En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



martes, 8 de abril de 2008

Black blues_Poema de Yanisbel Rodríguez Albelo

Fotografía: Yanisbel Rodríguez Albelo, Cuba.





BLACK BLUES




Voy a ir a poner la cabeza en los rieles del tren.
Voy a ir a poner la cabeza en los rieles del tren.
Cuando el tren venga, la voy a quitar otra vez.
(Letra de un blues)



Siempre en el mismo lugar, con su banco y su libro entre las manos,
había sido olvidada año tras año.
Tomaba los pedazos del día y los juntaba para que cobraran sentido,
pero en eso saltaba una música tan triste ventanas afuera
que tenía que marcharse, abandonando el parque y el libro
quizás para algún fantasma sediento,
mientras la gente la cruzaba deprisa
y los niños y las colegialas tomaban el sol despreocupados;
como en un marco la belleza disoluta y esplendente.
Ella tenía que ajustar el reloj y trajinar por toda la casa,
estudiar lecciones que aborrecía, romper sus compromisos consigo misma,
escuchar resignada la lluvia de palabras que los vecinos vertían sobre su patio,
estarse horas enteras en el mercado regateando sin ningún interés.
Por las noches, bajo la frazada, dejaba de ser una pueblerina tímida y mojigata,
con miedo a entrar en la taberna.
Se travestía con smoking y sombrero de copa como Marlene Dietrich,
y se iba, dejando tras de sí una estela romantiqué, por la Orilla Izquierda del Sena.
En las mañanas descendía a su parco desayuno, a su agobiante orfandad;
“no hubo nada en la noche, ni cafés ni músicos en la azotea,
ni borrachos maldiciendo sobre el magnífico trasfondo de los gatos,
nada de armónicas ni faldas sobre la acera”.
En el parque ella piensa que se debería dormir sobre el banco,
aunque florecieran las burlas y un policía la multara,
dormir de verdad, nada de naufragios ni acritud ni la estrechez del cuarto,
que no le quedaran chicos los zapatos, el trabajo, las horas, la vida misma.
Una muchacha sola, a quién debe avisar, una muchacha sin otro encanto
que esa melancolía enfermiza que atrae a los demás a acunarla,
para decir que pronto se le encimarán el paisaje, los aplausos, la belleza y la juventud.
Y ella camina mucho rato en círculos mesándose los cabellos,
y no se le encima otra cosa que una tormenta, de tan desfachatada risible.
Vuelve a caminar, vueltas y más vueltas, uno, dos, tres; es pasada la medianoche
y no hay sino vejez y las cuatro paredes rezumando tristeza.
Entonces, sale corriendo y pone la cabeza en los rieles del tren.
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