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viernes, 6 de febrero de 2009

José Martí, en la revolución permanente

José Sant Roz, Venezuela





________JOSÉ MARTÍ, _________
EN LA REVOLUCIÓN PERMANENTE


José Sant Roz



José Martí frente al mar de Bolívar, abrumado de sí mismo. Entre la nada y la inacabada obra del padre Libertador. Por la América enclaustrada, aherrojada, que provoca vértigos: “Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y mi revolver a la cintura...”

Sin la palabra que no sea un compromiso, su voz como una diana.

Una noche, cuando se cumplían cien años del nacimiento del Libertador Simón Bolívar, se reunió un grupo de poetas latinoamericanos en Nueva York. Estaban allí, no para celebrar. Un silencio de heridas y de muertes laceraban los recuerdos. Para qué decir que hubo en América Latina una guerra de independencia cuando todavía no había patria, y Martí hablaba de su Cuba esclavizada, aherrojada. Encendidas las mentes por aquellas hazañas del llamado “loco de las malditas correrías”, cuya alma aún no descansa en paz, no encuentra alivio. Sus dolores futuros. El esplendor en los corazones de sus estandartes y espadas con un ramillete de naciones. Entonces marchita. ¿Qué era de aquella América fuerte, múltiple y unida, con veinticinco mil hombres listas para ir a combatir a Cuba y a Puerto Rico?

Simón Bolívar en aquella velada, con su traje indígena, con un pañuelo blanco en la cabeza, rodeado por un pelotón de oficiales comandados por el negro Domingo López de Matute, Capitán del regimiento, triunfante en Ayacucho, de los Granaderos de la Guardia.

Cuba continuaba encadenada al mismo sistema de la Europa canalla, de la Europa transfigurada ahora en el voraz imperio de los nuevos regatones americanos. Se olvidaron en aquella conmemoración de los discursos y de los poemas. Mejor era no hablar. Cada cual debía volver a su tierra a levantar el alma de los pueblos que aún gemían bajo las mismas tiranías, y la única manera de recordar a Bolívar era despertando los pueblos.

Para José Martí su único empeño estaba en hacerse digno de la confianza y de la grandeza de ese venerable alfarero de naciones.

A Martí no se lo tragó la impotencia, no lo desanimaron las permanentes adversidades ni la augusta impaciencia americana, porque para los grandes hombres la constancia debe ser infinita, sin espacio para el retiro o el reposo. Con la plena certeza de que en cada triunfo bulle una derrota. El hombre que se contenta con lo que consigue o con lo que le dan, muere.

¡Qué valor el de Martí, para conservar serenidad y lucidez aquel año de 1890, durante la Conferencia de Washington, contemplando, aterido de ansiedad, el modo distante e indiferente como se conducían los pueblos hermanos ante la situación de su Cuba! Los pueblos latinoamericanos no se habían emancipado. En ninguna parte aparecía la mano hermana, aquella solidaridad tan necesaria y urgente. ¿Fue acaso que Bolívar desperdició su vida?: “México, amable y blandílocuo, va de un sillón a otro, juntando, investigando, callando, y más mientras más dice: Chile enfrentado a Méjico; Venezuela apática; Centroamérica corrompida con las esperanzas de riqueza que les fomentamos con los canales, como el cachetero de la otra América, como la mano servil que, cuando el espada lo mande, le ha de dar el toro la última puñalada”.

El monstruo que se ha ido apoderando de nuestras entrañas; exterminio sobre extermino, porque nos han metido a sangre y fuego, que el indígena como el negro no son prácticos, necesarios ni útiles para el llamado “desarrollo”.

¡Cuántas luchas abandonadas! ¡Cuántas palabras y promesas vencidas por la comodidad de aquellos pobres países que entregados a un nuevo colonialismo miraban de soslayo al hombre de una tierra que aún gemía bajo la bota del viejo imperio español!

A Martí no lo paralizaron estos desdenes, pues si algo llevaba en sus nervios, si algo constituía el fluido sagrado de su ser era su empeño por ver libre a Cuba. Y no podía mendigar esa libertad. ¿En dónde encontraba fortaleza para torcer el rumbo de la apoplejía paralizante de aquel continente que había tenido a un Bolívar, a un Sucre? ¿En dónde luz, él, mendigo iluminado? "¡Nuestra América es única! ¿Cuál será el pueblo de América que se niegue a declarar que es un crimen la ocupación de la propiedad de un pueblo hermano, que se reserve a sabiendas, el derecho de arrebatar por la fuerza su propiedad a un pueblo de su propia familia? ¿Chile acaso? No: Chile no vota contra la conquista; pero es quien es, y se abstiene de votar, no vota por ella. ¿México tal vez? México no: México es tierra de Juárez, no de Taylors".

Es necesario aprender a morir cada día. Es necesario desgarrarse cada hora. No venimos a transarnos por una paz que nos someta. Por una tranquilidad que nos deshonre.

Habla el Apóstol: “El alma anda hoy muy triste, y acaso la causa mayor sea, más que el cielo oscuro o la falta de salud, el pesar de ver cómo por el interés acceden los hombres a falsear la verdad, y a comprometer, so capa de defenderlos, los problemas más sagrados. Estas náuseas son más crueles que las otras… cuando me cae ese desaliento estoy como ido de mí, y no puedo con la pluma en la mano... Creo en redondo, peligroso para nuestra América o por lo menos inútil, el Congreso Internacional. Y para Cuba, sólo una ventaja le veo, dadas las relaciones amistosas de casi todas las repúblicas con España, en lo oficial, y la reticencia y deseos ocultos o mal reprimidos de este país sobre nuestra tierra:- la de compeler a los Estados Unidos, si se dejan compeler, por una proposición moderada y hábil, a reconocer que "Cuba debe ser independiente". Por mi propia inclinación, y por el recelo -a mi juicio justificado- con que veo el Congreso, y todo cuanto tienda a acercar o identificar en lo político a este país y los nuestros, nunca hubiera pensado yo en sentar el precedente de poner a debate nuestra fortuna, en un cuerpo donde, por su influjo de pueblo mayor, y por el aire del país, han de tener los Estados Unidos parte principal”[1].

Este hombre, sin patria, que lleva en el corazón a todas las patrias de América, ¿cómo podía resistir, cómo sobrellevaba aquella pena atravesada entre la impaciencia y la angustia? ¿En qué bandera podía enjugar su sudor y sus lágrimas? Ese maestro de pueblos que iba por nuestra América entregando "lo poco que sé", y aprendiendo lo "mucho que no sé todavía". Que va y ahoga con poemas "su dolor por no estar luchando en los campos de su patria, en los consuelos de un trabajo, y en las preparaciones para un combate vigoroso". Que se destroza ante el horror de lo que contempla y se contiene y declara que nunca turbará con actos, ni palabras, ni escritos suyos la paz del pueblo que lo acoja. Y por eso en Caracas, frente a la ira de un soberbio como Antonio Guzmán Blanco, quien ofendido por un homenaje que le hace Cecilio Acosta, tiene que abandonar a su querida Venezuela y contiene la pluma que es su lanza. Su corazón que es un volcán entre pueblos callados o dormidos. Ya ha estado en la casa de quien liberó a Suramérica. Ha recorrido los campos donde valerosos hombres vertieron su sangre por la unidad de un continente que no se levanta. Ha conocido a llaneros como Páez que destrozaron los estandartes virreinales de tres siglos en la América meridional.

Y haber estado en la tierra de Bolívar lo ha marcado para siempre: y lo ha lanzado hacia el apostolado que ha de ser la liberación de Cuba.

¡Bolívar! ¡La sublime fuerza que lo mantiene en pie ante los más demenciales fracasos! ¡El maestro político y militar entreverado en sus nervios de poeta! Entre sus enseñanzas, entre la vigencia de sus profecías y el pavor de sus dolores futuros. Por eso nada lo arredra, y va en pos de un nuevo evangelio: "hay seres humanos en quienes el derecho encarna y llega a ser sencillo e invencible, como una condición física. La virtud es naturaleza, y puestos frente al Sol, ni se deslumbrarían, ni se desvanecerían, por haber sido soles ellos mismos, y calentado y fortalecido con su amor la Tierra... Aman por cuantos no aman; sufren por cuantos nada sienten. La Humanidad no se redime sino por determinada cantidad de sufrimiento, y cuando unos le esquivan, es preciso que otros la acumulen, para que así se salven todos".


Palabras santas.

Sin haber vivido ese desprecio, esa superioridad enfermiza, ignorante y desganada hacia sus vecinos americanos en la propia tierra de Estados Unidos, Simón Bolívar llegó a conocer, en profundidad también, las entrañas del brutal lagarto. Nada que no implique negocio, el vil negocio, el provecho de alguna diferencia mediante tratados y pactos; nada que no implique explotación y dominio, es importante para los regatones estadounidenses. El hombre que murió con una camisa prestada, el que abandonó sus propiedades en beneficio de la libertad de América del Sur, el que tenía hasta pudor de cobrar sus haberes militares, tenía por fuerza que ser un individuo moralmente peligroso para el sistema meramente mercantilista de Estados Unidos. Sospechoso es para el Norte el ser generoso. Sospechoso es para el Norte el hombre que va de pueblo en pueblo entregándoles lo poco que tiene.

No existe ni un sólo gesto de Estados Unidos hacía América Latina, que no implique alguna clase de imposición humillantemente explotadora. El desastre espiritual de aquella América era pavoroso: depósito de la chatarra industrial y tecnológica del mundo, y exactamente como en la guerra del opio, se nos obligaba, se nos amenazaba de que teníamos que consumirla si queríamos desarrollarnos y alcanzar el deseado progreso. Las migajas de esa vorágine de desperdicios que engendran los devoradores consumistas. Y lo más deprimente, es que la clase pensante, las universidades de nuestra América, para tener "prestigio" ante el "mundo desarrollado", investigan, estudian y crean inmensos proyectos, siempre supeditados a la dirección científica y tecnológica, la que exige importar ese mismo mar de chatarras. Muy pocas veces nos detenemos a estudiar si tales proyectos importados de veras tienen algo que ver con nuestra tierra, y si están acordes con nuestras tradiciones, cultura y naturaleza: lo que importa es seguir al carro desbocado de la invención gringa. Fue esa vorágine, tal supeditación a los desbocados valores del consumo, lo que nos inutilizó como seres pensantes y libres.

Reclama Martí: “Ni la originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste mientras no se asegura la libertad espiritual. El primer trabajo del hombre es reconquistarse. Urge volver a los hombres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, acelera el despertar de sus sentidos, y recarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso. Sólo lo genuino es fructífero. Sólo lo directo es poderoso. Lo que otros nos lega es como manjar recalentado”.

Por ello Martí se preguntaba: "¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América (Latina) donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América?"

En 1891, Martí asiste como delegado del Uruguay, a un Congreso Panamericano en Washington. Como consecuencia de esta reunión, dirá: "Creen (los Estados Unidos) en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: "esto será nuestro porque lo necesitamos". Creen en la superioridad incontrastable de la "raza anglosajona contra la raza latina". Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india, que exterminan...Mientras no sepan más de Hispanoamérica los Estados Unidos y la respeten más... ¿pueden los Estados Unidos convidar a Hispanoamérica a una unión sincera y útil para Hispanoamérica? ¿Conviene a Hispanoamérica la unión política y económica con los Estados Unidos?"

Y agrega: "Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende sirve. Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir, vende a un sólo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político... Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él. Cuando un pueblo fuerte quiere dar batalla a otro, compele a la alianza y al servicio a los que necesitan de él. Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los demás pueblos. El pueblo que quiere ser libre sea libre en negocios".

Nuestros gobiernos, con líderes liberales entrenados en Estados Unidos declaran la apertura comercial como la gracia de los santos visibles que nos conducirían al Cielo. Iniciaron una política denodadamente servil al sistema capitalista que satisfacía a la avalancha productiva y enfermiza de los gringos, y entonces destrozaron los aranceles, y se entregaron en brazos del llamado libre comercio. Entonces se abarrotaron nuestros países de productos que no necesitamos para lo esencial y otros, que necesitábamos, nos llegaban a tan bajo precio, que decidimos olvidar nuestras industrias, y entregarnos inermes al derroche y la ociosidad.

Los pueblos de Hispanoamérica se indigestaron con el consumo de esa chatarra de tercera o cuarta mano, que siempre los norteamericanos andan buscando a quien traspasársela, por lo que en poco tiempo pudimos ver cómo la economía norteamericana logró superávit en su balanza comercial. Los yanquis felices mientras nuestras economías se iban por los suelos y se adquirían esas delirantes deudas eternas. Y para salir de la vertiginosa enfermedad de las deudas se acudían a más deudas. Una locura enervante y sin salida que nos mantenido en el peor de los infiernos y en la más envilecedora dependencia.


En aras de las perfectas nimiedades

Si en la época de Bolívar o de Martí, las ricas naciones se mantuvieron al margen de nuestros inmensos padecimientos, con sus hipocresías y falacias filantrópicas, con sus préstamos cargados de desprecio, vigorizando la ruina interior y humana de nuestros pueblos, con toda una carga de degradación racista y explotadora, con el tiempo tal imposición se fue incrementando.

Sólo Venezuela y a finales del siglo XX, comenzó avanzado en una dirección propia, proveniente de su ingenio creador.

Por un tiempo nos hicieron creer que nos estábamos "desarrollando", al tiempo que la Nación se iba inundando de una artillería industrial, ya pasada de moda en el Norte, cuyos repuestos pronto habrían de desaparecer del mercado, y que para mantenerla era necesario actualizarla a costos también delirantes. Comenzaron a acuñarse los términos de "repotenciación" y "reconversión", tan costosos en sí mismos que convertían a nuestros recursos en perfectas nimiedades frente al imperio de las reformas técnicas e industriales que se requerían; pero así y todos nuestros economistas se entusiasmaban mentando y tratando de imponer lo de la "repotenciación" y lo de la "reconversión" industrial. Cuando en el fondo de estas palabras lo que había era renovación en un grado mayor de nuestras servidumbres y condicionamientos.

Como a cada componente de la voraz industria que se va creando, se tiene siempre en engendro otro más refinado, los préstamos y las necesidades tecnológicas se iban encareciendo, y para poder actualizar tales componentes, nuestras deudas se disparaban en progresión geométrica. ¿Cómo podría existir independencia tecnológica con tales procesos frente a una desigual, impositiva y cruenta carrera de exigencias de renovación permanente de nuestras máquinas y equipos para la el desarrollo de la industria? Donde no hay modo de pensar, ni siquiera el tiempo necesario para poder probar y tener práctica en lo que nos va llegando porque al día siguiente ya somos compelidos a reponer las partes que deben ser reemplazadas o re-actualizadas. Y así, creciendo los promontorios de chatarras que nos oscurecen nuestros propios caminos; que confunden nuestro entendimiento, que impiden que ni siquiera medianamente podamos analizar ni concebir los alcances de lo que perseguimos, los designios temblorosos de nuestros propios pasos. Frente a tamaños promontorios se erige la sombra mortal del cansancio, de la fatiga que inutiliza los esfuerzos para afrontar la realidad propia, y que convierte en vulgar parodia, en ridiculez fulgurante, en nimiedad grotesca, en esperpento fustigante la falacia de nuestros propios programas y proyectos con los que pretendemos para salir de abajo. Porque ellos nos dicen: “ustedes están condenados a seguir nuestros pasos so pena de que los borremos del mapa. No hay libertad ni progreso ni democracia sin nosotros y sin nuestro sistema”.

Es imposible que nuestra preparación tecnológica, y nuestra educación en general dentro de este sistema capitalista pueda estar en consonancia con el ritmo de esa devastadora ingestión de maquinaria extraña con que se nos atosiga. Pero los tecnócratas, "liberales" o "neoliberales" no conciben otra forma de progreso.

Fue por lo que nuestras pobres industrias no salen del atraso y del fracaso; fue por ello por lo que nos entramparon con esas deudas delirantes, y siempre se nos ha dicho que la culpa es nuestra: que definitivamente nosotros estamos tan mal preparados para administrar lo nuestro y para dirigir nuestros recursos y para "gerenciar" nuestra industria y nuestros servicios básicos que se hace imprescindible que tengamos a un gorila transnacional dirigiendo nuestros recursos y proyectos; que para subsistir había que privatizarlo todo. Los tecnócratas que produjeron tal destrucción de pueblos que dispararon las hambrunas en nuestros pueblos no fueron a la cárcel por sus formidables fraudes, sino que pasaron a los medios de comunicación convertidos en oráculos del progreso.

Castrada la nación con una delirante deuda externa e interna, lo que nos llegaba de afuera iba a ser devuelto a sus dueños, saqueando aún más nuestros recursos. Cada período de gobierno que se anunciaba con biombos y platillos, su plato fuerte era el del refinanciamiento, que siempre producía colosales ganancias para los bancos extranjeros.

La dependencia a EE UU había convertido a la clase de nuestros empresarios, en una quinta columna dentro del Estado. Señores sin patria y sin asidero moral ninguno; "los que no tienen fe en su tierra", como dice Martí, "esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre... ¡bribones!!... ¡Estos hijos de nuestra América... estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios... ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres!"... ¡Estos "increíbles" del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero...[2]"

Martí que percibía al igual que Bolívar la abominación de estas exacciones: "Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores de convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para América española la hora de declarar su segunda independencia". Y así y todo se durmió todo otro siglo.

La típica doble moral de los norteamericanos, cuando se trata de defender sus propios intereses mercantilistas. Dicen luchar contra el narcotráfico bajo el argumento moral de que daña a la juventud o pervierte al hombre, pero en absoluto se detienen a considerar la gravísima y criminal dependencia que en los pueblos latinoamericanos ocasiona la imposición de su monstruosa producción tecnológica. Se ha probado, que cuando los latinoamericanos realizan experimentos, mediante los cuales por sus propios medios intentan crear alguna tímida independencia de tipo económico, de inmediato EE UU hace cuanto puede para abortarlo, para impedirlo. Así, todos nuestros gobiernos vinieron supeditando sus propios desarrollos a las decisiones del Norte. La imposición de los productos norteamericanos en otros países, sus leyes comerciales, constituye otra guerra del opio para el llamado mundo "subdesarrollado". ¿Es que acaso hemos visto alguna vez a los gobiernos latinoamericanos solicitarle al estadounidense detenga la perturbadora introducción en nuestras tierras de productos tecnológicos, que causan estragos en la cultura latinoamericana?

Por otro lado, los políticos liberales o neoliberales latinoamericanos, abogan porque no nos cerremos comercialmente al mundo: son los cultivados en tierras ajenas, que viven alucinados por el progreso de las naciones "desarrolladas". Creen que nosotros podemos absorber tal progreso sin pérdida grave de nuestra identidad y de nuestros valores fundamentales.

Son los que buscan trastocar nuestra identidad y libertad y nuestro modo de ser por el lujo y la comodidad; "el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero[3]".

Efectivamente, todo confort pudre.
Grave es desconocer nuestra historia, y más grave todavía es vivir influenciados por una historia completamente contraria a nuestro modo de ser. Sostenía el filósofo norteamericano Thomas P. Hughes: "En los años cincuenta y sesenta se creía que la manera óptima era la tecnología norteamericana. Pero en realidad, la tecnología debe adaptarse a la cultura, a los valores, a las aptitudes laborales y a las aspiraciones de la nación que recibe el transplante. Y si las personas difieren, como en realidad ocurre, en sus aptitudes, aspiraciones y objetivos generales, entonces la tecnología general debe ser modificada para adaptarse a esa cultura y satisfacer sus necesidades[4]".

¿Cómo vamos a hacer para interpretar y asimilar los signos históricos de la tecnología de los países latinoamericanos? Así como los inventos y logros científicos han alterado la cultura y la evolución de otros pueblos, y esta historia va íntimamente unida al devenir de la formación política de dichas sociedades, nuestro sistema y nuestros modelos, nuestras instituciones han venido siendo fuertemente perturbados por los inventos que nos llegan de afuera. Si la tecnología, como dice Hughes, moldea los pueblos, sus virtudes y defectos, ¿cómo controlar sus daños y perturbaciones sobre nosotros, cuando los mismos norteamericanos han confesado que no pueden dominarlos, como tampoco predecir la deformación moral que puedan ocasionar en sus ciudadanos? ¿Cómo nos las arreglamos los latinoamericanos ante las alteraciones sociales que tales invenciones ejercen sobre nosotros, cuando ellos llaman bestias desordenadas a sus máquinas?

¿Podrán esas bestias ser orientadas de acuerdo con nuestras tradiciones, con nuestra formación de acuerdo con los propósitos de nuestros libertadores Bolívar y Martí, cuando ellas carecen de patrón, de "juicio" y son impredecibles en sus efectos morales, en los mismos países que las producen?

Ojalá pudiéramos, como dice Martí, "recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos".

Bolívar y Martí, previeron los efectos nocivos que podían ocasionar la intromisión de elementos extraños en nuestra cultura. Siendo como somos, en gran medida indiferentes hacia el cuido y protección de nuestros valores, que desconocemos nuestra propia historia, ¿qué hacer ante esa anti-historia paralela y contraria a nuestra evolución, que contramarcha destrozando, deformando, lo poco auténtico que nos queda? ¿Esa anti-historia impuesta por la tecnología norteamericana que no comprendemos, que cada vez se hace más imprescindible y que promueve una vida artificial terriblemente estupidizante en nuestros hijos? Otra vez Martí nos alerta: “No aplicar teorías ajenas, sino descubrir las propias. Injértese a nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser nuestras repúblicas; en el fondo está latente Simón Rodríguez cuando proclamó que “o inventamos o erramos”; lo cual concuerda perfectamente con lo que el Libertador predijo sobre el caos de América: “La influencia de la civilización indigesta a nuestro pueblo, de modo que lo que debe nutrirnos nos arruina”.

Martí llamaba constantemente la atención de que: "¡sólo perdura, y es para bien, la riqueza que se crea, y la libertad que se conquista, con las propias manos!"

He aquí cuán vivo y necesario es para nuestra América el pensamiento, los dolores y clamores de Bolívar y de Martí.

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Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (Venezuela), con un doctorado en Teoría Combinatoria. Es autor de más de veinte libros que abordan el tema de los conflictos políticos en Venezuela y Colombia desde el siglo XVIII, entre ellos: Conjura Constitucional, ediciones Ministerio de Educación, Caracas, 1986; Colombia en un Soplo, Consejo de Publicaciones de la ULA, 1987; Toque de Queja. Episodios de la vida del General Francisco de Paula Santander, (novela), Ediciones Centauro, de José Agustín Catalá, 1990; Maldito Descubrimiento, Kariña Editores, 1993; Los Verdaderos Golpistas, Kariña Editores, 1998; Obispos o Demonios, (Co-autor junto con Giandomenico Puliti), Kariña Editores, 2000; Capos de Toga y Birrete, Kariña Editores, 2001; El Jackson Granadino - Biografía del General José María Obando - el asesino de Sucre, Kariña Editores, 2001; Las Putas de los medios, Kariña Editores, 2002; Bolívar y Chávez- Dos posiciones en conflicto, Kariña Editores, 2003, Gustavo Cisneros - Un Falacia Global, Kariña Editores, 2004.
[1] Carta de Martí a Gonzalo de Quesada, del 29 de otubre de 1889.
[2] Nuestra America, José Martí.
[3] Ut supra.
[4] Tomado de la revista norteamericana Facetas, Nº 4, "American-Heritage".

Esta es una colaboración de la poetisa y ensayista ecuatoriana Carmen Váscones.