En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



lunes, 30 de septiembre de 2013

LA “ANTOLOGÍA PERSONAL” DE RUBÉN DARÍO

Portada




LA “ANTOLOGÍA PERSONAL” DE RUBÉN DARÍO




Por Pedro Gandía*



La “Antología personal” de Rubén Darío es una novedad. Acaba de aparecer en México, y para toda América Latina, bajo el sello de Joaquín Mortiz, del Grupo Planeta, uno de los más reconocidos por su prestigio en el mundo editorial. La edición ha estado a cargo del escritor nicaragüense Ricardo Llopesa. Es un libro exquisito, cuidado en todos sus detalles, hasta los más mínimos, con una portada bellamente ilustrada que nos introduce en el Rubén Darío del siglo XXI.

Siendo el mismo Rubén Darío, esta “Antología...” lo convierte en otro. No es la clásica antología sometida al capricho y gusto del antólogo. Lo más importante, lo notorio, lo que debemos destacar es la selección realizada por el mismo Rubén Darío, poco antes de su muerte y publicada en tres tomos en 1914, 15 y 16. Es la trilogía que Llopesa reproduce, precedida de una “Introducción” jugosa, en un solo volumen (318 págs), dividido en tres partes que corresponden a los títulos: “Muy antiguo y muy moderno”, “Muy siglo XVIII” e “Y una sed de ilusiones infinitas”, respectivamente.

Quede claro que Rubén Darío no pretendió confeccionar una antología cronológica de sus libros, a la manera que estamos acostumbrados, sino reunir aquellos poemas que mejor respondían a su dimensión de hombre de carne y hueso, con esencia humana y espiritual. La selección fue rigurosa y muy depurada, apenas 150 poemas, tomados de sus últimos cinco libros publicados en vida, dejando al margen, para sorpresa de todos, los poemas de su primer libro, “Azul”, que tanta celebridad le dio, además de todos aquellos que no fueron publicados en libro. De todo esto y más nos habla Llopesa.

Esta información demuestra el rigor y la depuración que llevó a cabo el gran poeta, consciente del grano bueno que supo separar de la paja. Cuando leí en mi adolescencia la obra completa aquello me parecía un desierto aburrido hasta llegar a los versos iluminados de “Azul”, que despertaron mi admiración. En ese sentido, esta “Antología personal” es esencial y de lectura imprescindible para conocer lo mejor y más universal de Rubén Darío.

Si el argentino Jorge Luis Borges dijo que el poeta, a lo largo de su vida, escribía para dejar cinco o seis poemas para la posteridad, en el caso de Rubén Darío contamos con más de un centenar de poemas con la categoría de excelentes. La selección está tomada de “Prosas profanas” (1896), “Cantos de vida y esperanza” (1905), “El canto errante” (1907), “Poema del otoño” (1910) y “Canto a la Argentina” (1914).

Después de la lectura de esta magnífica “Antología personal”, la obra poética antes citada pierde el hermetismo y gana en trascendencia. Es cuando el lector percibe el mensaje humano y la armonía interior del mejor Rubén Darío, el más hondo y espiritual.



*             Poeta, traductor y escritor español.

viernes, 13 de septiembre de 2013

LECCIONES DE LITERATURA ESPAÑOLA

Carátula de libro




LECCIONES DE LITERATURA ESPAÑOLA



Por Ricardo Llopesa




Hay libros que dejan huella. El escritor nicaragüense José Argüello Lacayo, que tiene tanto de sabio como de erudito, acaba de rescatar del olvido una parte importante de la obra titulada “Lecciones de Literatura Española”, de Santiago Argüello, el escritor amigo de Rubén Dario. El libro tienes dos destinatarios impresindinbles, además del lector, los profesores y los estudiantes nicaragüenses de bachillerato. El libro es alegre y anecdótico en todo su recorrido y despierta histerés a medida avanza. Yo recuerdo aquellas clases amenas que impartía el académico y doctor Enrique Peña Hernández, en el Instituto Nacional de Masaya. Eran alegres y anecdóticas.

De joven pensaba que la literatura española no servía para nada. Pero estaba en un error, porque de su fuente procede el pasado que nos ha llevado a ser lo que fuimos con nuestro gran Rubén Darío y, además, lo que somos, la manera de ir fragmentándonos hasta llegar a nosotros. Esa es la manera humana de contar del modernista Santiago Argüello, excelente prosista. Confieso desconocer estas “Lecciones de literatura española”, modesto, como tienen que ser las grandes cosas, pero gran libro que abre una ventana por lo breve y el acierto de cada uno de los temas. Nunca mejor dicho que lo bueno, si breve, es dos veces más bueno.

Tras su lectura he quedado sacudido por la emoción que produce tanta sencillez y precisión. Eso es estilo. Es el estilo modernista que supo sacarle provecho a la síntesis del lenguaje. Recordemos que Santiago Argüello (1871-1940) fue uno de los íntimos de Darío. Fue su continuador en Nicaragua. Argüello escribe como quien juega una partida de billar. Destaca aquello que somos capaces de intuir, sin el pretexto de encontrar ninguna razón, sino el encuentro con nosotros mismos, los lectores; aquello que somos capaces de percibir y comprender, siguiendo el método de despertar el ánima de nuestra creación y la memoria.

La selección que ofrece José Argüello Lacayo, seguramente pariente suyo, despeja la perspectiva histórica de la literatura española desde los orígenes de nuestra lengua, pasando por la figura guerrera del Cid; Alfonso X el Sabio, hombre de ciencia; Gonzalo de Berceo, introductor de temas religiosos; Arcipreste de Hita y su lexico abundante, lleno de esplendor; la novela de Don Juan Manuel; la poesía renacentista del Marqués de Santillana; Juan de Mena, introductor del verso de doce sílabas; Manrique y las coplas a la muerte de su padre; la Celestina y la novela inmoral; Boscán como introductor del verso de once sílabas y el soneto de corte italiano; el gran Garcilaso, que dio flexibilidad al verso; Gutierre de Cetina, sensual y erótico; Herrera, el Divino, hiperbólico, y Lope de Rueda, la luz en la escena.

La curiosidad de Santiago Argüello es similar a la búsqueda de aquellos hombres de letras del modernismo, donde una luz, una pluma flotando en el viento es una venatna más de observación. Sus fuentes de conocimiento son varias, Julio Cejador, el Padre Mariana y Menéndez y Pelayo, entre otros. Pero Santiago Argüello tuvo una perspectiva de visión más liberal que sus maestros en el momento de redactar estas lecciones magistrales, que ―según su artífice José Argüello― fueron publicadas en Guatemala durante los años 1935 y 36, y utilizadas para impartir enseñanza de literatura española en el Instituto Nacional de Guatemala, durante los años de exilio. Lástima que no se publicara la versión escrita sobre el glorioso Siglo de Oro que dio a Lope y Quevedo.

Desgraciadamente, Santiago Argüello se resistió a morir el mismo año de Rubén Darío, año de la muerte del pensamiento liberal con la llegada a Granada de los jesuitas y punto de partida del pensamiento conservador, que lo ha sepultado, a pesar de que su obra se mantiene viva y firme.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

NICARAGUA, YA MÁS CERCA

Francisco Carrasquer




NICARAGUA, YA MÁS CERCA





Por Francisco Carrasquer
(Albalate de Cinca, 1915-Tárrega, 2012)
Premio de las Letras Aragonesas 2006





Estamos ante el libro de un poeta, y por su título está claro (Ricardo Llopesa: El ojo del sol. Ensayo sobre literatura nicaragüense. Editorial Instituto de Estudios Modernistas, Valencia, 2004). Es éste un libro que hace las veces de manual, pero sin dejar de estar adornado con los atributos literarios del ensayo. En todo caso, lo primero que me urge decir es que a su autor le hemos de estar muy agradecidos por habernos dado a conocer la literatura nicaragüense. El autor de este libro, que lleva casi cuarenta años en España, sabe muy bien que estamos los españoles bastante pobres en el conocimiento de literaturas hispanoamericanas y él, como nicaragüense que es, habrá pensado: déjenme informarles sobre las letras de mi país, para empezar. Y ha hecho muy bien. ¡Gracias!
La verdad es que Nicaragua no nos sonaba más que por Su Poeta, Rubén Darío, y nuestro autor, excelente rubendariólogo él mismo, ha querido extender su información sobre otros poetas que brillan en la vasta constelación lírica nicaragüense, porque vale la pena, ¡ya lo creo!
De todos modos, precisamente por dirigirse a los españoles, ha creído inevitable empezar su estudio por El Poeta Nicaragüense y le dedica a Rubén Darío las primeras veintitrés páginas. Éste capítulo lleva el extraño título de “Lo efímero, lo precioso y hueco en la poesía de Rubén Darío”, título que hay que tomar con su carga de ironía, naturalmente. Lo que me recuerda mi propia experiencia de lector de poesía, que al releer a Rubén Darío a los treinta años y pico me di cuenta que en mi primera lectura, ¡en el frente de guerra!, a mis veintiún años, no lo había entendido en absoluto. Y me sentí obligado a escribir mi “Palinodia por Rubén Darío” en desagravio.

Retengamos el ejemplo que pone Ricardo Llopesa para desengañar a aquel joven en el frente de guerra que entendía el cortejo por “efímero”, lo elegante por “preciosista”, y lo multívoco por “hueco”. El ejemplo propuesto por Llopesa no podía ser otro que “Sonatina”, claro. Poema que, un poco como penitencia de mi largo error sobre la poesía de Rubén, he remedado de algún modo en mi poema “Sonetina”, que aparecerá en mi poemario, Pondera, que algo queda (Editorial Alcaraván, Zaragoza, 2005), contra el perverso dicho español: “Calumnia que algo queda”.
Volvamos a la “Sonatina”. “Siete de las ocho estrofas del poema comenta Ricardo Llopesa están cargadas por esa presión de angustia que vive la princesa. Al mismo tiempo, la esperanza. Angustia y esperanza son los ejes del poema; pues, mientras la situación es angustiosa ('la princesa está triste', 'No ríe', 'está pálida') hay en la ilusión de la princesa un sueño de oro por encontrar un día a su príncipe azul, que ha de liberarla de su prisión de mármol” (pág. 29).
Pero en la 'Sonatina' continúa Llopesa el móvil es uno: ejercer una crítica al naciente capitalismo que ejecuta la libertad de anular la libertad, mediante la elaboración de una sociedad edificada sobre los pilares del individualismo y el egoísmo materiales”. Algo, pues, que no tiene nada de “efímero”, de “precioso” y “hueco”, ni mucho menos. La puntilla a esta cuestión nos la da Llopesa en estas dos líneas:
La princesa “está presa en sus oros, está presa en sus tules. Es una prisión de lujo, pero prisión, al fin y al cabo”.


¡EXTRAÑO CAMBIO TAN BRUSCO!


Después de Rubén Darío (1867-1916), en vez de seguir las huellas de poeta tan universal, la poesía nicaragüense se repliega sobre sí misma como queriendo volver a sus orígenes, al parecer cansada de las escapadas y “pasos adelante” del genio de León. Y a esta suerte de repliegue, tal vez también crisis de identidad, responde la obra de un gran poeta, muy poco conocido en España, Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), de familia procedente de Granada, ciudad patricia nicaragüense y centro católico de la nación, donde Pablo Antonio Cuadra cursó estudios en el Colegio Centroamérica, regentado por jesuitas. Luego, siendo todavía estudiante, fundó en la misma ciudad el Movimiento de Vanguardia (1931), publicó su primer libro, Poemas nicaragüenses (1934); fundó la revista de literatura Cuaderno de Taller San Lucas (1934) que alcanzó prestigio internacional. Al igual que la revista  El pez y la seroiente (1961) y La Prensa Literaria (1964), que viven hasta hoy. Fue director del diario La Prensa; decano de la Facultad de Humanidades; Premio Gabriela Mistral de la OEA; Hijo Dilecto de Managua; Doctor Honoris Causa por varias Universidades, y candidato al Premio Nobel de Literatura en 1992.
Pablo Antonio Cuadra padeció dos encarcelamientos por orden de los dictadores Somoza padre y Somoza hijo, y la persecución y el exilio durante la revolución sandinista por defender las libertades con firmeza frente a la dictadura militar en que embarrancó al fin aquella revolución que en principio había querido ser la redentora de los pobres.
Trece son los libros de poesía publicados por Pablo Antonio Cuadra. El primero, Canciones de pájaro y señora, escrito entre los 17 y 19 años, edlitado fragmentariamente en 1964 por el Instituto de Cultura Hispánica, hasta su publicación completa y definitiva en el volumen I de Obras poéticas completas (San José, Libro Libre, 1983). Los poemas son breves, con abundantes romances y predominio del verso corto, diálogos del género narrativo y constante búsqueda de musicalidad, el lenguaje coloquial y la aliteración.
Así podríamos seguir poniendo ejemplos de los doce poemarios restantes, sugeridos y glosados por Llopesa. Como también podríamos seguirle en sus comentarios sobre los poetas que merecen mención postrubendariana, que son: El virtuoso del “prosema” (lo que también llamamos en España “proema”) Ernesto Mejía Sánchez. El gran simbolista Carlos Martínez Rivas. El célebre precursor del “Sacerdote Obrero” o “Teólogo de la Liberación” y poeta “exteriorista”, como él gusta llamarse, Ernesto Cardenal. Y, por último, otro “prosemista” bien dotado, Francisco Valle.
Pero el libro que sacamos aquí a relucir no acaba así. Ricardo Llopesa (profesor y Académico de la Lengua) nos reserva su trabajo “Los Raros desde la óptica de Jorge Eduardo Arellano” de veinte y nueve páginas. Y como florón nos regala Llopesa un bello resumen de “Literatura nicaragüense” desde su origen hasta el siglo XX.
Así, gracias al buen saber y del maestro Ricardo Llopesa, el lector de El ojo del sol, se habrá dado un paseo tan grato como aleccionador por la mejor Nicaragua, a la que nos ha acercado nuestro autor por el lado más bello: por sus letras y, en especial, por su poesía única.


Tárrega, octubre de 2004.

martes, 10 de septiembre de 2013

MIS TRES MAESTROS

HUGO DAVID BARBAGELATA





MIS TRES MAESTROS


3. HUGO DAVID BARBAGELATA
(Montevideo, 1887-París, 1971)


Por Ricardo Llopesa


            Era alto, flaco, elegante, vestía impecable traje azul y corbata bajo su pelo blanco y cortado al gusto de la moda, lo que le daba el aspecto de noble. En realidad era hombre de letras. Lo conocí en casa de mi nuevo amigo, Luis Felipe Ibarra (1890-1977). Corría el año 1966, en París, lo que quiere decir que ellos rondaban con buena salud y extraordinario dinamismo los 75 años Fue una reunión que Ibarra había organizado en su casa, que a la vez era el Consulado General de Nicaragua en París. Entre otros invitados, estaban los escritores franceses Marcel Batallon y el académico Jean Cossu, el poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y el historiador Barbagelata, que era un jubilado de la Sorbona, donde había sido profesor y uno de los mejores especialistas sobre su paisano Artigas.
            Por entonces aun quedaban dos personajes conocidos en los ambientes literarios latinoamericanos quienes revivían la memoria de Rubén Darío. Uno era Alberto Zérega Fombona, que se daba el lujo de vivir en una habitación del Hotel Lutecia, en el corazón del Barrio Latino, sobre el que dijo el colombiano Germán Arciniegas: “En mi tiempo, quien se mostraba señor en el Café del Lutecia era el venezolano Alberto Zérega Fombona. No sólo conocía a los criados, que le guardaban la botella de vino, sino que, se decía, era de los propietarios del hotel. Zérega llevaba años de vivir en París. Él mismo era una institución. Hablaba siempre con un fondo de misterio y nos dejaba creer que había conocido a Darío, Lugones, Herrera y Reissing en sus días de París” (Arciniegas: “París, Lutecia”, El Tiempo, Caracas, 10 de julio de 1997). El otro, era el cronista nicaragüense Eduardo Avilés Ramírez, heredero de las crónicas de Gómez Carrillo, que sentía el orgullo de haber posado su mano de niño sobre la frente del gran poeta, poco antes de morir. Y no digamos el cónsul Ibarra, hijo del maestro que en la infancia enseñó la poesía a Rubén Darío.
            Vivía Barbagelata en el número 20 de la calle Coronel Moll, detrás del Arco del Triunfo, en una casa enorme que le quedaba grandísima para él solo, con las paredes cubiertas de libros, por todas partes, hasta en los rincones menos esperados que llegaban hasta el techo. Todo vitrinas de vidrio y más estanterías de libros.
            La primera vez que fui a su casa quedé sorprendido. Su gran pasión era Artigas, José Gervasio Artigas, una de las grandes figuras de la independencia de América, centro de sus investigaciones. La tarde que le visité por primera vez, en 1967, me dedicó una pequeña publicación reciente, titulada: Universalité actuelle de la renommée d’Artigas, editada en París, por Les Edition “France-Amérique, 1966.
            Al ver mi curiosidad por otras publicaciones suyas, escribió de su puño y letra otra bibliografía importante entre tanto libro publicado: Frontières, contribución à l’étude du droit international American (París, 1911); había dirigido la revista Biblioteca Hispano-Americana (París, 1920); dado a luz Artigas y la revolución americana, con prólogo de José Enrique Rodó (París, 1914), y La novela y el cuento en Hispanoamérica (Montevideo, Talleres Gráficos de Enrique Minguez y Cia., 1947
            Pero aún podemos remontarnos más atrás de estas fechas. En el libro del escritor peruano Manuel Ugarte, Las nuevas tendencias literarias (Valencia, F. Semper, 1908), se anticipa a la publicación posterior del texto que sirvió de prólogo a las Páginas sudamericanas (Barcelona, Sopena, 1909), de Barbagelata, donde escribe: “Los artículos sesudos y meditados, que al ser reunidos en este tomo adquieren no sé qué complicidad estrecha, tienden a difundir casi siempre la convicción de un triunfo colectivo; y los temas históricos están tratados con cierta amplitud de miras que les hace salvar los límites del lugar en que fueron expuestos para transformarse en páginas dignas de interesar a todos (…). Por eso es por lo que me parece que el libro será leído con gusto en la América Latina, y por eso es por lo que saludo a mi amigo Hugo D. Barbagelata con una palabra cordial: Macte animo (manténgase firme)”.
            Pero el libro que dio origen al largo camino de Barbagelata, a través de la historia y su investigación, fue El centenario de la Reconquista, publicado en Montevideo (Imprenta Rural, 1906). Yo le conocí sesenta años después. Me habló de la carta-prólogo de Rubén Darío a su tercer libro, Bolívar y San Martín (París, Pierre Landais, 1911, 96 pp.), cuyo texto reproducimos tomado de Prólogos de Rubén Darío (edición de José Jirón Terán. Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2003):

París, 6 de junio, 1911
Señor don Hugo D. Barbagelata1

“Mi distinguido amigo:
            Con gusto he leído sus páginas sobre Bolívar y San Martín. Estudia usted con plausible entusiasmo y con simpatía, esas admirables “vidas paralelas” de los dos más grandes hacedores de patrias hispanoamericanas. Le felicito con toda voluntad. No son muchos los que hoy en nuestras repúblicas se dedican a las labores históricas, sobre todo a la presentación imparcial de las máximas figuras dela Independencia. Usted tiene el don del trabajo meditado y conciente y un afecto cordial y un interés moral que se extienden sobre todos nuestros países americanos. Usted piensa serio y escribe probo, con esa “honradez serena” que un escritor del renombre de nuestro amigo Manuel Ugarte le ha reconocido. Su reciente estudio Frontiéres, contribución al estudio de la historia del Derecho Internacional americano, que ha recibido la aprobación de sabios europeos como el Profesor Renault y Monsieur Anatole Leroy-Beaulieu, demuestra honrosamente hasta donde han llegado en plena juventud, su dedicación y su comprensivo talento.
            Prosiga usted, en sus tareas, para bien de la cultura de su patria y de nuestra cultura hispanoamericana. No puedo menos que repetirle el Macte animo que autorizada le ha dirigido; y quedar de usted atento servidor y afectísimo amigo.
Rubén Darío.

            Pero como hay respuesta a toda pregunta, aquí ofrecemos la carta de solicitud que envió Barbagelata a Darío (Jirón Terán, 2003: 196).

Paris, a 3 de junio de 1911
Señor Don Rubén Darío
París

Señor y amigo de todo mi aprecio:
            Adjunto a la presente, recibirá Ud. los originales de un trabajo sobre Bolívar y San Martín, trabajo que, con más tiempo y mayor acopio de datos publicaré quizá, algún día en una obra que trataré sea digna de ambos héroes.
            Las páginas que hoy ofrezco a Ud. y que mañana ¾si Ud. accede a mi pedido¾ ofreceré a los lectores con algunos párrafos suyos que hablen una vez más en pro de su bondad y de su talento indiscutibles, verán pronto la luz pública por dos motivos: 1º. porque así lo quiere un grupo de buenos amigos míos; 2º. porque deseo, a mi vez, tener el placer de presentar a Venezuela, para la época en que celebre con fiestas fraternales el Centenario de su Independencia, un pequeño homenaje de un compatriota hispanoamericano que desde niño miró con simpatía infinita, desde su Uruguay inolvidable, todo lo que tuviese atingencia directa con la unión de las tierras que Bolívar y San Martín recorrieron en sus corceles de vencedores.
            Con gracias anticipadas, queda de Ud. afmo. S.S.
Hugo D. Barbagelata.

            Me movió la curiosidad de conocer a Barbagelata por su amistad con Rubén Darío. Lo conoció en un café del Barrio Latino, donde Darío bebía en compañía de unos jóvenes poetas, en 1911. El gran poeta le ofreció un banquete, que nunca cumpliría, debido a su amistad con Rodó. Los recuerdos de Barbagelata son muchos y anecdóticos, pero me resulta imposible llegar a ellos porque mi formación literaria de entonces adolecía de conocimiento, principalmente de aquellos nombres de escritores relevantes. Me mostró cartas de Rodó, de Darío, que se habrán perdido. Lo que nunca olvidaré son sus consejos de estudiar dieciséis horas al día porque él se imponía esa norma de voluntad para alcanzar el dominio del saber. Él pensaría en su interior que yo iba para escritor, porque sus buenos consejos iban dirigidos a alguien que está formándose para ello. Pero yo sólo había llegado a Francia a aprender francés para leer a Víctor Hugo. Barbagelata me recomendó la Sorbona, donde él había sido profesor de Historia.
            Otra tarde, mientras hablábamos de historia, tema que yo dominaba mejor que el de Rubén Darío y la literatura, me prometió regalarme un libro de sobre Artigas, por el que mostré interés. Pero el libro tenía que pedírselo a un amigo, a quien se lo había dedicado. Fue tan amable en sus palabras, tan pulcro y elegante, que me preguntó si no me sabía mal recibir el libro dedicado a otra persona, pero él haría lo posible por conseguirlo y entregármelo en las mejores condiciones, incluso después de recortar la dedicatoria con una tijera para luego dedicármelo.
            La tarde convenida llegó. Barbagelata me abrió la puerta de su casa con el libro en la mano. Luego me hizo pasar al salón de su casa con mucha cortesía, indicando el camino con la mano derecha y caminé entre aquellas dos paredes del pasillo repletas de libros. Había libros por toda la casa. No había un solo espacio en blanco donde  pudieran verse las paredes. Las vitrinas encristalas parecían estar hechas a su justa medida por las manos expertas de un buen carpintero.
            Barbagelata solía sentarse en un sillón de respaldo recto y alto, posiblemente hecho a su medida, porque él era alto y flaco, con traje azul y corbata, donde parecía un emperador, enjuto y erguido.
            Me parecía que yo no era digno de aquel trato atento por parte de un señor tan célebre que se tomaba la molestia de levantarse de su sillón y venir al mío, para hacerme entrega de su libro. Me explicó que era la segunda edición de 1949, publicada por la Librería Armand Colin. Yo me sentí embargado de la emoción que producen los grandes escritores. En aquel momento sentí el deseo egoísta de convertirme en escritor sentado frente a la gloria de Barbagelata. Al despedirme, sus palabras eran siempre las mismas: “Lea usted dieciséis horas al día”.
            Barbagelata pertenecía a la primera generación de escritores latinoamericanos que llegaron a París entre 1900 y 1910, seducidos por el glamour, la gloria de sus escritores y todo lo que derivó de la Exposición Universal de 1900. El grupo de selectos estaba formado por Enrique Gómez Carrillo, Rubén Darío, Alejandro Sux, Amado Nervo, José María Vargas Vila, José Santos Chocano, Francisco contreras, Rufino Blanco Fombona, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, Manuel Ugarte, Joaquín Edwards y Hugo David Barbagelata. Además, llegaron pintores, dibujantes,  escultores y artistas que se sintieron seducidos por los encantos y la modernidad de la Ciudad Luz.
             La revista Mundial Magazine vio la luz en París, en mayo de 1911. Su origen data del dibujante Leo Morelo, quien, por sugerencia de Alejandro Sux, nombró director literario a Darío, siendo Morelo el director artístico y Sux, el secretario. La revista resultó ser una obra artística. Fue patrocinada por los hermanos Alfredo y Armando Guido, dos empresarios hermanos, de nacionalidad uruguaya, que vivían en París.
            A esta revista se uniría otra, dirigida al público femenino, de clase alta, Elengance, también dirigida por Darío y Morelo.
            En este punto encontramos la intervención de Barbagelata, en una carta de Armando Guido dirigida a Darío, proponiéndolo para el cargo de responsable de la sección  de crítica de libros de historia.

Paris, 27 Mars 1911
6, CITÉ PARADIS (Xme)

Monsieur Ruben DARIO
4, Rue Herschel
PARIS

Muy señor nuestro,
            Como suponemos que “MUNDIAL” contará con una sección permanente de historia americana y como ignoremos si Vd. quiere ocuparse de la misma, nos permitimos manifestarle que tenemos intérès en que Vd. encargue dicha sección à nuestro compatriota y particular amigo Don Hugo D. BARBAGELATA, cuyos trabajos históricos conocidos han tenido, como puede justificarlo, buena aceptación en España y en America.-
            El Señor BARBAGELATA que es un sincero admirador de su talento de Vd. se encargará pues, caso de que Vd. acepte nuestra propuesta, de la critica de los libros de historia que lleguen a la redacción de “MUNDIAL” y colaborará en dicho periodico sobre temas relacionados con su cargo al lado de los otros autores que al parecer del Señor DARIO, deberán colaborar a nuestra empresa.-
            Quedamos de Vd. afmos S. S.
            “MUNDIAL”
            L’un des administrateurs
            Armand Guido.

            Por alguna razón, Barbagelata emprendió un viaje a su país, Montevideo, con el encargo de Rubén Darío de hacer suscripciones de la revista y solicitar la colaboración literaria de escritores de la talla de José Enrique Rodó, Luis Zorrilla de San Martín, Julio Herrera y Reissing y Julio Larena Joanicó. El resultado de los sondeos lo envió Barbagelata desde Montevideo.

Montevideo, a 7 de Noviembre de 1911
Señor Don Ruben Darío,
Paris.

Estimado señor y amigo:
            Van hoy para Vd., con mis mejores saludos, las primeras noticias de mis gestiones a favor de “Mundial”. En lo que se refiere a las suscripciones, le diré que ellas aumentan aquí día tras día, porque el público acoge todos los ejemplares simpáticamente. Muchos lectores, sin embargo, aseguran que algunos de dichos ejemplares carecen de buen número de colaboraciones pertenecientes a firmas de fama indiscutible, tanto en España como en América. Mas, fuere de ello lo que fuere, lo cierto es que “Mundial” progresa y que progresará siempre.
             Para fin de año pienso partir, de nuevo, para Paris. Llevaré, entonces, en mi balija, las colaboraciones que Vd. y los hermanos Guido me pidieron antes de alejarme de esa.
             Sé que el señor Rodó le ha remitido directamente su ¿?? para el número de Noél.??? En cuanto a Luis Zorrilla de San Martin, le advierto que, por el momento, no enviará colaboración alguna. Las que yo le mando hoy por correo pertenecen al malogrado poeta uruguayo Don Julio Herrera y Reissig y al señor Julio Lerena Joanicó, á quien el señor Guido pidió en París algún trabajo para su revista. Las colaboraciones de Herrera y Reissig me fueron cedidas por su viuda la señora Julieta de la Fuente de Herrera y Reissig, que tiene su domicilio en la calle Daymán 192 (Montevideo) (1). Excuso manifestarle que las páginas de Herrera y Reissig son inéditas casi en su totalidad. Solo algunas poesías se han publicado ya, aunque sin la mano de pulimento que les dió, meses antes de morir, su exquisito autor.
            Con la atención de siempre, se repite de Vd. afmo SS. y colega
            Hugo D Barbagelata.

(1)  Doy los domicilios para los efectos del pago de las colaboraciones que se publiquen. El Doctor Don Julio Lerena y Joanicó vive también en Montevideo, en la calle Costituyente, Nº 192.

            En un tarjetón del Diario Independiente El Tiempo, de Montevideo, Barbagelata escribe nuevamente a Darío.

Montevideo, Dbre. 22 de 1911

Señor Don Rubén Darío

Estimado amigo:
Le adjunto la colaboración que me ha solicitado para “Mundial”. Como verá, es un trabajillo algo largo que, probablemente, será necesario publicar en dos veces.
            Habiéndome escrito el Sr. Leo Merelo, con fecha 11 de Agosto ppdo, pidiéndome también colaboración, así como un recibo por la suma en que juzgase tasado mi trabajo, le adjunto también a Vd. ese recibo, autorizándole por ésta a verificar su cobro en París.
            Sin otro motivo y rogándole disculpe la molestia que le causo, le saluda afte, deseándole un buen viaje y muchos triunfos,
H D Barbagelata.

            Víctor Pérez Petit (1871-1947) dirige una carta a Dubén Darío, de fecha 26 de febrero de 1912. Era Pérez Petit director del diario El Tiempo, de Montevideo, conocido novelista, dramaturgo y crítico que ocupa cargos públicos relevantes, presidente de la Sociedad de Autores y miembro Correspondiente de la Academia española. Con Rodó había fundado, en 1855, la Revista Nacional.
            Por la carta, un tarjetón con membrete de El Tiempo, sabemos que le envió un segundo volumen de su obra teatral. También sabemos que Barbagelata salió del Uryguay aproximadamente en el mes de enero. Pues, Pérez Petit reclama a Darío el artículo titulado “Manifiesto a la juventud literaria de América” que le entregó personalmente en mano al señor Barbagelata antes de salir del Uruguay.

            “Víctor Pérez Petit saluda afectuosamente a su viejo amigo Rubén Darío y le envía un ejemplar de su último libro (Teatro, 2t.) esperando que tendrá la fineza de decir algo sobre él en su hermosa revista “Mundial”. Y, a propósito, el amigo Barbagelata llevó para dicha revista un artículo rotulado “Manifiesto a la juventud literaria de América” del q[u]e suscribe: ¿ha sido de su agrado?
            Montevideo, Febrero 26 1912.

            En el siguiente tarjetón de Barbagelata a Darío, sin fecha, se interesa por el pago del artículo a Pérez Petit. Pero el motivo principal de la comunicación consiste en el recibo de la obra del poeta uruguayo Ángel Falcó.

Martes

Estimado señor mío:
            Estuve el otro día en su casa, no habiendo tenido la suerte de hallarlo en ella. Mi visita fue motivada por el arribo a mi mesa de trabajo de una nueva producción del poeta uruguayo Ángel Falcó. Además, deseaba yo saber y aún hoy lo deseo qué respuesta debo dar al señor Don Víctor Petit, que me ¿?? caballerescamente un recibo por valor de trescientos francos.
            A la espera de sus gratas órdenes, y sin más que comunicarle, se repite afmo. S. S. y amigo
            Hugo D. Barbagelata.

            Tarjetón que Barbagelata dirige a Rubén Darío, fechada en París, 20 de abril de 1912, a siete días de emprender (27, abril, 12) la célebre Gira de Mundial Magazine, que fue presentada en Barcelona, Madrid, Lisboa, Río de Janeiro, Sao Paulo, Montevideo y Buenos Aires, hasta su regreso a París, el 12 de octubre del mismo año.
            Esa es la razón por la que Barbagelata sugiere a Darío que no busque la obra del poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín, comprendiendo la proximidad de la gira.

HUGO D. BARBAGELATA saluda
            Con atención al Señor Don Rubén Darío y le agradece sinceramente sus líneas de ayer. Le advierte, además, que ya no iré a su casa en busca de la obra que le pedí del Sr- Zorrilla de San Martín, porque le consta que el director de “Mundial” paratirá de París el 25 del corriente, debiéndose hallar por lo tanto muy ocupado con sus preparativos de viaje.
            París, 20/4/12.

            La carta de fecha 3 de julio de 1912, sin fecha ni datos, pero escrita en Montevideo y entregada en el hotel donde se hospeda Rubén Darío, su autor es Francisco C. Aratta, amigo personal de Herera y Reising, de quien Amatta sabe mucho y desea comunicarle a Darío esos secretos, puesto que tiene que preparar un conferencia, la única que dará en el Uruguay.
            Rubén había llegado a la República del Uruguay el 28 de junio y se marchó a Buenos Aires el 7 de agosto. La conferencia sobre Herrera y Reissing la pronunció el sábado 27 de julio (24 días después de la carta), en el Teatro Urquiza, a las 7 de la tarde. Pero resultó un fracaso, debido al mal estado físico del poeta y su escasa voz, que apenas llegó al público.

Montevideo Julio 3 1912

Señor Rubén Darío:
            Glorioso poeta- Todos le hablarían aquí de Julio Herrera y Reissig, sobre quien Ud. piensa??? hablar, pero nadie ni la misma viuda, conoce tanto la vida intima de Julio como yo, que por??? quince años, fui su hermano de arte de ¿??, de bohemia compartiendo el pan y la alegría, confiándonos las intimidades más recónditas.
            Para su conferencia le puedo proporcionar (y lo hago gustoso) datos reservados, revelaciones que harán que la América glorifique más a aquel que era  ¿?? por el alma hermosa llena de sol  ¿??, por el Arte??? llevado a una exquisita?? sensación que pocas han llevado a su culminación heroica, como Julio. No puede quedar en lo oscuro una parte de la vida de Julio: no puede continuar, todavía en su muerte, la infamia de que quede sin un busto siquiera del poeta un Parque Público: allí en plena Naturaleza, donde Julio se embriagó de sol, de ??? de ¿??, como si bebiera á ¿??, un único ¿?? ¿??, sí hubiese Ud. conocido a esta alma inmensa de poeta.
            Volveré para preguntar en el hotel a qué hora Ud. me recibe: estoy??? a sus órdenes todos los días de 10 a 12 de la mañana y de 4 a 7 de la tarde: indíqueme una hora ¿?? de esta hora para conversar de Julio.
            Le mandé para Mundial un cuento por intermedio de Barbagelata: ¿lo recibió Ud.? Su amigo  S S
            Franciso C. Aratta.

            Esta es la última carta donde hemos podido encontrar nexos entre Rubén Darío y Barbagelata. Fue escrita en La Habana, el 3 de junio de 1913, un año antes del cese de Mundial (agosto de 1914). En ella, Antonio Miguel Alcover reclama una crítica para un libro suyo enviado a la dirección de la revista, donde implica a todos los componentes.
            Por correo insiste y vuelve a mandar otro ejemplar porque para él es un honor tener un comentario de Mundial. Y, nuevamente, reclama a Darío una crítica o, en su caso, “un juicio por carta, me bastará, y lo agradeceré mucho”.

Habana, Junio 3/ 913
Sr. Rubén Darío
133, rue Michel Angel
– Paris –

Muy distinguido Señor:
            (¿?) favorece su atenta esquela, sin fecha, en la que, contestando a postal que me permitiera dirigirle, me dice que “Mundial” no tiene sección fija de notas bibliográficas, por cuya razón no debe extrañarme el silencio respecto de mi folleto Los libros de producción latino-americana.
            Me permitirá Vd. que le rectifique, diciéndole que, casi regularmente, aparece en la última página de “Mundial” una sección intitulada “Libros recibidos”, aparte de las notas y aun artículos especiales, dedicados a libros de favorecidos autores.
            Como creo haber dicho a Vd. en mi postal, no pretendo reclamo para mi referido opúsculo, ya que no he comerciado con el mismo, pero sí me produjo cierta contrariedad el silencio absoluto que se reservó para mi folleto; silencio que yo quise atribuir posiblemente equivocado a que alguien, encargado en su ausencia de la redacción de “Mundial”, se sintiera aludido en determinadas apreciaciones contenidas en mi ya dicho trabajo.
            Hoy mismo tengo el gusto de poner en correos otro ejemplar, dedicado y dirigido a Vd., que espero aceptará como debilísimo homenaje de admiración y simpatía. Queda Vd. relevado de todo compromiso de hacer referencia alguna desde las páginas de “Mundial”; resultaría extemporánea y hasta se estimaría demandada. En todo evento, su juicio por carta, me bastará y lo agradeceré mucho.
            Repito á Vd. que dirigí ejemplares de mi folleto, por conducto de la Casa de “Mundial”, a los señores Hugo Barbagelata (¿?), Alejandro Sux, E. Gómez Carrillo, Charles Lesca (¿?), Leopoldo Lugones, Rufino Blanco Fombona, sin que ninguno de estos señores me haya significado haberlo recibido. ¿No resultó esto tan raro como el silencio de “Mundial”? Me permitirá Vd. que, en tanto una convicción no me aclare el enigma, siga en la sospecha de que alguien, ahí dentro, declaró la guerra a mi pobrísimo fruto. Mejor habría querido que se la declarara abiertamente, francamente, destruyendo mi propósito y declarándome un “grafómano” inaguantable.
            Perdone Vd. que le haya distraído, y ordéneme como guste. Suyo atto. s.s. y admirador,
                                   Antonio Miguel Alcover

            A continuación reproduzco tres cartas inéditas, que Barbagelata me envió desde París, una a Grenoble y las otras dos a Valencia, adonde llegué para cumplir la promesa que le hiciera al cónsul Luis Ibarra, quien quería que conociera la ciudad más bonita de España, la más azul y más verde. Fue escrita en París y dirigida a Grenoble, cuando  estudiaba en la Universidad, data del 23 de abril de 1967.

Mi joven colega:
            Así lo califico porque  yo no he dejado de ser periodista y porque estoy dispuesto a no abandonar la pluma hasta que la muerte me lo impida.
            Establecido eso, paso a decirle que ignoraba lo de su repentino viaje, he aprovechado de este domingo lluvioso para contestarle, desde el refugio de mi selva a su muy atenta carta del 15 de los corrientes. No conozco el texto de las que Vd. califica “largas cuartillas”. Pero, por el tenor de su carta, supongo que aquellas resultarán exageradas respecto a mis modestos méritos de hombre de buena voluntad. Sea de ello lo que fuere, paso a darle los datos solicitados. Ahí van. Conocí personalmente al gran Darío allá por el año 1911, poco antes de que dirigiera la revista MUNDIAL. La persona que me acompañaba en aquella inoportuna entrevista fue conocida durante toda su vida por el seudónimo con el que firmó sus artículos, o sea de Alejandro Sux. Sigo ignorando, mientras tanto, a qué anécdota VD. se refiere. Los retratos tan amablemente pedidos están incluidos en el mismo sobre de la presente.
            Paso a decirle ahora que, por recordar que en la cordial visita que Vd. me hizo mostró deseos de conocer mi libro de “Histoire de l’Amérique Espagnola”, le envío un viejo ejemplar del mismo, así como otro de mis plaquettes escrita directamente en francés. Disculpe que ellas hayan sido usadas por otras manos. Son los únicos ejemplares que hay vueltas a las manos mías por casualidad.
            Que tenga Vd. éxito en sus estudios de Grenoble son los deseos de su nuevo amigo, ya entrado en años, q.e,afmente.s.m.
H. D. Barbagelata

            Su segundo envío fue un tarjetón escrito en París, el 26 de diciembre de 1967, a escasos dos meses de mi llegada a la ciudad. Se trata de una invitación, escrita en el reverso.

“Monsieur Jacques CHASTENET de la Academia Francesa, Presidente de FranceÁmerrique, le ruega de hacerle el honor de asistir a la Conferencia que será pronunciada en el Comité France-Amérique, el jueves 19 de octubre de 1967, a las 18:30 horas, en el marco de Reuniones Culturales organizadas por la Embajada del Uruguay en París.
            Bajo los auspicios y la presencia del Excelentísimo Señor, el Doctor AURELIO PASTORI Embajador del Uruguay por el Señor Profesor HUGO D. BARBAGELATA Miembro de la Academia de Letras y del Instituto de Historia y de Geografía del Uruguay, con ocasión de la Conmemoración del Cincuenta Centenario de la Muerte de JOSÉ ENRIQUE RODÓ.
Comité France-Amérique
9, avenue Franklin-Roosevelt
PARIS-VIII

            Al reverso de la invitación me escribe:

Estimado joven amigo y colega en ciernes:
            Después de su partida de París, tuve sólo ayer, en oportuna fecha, el gusto de recibir su tarjeta y su carta con sus amables votos augurales, que agradezco y retribuyo. – Los impresos con reproducciones de su labor periodística no llegaron nunca a mis manos. Dejo de ello constancia al dorso de una invitación para mi más reciente conferencia. Reitero gracias y repito lo que me parece haberlo dicho ya, respecto a eso de “Gloria” y “Fama” con mayúscula: incredulidad.- A base de salud y ayudado por su sano empeño y por su optimismo llegará Vd. a realizar los proyectos de los que habla, así lo deseo al estrecharle francamente la mano, H. D. BARBAGELATA.

            La tercera carta, escrita a mano, fue enviada a Valencia, el 25 de enero de 1968.

De mi aprecio:
            Por la misma distribución del correo francés del 18 de los corrientes, tuve el gusto de recibir juntas sus dos cartas del 15 y del 17. Bien se las agradezco, así como la generosa crítica biográfica que acompañaba a la primera. Claro que, por modesto que se sea, satisfacen más recibir amistosas alabanzas que desagradables misivas no provocadas. Por ello y porque en el corto trato personal directo tenido con Vd. supuse descubrir sinceridad y buenas intenciones, me creo en el deber de satisfacer su curiosidad, respecto a mi tan modesta como persistente obra en pro de la unión espiritual de los pueblos de nuestra América al presente bastante anarquizada.
            Teniendo a la vista carta y bolígrafo, paso a contestarle en orden seguido sus semi preguntas. Le advierto desde ya que no desconozco por completo los nombres y algunas obras de los escritores que Vd. cita junto a otros de mi generación más que diezmada. Mucho me agrada no haya Vd. pasado por alto mi iniciación de periodista combatiente y conocer sus augurios de que a mi edad no haya perdido mis deseos de superación. A esta altura de mi vida, me satisface constatar (perdone el galicismo) que sin ruidoso renombre ni reclamo alguno, mi “Historia de la América Española” sigue siendo recomendada a los estudiantes de la Sorbona de Francia en donde no existen textos oficiales para la enseñanza; así como que en mi patria, mi “Artigas y la Revolución Americana” (en mi patria y en otras) es libro considerado de historia comparada que sigue su camino sin mayores tropiezos.
            Va eso respecto a lo pasado, aunque debió de pertenecer a tal período otro volumen que no ha visto aún la luz porque, cuando estaba por terminarlo, otros dos libros relativos al mismo tema tratado en el mío en cierne se publicaron en mi patria y en Cuba. Sólo algunos de sus capítulos se conocieron en conferencias y en reproducciones de revistas de América y de París. Le he destinado el título de “Ensayistas de nuestra América”, sin preceder a ese título el artículo. Los otros dos volúmenes me trabajan: uno in mente (novela histórica y no vida novelada) y otro, y en parte conocido, repleto de personales recuerdos.
            Termino así mi larga carta, en la creencia de haber satisfecho sus cordiales deseos, no sino antes reiterarle que, impulsado por sus buenas intenciones, ha sabido Vd. el verdadero valor de mis honrados humanos méritos. Que siga Vd. en su sana tarea de realizar sus proyectos con honradez, empeño e inteligencia son siempre los deseos de su affmo. q.e.s.m.
                        H. D. Barbagelata

P.S.- Cuando arreglen mi máquina de escribir, no tendrá Vd. pena alguna en descifrar líneas escritas calomo currente como las presentes. HDB

domingo, 8 de septiembre de 2013

MIS TRES MAESTROS

Luis Ibarra Mayorga




MIS TRES MAESTROS




2. LUIS IBARRA MAYORGA
(Nicaragua, 1890-París, 1977)


Por Ricardo Llopesa


Luis Felipe Ibarra Mayorga había nacido, en Chinandega, el 26 de diciembre de 1890 y murió en París el 6 de agosto de 1977. El “Diccionario de autores nicaragüenses” destaca que fue poeta, conferenciante, compositor y diplomático. En 1930 ofreció su primer concierto en el Colegio de Señoritas de San José (Costa Rica) Luego viajó a España a realizar estudios de música, primero en Barcelona, después en Madrid, donde le sorprendió la guerra civil. Colaboró en el bando de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, que posteriormente se trasladaron a Valencia con el objetivo de colaborar con los barcos de republicanos que enviaron a Latiniamérica. Al final de la guerra se disfrazó de miliciano, tomó un barco para Marsella y llegó a París. Se ganó la vida por las calles recogiendo y vendiendo chatarra (“hierros viejos”, decía él). En París hizo estudios de Psicología Experimental, bajo la enseñanza de Mme. Monmessori. A la entrada de los alemanes, el Encargado de Negocios de Nicaragua en París, el escritor Eduardo Avilés Ramírez huyó. Ibarra se hizo cargo de la Legación, pero los alemanes lo cogieron dando salvoconducto a españoles y latinoamericanos que huían de París. Estuvo en varios campos de concentración, hasta su liberación en 1945. En 1952 fue nombrado Agregado Cultural de la Embajada de Nicaragua en Francia y en 1961, Cónsul General hasta su fallecimiento.
Desde la primera cena en su casa, hasta su muerte, fuimos amigos. Aquel hombre menudo, esquelético, ágil, nervioso, diligente y humano, enemigo de la guerra y admirador de Ghandi, sería mi segundo maestro. Podría decir que fue él quien me inició en la visión de un mundo distinto. Con él la literatura y la política tuvieron en mí otra perspectiva, más cívica, más humana y más comprometida. De él se decía que era comunista, pero como diplomático de la dictadura de Somoza sabía resguardarse bajo el techo del silencio. Nosotros, en nuestros primeros tiempos solíamos visitar a los republicanos españoles en el exilio, que hacían sus actividades en la Mutualité de París, por entonces dirigida por Pierre Biessy, de la Academia Francesa, sobre quien escribí mi segundo artículo tras su muerte.
Yo también buscaba a los españoles por mi vínculo sentimental con Granada, hasta el punto de buscar entre ellos la amistad y preferencias. El “Rincón Español” fue uno; el otro, la Casa de España, pero los de la Casa, republicanos catalanes que habían sido diputados y senadores, también periodistas, fueron para mí personas a quienes recuerdo con gratitud.
Como el Cónsul supo de mi amistad con los primeros hippy que llegaron a vivir en la acera del Sena, donde bebíamos, cantábamos y hasta practicábamos el amor libre, Ibarra se escandalizó y me mando a llamar para vivir en su casa, en el Boulevard Magenta, número 90. Él quería que yo estudiara una carrera de letras y que abandonara mi idea de la medicina. Para conseguirlo me llevó a conciertos, recitales de poesía, conferencias, pero lo más importante es que gracias a él conocí a lo mejor de la literatura latinoamericana que por aquel entonces del 66-67 vivía en París.
Al primero en conocer fue a Miguel Ángel Asturias. Yo no sabía quién era aquel indio de piedra, sereno y majestuoso. Para conocerlo, el Cónsul Ibarra me dejó el Popol Vuh para que lo leyese. Sorprendido por aquella escritura tan extraña, le hice varias preguntas acerca del libro y la manera de escribir un cuento. En nuestros varios encuentros tenía claro cómo se podía escribir un cuento y hasta una novela. Me había revelado su técnica. Luego vinieron otros como el cubano Juan Maranillo, que representaba a Cuba en la UNESCO, al igual que el poeta ecuatoriano Carrera Andrade y muchos otros. Entre ellos sentí el deseo de convertirme en escritor algún día.
El Cónsul Ibarra se sentía feliz al ver mi cambio de postura. Algo había en él que miraba dentro de mí. Quería formarme y transformarme. Muchos años después de su muerte supe que hizo de mí lo que no había podido hacer con sus hijos: convertirme en poeta. Es cierto, en París escribí, tras varias lecturas de Tagore, charlas e incursiones sobre la filosofía de Ghandi, mi primer poema sobre la madre muerta.
El padre del Cónsul Ibarra, Felipe Ibarra (1853-1936), lingüista y poeta, autor de un libro manuscrito e inédito, Becqueriana, que tuve entre mis manos, fue el iniciador de Rubén Darío en la poesía.
Hay una anécdota curiosa, a este respecto, que cuenta Anselmo Fletes, es la conversación entre Bernarda Sarmiento, tía abuela de Darío, y un amigo de la familia, José Rosa Rizo:

¿Qué hago con Rubén, don Rosa? Me lo está echando a perder Felipe.
¿Y de qué modo se lo está echando a perder, señora?
Pues, enseñándole a hacer versos. Va a arruinármelo. ¿Qué me aconseja usted?
Pero Rubén no hará más que copiar los versos de Felipe, señora, y no veo en eso ninguna ruina.
¡Qué sabe usted don Rosa? Rubén los saca de su propia cabeza. Yo lo he visto escribirlos. Me lo arruinó enseñándole a hacer versos.
Doña Bernarda dice el doctor Rizo, ¿tiene usted algunos versos escritos por Rubén?
Aquí están los versos exclama la señora y alarga al doctor Rizo unos papeles.
Éste lee. Abre los tamaños ojos, se exalta y por fin dice:
Doña Bernarda, así no hace versos Felipe. No pueden ser de él. La letra es toda araños: hilución con h y con cestreyascoracón. ¡Pero qué ideas de muchacho!

Es otra faceta en la que Ibarra me inició en el conocimiento de Rubén Darío. Lo leíamos juntos, hablábamos, me sacaba de su armario gris páginas entonces inéditas. Fue él mi verdadero iniciador. Por más que luché contra la idea de la literatura, París fue mi perdición. Tuve muchos momentos de duda, pero había caído en la redes de la poesía. Llegué para leer a Víctor Hugo y regresé a España recordando los versos sencillos de Jacques Prevert.
Para el mes de noviembre o diciembre llegó a París el Ministro de Educación de Nicaragua, José Sansón Terán. Venía a uno de los congresos anuales de la UNESCO. Como faltaba personal diplomático en la delegación, me nombró miembro de una de las comisiones para representar a Nicaragua, siguiendo las instrucciones de dar el voto a los Estados Unidos, a pesar de una propuesta cubana de alto valor para el desarrollo de la educación como era incluir las clases prácticas para aquellos alumnos que no desearan continuar la carrera universitaria.
Fue también por esa época cuando acordé llevar al Consulado a la Junta Directiva de la Casa de España, después de que la Casa decidiera organizar un Homenaje en el Primer Centenario del Nacimiento de Rubén Darío, que me encargué de coordinar. La visita al Consulado fue amenizada por la propia banda de la Casa, Ibarra tocó al piano, pero todo terminó aguadeándose a raíz del pica-pica que soplaron los muchachos de la orquesta y mi amigo empezó a estornudar.
La noche del 31 de diciembre de 1966, cenamos con Mme. Ibarra en un restaurante de los Campos Elíseos, entre abrazos y besos, principalmente los besos que los hombres dábamos a las muchas que pasaban por la avenida.
El Homenaje a Darío tuvo lugar el 18 de enero de 1967 en el enorme salón de actos de la Casa de España, donde cabían dos mil personas, situada en el boulevard Stramburg.. El invitado para hablar era el conde Miguel D’Escoto, Embajador de Nicaragua en Francia. Habló, fue muy aplaudido por más de mil españoles, se abrazó con los directivos de la Casa y a los pocos días llamó a Ibarra y a mí para presentarnos en la Embajada.
El Embajador estaba hecho una furia contra nosotros dos. Llamó a Ibarra “comunista”, lo insultó y yo recibí otra perorata terrible. Ambos fuimos expulsados de la Embajada, con las siguientes restricciones: no teníamos derecho a tabaco ni a güisqui, pues yo recibía una botella y dos cartones cada semana.
En París conocí a dos amigos de Rubén Darío, el colombiano Alberto Zérega Fombona, que estaba muy mal de salud, vivía en el Hotel Lutecia, casi inválido, y el uruguayo Hugo David Barbagelata, historiador que había sido secretario de José Enrique Rodó.
Cuando Pablo Neruda llegó a París a ocupar el cargo de Embajador de Chile le pedí al cónsul Ibarra que me lo presentase. Yo estaba impaciente por conocer al poeta que había llenado  mis noches de sueños de amor. Pasaba el tiempo y nada. Hasta que un día me dijo Ibarra: “Voy a invitarlo a una reunión de amigos en el Consulado”. Y así fue. Neruda llegó, llegaron otros, pero mi estrella era Neruda. En un momento en que Neruda estaba solo le pedí que me leyese el “Poema veinte”, pero a medida iban saliendo las palabras de su boca lo sentía más distante. No podía creer que el poeta que había escrito grandes versos pudiera leerlos tan mal. No hacía mucho, en una de las tantas tertulias que se hacían en París, había oído el mismo poema en la voz de un actor colombiano que me puso los pelos de punta.
Pero con quien más amistad hice fue con Barbagelata, ya anciano, patriarcal, sentado en su sillón clásico, venerable y noble.
Ibarra me mandó a Grenoble con una beca del gobierno francés, en calidad de “estudiante privilegiado”, a hacer un semestre sobre novela francesa. Ahí, en la Biblioteca Pública, tuve entre mis manos los manuscritos de Stendal. El frío y el viento en la calle eran insoportables y la niebla lo encerraba todo en un espacio cerrado donde no veía a más de un metro de distancia. Cuando terminé le escribí diciéndole que regresaría a España
Vete a España, pero pasa por Valencia. Es una ciudad pequeña y muy bonita me adelantó. Pero antes vé y conoce al Cónsul en Barcelona, el Dr. Ernesto Selva, que somos viejos amigos, para que te preste todo tipo de ayuda si la necesitas. Yo le escribiré.
Y así fue. Nuestra amistad duró hasta su muerte y más allá de su muerte, porque al morir, su hermano Salamón Ibarra Mayorga (1887-1985), autor del Himno Nacional de Nicaragua escrito en 1912, quien por entonces vivía en san José, me escribió una carta diciéndome: “Si usted fue amigo de mi hermano también es amigo mío” y reprodujo en un librito, titulado Homenaje a Luis Ibarra, un artículo mío publicado en La Prensa, de Managua.
Mi amistad con Salomón fue muy intensa. De él conservo su última carta, escrita poco antes de su muerte a la edad de 98 años, el 2 de octubre de 1985, así como el Himno Nacional de su puño y letra. Salomón publicó en vida una Monografía del Himno Nacional de Nicaragua (1955) y el libro de poemas Gris (1975). He aquí la carta de Salomón Ibarra, fechada en Tegucigalpa, el 11 de agosto de 1985. Es decir, mes y medio antes de su fallecimiento:

Mi querido Ricardo:
Por fin después de una dolorosa y larga crisis de salud, que me ha dejado con los ánimos caídos.
Respondo a su última carta, que no tengo a mano, pero recordando de ella algunos puntos que vienen al caso y lo hago del modo siguiente: 1) Agradéscole mucho, los amables conceptos que figuran sobre mi humilde persona, en su importante revista “OJUEBUEY” y por la publicación en ella de mi pequeño poema “Tintas del Trópico” 2) Recordando que entre algunas de las poesías que le envié hace algún tiempo iba una titulada con el nombre “El bastón de mi Padre” que le suplico devolvérmela a vuelta de correo, dejándose usted una copia. Necesito ese poema, para publicarlo en mi próximo libro titulado “Cenizas que arden” del cual le enviaré a usted un ejemplar. Me pide usted mi retrato y ahora le mando 2. Uno de hace un año y el otro de tres meses.
            3) No le escribo más, como yo quisiera, por la impotencia anímica, pero le ruego encarecidamente, enviarme a vuelta de correo su contestación.
            Deseándole toda clase de felicidades, me suscribo como siempre.- Su servidor y amigo que le quiere mucho,
            Salomón Ibarra Mayorga.

En cambio, el cónsul Luis Ibarra, publicó en francés Quelques vers au XXe siècle (París, 1947); la conferencia leída en la Sorbona, en 1947, El genio de una raza y la riqueza de un continente (París, 1948) y el libro de poemas Deuze chants, traducido al francés por Claude Couffon (París, 1951). También dejó inédito un cuaderno didáctico: El método Montessori en la pedagogía contemporánea y unos Cuadernos musicales, que reúne su obra musical.
El cónsul Ibarra murió en París, el 6 de agosto de 1977, a la edad de 87 años. Aquí reproduzco la última carta que me envió, escrita el 10 de julio; es decir poco antes de su muerte:

            Estoy muy contento de haber recibido su última carta del 2 de los correspondientes en la que me participa la pérdida del primer hijo que tuvo su esposa y las operaciones a que fueron sometidos en Masaya su tía y su cuñado Juan José. Gracias a Dios todo salió bien por una parte y por la otra.
            Cuídese y también cuide también a su esposa porque el haber perdido el primer hijo es algo que hay que tener en consideración para el futuro.
            Recibí también el recorte de prensa (fotocopia) del artículo suyo que había sido publicado en “El Centroamericano”.
En cuanto a este su amigo, continúo siempre delicado de salud sobre todo cuando me veo obligado a salir a la calle con el clima de París, que está aún frío y lluvioso a pesar de estar acabando ya la primavera. Sin embargo no pierdo las esperanzas de viajar a Nicaragua y sólo espero los pasajes que debe enviarme nuestro Gobierno. Quizá la política actual en el país no sea buena y por consiguiente, según las noticias que de allá tengo, haya algo que perturbe al Gobierno porque éste ha ordenado restricciones muy severas para todas las personas que desean viajar a Nicaragua, sean ciudadanos extranjeros o nicaragüenses.
Es bueno que Ud. publique su libro puesto que está en la mejor edad de producción literaria, si Ud. realiza esta publicación será para Ud. un estímulo más en su vida de escritor.
Yo no sé si Ud. recibe los periódicos de Managua pues a mí me gustaría leer algo de lo que pasa en nuestro país, ya que el mundo está muy revolucionado y aquí en París, la radio da publicación a crímenes que se cometen constantemente en el mundo. Esto no pasaba cuando yo estaba recién llegado a la capital francesa, es decir que estamos viviendo un estado anormal en lo que respecta al mundo y a sus luchas por vivir.
Espero pronto sus noticias y si le escribe a su madre no se olvide de decirle que guardo siempre para ella un verdadero cariño por todas las finezas que tuvo para conmigo en Masaya.
Si por casualidad ve Ud. en las librerías un libro nuevo o viejo sobre Gabriela Mistral, le agradecería me lo enviase. Yo le reembolsaría los gastos del mismo.
Sin otro particular y con saludos cariñosos para su señora, le abraza siempre agradecido este su amigo a quien Ud. debe estímulos que no se pueden pagar con nada,
            Luis IBARRA
            Cónsul General de Nicaragua

Como documento inédito reproduzco la carta del General Charles de Gualle, Presidente de la República Francesa, en respuesta al envío de su poemario, Vuelques vers au XXe siècle (1947).

LE GÉNÉRAL DE GAULLE
París, el 17 de enero de 1969
Monsieur le Cónsul Général

Vos poèmes m’ont paru trés Meaux et émouvants, notamment ceux qui révèlent la part que vous avez prise aux épreuves de la France.

C’est vous dire combian je suis sensible à l’aimable pensée que vous avez eue de me les adresser. De cette attention et de l’envoi qui accompagnait votre recueil je vous remercie bien sincèrement.

Veuillez croire, Monsieur le Cónsul General, à mes sentiments les plus distingués et les meilleurs.

                                               C. de GAULLE.

Monsieur Luis IBARRA
Attaché Culturel
Cónsul General du Nicaragua
89, Boulevard de Magenta
PARIS 10ème.

            Dos de los poemas preferidos de Ibarra eran “Canto salobre de eternidad”, que pertenece a su primer libro de 1947 y el segundo “Cantar, siempre cantar”, en versión original que encargó para su traducción al francés a su amigo Claude Couffon, que se titula Douze Chants (París, 1952).


CANTO SALOBRE DE ETERNIDAD


Canto salobre de eternidad
es mi canto:
El mundo está perdiendo su faz;
los hombres cavando cada vez más el cielo
con turbada osadía.
Truenan todas las aguas sucias
y todas las tormentas dentro de nuestro barro.
Volveremos  al mundo troglodita?
Los cuervos devoran a los cuervos;
las águilas ebrias de altura
desgarran el misterio.
Preñado está el Planeta de antinomias ocultas.

El ojo de Dios comienza a manifestarse
en su caída con su verde color enmohecido.
La tierra suda petróleo y sangre,
hieden a podredumbre sus axilas,
los rostros y las almas traslucen
oro y acero en las pupilas.
El homo-sapiens para monstruos y ritmos
contra los ritmos planetarios.

Cavando, cavando vamos
cada vez más el cielo,
cada vez más el suelo
con nuestros fierros,
con nuestros hierros,
con nuestros yerros…

Vamos perdiendo, vertiginosamente,
el ritmo puro de nuestra danza.
Estamos locos de ciencia
cavando sepulturas a la Esperanza
cavando cada vez más el cielo
cada vez más el alma.


CANTAR, SIEMPRE CANTAR


Cantar, siempre cantar,
cantar y danzar sobre
las hojas muertas de nuestra carne
para no desesperar.

La muerte,
colgada a nuestro cuerpo
como fruto a la rama,
como hermana gemela de nuestra sombra,
marcha al lado,
por delante, detrás,
poniendo puntos suspensivos
al río de nuestra sangre.

En cada día,
en cada noche
se ocultan crímenes o alboradas.
Amanecemos frescos
o amortecidos
según las luces del minuto que pasa:
puñales, manicomios, dinamitas, diamantes
orgías, cataclismos o adivinaciones-

El tiempo marca
con ritmo cierto
el movimiento de nuestras piernas,
los contratiempos del corazón
y el final retorcido de nuestro canto y danza.

Sobre la última cama
para el último sueño
la Tierra nos embarca de nuevo
en sus caderas amplias.

Entre los muchos documentos que conservo del cónsul Ibarra, figura una tarjeta postal de Gabriela Mistral:

Los Ángeles 1946
Caro amigo Ibarra:
            Caminé con sus alientos por varias partes. Qué humano y noble es usted. Yo necesito saber si se decide a regresar. Está Ud. perdiendo allí la razón de su vida. Esto le pesará mucho más tarde; le pesará enormemente. Dígame si le ofrecen algo de su país. Escríbame al Consulado de Chile a los Ángeles, por ahora.
            Afectos y recuerdos de
                                               Gabriela

No obstante, me parece oportuno dar a conocer la parte menos conocida suya, que fue la más importante en su vida, la de compositor clásico, donde desarrolló una pequeña pero intensa actividad en cuanto a lo que corresponde a la ejecución de su obra.
            Este documento lo redactamos juntos y permanece inédito. La falta de comas, giros de lenguaje y cualquier otro error es sólo culpa mía, porque fui el responsable de pasarlo a máquina, en 1967:

TEXTOS MUSICALES DE LUIS IBARRA

La mayoría de estas obras han sido ejecutadas.

1º.- En el año 1934 en el Conservatorio Nacional de Música de Madrid habiendo tocado al piano “LYNCHESCA” (Valse-Caprice), el Maestro Ataulfo Argenta.

2º.- En 1939 en un concierto patrocinado por el Cuerpo Diplomático de Centro-América en honor de Madame Ernestina Corma se ejecutó unas obras de las obras del Profesor Luis Ibarra, “CANCIÓN DE CUNA”; el referido concierto tuvo lugar en la Escuela Normal de Música de París bajo la dirección artística de Alfred Cortot.

3º.- En 1948 fueron ejecutadas por una orquesta de cincuenta profesores en el festival que tuvo lugar en el Gran Anfiteatro de la Sorbona, bajo la presidencia del Rector de esta Universidad.

4º.- En noviembre de 1965 tuvo lugar otro concierto en la Casa de la América Latina, acto que fue organizado por la célebre concertista internacional Madame Ginette Martenot de Lazard. En este concierto fueron interpretadas por el instrumento “Ondas Martinit”, las obras del Profesor Ibarra.

            Pero esta relación de sus actividades que redactamos a máquina no fue completa porque guardo entre mis papeles otra más extensa, escrita de mi puño y letra, lo que quiere decir que él y yo hicimos una relación que debíamos agregar:

1927.- Colegio de Señoritas de San José de Costa Rica.
1929.- Managua, Nicaragua.
1930.- En el Liceo de San José C. R.
1931.- Centro Artístico de Barcelona
1935.- Conservatorio Nacional de Música de Madrid
1948.- Gran Anfiteatro de la Sorbona
1952.- 29 oct., en España, Barcelona, siendo Consejero Cultural de la Legación de Nic.
1957.- El 12 y 14 de Mayo en Managua
1965.- Maison de l’Amérique Latine en las Ondas Martinot
1966.- En junio, Sala O.P.I.C. de México, patrocinado por la Asociación Cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores de México.