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jueves, 21 de mayo de 2020

ROY ACEVEDO CARVAJAL: ENTRE EL AYER Y EL INFINITO

Miguel Fajardo Korea, Costa Rica






ROY ACEVEDO CARVAJAL:
ENTRE EL AYER Y EL INFINITO



Lic. Miguel Fajardo Korea
Premio Nacional de Promoción y Difusión  Cultural de Costa Rica


(Guanacaste y Moravia).- Dentro de la nuevas voces de la poesía guanacasteca, surgidas durante las dos primeras décadas del siglo XXI, destaco el nombre de Roy Antonio Acevedo Carvajal (Liberia, 1978), quien edita su libro de estreno en la plenitud de su vida.
         Durante el 2012 vive la experiencia religiosa contemplativa en un monasterio de espiritualidad carmelitana. En el 2014 ingresó en el Instituto Religioso de los Misioneros Servidores de la Palabra, donde realizó experiencia misionera durante dos años y medio. En el 2016 inicia encuentros vocacionales en la Diócesis Tilarán-Liberia. En el 2017 ingresa en el Seminario Introductorio en La Garita de Alajuela. Actualmente, cursa el cuarto año de formación en el Seminario Nacional de Nuestra Señora de Los Ángeles, en San José.
         Otras habilidades artísticas de Roy Antonio son las artes plásticas: dibujo, arte y decoración. Nos complace reseñar su primera obra, que está compuesta de 26 poemas en cuatro apartados, a saber: Anhelos, asombro, dolor y encuentro.
         Acevedo Carvajal, Roy Antonio. “…del ayer al infinito”. San José: Aire Studio S.A., 2019, 77 pp. (Presentación de Nora María Chacón Soto; revisión de estilo de Ana Lorena Gómez Salazar). El libro contiene tanto siete acuarelas como 20 ilustraciones del autor.
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En la literatura de Guanacaste hay antecedente de sacerdotes que han escrito y publicado libros de poesía: Mons. Edwin Baltodano Guillén (1926) y el Pbro. Hernán Ruiz Sandoval (1958). Se suma, ahora, Roy Acevedo Carvajal (1978). Lo que significa tres generaciones de autores con acentos de poesía con tonos y modos religiosos y los elementos telúricos e infinitos.
El volumen incorpora un poema de la Licda. Nora María Chacón Soto, en respuesta al poeta “Conmigo tu ausencia”, de Roy Acevedo Carvajal.
          … DEL AYER AL INFINITO, de Roy Acevedo Carvajal, recoge la producción de 26 textos escritos durante los últimos 21 años de producción literaria. Aduce el autor en la contracubierta de su libro “La historia no comienza con la primera letra que escribe, ni termina con el punto final de ella. Todo empieza en el ayer, sin letras, cuando los momentos escriben para lanzarnos al infinito”.
         El primer apartado “Anhelos” consta de cinco poemas. Con un epígrafe de Mateo 16,14. Es decir, es bien clara la dicotomía temporal “ayer/infinito”, donde el ayer responde a un tiempo cronológico, vivido, experiencial, terrestre. Por el contrario, el infinito, revela lo que no tiene ni puede tener fin ni término.  Un lugar impreciso  en su lejanía y vaguedad.
         En ese juego tempo-espacial de lo perpetuo se mueve el corpus poético de este libro de Acevedo Carvajal De mis manos escapó un delfín / hacia un destello de eternidad, / junto a las alas y el viento, lejos, / donde de amar no se cansará… / Solo fue testigo el azul eterno que lo vio, / donde descansa el oleaje y el mar se acaba, / jugueteando con el viento y el océano, / todo… por un sueño encontrar” (p. 17).
Es interesante cómo el hablante mezcla elementos humanos,  animales y marinos (manos, delfín, mar, oleaje, océanos) e infinitos o alusiones de él (destello de eternidad, azul eterno). En  esa estructura binaria se asienta la fuerza expresiva de este poemario del autor guanacasteco.
         La poesía de Roy Acevedo está poblada de numerosos elementos de la naturaleza, por ejemplo: ramas, suelo, nidos, bejucos, cortezas, raíces, pasto, semillas, bosque, golondrina,  riachuelo, frutos. En Con mis propias ramas, poetiza: “Pero antes que caiga la última de ellas, / recogerá el viento un recuerdo rebelde / que nunca quiso morir, / y me hará llorar sin aire, /desde lo más hondo de mi tallo, / hasta el último susurro /que el riachuelo le cante, / al atardecer” (p. 19). Aquí, el viento es capaz de recoger un recuerdo rebelde.
         En el poema Cuando, el hablante lírico se plantea una serie de interrogaciones retóricas para afirmar una sencilla, pero honda espiritualidad. En ese sentido, el golpe del mazo “Cuando más fuerte golpea, / mi espíritu encuentra le melodía / y la convierte en un estivo sonido”. “Ni el lazo del cazador / ha podido sujetar del cuello  mi voz. / Cuando las palabras se ahogaban, / con más fuerza gritaban mis sueños”. Y el hablante repunta en su dolorido sentir cuando expresa “Ni cuando he sentido tan cerca el fuego, / se ha apagado el encanto. / Ha sido con mis pies en la hoguera / que ha brillado más mi sonrisa” (pp. 20-21).  Es decir, el yo lírico se muestra fuerte, dispuesto a enfrentar muchas pruebas cotidianas de la vida terrenal.
         En Las alas del colibrí “¡El bosque ha perdido / las alas del colibrí!/ Si su colorido vuelo/ se escapa para siempre, / se llevará el sueño/ que el pecho siente…/  (…) sobre el bosque seco y con empeño, / sosteniendo en el pecho sus alas, / lo vieron volar con su sueño” (pp. 22-23).
Aquí puede constatarse el tono recurrente del hablante por incorporar  elementos de la naturaleza, pero los dinamiza para personificarlos, de modo que develen aspiraciones humanas, vehiculizadas por medio de los animales, en este caso, el colibrí, que es capaz de volar con sus sueños, por cuanto se llevará el sueño /que el pecho siente”.
         En el poema Entre el susurro el yo lírico aspira a encontrar otros espacios.  “Quiero perderme entre algún susurro / y volar junto con él mientras discurro, / llegar a la cumbre más alta… Yacer / en los brazos de una dulce voz que cante; / desaparecerme en aquel instante, / escuchando el coro de un amanecer” (p. 25).
En ese hablar quedo, meditativo, el hablante lírico aspira a escuchar el coro de un amanecer, en una especie de  desplazamiento, o bien, un distanciamiento de lo terrenal, en busca de nuevos espacios “en aquel lugar de bienaventuranzas, /donde nunca la oscura sombra se vio”.
         El segundo apartado “Asombro”, comprende cinco poemas. Con un epígrafe de Marcos 10,27. “Aquel camino de luz / se alejaba en el ocaso / apagando todo alrededor” (…) y pude ver envuelta la esperanza / en aquel último destello, /cuando mueren los momentos / y se quiebran los recuerdos en el espejo del mar, / con la última mirada del sol”. En el texto se observa la fugacidad de los momentos, la permanencia de los recuerdos el espejo del mar y la última mirada del sol.
         El tema del tiempo es recurrente “En segundos, la vida…” “¿Adónde vas con tus pasos, segundero, / apresurando el de los demás? / Parece que se te acaba el tiempo, / corriendo tan rápido que parece lento / como si de primero has de llegar” (p. 31).
         O bien, “Lanzar el llanto a las corrientes, / no volverlo a escuchar, /pasear por la orilla de un río, / encontrárselo al final (…) Pero lo verdadero permanecerá, / aunque el mar se le rindan sus rocas / y con la mirada al cielo / decidan flotar”. La poesía de Roy Acevedo Carvajal presenta el rasgo de un dinamismo expresivo positivo, pues los elementos utilizados responden a categorías de desplazamiento rápido: mar y mirada.
         En “Lo cierto”, se conjugan una serie de elementos: estrellas, alas, cielo, alba, piedras, árboles, brazos, llanto, río, brisa.  Al final, existe un sistema recolectivo “Pueden las montañas mantenerse firmes/ y gastarse con la brisa cada día. / Hundirse las islas del mar / y devolverse las aguas del río. / Pero lo verdadero permanecerá, / aunque al mar se le rindan las rocas / y con la mirada al cielo/ decidan flotar”. El poemario de Roy está construido con hermosas imágenes y figuras literarias de alto mérito literario.
         En “Oscura luz”  se enumera voces, sueños, recuerdos, pensamientos, porque “El descanso acurruca / lo que envejece. / La nostalgia abraza/ todo aquello que ha sido. / Con los ojos cerrados / se espera lo incierto. / El milagro no duerme: / Se queda, mira /… amanece”.
En “Alguien se lleva los nombres” el hablante expresa “No encuentran sus nombres. / No saben a quién ir / ni dónde quedarse. / Han perdido sus letras. / ¡Las palabras! / ¡No saben quiénes son ahora!”. La identidad de las palabras es un nudo expresivo de mucho significado en lo que no se dice. Sin palabras el mundo de la comunicación no es. Por eso “Alguien se lleva los nombres, / no son los que antes eran”. Un universo sin palabras sería inexplicable. Así de simple.
El tercer apartado “Dolor” comprende siete poemas. Tiene un epígrafe de Lucas 22,42.  En “Un sendero”, “El tiempo pensante/se detuvo en el sendero”/ “Entre los escombros junto a la luna, / nunca supe dónde estaba el tiempo, / ni conocía el tiempo, / el fin de aquellos días. Por aquel sendero, / mis pasos pesaban, senderos de trozos, pedazos y escombros, / cada trozo hecho pedazos, / los pedazos hechos trozos, / escombros hechos trozos y pedazos”. El sendero como caminos de Dios no conoce espacios, porque  Él está en todas partes. Dios es omnipresente y omnisciente, porque es una potencia integradora.
En el panorama lírico de Roy Acevedo Carvajal,  se poetiza sobre la soledad, uno de los temas eternos de la poesía. Lo hace con hendidura “cuando gritas / desean que te escuchen/ y te ves cayendo al vacío / habrás conocido la soledad”. “Soledad es llorar la propia / muerte estando vivo, / escuchando las risas de otros/ celebrando la vida”.
Asimismo, ahonda en el tema de la ausencia “Te sigo amando, / siempre aquí, / presente en la ausencia, / aquí donde más duele; / donde no estuviste; / donde hacías falta, / donde no estabas, / donde no estás, / aquí donde más duele, /conmigo tu ausencia”.
El cuarto apartado, “Encuentro”, consta de nueve poemas. Con un epígrafe de Marcos 10,21. Es la aparte esencial, en el tratamiento de temas religiosos, con base  en el eje crístico.
En “Mi libertad” aduce “No he perdido mi libertad; /estoy preso en la libertad de su amor./ Su abrazo clavado… / atrapa”. O bien: “Viéndolo morir amándome, / en el madero de Vida; / mis cargas se rinden, / las besa la muerte”; “Ausente ahora / vivo muriendo, / Muriendo vivo, / fundido en lo eterno” (pp. 58-59).
“Lejos del fondo / de mi grisáceo lecho, lo sigo… / Lo sigo, porque aún su mirada / me sigue llamando” (p. 61).
En el poema “…Y el mío” (Lc. 6, 12-16), solo sugiere sobre los 12 apóstoles “Labios puros / en el monte Bendito, /pronunciaron mi nombre, / en aquellos doce. / Doce nombres y el mío, /pasaron toda la noche /esperando el alba, / que, como aquella, / no hubo otra parecida”.  
“Apiló las piedras/ que a escondidas lanzaron. / Con ellas hizo arte/ y la historia que aún no termina”; “En este mismo lugar, / muy adentro donde yo siempre estuve, / sin darme cuenta, Él estaba, / sujetando mi mano, aquí, / donde parecía que no ocurría nada”.
“Él estuvo preso, /colgando en el abandono / y la blasfemia, / en la soledad que presumió/ vencer a Dios”; “Llorarán antes de caer la tarde, / al ser las tres, / junto al discípulo y la Madre”.
En síntesis, el libro de estreno de Roy Acevedo Carvajal (1978) le suma a las otras dos voces de sacerdotes guanacastecos que escriben y han publicado sus libros de poesía, a saber: Mons. Edwin Baltodano Guillén (1926) y el Pbro. Hernán Ruiz Sandoval (1958). 
Asimismo, su obra suma otros tonos y modos para el abordaje temático relacionado con los nudos expresivos religiosos. Celebramos la aparición de este libro y la de una nueva voz en el panorama de las letras del Guanacaste de siempre, dispuesto a mirar, leer y escribir su historia con sus  protagonistas, porque no queremos un Guanacaste ajeno a nuestra propia historia.


Lic. Miguel Fajardo Korea
Premio Nacional de Promoción y Difusión  Cultural de Costa Rica

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