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miércoles, 29 de junio de 2011

HAN CEGADO A NARCISO – JOSÉ MAS

Carátula de libro





HAN CEGADO A NARCISO – JOSÉ MAS



Por ELisa Martín




“Lo mejor de la vida es el cuerpo”: tal es el título de uno de los poemas que José Mas incluye en su libro Han cegado a Narciso. La presencia de este cuerpo amado y llagado, deseado y rechazado, que conduce a la vez al amor por la vida y a la muerte, es una constante a lo largo de la obra. Como si en su misterio, sus pulsiones e imperfecciones, se hallara la respuesta imposible a la pregunta que plantean los mitos: el de Narciso, el de Edipo, el de Adán, todos ellos entendidos cual representación de lo humano en su estado desnudo. No en vano, el libro se inicia con un poema titulado “Mi cuerpo y yo”, con los versos:
Me conocí de niño muy imperfectamente;
pues el espejo que, al nacer, venía en mi equipaje
presentaba algunas rajaduras y manchas.

Ese conocimiento “imperfecto”, la pregunta por la propia identidad y el imposible reflejo del sujeto que escribe, recorre la obra de principio a fin. La paradoja quizá sea el recurso más utilizado para dar idea de la complejidad del yo, entendido como alma y cuerpo, como un corazón en el que caben la sangre, los deseos, el esplendor y el paso del tiempo, con sus padecimientos y la inevitable cercanía de la muerte. Así, en otro momento encontramos estos versos:
No sé quién es mi yo:
si la química ardiente del recuerdo
y de la imaginación,
o el óxido que obtura venas y arterias
para, al fin, convertirse en atasco y ceniza.

Han cegado a Narciso aparece dividido en tres partes: “La sed y el cristal”, “Íntima quemadura” y “Hacia la fuente”. Tal progresión da fe de un itinerario ascendente, que parte del deseo (la sed) y el cristal (que no espejo, porque no refleja, al contrario de aquel en que se miró Narciso: sólo deja ver), para llegar al fuego, a la disolución de lo más íntimo, donde se esboza otra suerte de autobiografía, pura declaración de intenciones:
Sueño con abrazarme al universo
y detener en seco el vértigo
de la luz viajera,
para ser el cero
de lo que nunca ha sido ni ha de ser.

Finalmente, en la tercera parte, “Hacia la fuente”, la voz poética, ante la cercanía de la muerte y del desastre, levanta el vuelo. Ofrece una muerte que es vida, a través de la evocación de las figuras mitológicas de Narciso y Edipo. José Ángel Valente, en un hermoso texto titulado “Pasmo de Narciso”, recalca el valor poético del mito, que también encontramos en el libro de José Mas: “El mito, antes de entrar en el orden sucesivo o argumental de la narración, es imagen que súbitamente se revela, es revelación, condensación o cristalización repentina del sentido, epifanía. Narciso: revelación en la imagen y por la imagen; epifanía del otro en la imagen de sí”.
“Sin fuente que lo absuelva y lo disuelva / Narciso viene a ser también Edipo”, reza una cita de José Mas, situada al inicio del libro. Volviendo al texto de Valente, encontramos bellos puntos de contacto con la profundidad asociada al personaje en Han cegado a Narciso: “Narciso, antes de ver en la fuente, no veía. El no ver de Narciso es acaso lo que la fábula quiere dar a entender al reducir el otro o lo otro a un eco –Eco y Narciso- que se extingue. Ver, para Narciso, es nacer, es salir del mundo de la extinción. (…) La imagen que Narciso ve está más allá de la muerte. El mito de Narciso es pues un mito de amor, de supervivencia o de resurrección.” Veamos ahora un fragmento del poema “Estoy sentado aquí”, de la última sección del libro, “Hacia la fuente”:
Cuando llegue el derrumbe, que ha de llegar por fuerza,
¿podrá sentir Narciso, un momento siquiera,
cómo se funden
en una fiebre sola labio y fuente?
¿O quedará en el aire, vagando inútilmente,
el cóncavo lamento
de Eco?

Narciso se acerca a la muerte, y en ese instante quizá podrá sentir, que no ver ni mirar, cómo su rostro se acerca al agua, se funde con la fuente. Allí quedará finalmente unificado, comenzará a sentir aquello que sus ojos no pueden ver. Sin embargo, José Mas no nos ofrece una respuesta unívoca al enigma: también es posible que, en el último momento, no se produzca la ansiada unión amorosa, y el lamento de Eco (ninfa desesperadamente enamorada de Narciso, y que había sido condenada por la diosa Hera a repetir las palabras ajenas) se pierda ensimismado.
Edipo, que aparece en el último poema del libro, es el personaje que representa, por antonomasia, la ceguera del que ve y la sabiduría que lleva a quedarse sin ojos. En el poema de José Mas, el personaje se refiere así a su ceguera:
La muerte de Yocasta me privó de la luz.
Por eso, al arrancarme el hierro de los ojos,
yo ya sabía que la ceguera era
forma humanada de la piedad.

Sin embargo, los paralelismos con Narciso no terminan aquí. En el poema “Narciso a lo divino” se traza un sugerente puente entre el personaje de la mitología griega y Adán, el primer hombre según la Biblia. Dios lo crea buscando un espejo de sí mismo, una criatura que lo refleje, y es un ser andrógino. Ante su rebeldía, separa a las dos mitades, y surgen el amor y la muerte. El poema termina con un aroma de narcisos:
Cuando el humano ser brilla en amor
o se oscurece en muerte,
queda flotando, un punto,
en el aire del mundo y del tiempo
un olor de narcisos.

De este modo, Han cegado a Narciso recoge las paradojas del yo, una relectura de dos mitos clásicos, a los que pone en contacto con ciertos aspectos de la tradición bíblica, y un lenguaje de contrarios, que recuerda a la mística.
Me gustaría acabar con un fragmento de uno de mis poemas preferidos del libro, “Gramática interior de urgencia”, en el que José Mas define algunas de las palabras más significativas en su escritura. Me llamó especialmente la atención una de ellas, “Oscuridad”, con unos versos que dicen:
Oscuridad:
palabra que todos creen mía,
y que no puede serme más ajena;
Yo la traduzco por silencio.

Elisa Martín, 16-6-2011.