En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



sábado, 11 de octubre de 2008

César Dávila: "El canto del hombre a su ignorado_Carmen Váscones"

Carmen Váscones, Ecuador






________CÉSAR DÁVILA: “EL CANTO DEL HOMBRE A SU IGNORADO SER”



El arquitecto de la oda, canto del hombre a su ignorado ser, nace en Cuenca, Ecuador, el 5 de octubre de 1918, para luego desaparecer envuelto en la soledad descarnada de un absoluto inmisericorde: la pasión del uno que fue otro en la descentrada palabra de su cuerpo.

Va venciendo/se en su propio espacio: distante nada: su confesión sin testigo. “Nadie habrá/... habrá el espacio de sí mismo/ en el paso del ser al Sucesivo Oscuro. / Habrá. / Todos serán lo que es Uno y Otro/ Todos serán. / Y todos tendrán nada”. Aniquila con la lucidez y la certeza del extrañamiento de ya no pertenecer ni a la sobriedad ni a la ebriedad, ni a él mismo. “Pasó al otro lado del espejo”, a la sombra de la mirada. Estar no era su sitio. Su lugar era ser la palabra: su voz poética.

Su muerte fue un 2 de mayo de 1967 en hotel caraqueño, día cualquiera para otro, para el mundo, pero no para el gran escritor y creador, ni para la memoria de su patria, ni para la palabra contenida, expandiéndose en la metáfora de toda una vida. Ocupa su lugar, se inserta en la certeza. Dejó de confabular la muerte.

César Dávila realmente quién era él. Según sus investigadores, datos recogidos, y textos literarios, vemos a un hombre de pensamiento liberal, haciendo frente al tronco filial conservador. Le pone su propia chispa a la realidad que no comulga, marcando con esto una distancia con su entorno familiar y social, pretexto para salir e inventarse y hasta alejarse de la figura paterna. Punto y punta de toque, discordia y contradicciones en el enfrentamiento a esa imagen sin alianza afectiva. Hay una cuenta bloqueada en el lazo que lo templa. Que le tironea el recuerdo. Sentimientos destemplados entre los dos. Entre el padre y el hijo lo que se conserva y lo que se libera.

Está claro el poeta, conservador jamás. Escoge el yugo y la hoz. Hace ruptura con la infancia. Adolece del exilio amoroso. Se subleva al espacio filial. Se planteó otro ideal. Erige dentro de su cuerpo a otro. Su ansia de amor vive el silencio, la condena del exilio o del destierro le desarma el corazón. Se anima y desanima. La razón habla con metáforas deslumbrantes. Es el enamorado del amor inasible. Ronda lo prohibido: su amada e idolatrada madre. Corteja un modelo de caricia que lo subyuga hasta la indolencia. Doliente ser sus afectos. Le escribe a escondidas le hace saber de él. El único molde que no puede dejar de extrañar es el materno. Es un conservador en los afectos que lo obnubilan y no lo dejan diferenciar el otro lado de su andar. Busca amar en una a una, a la Una de todas entre todas. Ese amor universal que no se diferencia del singular. El plural femenino le recuerda un cuerpo por donde salió a respirar la vida propia. Le está vetado entrar. La palabra desafía todo límite. Depura el amor impuro. Busca una verdad que confronta la poética y la cotidiana. No todo esta dicho, en la sugerencia del verso ahonda la pasión sin sosiego.

En el poeta hay una rebelión interna que se proyecta en su escritura y en la denuncia de su desacuerdo con ese orden social anquilosado en la mascarada del partido conservador del statu quo sin dar espacio a otros para que realicen sus propias expectativas y sueños, conservan la moneda y sus dos caras sólo para sí, crean la ilusión óptica de aparecer como inamovibles y dueños de la muerte y de la vida si les place.
Devela a la ideología conservadora, agrego, en la actualidad globalización mortífera. Y, yo diría, que si hay que ser conservador, será con la naturaleza y la vida que no se repite, sin explotarlas ni depredarlas, ni privándolas entre los unos y los otros para que alcance y se reparta sus cosechas. Solo así para seguir cultivando el huerto del mundo para todos. La vida de cada uno es de uno en uno. Duélale a quién le duela.

El poeta resultado de un encuentro entre hombre y una mujer que tienen un coito, ella está en día de ovulación, la simiente cae, la fecundación y el riesgo: un hijo, ¿la dicha? quién sabe. Traerá la contra. Será, a pesar de todo.

Dicho está, nueve meses no son suficientes para nacer. ¿Quién contradice esta espera, -otro que pasó por eso, y todavía no acaba de madurar lo suficiente para caminar erguido. Le falta mielina a la evolución del hombre, le falta amor al génesis. - Faltas tú-. Nadie tiene la última palabra, qué fácil pronunciarlo, ¿quién lo dijo?

Quiere desmembrar el conocimiento, quiere hablar con lo oculto, se dirige en tercera persona a la que lo llevó en sus entrañas. La inquiere. La ausculta. Le pregunta: “Dime sinceramente que piensas de este hijo. Te salió tan extraño,”. Renunció a todo aquello que los otros ansiaban y se hundió en sí, tanto, que quizás no es el mismo”

Delibera la muerte su espacio que no cabe, se cava el horizonte en el deseo. El cuerpo sufre intrigas de incompatibilidad. Quiere salvar y destruir a la vez en la simultaneidad, toma su tiempo. ¿A quién espía? ¿Buscó alejar la idea que lo acosaba? ¿O solo fue un imprevisto previsto, visto. ¿Listo? Se alinea a la caída del todo suyo: dejarse de mirar en el espejo.

La tierra obra su deshonra: La esfinge fonema del incesto.

Quiso purificar el ser del instinto que lo acorralaba. Acaso ese final con su cuerpo puso conclusión a un acápite donde el testigo calla el repudio y el asco de lindar con uno que ama y otro que odia. El doble sin papel aniquila al personaje. Libera al autor.

En ese imposible hallar deambula “al paso de -(su)-mi débil fantasma reflejado”, “siente la nerviosidad humana de las redes”; “Quiero ver, con mi muerte, tu quimera en el agua”, “vine a diferenciarme de vosotros parientes”, “mi infancia no os perteneció; me alimenté solo, como un espejo extraviado en el fondo de un bosque”, “Padres míos,/ yo sé que vosotros, en vuestro vaso ceremonial, fabricáis, a escondidas de los niños,/ infelices pasatiempos de carne/ que os avergüenzan cada mañana”.

Se apartó drásticamente del sufrimiento: pasión incalmable. El espejo agujereado por la mirada, se despedaza en la córnea expiatoria.

“Fui llamado al confín de los mayores/ y recibí mi sombra”...”Alguien debe continuar la escritura del dedo en el polvo”, “alguien debe continuar el canto del hombre”, y sin embargo...
La poesía: voces del útero y del viento que rompe la fuente, la placenta se separa, la palabra un vórtice de agua que amortigua al cuerpo aún atado al cordón umbilical de los sueños. La idea hace un corte al huevo zigoto, luego embrión, luego neonato. El agujero es anudado. El ombligo es un punto final a la dependencia. El grito antes que la voz, el sonido dará forma a la voz.

Alma mater en la voluntad del padre: así sea- así no sea. El yo contempla su obra: el no yo. La escritura desafía al cadáver y a las interpretaciones. La lucha comienza. El recién nacido humano da su primer llanto. ¿Quién acude a su llamado? ¿Quién está a su lado? ¿Quién le provoca el deseo? ¿Quién lo sostiene? ¿Quién le aúpa la vida? ¿Quién sí y quién no? ¿Un yo sin anclaje desespera. Una vez, dos veces, ¿Cuántas?

¿Quién lo mata en palabras? ¿Quién lo salva? ¿Quién le habla? ¿Quién es él en esa voz que lo reconoce y desconoce? ¿Quién es el otro? La orfandad de un sentimiento, canto de cuna espanta al miedo cubierto de luto. Arrorro mi nene no vas a morir solo a dormir.

Respondan, respóndanme. Responde. ¿Alguien puede contestar? Sirven las respuestas o las conjeturas. Quizás. ¿Para qué? Que cada cual se responda, reflexione, si eso dice algo.

César demuestra lo contrario, otro modo de pensar, crea en un creo, la identidad incompatible busca un sitio donde erigir la figura que no lo opaque, desde el sitio donde está su manifiesto que no es peón, ni destajador, peor un subyugado, se subleva. Milita en contra de la opresión, quita la mordaza al idioma y a la lengua natal.

Da vuelta a la tradición, sale de ella, renueva su posición. En el alcohol la miseria y en la letra la salvación, que lo atraviesa como espada liberal, la llama devora la matriz inaprensible, se vacía de toda promesa, en la lírica del deseo la nostalgia dirigida como “canción a la bella distante”.

¿Quién era el poeta para el padre? Este hijo que tambaleó en el espacio sin autoridad sanguínea. ¿Era el que su padre rechazaba, el otro de la desaprobación? ¿Qué chocaba en este par de hombres? ¿Qué se disputaban?

El hijo luchó por no dejarse ahorcar por la desazón del sentimiento no correspondido. Se escondió en la sombra del perseguidor para que no lo alcance la furia del decapitador. Se aburrió de ser un topo de la realidad explicable e inexplicable. El poeta sintió el derrumbe de la infancia en la fábula de su vida. Avanzó como un ave huyendo del jebe. Más no pudo tapar el agujero del dolor ni con el más bello verso. Aquel El gran César nuestro, el que habitó la soledad del vacío, huérfano de compañía herraba en un tiempo sin movimiento.

En los episodios de su historia la textura de su búsqueda. El habitante humillado por el dolor pronunciable e impronunciable. Lo oscuro y lo claro de su visión y vivencias. Él no puede callar el dolor humano que está bajo la corteza de la memoria. La herida y el placer inconsolable tanto en su psique como en los nexos terrenales. El habitante “con algunos días sin huellas”, con impotencia y desafíos registra e inscribe al faquir de ternuras y secretos inabordables de otras emociones.
En su posición deja asentada su proclama de voces. Protesta. Nadie es para siempre jamás inmortal, hasta los dioses se desvanecen con el silencio de cualquiera. Desecha para no ser un desecho. Recicla la vida, la sustenta, la evidencia, la denuncia, la proclama, la anuncia otra, la rescata, la autentifica. La identifica.

“Toda resurrección te hará más solitario”. La esfinge no tiene alma.

La superación de su hallazgo rebasa el recorrido ordinario “en un lugar no identificado” lo identificable “de la materia real” en “sus conexiones de tierra” abriendo otra ruta “al dios desconocido” su: “yo que me queda. / Regreso a ser tú mismo. Mi señor/ con el último yo que te falta”.

La figura materna es un territorio poblado de parcelas, un cuerpo haciendo historias, llamadas a contar/se y pensar/se diferentes, referente de lucha, de trabajo, de tesón, de no claudicar. Es el movimiento sin dioses y sin paraje, sin fianza, sin préstamos, sin usureros, sin dueños ni propietarios ni dominadores de mujeres. Es la tierra con sus propios cauces y ríos. Es el orificio fecundador, de esfuerzo y regazo del otro para defender la memoria cada vez que recuerde el riesgo de encontrarse con quien la reconozca. Es el piso del abismo y de la red que solo se romperá cuando la última palabra tropiece con los labios prestados al río.

Es un bordado de hilos que sostiene una infancia envuelta entre “palabras quebradas”, y retazos, ilusiones, despertares y curiosidades. Es un nudo de remates para saciar el hambre de los hijos de la mujer que no puede enredarse en sus propios pensamientos, que no puede darse el lujo de soñarse dama conservadora porque el mendrugo tiene que ir al horno, estar pendiente que no se queme, al mismo tiempo seguir hilando, cosiendo, buscando paisajes en pieles evaporadas en el destino, hace la plata dejando el sueño a un lado, necia de vida se sostiene cabeceando el presente. Es un remate de puntadas a la tela agujereada del alba extraviada en la voz de la noche.

La ternura femenina vela el origen del deseo. Lo tiene atado al silencio que repudia: la pobreza no es alimento del espíritu.

El goce femenino lindaba con lo prohibido: en un te quiero a ti, desea una mujer ajena e imposible, ella le dice gózame desde el crepúsculo de un amor sin precio, sublime, sagrado y prohibido, que lo hace descifrar y expresar sin tabú: hay que tomarse lo que te pertenece, lo que nadie te quita, ese sentimiento sin deuda, indivisible. La apariencia de que el otro completa. Que cara es la vida cuando el precio es desprecio. No cuenta el desgaste humano en la plusvalía que depreda las ganas de vivir, quien traga el cuento de que mañana será mejor. Estar ajeno y al tanto te empuja al carajo o de una vez por todas te las juegas…

El amor intocado es todo para este escritor que ronda el vicio y la virtud con estocada aborigen. “Es que el amor de antes se me ha vuelto tan claro/ que siento que ya nada es para mí extraño”. “Y ahora, yo quisiera decirte que te amo, pero de una manera que tú no sospechaste. Verás. Ahora te amo en todas las mujeres, te amo en todas las madres, te amo en todas las lágrimas”. Y preguntar, “Dime sinceramente qué piensas de este hijo,/ te salió tan extraño”.
Como no puede poseer ese amor aparentemente perfecto y sin pecado concebido, lo hace suyo, con su propia concepción, todas en una y una en todas: Una es todas, amor único como la única amada. Goza la culpa y la libera en otros cuerpos, la quiere, la aleja y la acerca, la mira para contemplarse en su propio espejo, la hace una idea completamente luna, la distancia tantas veces puede, más, está tan cerca como su mismo día de nacimiento. La ilusión lo amamanta y lo arrulla con calostros de tristezas como diciéndole cúlpame si puedes. No puedes. Has nacido y sobrevivirás hasta cuando tu quieras que esté en ti ya que soy tu piedad, tu gloria y tu gracia mortalmente sublime. Soy tu diosa que te ofrenda al altar de las estrellas para que pongas tu cuerpo degollado bajo el firmamento algún día en una tarde que tú escojas.

Pareciera que ambos: mujer y poeta, madre e hijo arriesgaron el amor a cambio de un espacio que no lo/la venza, pero eso esta por verse. Ya está inscrito en el enjambre filial, algo, el corte, el tajo, vendrá por añadidura, solo la pregunta rebota, quién es quién, en ese espacio que pide calma como tregua al colmo del colmo. Colmarlo, es atosigarlo de lo inerte.

El retazo, la parcela, la página sin uso de eso que no llena ni cabe con la madre naturaleza ni puede fusionarse porque o sino el saldo, la falta y lo que no se puede ocupar, reponer o zurcir hará su desquite. Quizás por eso lo de “espacio me has vencido”. Pregunto, quién es el espacio, quién el vencido, quién el verbo que destina el cumplimiento hágase de mí, hago de mí, hago. Deshago de ti y de mí. Un tú en contra de ti. ¿Qué espacio lo venció?

Un su/per/yó sin goce imposible sustenta al gozo quizás de lo posible: un diálogo de goces sin anécdotas de amores que diga siempre lo mismo con eterno placer. ¿Gozas? –no gozo. ¿Qué quieres? –que goces. ¿Qué? Mi goce. ¿Con quién? –contigo. ¿Para qué? –gozarte. ¿Por qué? – quiero saber de tu goce. ¿Cómo? –no lo sé. ¿Dónde? –en ti. Pero –no pienses. Entonces -¿sientes? Pienso que –calla. Quiero -¿Qué?-. Ah –Ah. Más –más-. Yo... -tú-: El y ella.

Culpable. –No- Víctima –No- Verdugo –No- Liberal –Si-

La culpa no encontró su sitio. Se declara libre del culpabilizador o tirano. La ley es un código “deshuesado” de lo femenino y masculino, descompuesto en la “materia real”.

Un hombre crece en el poeta, un hombre lamenta su búsqueda, un hombre abraza el caos, recibe a cambio un paraíso sangrante, anunciando espinas y silicios enterrados en la tierra humana, las que él no podrá sacar porque están incrustados en las razas.

Quizás allí la tristeza de Dios refleja la voracidad humana que no puede renunciar a parecerse a aquel que todo lo puede que nada tiene pero está en todas partes y lo llaman de diferentes maneras siendo Uno sobre cualquier otro uno. ¿Quién dice ninguno o nada?

Ese amor sin rendición de cuentas como que le da la ilusión de estar protegido del tirano, que lo devora en el silencio de saberse asfixiado en no dar la cara para no recibir la recriminación del rechazo. Mientras más pegado al aliento femenino, lo masculino tambalea en la cuestión de “ser o no ser”. El pecado original huele a mujer. Bendita seas.
El secreto del verso, una lujuria hermética en “la corteza embrujada” de encarnarse y descarnarse en el talón de Aquiles. El tendón del espectro no es de un animal, sino el de un humano siguiendo las huellas “en un lugar no identificado”. El uno que quiere y el otro que lo horroriza. El perfecto y el imperfecto se desprecian, el doble ataca, el uno se impone. La fractura entre los dos, un jaque mate en el cuerpo. Salve al vencido. El vencedor calla. La dama cansada del amo salva al peón.

Dávila “renunció a todo aquello que los otros ansiaban,/ Y se hundió en sí, tanto, que quizás no es el mismo...” Casi la mayor parte del tiempo la ebriedad lo consumía, no sabía como controlar ese algo que lo iba invadiendo. El horror salía por su boca como látigo golpeándole la memoria.

Se defendía con el silencio para alargar la existencia. En la penetración del tocador un reflejo lo sombreaba. Construyó y destruyó lo simultáneo, la doblez del personaje y el de carne y hueso. El escritor atrincheró en tinta la rebelión del afecto prisionero en todas y todos los momentos inconfesos, poetizados, “mi timidez de entonces me quebró las palabras”.

Aún así, sus labios tocaron la palabra inagotable.

La orfandad de sentimientos parecía hilos desprendidos del carrete que no llegaban al punto concluido, sus hermanos fallecidos tempranamente sollozaban y gorjeaban en el silabario sin usar, su hermana/ prima ida e idealizada como cáliz divino hacía de recipiente a su melancolía. Ganó a la vida, hizo suya todas las muertes, se apoderó del vacío hasta llenarlo de poemas. Se aferró al amor llamado inocente, la perversa infancia del sentir sin preocuparse por rivales, de quitarse de encima la culpa de no deberle a la muerte nada, sin pensarse juzgado ni censurado en ese perverso amor polimorfo. Pero, sin embargo era el trofeo viviente para la que lo amamantó, ya que se enfrentó a la muerte y no se dejó arrancar al fruto de su vientre. El poeta queda endeudado para siempre con ese amor que quería hasta respirar por él para que no le pase nada.

Amor enterrado en la carne sin poder desterrarlo. “Y ahora, yo quisiera decirte que te amo, / pero de una manera que tu no sospechaste. / Verás ahora te amo en todas las mujeres, / te amo en todas las madres…Es que el amor de antes se ha vuelto tan claro/ que siento que ya nada es para mi extraño” Afectos de párvulo y adolescencia quedados en los primeros juegos del jardín, en sueños e ideales fusionados al amor total sin división, uno dentro de la una. Sentimientos provincianos revoloteando en cuerpos de mariposas púberes y polen cayendo en hoyos de una sonrisa ingenua en una esquela picoteada en el recuerdo. “Las mujeres se convierten en laberintos ansiosos de semilla”.

Introduzco una reflexión ¿Cómo entra el padre a funcionar si está disfuncional en el acto del nacimiento, su posición está vetada por la postura materna? ¿y por su condición de progenitor dominador? Que hubiese ayudado, que el procreador adopte una posición, que se adapte en la adopción de lo que le confiere ser el gestor de procrear conjuntamente con su mujer, madre del hijo. Que haya un espacio libre, que venza la pugna del poder convivible que se conjugue un deseo entre un hombre y una mujer sin que atente el puesto que se asigna al hijo.
El padre y el nombramiento no funcionan si no es nombrado, adoptado y ubicado en su supuesto legible de la paternidad. La madre patenta y legitima. Dado que el amor no se insemina. El devenir de un hijo se juega en la inclusión de un progenitor que no se exilia ni se apropia del verbo que le toca vivir al hijo. Esto es Tener un nombre que no se confunda en el llamado de los padres. Que no sostenga la caña de la vida de nadie. Que no reemplace ni cubra los huecos dejados por otros. Que no llene ni colme el amor perdido. Solo que sostenga lo que porta: una vida propia con “ser en devenir”, cada quien parte y accede al mundo, al encuentro de una palabra esclarecedora. La vida es un paso dentro de un riesgo permanente. Cada humano es espacio que se habita o congestiona según sea el dado que apuesta la historia que acompaña. El hijo “paternado” no se derrumba si se le sostuvo y se le concedió espacio sin prisión subyugada al “me” del otro.

Nadie puede ocupar el lugar del otro a menos que reine el caos de los afectos y saber. El padre media y hace de corte, separa, no permite fundir y confundir, crea un espacio entre la madre y el hijo. El padre omnisciente no existe, otra cosa es que quiera parecerlo y ejecutar su intervención como si fuera un tirano o un agresor envestido de autoritarismo, perjudicando su función esclarecedora, puntualizadota. La madre no es prolongación ni completamiento del hijo, es incompleta. Nadie completa a nadie. El/ella será siempre tu madre/ padre, nunca tu mujer/ marido. El meollo de la verdad en la vida de cada quién: el conflicto de Edipo. “A la sombra de un monstruo social el hijo se deshumaniza, cargando durante toda su vida con el peso de esta aniquilación del significante padre”. (Bernard This)

La palabra nos hace nacer una vez nacidos, pero quede en claro, que, una voz nos habla para bien o para mal, ahí está el delito, “los crímenes del amor”. Cómo descubrirnos y cubrirnos con la voz y las palabras, que nos dan un cobijo de lealtad y cercanía sin correr el riesgo de ser ahogados por ellas. Solo nos queda desnudarnos y caer en cuenta la impudicia y lo púdico que nos aguanta la caña del deseo.

Extrañamente peregrina la luz sobre la letra y el cuerpo: onda adversa alquimia la idea en anhelos y en orígenes que no pueden volver a nacer, solo aproximarse a un inicio con otra vida o alejarse de todo triunfo. ¿Acaso el nacer ya es trofeo para la muerte? Como que no hay alternativa frente a “esta certeza de morirnos una tarde”. Mejor a este nido femenino hacerlo aparecer o convertirlo en un delirio sensual, en un destello de chispas robadas, en un escondite profano, en un final apasionado, en un abismo sagrado, en un placer inconfeso e inconforme acoplándose a la metáfora que precisa, que no se deja tocar. El poema no calla hace hablar para dejar decir…

La vida es una ocasión. La palabra inconfundible anuncia, aporta, hasta se adueña de la vulnerabilidad e invulnerabilidad.

En la hiancia o hendija de la imaginación el complot y la creación para el creador y autor. Su mundo irrepetible en la soledad de una sabiduría envuelta y desenvuelta en el movimiento mortal de la presencia y ausencia.

Solo el amor no es preciso.
Distinta soledad la misma sin poder conjugarse con la propia búsqueda. Dávila no entraba a su palabra, salía de ella para embestirla solo por gusto. Transitaba la apariencia, el horror y la transparencia hecha alquimia, ahí gestó la matriz del símbolo. Abrazó a la mesalina del saber que servía a su gozo supremo: la poesía. Allí sus dioses jugaban con silabarios invisibles la construcción de un ángel casi divino, allí el demonio dejaba de serlo, para recoger las cenizas de su maldición. El poeta en soledad sin testimonio se entregaba a la lectura de la creación que los hacía individuo esencial sin pretensiones de salvar el alma. Su palabra era su ser. En ese espacio venció al infiltrado, dio lugar al otro. El hombre aliado, esculpió la caverna de su cráneo con los sentidos de la metáfora.

Su frase inmortal: “espacio me has vencido” nos deja el sentir del vaho de la necropsia, el color del aguardiente: Agua y sangre. Ebrio de dolor desangra la turbulencia del enigma.

Parece que veía a la ausencia como resto doliente, como resto total, como caída sin piedad ejecutado por manos del criminal o del suicida. ¿Hay diferencia? “Pero el ser humano ha sabido ser feo”.

El horror del dolor supura en la vida. Mientras, el mundo huele a naturaleza, el animal de la razón olfatea la suerte. La jaula cae en el azar. La suerte se desecha. El mono sapiens está agazapado para asegurar su presa.

A César lo que es de César. Estaba a disgusto con las estatuas que se cruzaban, estaba harto de las trampas de los triunfantes. Su “invocación humana” no la comprendieron en el ambiente de su época.

Su experiencia original no se desintegra. Su extraña y cercana poesía, un mundo extraordinario, impúdicamente auténtico. Su voz autora y propietaria del dueño que patenta su inicio y final. La finalidad de existir a pesar del tropiezo con la inclemencia.

Jorge Dávila Vásquez dice: “necesitaba darse a conocer. Es un impulso normal en todo autor. Son pocos los artistas que no lo sienten, y narcisisticamente, se encierran en una creación que sólo ellos conocen, y en la que se recrean constantemente. Dávila no era de estos. Tenía plena conciencia de su grandeza y poder creacional, no sufría de falsas modestias”

La rigurosidad de un trabajo lo da la constancia y ese estar distante de la rivalidad imaginaria para que no empequeñezca la capacidad de producción. Para que la obra se sostenga sola. ¿Qué era la literatura para él? Era lo dicho, lo escrito, la escritura, la dicha postergada, la intimidad sin otra ni otro. Un purismo donde el cosmos se achica y la voz sale de la sombra para acogerse en una “zona franca” sin placeres mundanos. Sin la brutalidad del caos cuando no -se- puede domeñar la perforación de la angustia, cuando esta rebasa el sueño de su propio tejido. Los ideales y el alma en pena se desbordan como aguaje y desierto en las células que conforman al uno que no se puede decir así mismo, solo me conformo con ser una célula insumisa del universo.

Irreverente a lo irreducible reduce lo deducible a un “espacio me has vencido”, un dejo de culpa sin tú, solo un me has…señala el vencimiento de un me sin opción. La culpa es del espacio, el contrincante que le quitó el lugar. ¿Quién era el espacio y quién el vencido en ese me has? Allí un resto fantasmal por un instante hace del ser un encuentro con la nada. La frase ocupa un tiempo sin retorno. Nos lleva a escarbar el desgano que anuncia la abulia del ser que no se defendió de de la alucinación que rebotó en un acto desbocado en la piel.

La sabiduría huye de la poesía, la poesía goza del saber esencial. La serenidad no es madre de la metáfora. La falta se consume en versos para iniciarse en la desaprensión del dolor; pero cuando se ama a este sufrimiento no se puede tomar distancia de la tristeza y esta estalla en tormentas y desesperaciones. ¿Locura, muerte o lucidez?

La degradación del ideal cae por su propio peso, la máscara del yo rebota. Un rostro desolado espera. Calcula el tiempo que no se deja ignorar, lo apunta en una libreta. Lo fija.

La melancolía empaña la mirada, un cuarto oscuro ya no deja ver casi nada, volvamos al inicio de la presentación de mi exposición, estoy en el cuarto de ese día fatal, escenifico ese momento, veo que para César afuera y adentro es lo mismo, no le importa la diferencia, pero quiere separar el yo del no yo. La sobriedad le resulta insoportable, no hay bienaventuranza en su alma.

Camina lentamente en el círculo de su puntería, medito, se dejaba ser en el escrito, se dejaba no ser en sus andanzas: el caos y el orden eran irreconciliables, pero, “sin embargo yo sé hallar siempre... un resquicio para entrar diariamente en mi poesía y en mis narraciones. Esto me salva”, nos dirá.

Como corrector de la letra la atosiga, la aprueba y la desaprueba. En su imprenta mental atrapa el terror, da cabida al miedo y a la angustia, aguanta su pugna, despeja la mancha faltante, calma al recuerdo, al cuerpo le demora la caída. No se dejaba empujar fácilmente, no podía escapar de su mente, tampoco era su intención, era su lugar, su retaguardia. Ella siempre lo imprimía, no descansaba de su oficio dactilográfico.

Él en su metonimia versificaba: “y que cualquier tarde, pueda irme de mí mismo”.

La estampa de la nada en la hoja que salta dejaba ver el brinco, esto es, lo que escapaba a la mirada y a la misma escritura. Él, el primer vástago de su árbol único. Estuvo en lo que han llamado o designado sus etapas cromática, experimental, y hermética, yo diría subió y bajó a los vagones de su tren conciente e inconsciente, conoció los límites de cada estación. Jugó con el turno de ser pasajero de su imagen y creación. Ahí tanteó un espacio para experimentar la voz, para demostrar que su hora no había llegado para dejarse vencer. Para enfrentarse con el cuerpo y la palabra de su vida tanto poética como del simple terrestre ausculta y comprueba su propia lucha, su duelo a muerte con la decodificación del vacío. Haciendo que la orfandad original de este espacio ocupe un puesto o tal vez una forma para resistir. El escritor en la realidad ensaya su aparición y desaparición.

La infancia no pertenece al alma mater, ni al agotamiento de la naturaleza. La infancia un pretérito pluscuamperfecto. ¿y si yo hubiera sido aquello? ¿Qué? El colmo versus lo incalmable.
La infancia una fábula sensual jugando a la quemada con la nodriza del tiempo. Edipo no se mira al espejo para no encontrase con los ojos de su madre invitándolo al festín de los juegos filiales donde la codicia no tiene límite.

El poeta se atreve al encuentro con la otra mirada, guarda las apariencias, declara su pasión a la forma sublime: la imagen recreada en su fantasía. Sublime gozo de hijo y de escritor. Consagra su escritura y su deseo en carta a una madre, diciéndole así sin rodeos “ahora quiero decirte que te amo, /pero de una manera que no sospechaste/ Verás. Ahora te amo en todas las mujeres”. Posee el todo de todas: toda una contiene a todas. Y fueron uno. El dentro de ella. Uno en una…

Él es uno: sin espacio concedido. Ante su padre: él es nadie, lo desconoce y se adecua a estar todo con toda ella, concibe un puesto sin espacio propio, vence el límite que lo desbarranca toda una vida. Ella: todas ellas son una…

La poesía “su amor sensual” la materia que condensa su existencia, todo aquello que no se ve a simple vista, de lo que recuerda que hay, que existe a pesar de él. El mismo: el porvenir del creador. Enigma y esfinge. Mujer y madre. Palabra y escritura. Voz y boca. “hembra y varón en un lecho redondo”. La preñez. La imagen curva y completa de la mujer esclava del señor: el retoño dentro del vientre y cuerpo prohibido.

El vientre del poema recuerda “nadie es dueño de su cuerpo” aunque “atravieso la hoguera de la resurrección” y sin embargo, no todo está dicho. Vida y amor terminan como lo amado en la amada.

La adversidad de la gloria en el cuerpo insalvable.

Los versos redimen toda vida. Lleva tu “invitación a la vida triunfante” “en el instante en que la muerte se alza…”

No se puede hacer desparecer la realidad insoportable, tampoco el poeta quiere destruirla, quiere concebirla, busca un punto en la naturaleza para atar los cabos dispersos de los “pasos rotos”, y disponer de un pase para “fundirse” a su anhelado purismo a un deseo de redención y salvación más allá de toda masa parecida a lo humano. Un espacio indiferenciado de todo, fuera de toda comprensión e incomprensión, de toda “batalla despojada de palabra”, desterrad del silencio y de una escucha rechazada e imposible. Un espacio sin pudor. Y sin embargo sublime y transfigurado. Pedía lo imposible de concebir y habitar.

Sin poder escapar de sí trasnocha entre insomnios, desgastes, bohemias y la perplejidad ante el tugurio donde el alma no reposa. La cercanía y la distancia consigo abrieron el eslabón que faltaba para consolidar y acabar con una presencia que obnubilaba a la otra. Tal lo dice: “Muero en tu eterna vida” y “amo tu infinita soledad simultánea”.

El oráculo está agonizando en el cuerpo de Edipo. Los progenitores tiran al fuego la duda para que no se note al culpable. Le queman los pies a Electra para que no guíe a su padre ciego. El olimpo no tiene infancia por eso está prohibido a los mortales.
Una relación sin espacio cohabita lo pagano y sagrado a la vez. La bestia bienaventurada se come el verbo. No sabe del pecado original. La torpe ternura hociquea la presa.

Cual habitante de la geografía corporal busca la historia de su identidad en su patria de poros sin conquista, su palabra liberada de encomenderos y opresores. Advirtió, se puso así mismo como el todo, la parte y contraparte denunciador y salvador de la elegía en el “Boletín” del continente en la descripción del subyugado en las mitas, en la ceremonia de la explotación entre rezo y látigo, mitas, y huasipungos.

Da un giro en la evocación del sufrimiento impuesto para no gozarlo si no expulsarlo de aquel adviento, para atar al sol y a la luna al cordón umbilical del gameto de arcilla y barro cocido en hornos aborígenes con otros partos y otros dolores, de palabras con otros principios por el resto de los días en el mundo que se nació.

Para que no decaiga la aurora de todo origen, hasta del suyo, que contiene en su voz la “epidermis” de los que no quieren ser estatua ni héroes del consumismo, ni de conquistas, ni de expansionismos, ni de ídolos petrificados en falsos triunfos.

El poeta buscaba el desencuentro con el narcisismo. Cansado de estar muerto en vida mata el reflejo del dolor: la furia edípica arremete a eternidad sin identidad. El mortal se desborona en la melancolía del sol.

Tras la luna solitaria una muerte sin mar.

El río desemboca sin enterarse del ocaso. La experiencia del ser a través del deseo que destroza si no se le da espacio, peor si no se lo toma en cuenta o se lo endosa a la cuenta faltante.

Descoloniza la metáfora de toda máscara, riega un río de libido cósmico como calostro lácteo amamantando la ilusión de la vida succionando a la diosa. Dios tiene pecho femenino. De sus pezones las razas se prenden para creerse aún así mismo creadoras y creadores. Quiere encontrarse con Él: aquel mismo yo.

Del lado paterno era “un lugar no identificado”, inconexo aún a pesar de la “materia real” e innegable, pero cuando la palabra no autentifica lo que dice la partida de todo nacimiento, cuando la falla se desliza en el lenguaje que acuna el canto de la impiedad. Cuando se mancha la palabra que autentifica el límite entre yo y ese otro yo, que no soy, pero es en mí.
Se destapa el hambre del verbo ser entre un sí y un no. Dos, uno y uno sin doble, sin apariencia. No soy él. Él no soy yo. Pero, quiere que sea.

Nunca se doblega el deseo cuando se sabe quién es, otra cosa es la conspiración de la culpa que goza la acusación de desobedecer. No al mandato del padre. Si al mandato del poeta. Puede, quiso.

Dejó sin argumento a la muerte. La vida esquivó el cansancio.
Las doctrinas no dejan saber de la sabiduría. En el sepulcro del río la vida no se deja asfixiar. Irónico. Lo maravillosos del horror es que nos deja ver lo oculto. La creación crea una devolución: El perfecto humano destruye. Fascinante guernica y oximorom. Sin embargo, tan miserable realidad, a quién le ha caído el golpe. Solo pensarlo me duele ¿y el que la recibió?

Pasa. Pasó, toda la vida como extranjero y peregrino de sus sentimientos, los conoce y los desconoce, los quiere y los repudia, echándolos y llamándolos, y sin poder desocuparse del invasor que está adueñándose de su fragilidad y de sus registros: él mismo que le está quitando la más dulce ofrenda que aguarda en su alma si acaso la tiene, su amada Ofelia o la muchacha y doncella Teresa, “ternura inmensa que, a veces se hace pena.” O su misma
prima inmortal, aquella María Augusta, su divino cielo e infierno a la vez.

No pudo desasirse del fardo de la pesadumbre, de la timidez del hijo inconsolable, de la costura del dolor, de aquel niño liberándose de la fábula de la virgen en el arco del fuego donde “supo que la inocencia es un infierno sin calor/ en cada cuerpo es un deseo/ de la blancura de la ignorancia./ Que la pureza enflaquece a las almas y las atonta dulcemente, para finos espantos/ disfrazados de amor,/ ¡Oh, la necesidad de una huella animal/ en el secreto pomo del corazón!/ Supo.../ Que en la esperanza, arde la bestia incesantemente/ porque a los dioses les advierte el fuego. Y supo que esa Virgen era su misma Alma, beoda de las siete esclavitudes”.

Más la ausencia lo seduce con su velo transparente dejándolo desnudo e indefenso y con ansias de completarse en ella. Entró a su vida acabando su propio combate.

Exterminó al rival y opositor de sus pisadas, como el último combatiente despeja tribulaciones de soledad, desobedece a la razón, la lucidez un espejismo, está cansado, enfurecido y triste de tantas guerras sin paces con soldados sin retornos, está resignado a darse de baja, a lo que sea y tenga que suceder, hace su último ataque. Se apropió y le dio pertenencia a su única vida desalojándola, deshabitándola. La derriba de un solo tajo: el sobrio aniquiló al ebrio. Escogió al que quería que perdurare. La imagen del escritor que hizo, no la del hombre que portaba un cuerpo que se iba. Sólo, sin espía, sin testigo presencial, estuvo en su decisión sin mirada ajena ni propia a ese acto incalmable del encuentro con la huella donde ya el espacio no tiene asidero ni proyección para el vencedor y vencido.

El poeta a lo único que no pudo entrar es al resquicio terrenal de su ser para el otro: a su propia vida fuera del papel. Abordó la palabra con él y sin él, sin dejar de estar. El poeta no ha muerto, aún nos habla, y lo seguirá haciendo. He aquí entonces, su nombre imborrable, insustituible y único. Él, el hombre: aquel inconforme de su corteza poética. Dejó una plegaria de vacíos en el absoluto desgarrado en la materia de la vida. Inmóvil silicio de especulaciones aquietando la melancolía. Demorando el duelo para no vestir de luto antes de tiempo.

La palabra: vida tan sin muerte.
“Si tan solo el hombre no es más que la creación de la imaginación”. Esta sentencia no quita que a pesar de que lo mortal resulte ordinario, incluyendo a la infancia como paraíso de predicción, ya que no somos inocentes, porque saber del sexo es saber de la muerte, y lo inmune se pone en el talón de la fragilidad. La palabra como una mujer duele al parirla. Hay que engendrarla sin sentirla un engendro. El poeta de todos los tiempos dice “siento que me duele la memoria”. Agrego, como un espejo vacío de imagen.

Lo humano corre riesgo de romper antes de tiempo el agua fuente del invento.

El límite oral rodea al mamífero prendado de una presencia extraña: la muerte da de lactar a la vida a pesar de todo. Los hilos del caos ajustan al animal, “en el dolor más antiguo de la tierra”, la señal del sonido humano hace el milagro de la alegría: dos humanos se abrazan.

La experiencia de sus aproximaciones los hace resurgir de sí, salen a sentirse. Se saben. Más que suficiente. Sinceramente uno solo consigo mismo: me sé. Solo en el cuerpo dueño de esa mente, o recuerdo, el enigma deja de ser. Para dejarse poseer por la palabra de su portador para arribar en puras presencias.

Lo buscado estaba dentro del buscador. Solo el eco no sabe. Lo buscado se apropia del buscador. El buscador está solo en la matriz de su creación: el idilio con la poesía lo redime de la carne. El crepúsculo transmutado en lo femenino: lo materno: alma pagana e inmaculada en el cuerpo de una mujer. Todamante. Apasionadamente. Descarnadamente.

El verbo se hizo verso porque “alguien debe continuar con el canto del hombre”, del amado amante. Solo así el poeta nacerá, resucitará, se transmutará en misterio de resplandor, de fascinación de algo que dice y quiere decir algo que es y sin embargo no es esto ni aquello, solo ensayo del gozo sobre el deseo en el huerto del cuerpo.

He aquí lo que no cesa, lo que no se deja atrapar, lo que resiste, lo que se impone a todo fin, a todo dogma, lo que se aleja de la fe y sin embargo parece un milagro. Lo que no se pronuncia pero se pronuncia. Lo que evidencia que “alguien debe seguir” para que la figura no se desfigure en las figuraciones del figurero cuando figura la imagen de la vida. Esto es “alguien debe continuar la escritura del dedo en el polvo”.

Algo es uno. Algo es nada. Algo es alguien. Algo de mí digo. Dices. El disfraz de la perfección es la razón casi pura. Depurada. Gozo impuro. La evidencia del amor es un ser humano escaso. Escasamente. Escasez total. Escasos. Difícil “unir la humanidad con lo casi deshumanizado”. Los que ya son “hombres póstumos”.

César Dávila Andrade, el Fakir, el Shamán del símbolo y de la metáfora. El sacerdote de la palabra. El mortal divinizándose. El enamorado irreverente. El hijo descarado. El verso descarnado. El verbo voz palpable. El sufriente del ser. El sublevado del deseo. El ángel degollado. El creador renovador del morfema.

carmen váscones
/2/ 10/ 2008
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BIBLIOGRAFÌA CONSULTADA

1. - Obras completas I y II de César Dávila Andrade. Pontificia universidad católica del Ecuador, sede Cuenca, banco central del Ecuador, 1984

2. Colección de poesía ecuatoriana, La rosa de papel, César Dávila Andrade, # 3, Edita. Casa de la cultura ecuatoriana, Benjamín Carrión, Núcleo del Guayas.

3. La muerte y otros solaces en César Dávila Andrade, por Jaime Montesino, Revista el Guacamayo y la serpiente, #2, CCE, Núcleo del Azuay, Artículos,1983

4. Muerte y transfiguración en la poesía de César Dávila Andrade, revista el Guacamayo y la serpiente, #27, 1987

5. El símbolo y la parodia en César Dávila Andrade, por Gala Vaca Acevedo, El guacamayo y la serpiente, #28, 1989

6. César Dávila Andrade, Combate poético y suicidio, por Jorge Dávila Vasquez, Publicación de la facultad de filosofía, letras y ciencias de la educación, universidad de Cuenca, 1998

7. Ensayos dedicados a Cesar Dávila Andrade, escritos por J. E. Adoum, Diego Araujo Sánchez, María Augusta Veintimilla, María Rosa Crespo, Jorge Dávila Vásquez, Antonio Sacoto, El guacamayo y la serpiente, #35, 1997

8. El Padre: acto del nacimiento. por Bernard This, Paidos, 1982
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