino inevitable…”

En Temor rojizo se sopesan el bien y el mal. Ormuz y Arimán coexisten. El ser humano es mostrado metido en esa libertad que lo distingue de una piedra o de un clavel: es libre de convertirse en una bestia o en un ángel. Pero es una libertad aparente; vive bajo la servidumbre de la pobreza y la ignorancia. Existe en un escenario de paradojas. Así, en el ámbito dominicano hay antinomias relevantes: mientras la Beltraneja es consentida por los hombres, María Mercedes es maltratada por su marido. Asimismo, la maldad de Tato contrasta con la relativa bondad del farmacéutico.

En cambio, en Nueva York Arimán se enseñorea. La ganga destila vileza, en tanto las compañeras de María Mercedes le arrojan los dardos del racismo. Sin lugar a dudas, hay poco espacio para el dios Ormuz. De esta manera se acumulan las desilusiones necesarias para que María Mercedes, con su cicatriz en la cara –perenne metáfora de un trauma que no sólo es físico sino también social, moral y espiritual-, despierta a su propia realidad, cuando ya es demasiado tarde; desarraigada en tierras norteamericanas, y sin ninguna esperanza de rehacer la vida en su país de origen:

La cicatriz la trato de disimular con el pelo, pero de vez en cuando aparece como un camino inevitable. Al principio pensé en regresar a mi país, pero no tenía ni siquiera para el pasaje. Es que, ¿saben…? no es fácil mantener dos casas con el mísero sueldo de una fábrica. Además, las murmuraciones de mis compañeras de trabajo, me han hecho cambiar de parecer. Si aquí no me creen, de seguro que en mi país tampoco. Así que me he quedado aquí, con la esperanza de despertar algún día del “Sueño americano”.

Como dijimos al principio, en Temor rojizo confluyen dos mitos: el del Sueño Americano y el que corresponde a la búsqueda de la nueva identidad, es decir, el mito del cambio, que es una vertiente del primero. En el acápite El mito de la frontera, Rollo May dice, al hablar del origen de estas ilusiones: “América se iba a convertir para Occidente en un mito del renacimiento de la humanidad, sin el pecado, el mal, la pobreza, la injusticia y la persecución que había caracterizado al Viejo Mundo”. Y más adelante agrega: “La Estatua de la Libertad está blasonada por una inscripción que se le incorporó en el siglo XIX, pero resulta también ejemplificadora de estos primeros siglos:

Entregadme a vuestras cansadas, a vuestras pobres,A vuestras arremolinadas masasQue ansían respirar en libertad,A los desdichados restos de vuestra abarrotada costa,Enviadlos, a los que no tienen hogar,Como arrojados por una tormenta hacia mí:Yo alzo mi luz ante la puerta de oro .

Este mito ha continuado vivo hasta la actualidad. Sin embargo, no siempre la estatua levanta su luz frente a la puerta dorada. Muchos inmigrantes no han disfrutado de este privilegio. El propio Rollo May confiesa avergonzado, que en su niñez les llamaba a ellos dagoes y kikes. Al final, como sucede en la obra de Teonilda Madera, lo que sobreviene es una reacción adversa: la soledad, el ostracismo y la pérdida de la identidad en medio de una América feliz y sonriente.

Mediante la puesta en escena de Temor rojizo, se ritualiza el mito del Sueño Americano. El mito se acompaña de su rito, esto es, el rito realiza el mito y le permite vivir. Dentro de esta estructura mítica, María Mercedes es una heroína, si nos abstenemos a la definición que Roger Caillois brinda cuando expresa que el héroe es aquel que encuentra a las situaciones míticas una solución, una salida feliz o desdichada . Como ser humano, María Mercedes es culpable por atreverse a irrumpir en ese Sueño Americano, siendo ella hispana; pero a la luz especial del mito, María Mercedes resulta iluminada por una grandeza que le da poder de transmutación en materia ética.

Y ciertamente, María Mercedes simboliza en su culpabilidad y en su grandeza, a todos los inmigrantes que han sido víctimas del Sueño Americano. Estudiar la envoltura esencial de este mito –sus aspectos históricos y sociales-, y analizar la dialéctica interior que catapulta su autocristalización, han sido y serán tareas de sociólogos, historiadores, políticos, psicólogos, psiquiatras y, sobre todo, de poetas, narradores y dramaturgos, escrutadores que son de la condición humana.

Tomado de: Listín Diario de Santo Domingo
Julio de 2010