En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



jueves, 23 de octubre de 2014

KAFKA Y LA LITERATURA MENOR

Yván Silén





KAFKA Y LA LITERATURA MENOR



                                                                        La adquisición de una forma
o de un reino, está situado dentro del  absoluto de la libertad. 
                                                        José Lezama Lima

Un escritor no es un hombre  escritor, sino un hombre  político.
         G. Deleuze y F. Guattari

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    
Asumir las preguntas en relación a Kafka sería asumir el sentido de nuestra propia experiencia literaria y de nuestro sentido lingüístico con la realidad y contra ella. Preguntémonos entonces: ¿cuál es nuestra relación con Kafka? Nuestra relación con Kafka es la de lo extraño. Es la relación de Samsa con su ser “escarabajo” (o con su ser “cucaracha”). Es el rompimiento de Dios con el elegido.[1] Samsa es el hombre roto por Dios. Despierta y sueña que es Jepera (Jehová).[2] Despierta y sueña que es escarabajo:

       Deidad creadora de los dioses, del cielo de la
       Tierra y de cuantos seres y cosas contienen.
              Se creó a sí mismo. Le simbolizaba el escarabajo.
              Era la forma de Ra por la mañana.[3]

Desde esta dimensión la manzana podría matarlo. El destino está hecho. Kafka se arrastra samsamente; Samsa se arrastran extrañamente en lo inevitable de su personaje. ¿Qué cosas, pues, nos asemeja y nos separa de él? ¡El absurdo! El absurde es nuestro contemporáneo. ¿Cómo podríamos nosotros asumir la definición de Kafka, en relación a al concepto de "literatura menor", sin traicionarlo y sin traicionarnos? En el caso particular del que escribe (o del que desescribe budistamente) creo que este imposible de escribirse nos permitirá vernos en el otro que es y en el otro que somos. Porque hay una conciencia diferente de la excepcionalidad y porque, en el caso nuestro, no somos una "minoría" dentro de una "lengua mayor" (como los chicanos, o como los "newyoricans"), sino una minoría dentro del español que somos. En vez de tomar el camino de Kafka, hemos asumido el nuestro sin perderlo de vista, sin olvidarnos y sin renunciar a la tragedia que somos: el ente politico de la escisión.

Por otro lado, el lector no debe olvidar que aquella actitud edipal de Kafka frente a su padre, aquel complejo de "inferioridad" que se palpa en sus cuentos, y que Deleuze y Guattari niegan, va a tener unas consecuencias sociales y culturales (el padecimiento del complejo de inferioridad de los judíos frente a la cultura alemana, parecida a la que padecen los "hispanos" que escriben en inglés ante la cultura norteamericana); o ante la actitud puertorriqueño de los que no-escriben políticamente nada. O de los puertorriqueños que escriben la nada.

La “inferioridad” va a tener consecuencias políticas y culturales diferentes en relación a ese concepto de la "literatura menor" que Kafka maneja. Esta actitud kafkeana, nos parece a nosotros, no sólo deviene hacia lo poético (La metamorfosis), sino que también devendrá hacia el concepto de "literatura menor" como ese concepto que denominaremos el "josekismo" (José K.). Este concepto será, entonces, la otra cara de la misma moneda del escarabajo (¿de la cucaracha inconsciente de un discurso extraordinario?) en La metamorfosis. La "literatura menor" será la-forma-crítica-"lógica", la otra lógica, si se quiere, de nombrar la presencia poética del escarabajo. Será la forma terrible de nombrar a Jehová-sama.[4] Serán, entonces, los dos aspectos de una problemática resuelta por Franz Kafka, pero inasumible para nosotros los que hemos tomado la decisión de escribir en español; los que hemos tomado la decisión de hacer del español (puertorriqueño) una extrañeza contra el "castellano" y contra la lengua inglesa del invasor. Los gringos no podrán leernos, porque se extraviarán, perderán el sentido del español “aprendido”. La minoría dentro del español, la minoría como grupo poético, parecería ser la misma experiencia de Kafka, pero de forma radicalmente distinta. Por lo menos ésta es nuestra propuesta, ésta es nuestra actitud ante esa terminología literaria que ha perdido, al correr del tiempo, sus posibilidades políticas.

Lo que queremos decir con esto expresado arriba es que el movimiento de este "complejo" (del ser poeta) hacia lo poético no sólo es acertado, sino que es un logro. Pero el movimiento de dicho devenir poético hacia lo crítico, aunque tuvo resultados de éxito para Kafka, para nosotros será desastrozo. Y es precisamente de este "logro" universalizado fafkeanamente de donde han de beber Deleuze y Guattari. Sin la posibilidad de analizar este acontecer desde otro punto de vista, Deleuze y Guattari lo tomarán como valor absoluto. Seducidos por Kafka, "obstaculizados" por la empatía, tomarán el éxito-literario del concepto mismo desde lo europeo y lo universalizarán y lo convertirán en "sistema" filosófico de una hermenéutica estetizante y política en donde es imposible que nos veamos latinoamericanamente.

El lector debe tener en cuenta que han acontecido dos movimientos: primero, el momento histórico en que Kafka hace su enunciamiento de "literatura menor", donde éste es todavía no sólo un escritor minoritario (un escogido, un Samsa, un escarabajo), sino también un escritor desconocido; segundo, el momento histórico en que Deleuze y Guattari retoman dicho enunciado en donde Kafka es ya un escritor reconocido. En este segundo evento de lo filosófico no sólo se ha abstraído el tiempo político en donde este enunciado ha acontecido trágicamente, sino que también, y ésto es lo más importante, el Kafka consagrado que nos seduce, ya no es el Kafka desconocido que sus propios contemporáneos ignoraban. Si Kafka, por alguna extraña razón (tomemos el caso de Góngora), no hubiera revolcado, escandalizado y asombrado a Europa, ni Deleuze ni Guattari se hubieran detenido en él (o por falta de prestigio, o por falta de accesibilidad histórica). El escándalo nterrumpe a los lógicos. Esta pateticidad funciona así políticamente independientemente del talento del poeta. Un genio bloqueado por la propaganda del poder "todavía" no es un genio (aunque lo sea). He aquí la brutalidad de las ironías históricas: Heidegger vs. Jaspers.[5]

El lector podrá ver, en este movimiento del "complejo", un determinismo psicológico o un reduccionismo racionalista “parecido” al nuestro. Pero ante esta posible conclusión, inmediatamente surge la siguiente pregunta: ¿de dónde, entonces, le llega a Kafka este concepto de ser Samsa (o de ser el intervenido por Dios)? ¿Sólamente de su situación de judío marginado en relación a la cultura alemana; o también secretamente de esa relación humillante con su padre? El "complejo", o la-situación-de-ser-Kafka, se dialectizará hacia la intimidad (el diario, La carta al padre, las cartas a Milena, etc.) y, simultáneamente, ante lo colectivo. Ambos estados, el social y el familiar, lo individual y lo colectivo, se reforzarán para que se dé, en el caso extraordinario del poeta, una contestación política hacia o contra la cultura establecida: la hegemonía alemana. O como hubieran dicho Deleuze y Guattari, acontecería una fuga en relación a lo que resultaba asfixiante: la vida judía de Kafka en esa dimensión opresiva de la cultura alemana como valor absoluto de lo insostenible. Kafka se halla oprimido por lo absoluto encarnado (=Hegel). Esa atmósfera será la que se reproducirá en novelas como El proceso y El castillo y no hará otra cosa que simbolizar esa experiencia de lo insostenible en el plano político, o de la tuberculosis en el plano individual, como resultado psicosomático de la opresión social. En otro escritor esta conclusión sería absurda y violenta, en Kafka (o en Artaud) es verosímil. Antes de hacerse literatura, el "josekismo" o el "artaudismo"  han sido la experiencia misma del poeta.

 Los latinoamericanos, y en particular los puertorriqueños, no somos una "minoría", sino una nación exilada, o una nación en exilio que Estados Unidos ha creado equivocadamente y como problematicidad cultural. El concepto de "literatura menor", negativo o no, es obstaculizante para nosotros, es un concepto peligroso, porque puede convertirse fácilmente en un concepto de la cultura dominante que el escritor ha internalizado (educación-familia-clase) a través de la situación precaria de su grupo étnico, o que el escritor asume para poder escapar a esa insuficiencia, o a esa condición de pauperismo cultural que significa la "minoría" judía frente a la hegemonía alemana. Lo que Kafka realiza para sí como excepción (lo que Rimbaud realiza para sí como abandono, lo que Van Gogh realiza como suicidio) en su intento de escapar a su soledad, no puede ser convertido en ley-cultural-de-los-universales. Porque, como los mismos Deleuze y Guattari hubieran afirmado, esa ley resulta o resultaría pornográfica.

              "La ley está escrita en un libro pornográ-
               fico." 1

Ya que nos hallamos en la ambigüedad de lo cultural y lo político, deberíamos plantearnos de una vez cómo ha estado repercutiendo este concepto de lo "minoritario" que, obviamente, Kafka no podía preveer de otra manera. Vayamos, entonces, a Malcolm X. Este dice:

               "Al pensar que somos una minoría, luchamos            
               como una minoría. Luchamos como perdedo-
                  res." 2

Este es el aspecto nefasto de un concepto que los latinoamericanos tenemos que evitar, independientemente de que éste venga prestigiado por Kafka, Deleuze y Guattari, porque el capitalismo y su "intelectuales"-orgánicos (piénsese en Gramsci) ha contaminado toda la historia de la literatura de ambigüedad. Más adelante Malcolm X añadirá:

                         "Porque mientras pienses que estás solo
                         vas a actuar como si fueras una minoría...". 3

Kafka estaba sólo y no había forma de establecer una solidarización, como en el caso de Artaud, que no fuera a través del lenguaje. Aun así, su estado de minoría-"acorralada" poseía aquella consciencia de ser que lo arrojaba angustiosamente a su necesidad y a su urgencia de identidad nacional. El lenguaje se convierte, entonces, en el instrumento político de ser de Kafka. Pero éste, como Artaud, no pudo salir políticamente de su soledad a pesar de su "sionismo". La "desterritorización", como la nombrarían Deleuze y Guattari, será la salida que encontrará la literatura kafkeana a través de la hegemonía lingüística del alemán.

 Por otro lado, todo lenguaje literario se ve afectado por esa "desterritorización" de la cual hablan Deleuze y Guattari. Es mejor (esta es nuestra propuesta) hablar entonces de una "desnacionalización", no sólo por ser más abarcador como concepto, sino porque este exilio (este abandono que se experimenta de la nacionalidad) nos devolverá a la "desnacionalización" como extranjero de una lengua que se desea como politización del ser. Por otro lado, esta lengua se develará subjetivamente como intento del despojo del ser (=judío--latinoamericano--) que Alemania (Estados Unidos y las oligarquías-demokráticas) oficializaba para sí como contra todos los grupos étnicos al margen de su propia "superioridad". No sólo, entonces, por el despojo de una "lengua mayor", sino por la presencia de un Estado imperial, racista y chauvinista que usará su prestigio cultural con propósitos económicos y políticos. El problema de la vida y la muerte se planteará más hondamente aquí: desde este intento político de desintegrar el ser del otro (Alemania contra los judíos; éstos contra los palestinos; Estados Unidos contra los latinoamericanos, etc.). Todo lenguaje literario, en este sentido amplio, es "minoritario", pero no como experiencia de la "derrota", aunque éste no sea el caso de Kafka, sino como exhibicionismo de una salud que lo desborda (=Nietzsche) y de lo insondable para sus enemigos. Esto es así, porque en toda cultura oficial los sediciosos y los revoltosos están prohibidos. El lenguaje de los sediciosos, el lenguaje mismo, en su hacerse raro, en su particularidad, en su belleza, es el enemigo que hay que derrotar. Están "prohibidos" estos poetas, porque este "determinismo" escritural de la originalidad formal y lingüística apunta directamente hacia lo óntico y ésta ontología no posee otra posibilidad que la de politizarse. Por eso, cuando los filósofos la convierten en "jerga", la profesionalizan hasta la erudición como fuga, o la separan políticamente de la realidad para realizar la "razón pura" que los caracteriza, lo que han hecho, gústenos o no, es tomar partido por las oligarquías-"demokratizantes". Sin una política radical del ser de su lengua y de la lengua de su ser, un ente (un sujeto, un "hombre libre", un humanista, etc.) es una parodia. La escritura está relacionada simultánea y violentamente con este ser del poeta y con este ser de la lengua madre (=de la nación "desnacionalizada" por--en--los intereses políticos y económicos de la burguesía).

 Tenemos que escribir, bajando paralelamente junto al proyecto de Kafka, como escritores "minoritarios", "minorizando" el español ante el "castellano" oficial de Latinoamérica o  España, y asumiendo su "minoría" como desafío y como conflicto político con la lengua "universal" que nos margina y que intenta imponérsenos violentamente. En el caso nuestro no deberíamos asumir, entonces, la "minoría" en el prestigio de la cultura dominante por más ventajas económicas que ésta nos provea. Sin ésta actitud la rareza del español que "somos" no podría acontecer. Enrarecer al español nos llevará políticamente al carácter colectivo de la enunciación sin tener que convertir a la colectividad en una ideología.

               "una literatura menor o revolucionaria
               comienza enunciando". 4

Deleuze y Guattari establecen conceptualmente la sinonimia entre "literatura menor" y "literatura revolucionaria". Esta literatura enuncia.  Moviéndonos un poco hacia lo popular podríamos tomar un "verso" de la balada de Víctor Manuel, en la voz de Lucecita Benítez, para entender desde ahí lo que esta "minoridad"-política significa. La canción dice: "...y si no hablas no serás...". El habla, como expresión instantánea del ser, tiene que realizarse política, poética y culturalmente contra todo lo que se oponga a ella. El habla es, entonces, la "literatura"-fantástica del pueblo (en esa desterritorialización donde se halla a sí misma). Ese espacio político en donde el pueblo se realiza fantásticamente hablando (o donde el pueblo se realiza hablando fantásticamente de su propia historia). Este hablar lo torna mito de sí.

Lo que hay que entender, en relación a la ideología, es que ésta es y que ésta encarna toda la mistificación que el Estado intenta filtrar como verdad, como realidad y como saber. Pensar contra ella, ser contra ella, no implica, como popularmente  se cree, que se tenga que "inherentar" o constituir una nueva ideología. La contestación kafkeana, aunque estemos "muy" cerca de ella, se nos ha hecho inválida para expresar el ser que somos: la puertorriqueñidad como conflicto, límite y entidad de la latinoamericanidad. Porque es en este "no poder" y en este "no querer" dejar de escribir en el español marginado que somos, en esa forma de su ser marginado, que éste se manifiesta individual y colectivamente con toda la posibilidad política que es. Esta imposibilidad de escribir en inglés, este-no-querer-escribir-en-inglés, será parte esencial de su ser político y de nuestro ser político (en la particularidad de una nación irreductible). Esta imposibilidad de no poder escribir de otra manera forjará la presencia de ese estilo donde el ser asome, políticamente, como lo que es. Este asomo, véase el constraste, a veces es tan extraño que el poeta mismo se confunde: Kafka sugiriéndole a Max Brod la quema de sus textos más importantes. Kafka ha enrarecido de tal manera sus propios textos que ha llegado a desconocer su propio valor. La "desterritorialización" se ha convertido en desconocimiento de sí. Lo raro de su propia extrañeza se ha develado como su anhelo destructor por aquéllo ante lo cual ha sacrificado su propia vida (su horror de lo metamorfósico--su josekismo--la kafkeanización del alemán) y todo se ha hecho demasiado peligroso, demasiado osado. Kafka no se reconoce como valor. Drácula, como dirían Deleuze y Guattari, pero Drácula primeramente de sí mismo. Kafka como su verdadero opresor.

                              "Hay algo de Drácula en Kafka...". 5  

El lenguaje se devela a esta consciencia trágica, a este cuerpo enfermo (Nietzsche, Van Gogh, Artaud, Lezama Lima, etc.) como su política más fundamental. Es a través de este lenguaje que es (este lenguaje que soy) en donde se denunciarán las atrocidades políticas del otro (del invasor, del traidor, del oportunista, etc.). El otro lo oirá tan extrañamente en esa política de lo insólito que se unirá a la oficialidad para reanudar o celebrar la censura. Kafka se ha oído tan extrañamente como nadie. No hablemos, entonces, de literatura menor, sino de literaturas en rompimiento, en afirmación, o de literatura de la rebelión. Ser la rebelión del ser que se es, es estar en la literatura de lo ineludible. El lenguaje como la jerga del ser dará paso a la lengua de la libertá formal y de contenido (político, filosófico, estético). Ese lenguaje intocable, ese-lenguaje-paria, ese lenguaje del Hades que sólo el poeta puede actualizar, exhibirá la multiplicidad de sus rostros-desconocidos ¿En dónde podríamos hallar esta tradición de la extrañeza de Kafka ante su propio trabajo? En Virgilio mismo. Virgilio suplicando que no se publicara su poema inmortal. Tomemos, entonces, aquella pregunta antiquísima: ¿por qué esta literatura y no más bien la nada?

Porque la "nada" implica siempre el encuentro político con el ser, con lo rarísimo. Kafka se halla con su propia experiencia "mística": su ser Drácula. No sólamente es Felice una víctima de Kafka, como presuponen Deleuze y Guattari, sino también Kafka como bebedor de la sangre de su propia tuberculosis.

               "Hay un vampirismo de las cartas, un
               vampirismo propiamente epistolar". 6

No sólo de sus cartas, sino de todo su cuerpo (=poético). Un vampirismo de toda su nada, de toda su minoría, de toda su "literatura menor". Es Edipo bebiendo la sangre del padre como autoculpa. Hay un deseo más remoto que el señalado por Deleuze y Guattari: el deseo de morir. La muerte es la culpa real del inconsciente. El poeta, como el samurai, busca la muerte. Por tal razón, el código moral de los samurai reza de la siguiente manera: "El samurai siempre escoge la muerte." Esta "nada" implica la creación del valor y la historia que se es y se quiere ser precisamente contra ella. Se paga dráculamente la sangre de la liberación. (Si Cristo no hubiera escogido la muerte "samuraimente", la redención cristiana sería inútil.) Artaud no vio ésto, porque la soledad de Artaud, a pesar de los "amigos", era absoluta. La soledad de Artaud, como la cultura alemana en Kafka, era la presencia de lo absoluto aplastante. Breton, a pesar suyo, tampoco vio este absoluto, o lo vio negativamente. En su CARTA A LA VIDENTE comenta:[6] 

                              "El acto surrealista más puro consiste
                              en bajar a la calle, revólver en mano, y
                              disparar al azar...contra la multitud." 7

Una página más adelante añadirá:

               "Y mi única finalidad al decir lo anterior
               ha sido la de incorporar la desesperación 
               humana". 8       
       

El acto supremo del surrealismo ("...salir a la calle y disparar indiscriminadamente contra la gente...") era en el fondo una desesperación y el poeta de las videncias políticas no puede perder la esperanza. El escoger la muerte, al objetivarse, Breton se había anarquizado. El poeta siempre debe estar marcado por el-signo-nefasto-de-su-propia-esperanza. A éste ni el terrorismo ni el suicidio (Maiakovski, Pavesse, etc.)  le son permitidos, porque él (en sí mismo) es el emblema de la esperanza misma. El es la posibilidad de "nacionalizar" el lenguaje en el sentido político en que lo entendía Kafka y en el sentido político en que lo recogen Deleuze y Guattari. Lo físico y lo espiritual se atraen como lo ineludible en la realización de una literatura inevitable.

El mismo problema kafkeano (1916) adquiere ahora (1996) otras dimensiones insospechadas. El lenguaje deseado se enlaza y se convierte, entonces, en una experiencia totalizante con lo real. Exilado el poeta de la oratoria misma, no tiene otra alternativa que vertirse sobre sí mismo. Este derramarse sobre sí, este "vampirismo", es el movimiento del recuerdo como movimiento político de lo fundamental. Dicho movimiento es la violencia contra el olvido mismo en relación a lo que se es y a lo que se ha sido. El lenguaje en el rescate del recuerdo, siendo y haciéndose el recuerdo mismo, bebe de su propia extañeza. El lenguaje se acuerda de sí (desde la individualidad inalienable del poeta). El recuerdo, desde la renacionalización, se opone a la "enfermedad del ser" que había en Artaud; al olvido del ser (a la imposibilidad de escribir en la lengua del invasor--el inglés--), porque es el hombre, como invento, el que está por encima de esta "enfermedad" y de este "olvido". Quizás por ésto, el recuerdo de ser borre el deseo de negación de algunos escritores.

Las campanas del campanario (de la infancia) ya no se oyen aunque suenen. El recuerdo no posee sonidos. Todo se ve en la oscuridad luminosa de la memoria. Aquel niño agarrado al portón de la casa ideal (de la casa de la madre viva) yace allí, callado, ansioso, luminoso, con la misma angustia de siempre. El terror a la oscuridad se vierte sobre él y la madre (ahora deformada en el retrato) lo sabe. Pero aún en aquel momento ya no había o quedaba tiempo. El niño ya no es el niño (el tiempo acontecía frenéticamente contra sí mismo) y la madre viva era ya la madre muerta. El no-ser que los unía apuntaba y señalaba ya a la presencia de los universales vacíos de amor y repletos de conceptos. Lo que siempre había sucedido (el hijo que se enfrenta a la muerte de la madre) acontecería ahora para que fuera extraordinario, único y original. La historia había ensayado el horror del "eterno retorno" para que éste un día (junio de 1955) ocurriera como si nunca hubiera sucedido. Ninguna madre había muerto jamás. Era la primera vez que las madres morían. La madre la mujer que "sólo se ha visto una vez".

                   "Ejemplo de un amor verdaderamente
                    kafkeano: un hombre se enamora de una
                    mujer que sólo ha visto una vez".9

El deseo universalizaba "su" propia imagen como si ésta fuera la nada misma. Esto permite que el recuerdo "desdesee" todos los demás deseos en la violencia del lenguaje (=político) del instante. Es por ésto que el deseo puede asumir todas las agresiones de lo sublime en un lenguaje que no se sospecha ni se sospechaba. Lo nuevo entraba por la muerte de la madre. (La madre aunque instintiva no podía sospechar lo que el hijo sería.) El recuerdo, desde el horror mismo que regresa, desde la congoja que ya no sufre, suspende el sentido del poder, la madre misma, para inaugurar el sentido político que se es como revuelta. Esta transgresión que el niño es y desconoce, esta violencia de lo absoluto que lo aplasta a los diez años, será interpretada por el poeta a la luz de su propia vivencia radical: el desempleo, el exilio, la "demokracia", el desamor, la soledad, la censura, etc. Ahora el lenguaje puede recorrer la experiencia "metafísica" que se le había hecho inaccesible. El sonido reconocible del habla buscará en la renacionalización su forma más osada: la osadía de decir bellamente lo que se le había prohibido históricamente. La muerte será, entonces, en el lenguaje de la rebelión, la reconciliación con la madre muerta.

La otra voz del que habla despolitizadamente, el otro sonido chato ("...el voto da poder..."), ha perdido su sentido colectivo. En esta crisis de lo real de la sociedad burguesa el sentido propio de las cosas se ha extraviado en el nihilismo y la denigración de lo metafórico que anda a la deriva. Si lo real se ha vaciado de sí, en un movimiento inverso contra la memoria, el sentido figurado, entonces, sólo puede funcionar en la sociedad burguesa melodramáticamente y cursi (como la belleza de la literatura del status quo que algunos escritores celebran como "éxito"). El espectáculo es la estética de lo burgués. Pero si el sentido figurado prevalece, contrario a la alergia kafkeana de él, esto quiere decir que se trabaja sobre otra significación (Lezama Lima, Perse, Vallejo, Huidobro, Darío, etc.) que no tiene que ver con las "minorías" de un conglomerado específico, sino con una actitud que le es inherente a la poesía misma: su ser metáfora como esencia de sí. El cortocircuito de la metáfora es sintomático de una poética de la radicalidad que el lenguaje de la libertá (a veces opuesta al ser mismo) anuncia como lo que verosímilmente es. Aquí verosímil quiere decir lo que es posible de ser alcanzado por esa libertá (prohibida, censurada, marginada, etc.) que nos determina con su verdad. El ser enmarca la libertá (humanamente) para que ésta confirme la diferencia (política y lingüística) que se es. El hombre en general, y el poeta en particular, se mueve en la emboscada de su propia libertá como si se hubiera extraviado de todos los demás caminos.

La otredad, no la que celebra el mito político de votar, centrada lingüísticamente en sí misma, violenta políticamente todas las estructuras del límite, porque éste, el sentido propio de la realidad y el sentido figurativo que descansa sobre lo "real", ha comenzado a resultar estrecho. El límite, la democracia misma, resulta estrecho para el proyecto político y poético de la otredad que somos. Quizás por ésto mismo, todas las categorías estéticas que habían funcionado hasta aquí como "valor" y como "universalidad" comienzan a derrumbarse. Es por esta razón que podemos decir lo siguiente: ¡el lenguaje no representa! ¡El lenguaje es el ser mismo de lo político!   Este lenguaje de lo urgente no tiene otra alternativa que romper esa "representación"-de-lo-real, esa mímesis de lo burgués donde vive encarcelado. El lenguaje de la libertá ya no puede copiar, porque su propia política de ser se lo prohibe; o porque ya no hay nada que copiar. Desacreditado lo real del poder, rotos los "universales" del poder en el principio de la realidad freudiana, corrupto el sistema político de la democracia en su propio sufragio universal, el poeta sabe que la mímesis no es posible. Ante esta experiencia de lo que se torna desierto, el poeta opta, ahora políticamente, ahora como desafío, por copiar, por "mimetizar" su propia subjetividad. Lo subjetivo se asume líricamente como desafío de una objetividad amoral: el todo está permitido. Por esta razón, su "límite" es ese límite que se expande. La lengua madre se apropia de su propia dimensión. El "ser-ahí" (Heidegger) y el "ahora" de ser (Hegel) se expanden a unas dimensiones insospechadas.

Finalmente, para regresar a Deleuze y a Guattari, deberíamos decir entonces, que la "lengua vehicular" (el alemán--el inglés--) ha perdido el sentido absoluto de su prestigio y de su "verdad". Su hegemonía se ha develado como el principio de su decadencia. La obsesión por convertirla en "lengua oficial" dentro de su propia territorialidad es sintomática. Una cosa es la consigna del "español solamente" en una nación como Puerto Rico, asediada culturalmente por todas partes, y otra cosa muy distinta es el "English only" en pleno corazón de la hegemonía norteamericana. Una es la fuerza de una debilidad que se reconoce a sí misma como poder; la otra, la debilidad de una fuerza que se sabe ya separada de su propia hegemonía. En Puerto Rico podría ser el triunfo de un pensamiento político que se desea en la lengua que es, mientras en Estados Unidos sería el fracaso de un pensamiento imperial, invadido ahora por aquéllos que invadiera, que no puede reconciliarse con la lengua que la sostiene. En ambos casos este "quererse" y este "reconciliarse" serán determinados por la voluntad de ser. En ambas realidades la "literatura menor" se hará conflictiva no sólo en el sentido kafkeano, sino también en el sentido de lo que yace abierto como posibilidad, como relectura. El invasor-invadido y el invadido-invasor están relacionados por esa experiencia radical con la lengua con su propia literatura. La historia de la literatura como el ente que se desconoce a sí mismo. He aquí que los extranjeros (=los ilegales) invaden en español el sentido histórico de la lengua extraña. En el caso de Puerto Rico son los colaboracionistas los que obstaculizan y sabotean el "español puertorriqueño"; en Estados Unidos, es la mala consciencia de los liberales la que obstaculiza un proceso que debería ser natural (en el derechismo de los republicanos). En ambos casos lo político se enajena de la experiencia de la lengua que le es propia y natural. Los "republicanos" en Puerto Rico, fatalmente acomplejados, buscan imponer una lengua extranjera que funcione como "propia" en el fingimiento de una política del suicidio de ser, mientras en Estados Unidos éstos "mismos" republicanos buscan imponer el inglés no como la experiencia de lo óntico irreductible, sino como odio y racismo ante el problema de la diferencia y de la otredad de los nuevos "invasores" hispanoamericanos.

Quizás por ésto, el término "menor", a pesar de ese esfuerzo enorme de Deleuze y Guattari de reubicarlo, sigue oliendo mal y resulta "diabólico". Estos dirán:

               "se puede ser inocente y seguir siendo
               diabólico; es el tema de “La condena” y es el
               sentimiento constante de Kafka en sus rela-
               ciones con las mujeres amadas." 10

Sabe demasiado a ese sentimiento de inferioridad frente al poder ajeno, o sabe demasiado a propina cultural o, lo que aquí sería lo mismo, sabe a limosna independientemente de que se siga siendo inocente. Drácula es inocente, pero se siente culpable ante su padre y ante la hegemonía de Alemania. Drácula, cuando se contempla ante su propia imagen, se horroriza de su ser-cucaracha.

Nosotros que venimos de ese "desvío", de ese no-ser, no podemos aceptar el horror ante la propia imagen como categoría del pensamiento rebelde. Nuestra literatura pretenderá ser su "mayoría"-política, porque se ha negado a ser devorada por sí misma, o por aquéllos que han asumido, ahora como mala fe,  el camino kafkeano. La situación literaria, a diferencia de la situación histórica, no ha variado, porque ésta, su no variación, es la esencia de su ser la poesía misma. Podemos reconocer la "bondad" del Nauta, pero seguimos siendo los galeotes (frente a la computadora, frente a las editoriales, frente a los concursos literarios, etc.).

Aunque intentáramos decir lo "mismo", sería imposible. Nuestra literatura no debe ser la "literatura menor" de Kafka; nuestra draculidad no puede ser el Drácula kafkeano.

                "Drácula no puede sentirse culpable;
                Kafka no puede sentirse culpable".11      

Estamos de acuerdo con Deleuze y Guattari, pero no se trata de ser culpable o inocente, sino de asumir una libertá que sea al mismo tiempo una ética. Una libertá absoluta hacia la misma escritura que somos, como absoluto, sabiendo que este absoluto podría aplastarnos. Si el padre ha muerto, no hay por qué correr inconscientemente al parricidio. La realidad está escindida. La historia de la literatura está escindida. La palabra está desgarrada por sí misma para parir su propio Minotauro. Esta, por un lado, es la relación y la experiencia de Artaud con los surrealistas. Este era el imposible: no"surrealidaba"  igual; por otro lado Kafka, escribiendo en alemán, no "alemaneaba" igual. Era distinto. "Su" alemán, aquel rostro del espejo, aquella metamorfosis de la escritura, lo horrorizaba. No pudo destruir su cucaracha (El proceso, El castillo, etc.) y le pidió a Max Brod que realizara el crimen. Brod tampoco pudo. Si verdaderamente somos la expresión lingüística de este imposible, el ser el "otro" (=el ilegal), no hay alternativa entonces. Este no haber alternativa paradójicamente nos redime del coro, o como lo hubiera dicho Kafka, nos aleja de los "artesanos" del lenguaje. Crear, entonces, es entrar no sólo a lo político de la lengua, sino también al conflicto de la lengua con su tradición y con su propia actualidad. Es desembocar tan profundamente a nuestro ser que nuestro lenguaje en la "literatura menor", o en la "literatura mayor", nos resulte violentamente extraño. Hemos ido tan lejos que ya no reconocemos el texto. Deleuze y Guattari lo sospechan:

                    "El peligro del pacto diabólico...
                    es la trampa". 12

La "literatura menor" no sólo es revolucionaria, sino que también es la trampa, el desconocimiento, de la misma revolución que se ha asumido como rareza. En la "literatura menor", Kafka se transfiguraba.

                                   *****


Puerto Rico




              NOTAS DE KAFkA Y LA  LITERATURA  MENOR


Ettinger, Elzbierta. Hannah Arendt y Martin Haidegger. TusQuets Editores, Barcelona, 1996.
G. Deleuze y F. Guattari: Kafka por una literatura menor.         Ediciones Era, S.A. México, 1983. Pág. 75.
Malcolm X: Habla Malcolm X. Editorial Pathfinder, Nueva           York,1993. Págs. 121-122.
Ibid; pág. 137.
G. Deleuze y F. Guattari. pág. 45.
Ibid., pág. 47.
Ibid., pág. 47.
A. Breton: Carta a la vidente.  Editorial Labor, S.A.,                       Barcelona, 1969. Pág. 164.
Ibid., pág. 165.
G. Deleuze y F. Guattari. pág. 49.
Ibid., pág. 51.
Ibid., pág. 51.
Ibid., pág. 51.
Anónimo: El libro de los muertos. Plaza & Janes, Barcelona,
1982





[1] Véase Francisco Matos Paoli o la angustia de Dios (2009).
[2] Esta relación explica el que Samsa pueda ser asesinado con una manzana. La manzana del Génesis ha alcanzado al Hijo de Dios. El escarabajo es Hijo. No del padre que lo odia, sino del padre que lo crista. (Véase Carta al padre.)
[3] Véase El libro de los muertos.
[4] “El Señor está presente.”
[5] Véase Hannah Arendt y Martin Heidegger.
[6] Recuérdese que Artaud también había escrito una “Carta a la vidente” y que nosotros, para cerrar el siglo, hemos escrito una nueva “Carta a la vidente” en el libro Los ciudadanos de la Morgue (1997).

yvan silen