En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



martes, 3 de febrero de 2026

Bahía Street y otros poemas, entre las orillas del despojo, devastación, resistencia, sombra, claridad y memoria. Una poética de la resistencia.

 

Carátula

Bahía Street y otros poemas,

entre las orillas del despojo, devastación, resistencia, sombra, claridad y memoria. Una poética de la resistencia.

 

 

 

… veo en cada rostro que encuentro
señales de debilidad, señales de aflicción...

WILLIAM BLAKE

 

En lugar de costas donde el océano golpea,
oigo el fluir de las calles...

ALEXANDER SMITH

 

 

 

 

A efecto de darle un tratamiento totalizador al poemario dada su extensión, el presente prólogo se aborda en cuatro partes. La primera parte de Bahía Street y otros poemas configura un vasto fresco urbano donde la conciencia lírica se desplaza entre la intemperie, la memoria y el deseo, bajo el signo de una «claridad invisible» que, paradójicamente, solo se revela en medio de la tempestad. Desde el poema inicial, el título de la sección establece una poética: la luz no es epifanía transparente sino tensión, herida, filtración. La claridad aparece asociada al cierzo, al musgo, a la costra, a lo exangüe; es decir, a una luminosidad erosionada por la experiencia. En ese sentido, la escritura se instala en un territorio donde lo visible es apenas la superficie de una revelación más profunda y conflictiva.

La ciudad como escenario ontológico (San Francisco, California). A lo largo de los poemas, la ciudad —Bahía Street, Condor Club, Rock Bar, Haight-Ashbury, tranvías, andenes, burdeles— no es solo un espacio físico, sino un dispositivo simbólico. Las calles, los trenes, los puentes y los muelles constituyen una geografía moral. En textos como Calles, Miseria, Fingimiento o Batalla, el entorno urbano aparece corroído por el frío, la herrumbre y la violencia: «el carbón de las aceras», «la jungla apilada en preservativos», «las habitaciones severas entre reloj y podredumbre».

La ciudad se convierte en una extensión del cuerpo. La garganta es riel, la conciencia es arado, la memoria es habitación húmeda. Esta equivalencia cuerpo-ciudad intensifica la experiencia de alienación: el sujeto no transita el espacio; lo padece. De ahí que el insomnio, el frío y la carcoma sean motivos recurrentes. La urbe funciona como metáfora de una subjetividad fragmentada y asediada por el tiempo.

Ceguera y conciencia: una poética de la intemperie. El poema Ciegos, con la invocación explícita a Borges, introduce uno de los ejes fundamentales de la sección: la ceguera como forma de lucidez. «Simulamos el tiempo a través de los espejos»: la visión es sospechosa; el espejo no refleja, distorsiona. La luz no es garantía de verdad, y la sombra no es mera ausencia. La pregunta «¿Es esta otra forma de luz?» instala una dialéctica donde la oscuridad deviene reveladora.

Esta tensión se prolonga en Territorio de sombras, Niebla y Apariencia. La niebla, el polvo, el humo, la bruma constituyen un campo semántico persistente. El yo lírico se mueve entre lo visible y lo opaco, entre la conciencia que duele y la imposibilidad de redención. La escritura asume así un tono confesional que no desemboca en catarsis, sino en mayor problematización: «Nada redime mi carne».

Erotismo y degradación: la carne como campo de batalla. La corporalidad ocupa un lugar central. Senos, pubis, pezones, entrepiernas, esperma, orgasmos, aparecen no como celebración hedonista sino como zonas de fricción entre deseo y culpa, placer y deterioro. En Miseria y Voracidad entre ficción y realidad, el erotismo convive con la pobreza, el alcohol, la sordidez. Las prostitutas y los cuerpos nocturnos no son figuras idealizadas; son parte de una economía de la supervivencia.

Este tratamiento del erotismo está atravesado por una conciencia crítica. El cuerpo es espacio de consumo y también de resistencia. En Intimidad y Todas las muecas posibles, la sexualidad se entrelaza con la memoria y la metamorfosis, sugiriendo que la carne es archivo y territorio. No obstante, la insistencia en imágenes de desgaste («coágulos», «óxido», «herrumbre») subraya la fragilidad de toda plenitud.

Desde el inicio —«Sólo es recuerdo el camino. Eco el río y los puntos cardinales»— se instala la idea de que la orientación (geográfica y existencial) ha perdido consistencia. El mundo ya no es materia sino reverberación: camino convertido en recuerdo, río reducido a eco. La espacialidad se vacía y se vuelve representación. La palabra «Ficción» no alude a lo imaginario en sentido lúdico, sino a la sospecha ontológica: la realidad es apenas una superposición de imágenes desgastadas.

El segundo movimiento del poema introduce el espacio urbano como escenario de marginalidad y fractura: «entre ladrones, homelessness y homosexuales». La enumeración, cruda y deliberadamente heterogénea, desplaza el yo hacia zonas limítrofes de la ciudad y de la identidad. No se trata de un juicio moral, sino de una constatación de intemperie. El sujeto poético se busca «casi a ciegas», es decir, sin centro fijo. La risa ante «la única muerte que tengo» revela un tono irónico que desacraliza la tragedia y sugiere una conciencia escindida.

El poema Ficción culmina en un espacio de bar y muchedumbre, donde la embriaguez, la sombra y el deseo se mezclan: «Un río de licor… ballenas de sueño… muchachas rubias y negras». Lo onírico y lo erótico se confunden con la masa urbana. Las «ballenas de sueño» —imagen de gran potencia surreal— introducen una dimensión desmesurada, casi alucinatoria, que contrasta con la sordidez anterior. Sin embargo, incluso en esta escena de aparente expansión, hay ceguera («ciegas de costumbre»), como si el deseo mismo estuviera domesticado por la repetición.

Tiempo, retorno y conciencia histórica. El tiempo es otro gran protagonista. No es lineal ni redentor; es corrosivo. Se manifiesta como invierno, fermentación, caries, calendario de arcilla. En Retorno, la figura de Ulises introduce el motivo del regreso, pero este no promete reconciliación: volver implica enfrentarse a crímenes, cadáveres y puertas que golpean la memoria. El país amado está atravesado por violencia y descomposición.

Hay una dimensión histórica implícita. El «país del tercer mundo», los orfanatos, los cementerios, la miseria urbana, sugieren una conciencia social que, sin convertirse en discurso panfletario, impregna la atmósfera del libro. La subjetividad no es aislada; está inmersa en una realidad colectiva herida.

Lenguaje y acumulación: una estética de la saturación. Formalmente, predomina una sintaxis expansiva, enumerativa, con abundancia de imágenes encadenadas. El verso largo, la prosa poética y las interpolaciones parentéticas generan una sensación de torrente verbal. Esta acumulación responde a una estética de la saturación: la experiencia contemporánea se percibe como exceso, como sobrecarga sensorial.

Las metáforas son densas, a veces violentas: «una trompeta de guijarros», «el ramaje del corazón siempre es un incensario sin brújula». El léxico oscila entre lo sagrado (versículos, sacramentales, evangelio) y lo profano (burdeles, licor, casinos), creando una tensión que refuerza el carácter contradictorio del mundo representado.

Del infierno al rastrojo: posibilidad de transfiguración. Aunque la tonalidad dominante es sombría, no todo es clausura. En Desatinos aparece la figura del Ave Fénix; en Rastrojo del fuego, la posibilidad de una «fermentación de semillas rojas». Incluso en medio del infierno cíclico, hay una pulsación de renacimiento. La destrucción no elimina la conciencia; la intensifica.

La sección concluye con una imagen que resume su poética: «el ramaje del corazón siempre es un incensario sin brújula». Hay devoción, humo, orientación incierta. La claridad no guía; arde.

La segunda parte de Bahía Street y otros poemas, bajo el rótulo «Apuntes del insomnio», profundiza y radicaliza la poética ya visible en la primera sección, pero la desplaza hacia un territorio más introspectivo, más febril y, en cierto modo, más autoconsciente de su propia escritura. Si en la primera parte la ciudad era escenario ontológico, aquí la ciudad es insomnio interiorizado: el paisaje urbano ya no sólo rodea al sujeto, sino que late dentro de él como una maquinaria nocturna.

El insomnio como método de conciencia. El título no es circunstancial: el insomnio estructura el libro como estado de percepción alterada. No se trata únicamente de la vigilia física, sino de una vigilia existencial. En el poema inicial, Apuntes del insomnio, la memoria es «ruido», «ceniza», «reloj de quimeras». El fuego ya ocurrió; ahora se toca la ceniza. Hay conciencia posterior, no celebración. El sujeto se sabe marcado por lo vivido: «lo vivido es como un disparo de tormenta». La experiencia no redime; hiere y permanece. El insomnio implica una sobrelucidez: todo se refleja en el espejo, todo retorna con intensidad carcomida. La noche no es reposo sino laboratorio de la conciencia desgarrada.

Espejo, duplicación y fractura. Uno de los núcleos simbólicos más insistentes es el espejo. Aparece como superficie de reflexión, pero también como dispositivo de ruptura: «espejos agónicos fragmentos del tiempo», «reverso del espejo», «redoble oscuro del espejo». El espejo no devuelve identidad estable; la fragmenta.

En Conjeturas y Disfraz con estrías como diría Keats, la identidad es máscara, disfraz, clown trágico. La pregunta «¿Cuántos rostros caben en un solo disfraz?» no es retórica: apunta a una subjetividad múltiple, descentrada. El yo es tránsito, migración, acumulación de sombras. El insomnio desmantela la ilusión de unidad. La influencia romántica (Keats, Blake) dialoga con una sensibilidad moderna y urbana: el símbolo ya no es trascendente sino corroído por el asfalto y el neón. sí Keats pensaba la identidad como una «capacidad negativa», es decir, la posibilidad de habitar contradicciones sin resolverlas, aquí el disfraz no es mero juego sino una superficie marcada por estrías, por cicatrices del tiempo y de la historia.

Hay una clara dimensión existencial y social. El poema no se queda en la introspección, sino que introduce la violencia histórica: «la bestia», «profusas pistolas», «hoscos museos de libertad», «asalariado». El sujeto es atravesado por estructuras de poder y por una economía degradante («alambique de monedas sucias»). La máscara no solo es psicológica, sino impuesta por el sistema: se es clown, asalariado, creyente bajo «lóbregas coyundas de catecismo». El disfraz se vuelve mecanismo de supervivencia en un mundo hostil.

El tono oscila entre lo trágico y lo grotesco. La figura del clown que «ríe y llora el drama del vuelo» condensa esa ambivalencia: lo cómico como máscara del dolor. En esta línea, el poema dialoga con una estética cercana al surrealismo y al expresionismo: imágenes abruptas («horqueta doble de los ijares», «cruz inminente de la gota del alba») que no buscan claridad racional sino intensidad simbólica. La sintaxis amplia, de largos encabalgamientos, refuerza la sensación de flujo continuo, como si el pensamiento no pudiera detenerse sin fracturarse.

Ciudad, marginalidad y conciencia social. La geografía urbana se mantiene como eje, pero ahora con un énfasis mayor en la marginalidad: homeless, prostitutas, sex shows, mercados, grafitis, colonias de cucharas vacías. La ciudad es un organismo enfermo donde «los abandonados lloran» y la miseria se encarna.

En Hilo de igniciones en el zoológico y Inconsciente cotidiano, la mirada se vuelve casi documental, aunque atravesada por una imaginería visionaria. La pobreza no es simple denuncia; es una dimensión existencial compartida. El hablante no observa desde fuera: se reconoce como «transeúnte de paisajes muertos». La ciudad es zoológico, escaparate, burdel, trinchera y desván: un espacio de espectáculo y decadencia donde lo humano se exhibe y se desgasta.

Erotismo, cuerpo y desgaste. El erotismo persiste, pero ya no como fulgor sino como tensión entre deseo y desamparo. Hay alusiones sensuales —cuerpos, entrepiernas, sábanas, cópula— pero siempre atravesadas por el desgaste, la culpa o la precariedad. El cuerpo urbano es vulnerable.

En Excesos permeables, el hablante asume con ironía sus impulsos: «perdonadme que insista en los juegos de las sábanas». El deseo no es glorificado; es parte de la demasía nocturna. La carne no salva, pero tampoco se niega. Se integra a la experiencia como otra forma de combustión.

Escritura como supervivencia. Uno de los aspectos más relevantes de esta sección es la metapoesía. En Simples palabras laminadas de oscuridad, el poeta declara: «Mi primer poema lo escribí cuando apenas amanecía, sigo escribiendo ese poema…». La escritura es continuidad obsesiva, resistencia frente al caos.

En Cuaderno y Llave, la palabra aparece como talismán. No es ornamento; es instrumento de sobrevivencia. Aunque el mundo sea absurdo o degradado, la escritura ordena, aunque sea provisionalmente, la experiencia. Incluso cuando se admite que «lo innombrable tiene precio», el acto de nombrar persiste.

La palabra es cruz, torrente, ceniza y también pájaro en llamas. En Pájaro en llamas, la voz se afirma: «sobrevivo a la palabra: me sobrevive». Hay reciprocidad: el poeta sostiene la palabra, pero también es sostenido por ella.

Oscuridad y progresiva claridad. Si bien domina la atmósfera sombría, la sección introduce destellos de reconciliación. En Respiración plena, se sugiere un desprendimiento del resentimiento y los altares rotos: «Ya en la memoria no existen transfusiones ni nostalgias». Es un momento de equilibrio.

Asimismo, en Identidad y Después de que sea claridad Y Recupere las palabras, se percibe una voluntad de reconstrucción. El yo afirma: «Soy yo y nadie más…», después de haber atravesado el martillo y el clavo. Hay una tentativa de claridad, aunque no definitiva. El tránsito no es lineal: la luz nunca se impone del todo; convive con la sombra. Pero la posibilidad de juntar las manos y reír —aunque sea hipotética— indica una apertura.

Estética de la acumulación y del delirio controlado. Formalmente, los poemas mantienen el verso largo, la enumeración torrencial, la sintaxis expansiva. Sin embargo, en esta segunda parte la acumulación parece más deliberada, más reflexiva. El delirio no es caos puro; está sostenido por una conciencia que se observa a sí misma escribir.

Hay una retórica de la pregunta constante («¿En qué reino…?», «¿Cuánto tarda la luz…?») que no busca respuestas definitivas sino mantener activa la interrogación. El poema es un espacio de conjetura más que de sentencia.

La tercera parte de Bahía Street y otros poemas constituye, más que una simple continuación, una expansión y condensación extrema de la poética anterior. Si en las secciones previas dominaban la ciudad y el insomnio como espacios de fractura, aquí asistimos a una superposición de planos —históricos, biográficos, políticos, eróticos y metafísicos— que justifican plenamente el título: la realidad no se presenta lineal, sino como estratos que se interfieren y contaminan.

Superposición de planos: memoria, ciudad y país. Desde «Planos superpuestos», el poema inicial, se establece el procedimiento central: la ciudad exterior y la habitación interior se funden. «La corona de espinas sobre el otro ojo de los recuerdos» condensa lo religioso, lo corporal y lo memorial. El espacio urbano —calles, bolsillos, transeúntes— convive con la conciencia herida. No hay afuera y adentro diferenciados: ambos se reflejan como en un espejo empañado.

En textos como «Animal herido entre larvas tribales», «Territorio de incertidumbre» o «Zaga del tiempo imborrable», el país irrumpe con mayor nitidez. Ya no es solo ciudad abstracta, sino territorio concreto, con resonancias centroamericanas (Lempa, Las Pavas, Texistepeque). La memoria nacional y la memoria personal se entrelazan: el dolor del padre ferroviario en «Durmientes en creciente desamparo» funciona como eje ético y genealógico. La infancia, el ferrocarril, el hambre y el país herido no son decorado, sino raíz del sujeto poético. Aquí el plano histórico no se enuncia como discurso directo, sino como sedimentación: dictaduras, liberalismo extremo, automatismos mediáticos, fe deformada. El poema actúa como archivo visceral.

Escritura y autoconciencia del lenguaje. Esta sección intensifica el carácter metapoético. En «Página clandestina», «Disidencia», «Impostura de los años volcados en sueños» o «Árbol despeñado en el torrente», el poema reflexiona sobre su propia materialidad: la tinta, la morfosintaxis, el alfabeto, la fonética.

          La escritura aparece como: acto clandestino frente al orden establecido, disidencia frente a la ortodoxia política y lingüística, espacio de riesgo (“la morfosintaxis de la destrucción”).

Hay una conciencia clara de que «ninguna palabra es inocua». El lenguaje está contaminado por la historia y la ideología; por eso el poeta duda, rasga, desmonta. El poema no es transparencia sino fricción. Esta sospecha constante del lenguaje se convierte en uno de los motores más lúcidos del libro.

Intensificación de lo político. En esta tercera parte lo político adquiere mayor explicitud. Poemas como «Ante el terror, los sueños según lo recuerda Baudelaire», «Actos sonámbulos en medio de la multitud» o «Discrepancias que derivan de la sospecha» articulan una crítica frontal al capitalismo, al dogmatismo, a la manipulación mediática y al nacionalismo excluyente.

Sin embargo, la denuncia nunca se vuelve panfleto. Está atravesada por imágenes visionarias: «la escupida del incesto desde la torre de Babel», «la enfermedad de ponerle otro nombre a la dictadura de los deseos». La crítica se inscribe en un lenguaje donde ojos y bocas sangran, cargado de metáforas, que evita la consigna directa y apuesta por la imagen corrosiva. El país aparece como cuerpo enfermo, pero también como memoria viva. La tensión entre desencanto y resistencia recorre todo el tramo final.

El viaje como estructura simbólica. Muchos poemas finales adoptan la figura del viaje: «Viaje entre cipreses y despeñaderos», «A veces un viaje es solo un círculo», «Ante lo inminente, fiero el camino», «Oleaje que expía en el umbral». El viaje aquí no es desplazamiento geográfico solamente; es retorno, círculo, errancia existencial.

En «A veces un viaje es solo un círculo» se explicita la idea de circularidad: el desplazamiento no garantiza transformación; puede conducir al mismo punto. Esta noción dialoga con la memoria insistente del país y la infancia. El viaje es tentativa de purificación («purifico los despojos de las cunetas»), pero también constatación del extravío.

La metáfora marítima (oleaje, sal, litoral, barcos, espuma) adquiere un peso estructural: la sal es memoria que escuece; el mar es historia que no cesa; el litoral es frontera entre conciencia y mundo.

Erotismo y cuerpo como campo de conflicto. El erotismo persiste, pero en esta sección es más ambivalente. El cuerpo es goce y ruina, deseo y fractura. Aparece como territorio político y simbólico: «la cópula sobre los muebles», «el sexo pulverizado como fósil», «el altar mayor del sexo gruñendo siglos de fósiles».

La sexualidad no es simple celebración; es cruce de violencia, memoria y poder. El cuerpo se convierte en campo de batalla donde confluyen historia y deseo.

Tono elegíaco y genealogía. Uno de los momentos más logrados es «Durmientes en creciente desamparo». Allí el tono se aquieta; la imaginería torrencial cede espacio a una evocación más concreta y emotiva del padre y los ferrocarriles. El poema articula una genealogía: el hijo se construye sobre los «durmientes», metáfora literal y simbólica. En este texto la memoria deja de ser pura fragmentación y se vuelve raíz. Es un punto de condensación ética dentro del conjunto.

Culminación estética: acumulación y vértigo. Formalmente, la tercera parte lleva al límite el estilo del libro: Verso largo y expansivo, Enumeraciones acumulativas, Paréntesis reflexivos, Intertextualidad (Baudelaire, Proust), Mezcla de registros (religioso, político, urbano, corporal).

La saturación léxica produce vértigo, coherente con la idea de planos superpuestos. A veces el riesgo es la hipertrofia de la imagen —una sobreabundancia que puede dificultar la respiración del poema—, pero esa misma densidad construye una atmósfera única: la experiencia no es nítida, es turbulenta.

Hacia una ética de la disidencia. El libro no concluye en pura desesperanza. Poemas como «Disidencia» o «Carta al futuro» (aunque ubicada antes en la sección) apuntan a una ética de resistencia. Escribir es disentir. Persistir en la palabra es negarse a la domesticación.

La conciencia final es amarga —«Nada salvará los buenos tiempos»—, pero no claudicante. La memoria duele, el país duele, el lenguaje duele; sin embargo, el poema sigue escribiéndose.

La cuarta parte de Bahía Street y otros poemas se configura como un vasto mural de descomposición histórica, conciencia crítica y resistencia íntima. Si en secciones anteriores predominaba una tensión entre memoria y lenguaje, aquí esa tensión se radicaliza: el poema se vuelve espacio de combate, registro de la devastación y, simultáneamente, último reducto de dignidad.

Desde «Como en los cuentos de hadas» se advierte una operación clave: la relectura de los imaginarios infantiles como alegoría política. El lobo amaestrado, Caperucita deshaciendo los nudos de la censura, el cordero sangrante «como diría Perrault», desplazan el cuento hacia un territorio de violencia histórica y manipulación simbólica. La fábula no consuela: desenmascara. El espejo —motivo recurrente a lo largo de la sección— no devuelve identidad sino fractura, pregunta por «quién está al otro lado», interroga la legitimidad de los relatos oficiales. El metalenguaje aparece explícitamente: la escritura sabe que está atrapada en «páginas frías», pero aun así aúlla desde la ceniza.

En «Litoral con sembradío de migajas» y «Pez ahogado en el estertor del pecho» el país se convierte en paisaje orgánico herido: aguas que muerden, cadáveres que avanzan como tren monstruoso, bozales en la boca, pancartas hostiles. La imaginería acuática —bahía, litoral, orillas, peces— ya no es apertura sino asfixia. El mar es pecho o tumba; la orilla, frontera del despojo. Hay aquí una conciencia aguda de la simulación contemporánea («antenas inteligentes», «simulacro del pensamiento», «oferta y demanda»), donde la macroeconomía y el mercado penetran incluso la textura moral del lenguaje. Sin embargo, la poesía es invocada como libertad posible: «vos, poesía, que te convertís en mi libertad posible». Esa apelación directa introduce una dimensión ética: escribir es un acto de resistencia frente al bozal y la desmemoria.

«Espinas pretéritas en la sangre» y «Raíces del andrajo en la ventana» profundizan el eje histórico. La memoria no es nostalgia apacible, sino herida colonial y tercermundista: púas de ixcanal, Lázaros extraviados, inquisición de los tejados, tribu inverosímil de verdugos. El pasado prehispánico y la modernidad degradada conviven en una sintaxis crispada, saturada de enumeraciones y preguntas retóricas. El yo lírico no adopta una posición profética; más bien se reconoce vulnerable, «miserable de garganta», atravesado por el miedo. Esa autoconciencia evita el panfleto y sitúa el poema en el terreno del testimonio interior.

En piezas como «Convencionalidad del hastío» o «Lenguaje de mudanzas y contestaciones» se intensifica la crítica cultural. La inmolación como mercancía, la indulgencia como producto, la teoría vaciada, la ficción devastadora: todo señala una crisis de sentido. El poema cuestiona incluso su propia posibilidad («ponerle brida al poema», «equívocos que exceden a la escritura»). Hay un desencanto con la tradición y, al mismo tiempo, un diálogo explícito con ella: Baudelaire, Rimbaud, Lope, Pellegrini. Estas invocaciones no son ornamento erudito; funcionan como genealogía crítica, como recordatorio de que la modernidad poética siempre fue contestataria.

Un núcleo particularmente intenso es el de los poemas dedicados al país: «Lejanía del país», «Aire viciado», «Ventana de iniquidad y desafecto». Aquí el tono se vuelve más frontal. El país es «arlequín», «país de mierda», territorio de soldados, barbarie y hambre. La caligrafía del miedo impregna los bolsillos. La violencia no es abstracta: se inscribe en cuerpos, en calles, en el aire. Sin embargo, incluso en esa crudeza, el hablante no abdica de la esperanza: quiere «el temblor que anuncia la esperanza, no la exacta mortaja de la resignación». Esa oposición resume la tensión central de la sección: desesperanza estructural versus resistencia íntima.

En contraste, poemas como «Aroma del alba», «Techo de memoria» o «Mundo encadenado en los ojos» introducen una veta amorosa y sensual que no anula la tragedia, pero la equilibra. El cuerpo, la luz, el deseo aparecen como espacios de restitución simbólica. La amada es aroma, río, azúcar luminoso; su presencia reconstituye momentáneamente la fractura del mundo. Sin embargo, incluso el erotismo está atravesado por imágenes de muerte, estertor y polvo: el amor no es evasión, sino intensidad en medio del derrumbe.

Formalmente, esta cuarta parte se caracteriza por una sintaxis expansiva, acumulativa, con abundancia de incisos parentéticos, preguntas, enumeraciones y desplazamientos semánticos abruptos. La metáfora es densa, con cruces de registros —religioso, urbano, corporal, político— que producen un efecto de saturación. Esa saturación no es exceso gratuito: traduce la sobrecarga de realidad que el sujeto experimenta. El poema se convierte en respiración entrecortada, en «estertor del pecho».

En conjunto, esta sección consolida una poética de la intemperie: el yo escribe desde la precariedad, desde la conciencia de la ruina histórica y del lenguaje erosionado, pero no renuncia a la lucidez. La escritura no redime el país ni clausura la herida, pero permite nombrarla. Y en ese nombrar —aun lleno de sombras, ceniza y despojo— se cifra la única claridad posible: la que emerge «en medio de la nada».

Además de lo expresado, Bahía Street y otros poemas puede vincularse con varias vertientes del surrealismo, aunque no de manera ortodoxa o programática. No se trata de un surrealismo «puro» en el sentido bretoniano de escritura automática, sino de una apropiación crítica del imaginario surrealista, cruzada por la historia latinoamericana y la conciencia política. Señalo algunas correspondencias significativas:

El surrealismo de André Breton y la imaginería de choque. La acumulación de imágenes abruptas, el encadenamiento de asociaciones libres y la lógica onírica —«pez ahogado en el estertor del pecho», «caligrafía del miedo», «caballo de las pupilas»— remiten a la estética del choque surrealista. Hay una voluntad de fracturar la sintaxis racional y de producir extrañamiento, como proponía Breton en los manifiestos. Sin embargo, aquí la irracionalidad no busca liberar el inconsciente amoroso sino denunciar una realidad histórica convulsa.

El surrealismo existencial de Antonin Artaud. En muchos poemas la corporalidad es extrema, lacerada, casi sacrificial: estertores, mutilaciones, cadáveres, bozales, espinas. El lenguaje se experimenta como herida. Esta violencia verbal aproxima el libro a la línea artaudiana, donde el poema es un «teatro de la crueldad» interior y la palabra arde como síntoma físico. La escritura parece surgir desde el sistema nervioso más que desde la ornamentación retórica.

El surrealismo urbano de Benjamin Péret y el primer Octavio Paz. La ciudad como espacio de descomposición moral y visión alucinada conecta con una tradición surrealista que incorporó lo urbano y lo político. En Bahía Street, la calle, el mercado, el tren, los escaparates, los periódicos y el aire viciado conforman una geografía convulsa. Aquí el surrealismo no es evasión sino lectura crítica de la modernidad.

La herencia hispanoamericana: César Moro y Enrique Molina. Más cercana aún es la afinidad con el surrealismo latinoamericano, particularmente con César Moro (Perú) y Enrique Molina (Argentina). De Moro comparte la intensidad visionaria y la erotización de la imagen; de Molina, la expansión verbal y el tono profético mezclado con desolación histórica. En ambos, como en Bahía Street, la imagen no es mero ornamento sino revelación.

La resonancia de Vicente Huidobro y el creacionismo tardío. Aunque Huidobro no fue surrealista en sentido estricto, su impulso creacionista —la autonomía del poema como realidad paralela— se percibe en la proliferación metafórica y en la independencia de la imagen respecto de la anécdota. El poema no describe: funda una realidad alternativa.

El surrealismo crítico de Aimé Césaire. En los poemas dedicados al país, donde la historia, la barbarie y la herida colonial atraviesan la lengua, puede rastrearse una cercanía con Césaire: un surrealismo que se vuelve herramienta de descolonización simbólica. La imagen convulsa sirve para denunciar la opresión histórica y la degradación social.

El surrealismo español de posguerra (Carlos Edmundo de Ory, el postismo). La densidad metafórica y el tono de rebelión frente al discurso institucional recuerdan también el postismo español, donde el surrealismo se funde con ironía y crítica cultural.

En síntesis, Bahía Street y otros poemas se vincula con un surrealismo de segunda generación, histórico y crítico, más cercano al surrealismo latinoamericano y existencial que al automatismo fundacional francés. No es un surrealismo de laboratorio, sino uno encarnado en la experiencia de un país herido, donde la imagen sirve para explorar la fractura de la identidad, la violencia estructural y la persistencia del deseo.

Si hubiera que situarlo con mayor precisión, diría que Bahía Street y otros poemas dialoga especialmente con César Moro, Enrique Molina y el Artaud más visceral, sin perder la conciencia política que aproxima ciertos pasajes a Césaire.

Desde «Claridades invisibles» (primer bloque) se configura como una exploración radical de la conciencia en crisis, inscrita en un paisaje urbano degradado pero intensamente simbólico. La voz poética asume la ceguera como forma de lucidez, la carne como archivo del tiempo, y la ciudad como teatro del desamparo y la resistencia. La escritura, saturada y visionaria, convierte la experiencia contemporánea en un entramado de imágenes donde la luz sólo se revela en el choque con la sombra.

«Apuntes del insomnio» (segundo bloque) intensifica la exploración de la conciencia urbana y fragmentada que ya aparecía en la primera parte, pero la desplaza hacia un territorio más íntimo y autorreflexivo. El insomnio funciona como metáfora de la lucidez dolorosa: el sujeto no puede dormir porque sabe demasiado, porque la memoria es ceniza viva.

Ciudad, espejo, fuego, ceniza, pájaro, palabra: estos símbolos se reiteran y se transforman, construyendo una poética de la combustión permanente. La escritura no resuelve el caos, pero lo atraviesa; no redime del todo, pero permite respirar. En esta segunda parte, el libro alcanza una madurez más consciente de su propia herida: la identidad se asume como fractura, la noche como territorio inevitable, y la palabra como única llave posible en medio del absurdo.

«Planos superpuestos», la tercera parte de Bahía Street y otros poemas es la más compleja y ambiciosa del libro. Superpone biografía, historia nacional, crítica política, erotismo y reflexión metapoética en un tejido denso y visionario. El yo poético ya no es solo flâneur urbano o insomne lúcido: es heredero, disidente y testigo. La ciudad se convierte en país; el país en cuerpo; el cuerpo en lenguaje; y el lenguaje en campo de batalla. El viaje no conduce a la redención, pero sí a una conciencia más afilada de la herida.

En este tramo final, «Como en los cuestos de hadas», la obra alcanza su máxima intensidad: una poesía de sal y ceniza, de memoria insomne y resistencia verbal, donde cada plano —histórico, íntimo, simbólico— vibra simultáneamente, como si el mundo entero estuviera escrito en capas que nunca terminan de asentarse.


lunes, 19 de enero de 2026

LA ESTÉTICA DEL COLAPSO: la conciencia poética del despojo entre la vigilia y la pesadilla, entre el erotismo y la muerte en Garaje para fósiles

 

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LA ESTÉTICA DEL COLAPSO:

la conciencia poética del despojo entre la vigilia y la pesadilla,

entre el erotismo y la muerte en Garaje para fósiles

 

 

 

«me quitaron el país, pero no el dolor que lo recuerda».

JUAN GELMAN

 

«Yo he visto la pobreza en las orillas del frío.»

ANTONIO GAMONEDA

 

«Me despojaron del país, pero no pudieron arrancarme el sueño.»

ÓSCAR HAHN

 

 

 

En Garaje para fósiles, André Cruchaga condensa una de las visiones más descarnadas, intensas y lúcidas de la experiencia contemporánea del desarraigo y la pérdida. Su título ya anticipa la paradoja esencial del libro: el «garaje», espacio cotidiano y funcional, se convierte en una cámara mortuoria del espíritu, un depósito de «fósiles» —metáfora de la memoria petrificada, de la conciencia histórica en ruinas, del sujeto erosionado por la violencia y el tiempo—.

Garaje para fósiles se inscribe en esa tradición de la poesía latinoamericana donde el yo se convierte en un territorio fracturado por la violencia histórica, los despojos sociopolíticos y la fragilidad del cuerpo. Pero lo que distingue a este libro es que esa fractura no es solo tema: es método, forma, respiración poética. La intimidad no se revela como un refugio sino como una ruina activa, un espacio donde los afectos son restos fósiles y la subjetividad apenas un reflejo astillado.

La obra configura un universo donde el amor, la memoria y el deseo aparecen siempre atravesados por una conciencia devastada que intenta —desde la precariedad emocional— sostener una última chispa de humanidad.

La voz poética de Cruchaga atraviesa este libro con un tono de profunda metafísica de la intemperie: cada poema se erige como un registro del derrumbe, una tentativa de rescatar algo de sentido entre las cenizas del siglo. Su lenguaje —denso, torrencial, visionario— se mueve entre la lucidez bachelardiana del espacio interior y la crítica de la historia que evocan poetas como César Vallejo o Paul Celan. La materia del poema es el residuo de lo vivido; la imagen poética, un fósil donde aún late el dolor.

El poeta concibe la existencia como una arqueología del sufrimiento, donde el cuerpo, la patria y el lenguaje son ruinas en combustión. Poemas como «Extravío del país», «Cuchillo del luto» o «Fundición del ahogo» revelan esa «patria doliente» que habita la poesía de Cruchaga: un El Salvador convertido en cementerio, donde la belleza se mezcla con la podredumbre («bello cementerio garaje para presos políticos, desaparecidos…»). En este sentido, el autor se sitúa dentro de una tradición posvanguardista y surrealista, heredera del automatismo de César Moro o del «sueño lúcido» de Octavio Paz, pero teñida por una conciencia ética del horror histórico.

La imaginería del libro es corpórea y abismal: sangre, ceniza, barro, semen, hueso, espejo, cuchillo, escarcha, insectos. Todo apunta a una poética del exceso, donde la palabra no busca consolar, sino testimoniar el espasmo de la realidad. El poema no es aquí contemplación, sino «deriva» —como sugiere el título de una de las secciones—, movimiento entre la vigilia y la pesadilla, entre el erotismo y la muerte. Cruchaga explora los bordes del lenguaje hasta hacerlo materia, residuo, ruido: «Todo permanece en equilibrio hasta que se rompen los límites visibles del subjuntivo profético», escribe, articulando una crítica a la retórica institucional del poder y la fe.

La intimidad en Garaje para fósiles no ofrece abrigo. Por el contrario, se vuelve un espacio desollado donde: el amor es ausencia, el deseo es un acto que desgarra, el cuerpo es una materia en ruinas, la memoria erótica está cubierta de polvo, y el vínculo humano oscila entre el anhelo y el vacío.

El hablante se dirige constantemente a un «tú» que puede ser amante, fantasma, recuerdo o alucinación. Ese «tú» es, sin embargo, inasible. Es un cuerpo que se derrumba o que nunca está. Un calor que se ha vuelto frío. Una imagen que el espejo ya no sostiene. Así, el poemario configura una erosión afectiva: el amor no salva, hiere; la ausencia no se cierra, se expande. El eros es siempre un eros necrosado. El vínculo interpersonal está atravesado por una tensión permanente: querer asirse a lo que inevitablemente se fuga. La intimidad es, entonces, una arqueología del fracaso emocional.

El cuerpo aparece como archivo de daño: No hay en estos poemas un cuerpo idealizado ni metaforizado desde lo etéreo; hay un cuerpo vulnerable, desgastado por el insomnio, por el deseo herido, por el entorno político y por el tiempo. El cuerpo funciona como archivo pulsante de todas las violencias (políticas, sociales, eróticas, simbólicas). De ahí que aparezca constantemente como: decapitado, disuelto, fragmentado, tatuado de heridas, violentado por la memoria, atravesado por la noche y sus amenazas. La sensualidad está, sí, presente, pero siempre teñida de un tono oscuro, casi fúnebre. El erotismo es una forma de supervivencia y, al mismo tiempo, un recordatorio de lo que no puede sostenerse.

El país constituye un trauma íntimo. Uno de los aciertos del libro es que borra la frontera entre lo íntimo y lo político. El malestar personal y el malestar nacional son inseparables. No se trata de la clásica poesía social, sino de una intimidad contaminada por: cadáveres en las calles, corrupción omnipresente, miseria afectiva, violencia estructural, la sensación de nación fallida, la imposibilidad de crecer en un territorio fracturado.

De esta manera, la depresión del yo no es solo psicológica: es también consecuencia del país, de la historia, del contexto. El trauma colectivo se convierte en trauma íntimo. El «garaje» donde se guardan los «fósiles» es tanto un espacio mental como un símbolo de la memoria de la patria.

Desde un punto de vista teórico, el libro dialoga con la filosofía de la desolación: el pensamiento del ser en Heidegger (la «intemperie» como destino del hombre moderno), la razón poética de María Zambrano (donde el conocimiento brota del dolor y la experiencia), y la poética del espacio de Bachelard (la casa, el garaje, la patria como lugares de lo íntimo devastado). Pero su raíz más profunda es ética y estética: una rebelión del lenguaje frente al olvido, una resistencia verbal ante la degradación del mundo.

Su poética nos recuerda momentos de: Vallejo (por su ruptura sintáctica), Artaud (por su rabia corporal), Huidobro o el surrealismo (por sus imágenes insumisas), Cadenas o Gamoneda (por su escritura de la degradación). Sin embargo, el libro es profundamente propio: su tono es inconfundible, su respiración torrencial es constante, su imaginería está marcada por una violencia sensorial que no imita, sino que encarna.

El libro elabora una estética del colapso, una estética del derrumbe, donde cada poema funciona como un capítulo de una misma visión: el mundo está roto, y su ruptura se manifiesta en múltiples planos: Tiempo: discontinuo, disperso, ensombrecido. Espacio: un país deformado por la violencia. Cuerpo: materia enferma. Memoria: polvo y ruina. Identidad: desdibujada, descentrada. Relación humana: imposible, pérdida, anhelo y vacío. La acumulación, la saturación de imágenes, la constante presencia del moho, la ceniza, la sangre, las telarañas, los animales nocturnos, las vísceras y las ruinas no son meros adornos: componen un imaginario coherente. El resultado es una poética de la descomposición donde el yo intenta sobrevivir entre restos.

En su estructura, Garaje para fósiles es un largo descenso, una topografía del alma en estado de ruina. Los poemas se suceden como fragmentos de una conciencia en trance, donde la historia colectiva y la herida individual convergen en una misma respiración. La cadencia de la escritura, su sintaxis torrencial y su imaginería delirante construyen una experiencia de lectura que exige al lector una inmersión radical en el espesor de la palabra. Al final, Cruchaga no propone redención, sino lucidez: la certeza de que la poesía —aun entre escombros— sigue siendo una forma de permanencia, un acto de insumisión frente al silencio.

          Garaje para fósiles no busca consolar ni ofrecer alivios. Es un libro que forcejea con la realidad, que respira desde la herida y que comprende la poesía como un acto de resistencia ante un mundo devastado. Su fuerza proviene de su capacidad de convertir el dolor íntimo en visión crítica y de transformar el lenguaje en una herramienta de fuego y de laberinto.

La intimidad, en este libro, no es un espacio protegido: es un campo minado donde el yo se enfrenta a la pérdida, a la violencia del país, al deterioro del cuerpo y a la angustia del tiempo. Y, sin embargo —o precisamente por eso—, esta poesía posee una extraña belleza: la belleza de lo que insiste en decir, incluso cuando ya todo parece haber sido destruido.

Algunos poemas nos ayudan a dilucidar lo que venimos afirmando, veamos: Andenes del submundo. Este poema funciona como umbral del libro. El andén no es solo espacio físico, sino zona mental y lingüística donde el sujeto queda expuesto al tránsito de la violencia, la memoria y el delirio. La sintaxis excesiva y encabalgada reproduce el agotamiento respiratorio del hablante: el verso se vuelve jadeo.

El cuerpo urbano (aceras, baños públicos, colillas, baldosas) se funde con el cuerpo biológico (tórax, boca, pupila). El lenguaje está mordido, oscurecido, «ciego». Sin embargo, persiste la obsesión del vuelo: los pájaros aparecen como costras, restos de una libertad imposible. Es un poema de instalación del tono: aquí queda claro que el libro no narrará, sino acumulará ruinas.

Aldea de pájaros. Este texto intensifica la paradoja central: el pájaro ya no canta, calla. El verbo «callo» repetido obsesivamente marca un doble sentido: silencio impuesto y dureza del cuerpo. El poema tematiza el agotamiento del deseo, del lenguaje y de la comunidad.

La «aldea» no es un refugio, sino un espacio de ahorcamientos simbólicos, de cuerpos suspendidos en la conciencia. El insomnio aparece como forma de vigilancia forzada: no dormir es no escapar. El poema trabaja la letanía, una oración sin consuelo. El Ave María de cansancio resignifica la plegaria: rezar ya no salva, apenas acompaña el deterioro.

Profanación abisal. Aquí la voz asume una memoria histórica explícita: profanaciones, tortura, censura, renuncia, insurrección. El poema cruza biografía individual y trauma colectivo sin separarlos.

La imagen del «pájaro apedreado» y del «cadáver del país» concentra la ética del libro: la violencia no es excepcional, es estructural. El lenguaje se vuelve crónica alucinada: no denuncia, exhuma. El cierre médico («antibióticos», «analgésicos») muestra la contemporaneidad del trauma: ya no se sobrevive con fe, sino con químicos. El cuerpo poético queda en estado clínico.

Aspas rotas. Poema de la adolescencia devastada. El erotismo aparece deformado por la violencia: incestos, violaciones, antros, aceras. No hay nostalgia, hay ajuste de cuentas con el origen. El tren de aspas rotas funciona como metáfora del tiempo: no avanza, tritura. El lenguaje es consciente de la falsedad de toda promesa y de toda luz que no ciegue. El tono es de amarga lucidez: el hablante no se engaña con la ternura, pero tampoco renuncia del todo a nombrarla, simulacro necesario.

Infinito del alambique. El alambique destila restos: memorias, muertos, cenizas. El infinito aquí es repetición: desayunar con los muertos se convierte en rutina. Este poema introduce una crítica política directa, especialmente en la noción de democracia mínima, simulada, irrisoria. El deseo aparece criminalizado, vigilado.

Formalmente, el poema mezcla lo íntimo y lo público sin transición, lo que refuerza la idea de que no existe vida privada indemne. La voz poética sigue caminando entre residuos, consciente de que el lenguaje es el último espacio respirable.

Olor de la noche. Este poema privilegia el sentido del olfato, poco usual en poesía, para construir una ética del asco. El país huele: a desaparición, a pobreza, a poder. Las preguntas retóricas («¿Quién hizo del olor…?») no buscan respuesta, sino señalar la responsabilidad difusa del sistema. El terror se vuelve íntimo, casi sentimental: «se siente como el amor primero». El final afirma una poética del despojo: lo único reconocible ya no es la identidad ni la esperanza, sino el residuo ardiente de lo perdido.

Sobresalto de incineraciones. Poema de encierro mental: manicomio, sonambulismo, cadáver anticipado. El yo poético se observa a sí mismo como resto. El acto de escribir detrás de los lentes remite a una escritura privada, clandestina, como si el poema fuese un grafiti mental. Las incineraciones aluden tanto a cuerpos como a ideas. El «toque de queda» reaparece como condición permanente de la subjetividad: no solo política, sino emocional y perceptiva.

Los brazos aún escuchan la lluvia. Este poema trabaja la persistencia sensorial: aunque todo colapse, el cuerpo aún oye, aún respira. No hay esperanza plena, pero sí un resto de percepción. La identificación país-cuerpo se vuelve frontal: «el país sos vos». Esto convierte el poema en una confesión desgarradora: no hay exterior al desastre. La ternura ha sido desinventariada; lo que queda es una respiración oscura, amorosa incluso, hacia lo irrecuperable.

Lluvia del rastrojo. Poema de auto-ubicación ética: el hablante se declara ajeno a la pulcritud, cercano a lo degradado. No reivindica la marginalidad; la asume como condición impuesta. La adolescencia vuelve como espacio de daño irreversible. La repetición de cadáveres marca una visión homogénea de la muerte: todos los cuerpos terminan pareciéndose. Hay un intento de ruptura al final: no ser «excremento deglutido», aunque sin garantías. La conciencia aparece como algo frágil, siempre a punto de perder su turno.

Vestidura de lo inhóspito. Aquí domina el cansancio civilizatorio: tribunales, troles, religiosidad vacía, suicidios. El poema es un inventario de hastío. Las imágenes sexuales y escatológicas no provocan, sino que atestiguan una realidad sin pudor ni reparación. La noche disuelve al hablante, que necesita sedantes: dormir es sobrevivir. La «vestidura» no protege: expone. Vivir es habitar lo inhóspito como única forma posible.

Certidumbre del sinsentido. Poema de cierre y de afirmación lúcida. No hay revelación final, sino constatación: el sinsentido es estable, repetitivo, cotidiano. El lenguaje oscila entre imágenes cósmicas y miserias domésticas, reforzando la idea de que todo naufragio es simultáneo. El cansancio atraviesa el poema como un tren nocturno interminable.

Garaje para fósiles guarda algunas correspondencias con autores latinoamericanos y surrealistas, afinidades poéticas, y no por genealogías rígidas. El libro se sitúa dentro de una constelación estética donde el delirio, la violencia histórica, el cuerpo y el lenguaje en crisis funcionan como ejes comunes.

El legado surrealista: del sueño a la herida histórica de André Breton, Benjamin Péret, Paul Éluard. El libro dialoga con el surrealismo, pero no con su etapa celebratoria del inconsciente, sino con su deriva oscura y política. Como en Péret, la imagen no busca armonía, sino ruptura. Las asociaciones violentas, el automatismo verbal y la abolición del orden lógico están presentes, pero aquí el inconsciente no es un espacio de liberación, sino un territorio sitiado.

A diferencia del surrealismo europeo clásico, donde el deseo tendía a la iluminación o al amor fou, («amor loco», hace referencia a una forma de amor apasionado, irracional y desbordado que rompe con las normas sociales y racionales establecidas), en Garaje para fósiles el deseo aparece criminalizado, extenuado o profanado. El poema no se abandona al sueño: se astilla en un insomnio permanente. Coincidencias: automatismo y acumulación, dislocación sintáctica, imagen como choque, no como adorno; diferencia crucial: el inconsciente ya no es revolucionario: está colonizado por la historia violenta.

Antonin Artaud: cuerpo, grito y lenguaje en estado límite. La afinidad con Artaud es profunda. En ambos casos, el lenguaje es materia corporal, convulsión, excrecencia. El poema no representa el cuerpo: se vuelve cuerpo. El tono de manicomio, de sonambulismo, de incineración mental nos recuerda a Van Gogh, el suicidado de la sociedad y los últimos cuadernos de Rodez.

Sin embargo, mientras Artaud lucha contra una metafísica opresiva, Garaje para fósiles combate una realidad política y social concreta: país, violencia, censura, desaparición, precariedad. Si Artaud grita contra Dios, aquí se grita contra el Estado, el crimen y la simulación democrática. César Vallejo: dolor histórico y sintaxis herida. Vallejo es una presencia subterránea, no por imitación, sino por postura ética frente al sufrimiento. Como en Trilce y Poemas humanos, el lenguaje se fractura porque la realidad ya no puede decirse con una sintaxis estable.

El «país» como herida colectiva, el hambre, la culpa histórica y el cuerpo abatido remiten a Vallejo, aunque sin su pathos cristiano: aquí no hay redención ni resurrección, solo persistencia corporal. Vallejo aún pedía auxilio al lector; este libro no pide, constata.

José Lezama Lima y el neobarroco oscuro. En la densidad metafórica, la saturación de imágenes y la voluptuosidad verbal, el libro dialoga con Lezama Lima, pero desde un polo inverso. Donde Lezama construye una erótica del conocimiento, aquí se desarrolla una tanática del lenguaje. Esta densidad metafórica no es celebración cultural, sino síntoma de un mundo sobrecargado y fallido. El poema no busca la «imagen total», sino el exceso como forma de asfixia.

Enrique Lihn y la conciencia del desastre. Con Lihn comparte el escepticismo radical, la ironía amarga frente a la historia y la sospecha ante el discurso político y cultural. El yo poético sabe que el lenguaje es insuficiente, pero no puede dejar de usarlo. Como en El Paseo Ahumada, la ciudad es un espacio degradado donde el sujeto camina sin épica, lúcido y derrotado a la vez. El poema no salva ni denuncia: registra el fracaso.

A nivel de Centroamérica representa la poesía del colapso y la posguerra. El libro se inscribe plenamente en la tradición centroamericana contemporánea, marcada por guerra, posguerra y violencia estructural. Es un concepto desarrollado principalmente por el sociólogo noruego Johan Galtung. Y se refiere a una forma de violencia que no es ejercida directamente por una persona o grupo, sino que está incrustada en las estructuras sociales, políticas y económicas de una sociedad. Esta violencia se manifiesta cuando ciertas personas o grupos son sistemáticamente excluidos, marginados o privados de oportunidades, recursos o derechos básicos, no por un acto explícito, sino por el modo en que la sociedad está organizada. La poesía, como manifestación artística y herramienta de denuncia social, ha abordado la violencia estructural de múltiples maneras. Los poetas suelen utilizar su voz para visibilizar las injusticias que permanecen ocultas en el tejido social y para dar voz a quienes han sido silenciados por el sistema.

Con Roque Dalton, comparte la conciencia histórica, el cuerpo político, la poesía como un acto de resistencia y de conciencia social, pero se distancia de la ironía festiva y del impulso revolucionario. Aquí la revolución es recuerdo oxidado.

En relación con Horacio Castellanos Moya (en prosa), coinciden en el tono paranoico, el hastío, la descomposición del sujeto y la violencia como atmósfera cotidiana más que como acontecimiento. La épica ha sido reemplazada por la patología social.

Finalmente, el vínculo con Alejandra Pizarnik, Olga Orozco lo percibimos porque comparte la obsesión con la noche, la herida del yo y el diálogo con la muerte, pero sin intimismo. La angustia es colectiva, no metafísica. Pizarnik buscaba el silencio; este libro lucha dentro del ruido.

          ¿Qué aporta Garaje para fósiles a esta tradición?, al respecto respondemos: una radicalización del surrealismo histórico hacia el trauma latinoamericano; un lenguaje excesivo como testimonio fisiológico, no simbólico; la conversión del poema en andenes del colapso, no en refugio estético; y, una ética de la escritura que no promete salvación ni belleza pura. Es un libro que escribe desde después: después del sueño, después de la fe, después de la épica. Y, aun así, escribe.


lunes, 5 de enero de 2026

SOBRE LA POÉTICA DE «ÚLTIMO ESPANTAPÁJAROS»: Ética del residuo y persistencia, la obstinación de permanecer, bajo la intemperie donde la memoria no se rinde

Portada


SOBRE LA POÉTICA DE «ÚLTIMO ESPANTAPÁJAROS»:

Ética del residuo y persistencia, la obstinación de permanecer, bajo la intemperie donde la memoria no se rinde

 

 

 

En su lugar ofrecen las irisaciones pastel de un agonismo consentido, de una profecía cumplida, suave y hedonista, pero, a la vez, obscena y decrépita como la imagen de un viejo senador romano cubierto de pámpanos en el peor cine de Hollywood.

JAIME BRIHUEGA

 

 

 

El libro configura una poesía de alto voltaje moral y simbólico, donde la reiteración no es redundancia, sino insistencia ética. El texto exige un lector dispuesto a atravesar la espesura, a aceptar la incomodidad, a leer sin esperar consuelo. Último espantapájaros no busca reconciliar: busca despertar, incomodar, dejar una astilla en la conciencia. Es una escritura que no embellece la ruina, sino que habla desde ella, con lucidez, furia contenida y una fidelidad radical a los cuerpos que la historia insiste en olvidar.

El «nosotros» fisurado y la ética de la intemperie. Desde Reiteraciones, el libro plantea una desconfianza radical hacia el «nosotros”» como categoría política y lingüística. Ese pronombre aparece contaminado («falaces y fálicas»), erosionado por la demagogia, el mercado, la violencia simbólica y material. El hablante no se instala cómodamente en una voz colectiva; por el contrario, la problematiza, la somete a sospecha, la descompone en fragmentos. Este gesto inaugura una ética de la intemperie: el poeta habla desde la precariedad, desde el tránsito, desde la imposibilidad de un refugio estable —ni en la comunidad ni en la historia ni siquiera en el lenguaje.

Poética del tránsito y del desgaste. A lo largo de textos como ESQUINAS, ANDENES RESUCITADOS, CAMINO DE CONTRAPESOS o TRÁNSITO DE DELACIONES, el motivo del caminar se vuelve central. Caminar no es desplazarse: es sobrevivir, es aceptar la provisionalidad como destino. El sujeto poético es un transeúnte exhausto, un testigo que no llega, que no culmina, que se mueve entre ruinas simbólicas y materiales. La reiteración del movimiento («caminar, caminar») refuerza la idea de que no hay epifanía final, sólo persistencia.

El lenguaje como campo de batalla. Uno de los núcleos más potentes del libro es la conciencia de que el lenguaje está herido. Aparece «ahuecado», «erosionado», contaminado por la retórica del poder, por el mercado, por la religión institucional, por los discursos políticos.

Sin embargo, el poema no renuncia al lenguaje: lo fuerza, lo sobrecarga, lo empuja hasta el borde de su quiebre. La sintaxis dilatada, las enumeraciones febriles, los encabalgamientos conceptuales no buscan claridad, sino exponer la fatiga misma del decir. En ese sentido, la reiteración es también una forma de testimonio: decir otra vez porque lo dicho no basta, porque el horror persiste.

Tenemos aquí una crítica social sin panfleto. Textos como REALIDAD DIARIA SOBRE LA TIERRA, BAJO MUNDO, CRUCIFIJO EN EL PECHO o ABSURDO DEL AHOGO construyen una crítica feroz a la pobreza estructural, la violencia, la hipocresía religiosa y la mercantilización de la vida.

Lo notable es que esta crítica no se articula desde el panfleto, sino desde una imaginería corporal y simbólica: hambre, huesos, ceniza, basura, cuerpos descartables. La realidad no se describe; se encarna. El poema se vuelve un espacio donde la injusticia deja marcas físicas.

Religión, mito y desencanto. La presencia de símbolos religiosos —Cristo, la cruz, el himno, la liturgia— no apunta a la fe sino a su desnaturalización crítica. Cristo aparece como pueblo crucificado, no como redentor abstracto. La religión institucional es denunciada como cómplice del hambre y del silencio.

Al mismo tiempo, el libro dialoga con mitos literarios (Goethe, Virgilio, Darío, Ashbery) no desde la reverencia, sino desde una relectura desencantada, consciente de que ya no es posible fundar una épica clásica.

El espantapájaros como figura central. El espantapájaros funciona como una imagen axial: figura inútil, grotesca, expuesta, colocada para ahuyentar, pero incapaz de proteger. El poeta mismo se reconoce en esa condición: un cuerpo erguido en medio del campo devastado, más símbolo que defensa, más testimonio que solución. Último espantapájaros: no porque no haya más, sino porque ya nadie cree en su eficacia.

Último espantapájaros es poesía como oficio y como conjuro. A pesar del tono sombrío, hay una persistente fe en la poesía —no como salvación, sino como gesto necesario. OFICIO MATUTINO y POESÍA DEL CONJURO CON LUNA DE CIPRÉS formulan una poética del trabajo diario: escribir como limpiar, como abrir, como acompañar a los muertos y a los vivos en su precariedad. La poesía no redime, pero nombra, y en ese nombrar resiste al borramiento.

Desde Hojarasca del claroscuro hasta arcilla del rudimento es un bloque de poemas de los más radicales, densos y exigentes de ÚLTIMO ESPANTAPÁJAROS. Aquí el poeta desciende a zonas de alto riesgo: el delirio, la desesperanza, la crítica sin consuelo, la memoria como herida abierta.

El resultado es una poesía de extrema honestidad, que no concede alivios fáciles ni gestos decorativos. El espantapájaros ya no sólo está expuesto al campo devastado: es él mismo hojarasca, residuo que arde, que piensa, que vigila todavía.

Una escritura que no busca agradar ni cerrar heridas, sino permanecer alerta en el claroscuro, allí donde la poesía sigue siendo, a pesar de todo, una forma de resistencia lúcida.

Hojarasca del claroscuro desplaza el eje hacia una poética del espesor interior, donde el conflicto ya no se sitúa sólo en la intemperie social e histórica, sino en la zona intermedia —turbia, ambigua, nocturna— entre conciencia y delirio, memoria y cuerpo, supervivencia y disolución. El claroscuro no es aquí una categoría estética, sino un estado ontológico.

La hojarasca: residuo, memoria, combustión. Un segundo bloque de poemas seleccionado para su comentario es programático. La hojarasca remite a lo que cae, se acumula, se descompone; pero también a lo que fertiliza. No hay paisaje limpio: todo está cubierto de restos, de capas de experiencia, de palabras gastadas, de recuerdos que no terminan de morir.

El claroscuro, por su parte, no propone conciliación entre luz y sombra, sino su coexistencia conflictiva. La luz aparece siempre herida, parcial, sumergida; la sombra, lejos de ser mero negativo, es sustancia viva, respirable, casi táctil.

Veamos, ahora, el cuerpo como campo de batalla. En poemas como ALUCINACIONES, JAULA, DESNUDEZ DEL HOMBRE CENTINELA o CONFESIÓN, LAPSUS DE LA CARCOMA, el cuerpo se vuelve el territorio central del conflicto. No es un cuerpo erótico ni simbólico en clave idealista, sino un cuerpo atravesado por hambre, desgaste, insomnio, deseo, culpa, enfermedad y memoria. El yo poético no observa su cuerpo: habita en él como en una cárcel porosa, donde se mezclan lo fisiológico, lo onírico y lo político. La carne es archivo y condena.

Último espantapájaros es escritura del delirio controlado. La sección asume sin reservas una estética del exceso: frases torrenciales, asociaciones vertiginosas, enumeraciones obsesivas, saltos sintácticos que rozan el colapso. Sin embargo, no se trata de escritura automática ingenua.

El diálogo explícito con Tristan Tzara, René Char, Aragon sitúa estos textos en una tradición surrealista crítica, donde el delirio no es evasión sino método de conocimiento. El poema se deja poseer por la alucinación, pero la conduce: hay conciencia del abismo, no abandono irresponsable.

          La jaula, el páramo, el destierro. Tres imágenes vertebran simbólicamente esta parte del libro: La jaula: metáfora del yo, de la sociedad, del lenguaje mismo. No hay barrotes visibles, pero sí una clausura interior que se reproduce incluso en el deseo de libertad. El páramo: espacio de desolación extrema (PÁRAMO DE PERPETUO INFIERNO), pero también de resistencia mínima. El páramo no mata del todo: endurece. El destierro: no sólo geográfico, sino existencial y lingüístico. En CALLE DE MEMORIA Y DESTIERRO, el sujeto se exilia incluso de sí mismo, viviendo de restos, de calles interiores, de una memoria que sangra.

Crítica histórica y política desde la interioridad. Aunque esta sección parece más introspectiva que la primera, la crítica social no desaparece: se vuelve más corrosiva. En HORIZONTE DE DEFUNCIONES, ESPERA INFRUCTUOSA o OPTIMISMO A CUENTAGOTAS, el poema denuncia la oligarquía del hambre, el vaciamiento de los derechos civiles, la falsificación de la esperanza, el lenguaje como mercancía. La diferencia es que ahora esa crítica atraviesa el yo, lo hiere, lo descompone. El sistema no está afuera: habita en los poros, en el cansancio, en la renuncia a esperar.

El hombre centinela: vigilia sin redención. Una de las figuras más logradas de esta sección es la del hombre centinela: alguien que vigila sin esperanza de relevo, sin promesa de amanecer. Ser centinela no implica heroísmo, sino condena a la conciencia. Ver demasiado, recordar demasiado, nombrar incluso cuando el lenguaje se pudre. La desnudez del centinela no es mística: es desprotección absoluta.

Agua, lluvia, delta: la ambigua posibilidad de lo fluido. Hacia el tramo final (LLUVIA DEL DESLAVE, DELTA DE AGUAS ROTAS, ARCILLA DEL RUDIMENTO), el agua introduce una variación tonal. No es purificación ingenua: el diluvio arrasa, el delta confunde, la arcilla ensucia. Pero en esa materia húmeda, dúctil, aparece una posibilidad mínima de recomposición. No redención, sino aprendizaje: ensayo y error, rudimento, reconstrucción precaria de sentido.

Lenguaje consciente de su ruina. El libro no confía en el lenguaje, pero no renuncia a él. La palabra aparece carcomida, herrumbrosa, excesiva, al borde del colapso. Sin embargo, escribir sigue siendo un acto de insistencia vital. La poesía no salva, pero demora el derrumbe, deja marcas, se convierte en hojarasca fértil para un futuro incierto.

Desde Rastro Inverosímil a Fantasmas, Último espantapájaros constituye el núcleo más extenso, polifónico y memorial del libro. Si en las secciones anteriores predominaban la intemperie ética y el claroscuro interior, aquí el poema se abre a una lluvia coral de voces, tiempos, espacios y espectros, donde la subjetividad se vuelve archivo, crónica afectiva y conciencia histórica. No es una suma de textos, sino un continuum narrativo-poético, una larga respiración donde el yo se disgrega para alojar lo colectivo.

Último espantapájaros es una obra extensa, ambiciosa, arriesgada. Aquí el libro se convierte en crónica poética de una vida atravesada por la historia, en testimonio lírico de una nación herida y de un sujeto que se sabe resto, cicatriz, eco.

No es una poesía complaciente ni breve; exige un lector dispuesto a caminar entre ruinas, a escuchar voces superpuestas, a aceptar que el sentido no se entrega limpio, sino embarrado de memoria.

En este tercer bloque de poemas seleccionados, el espantapájaros ya no sólo resiste: recuerda. Y recordar, en este libro, es el acto más radical de justicia.

La «lluvia» funciona como forma de polifonía y desbordamiento. Lluvia de voces extrañas no alude sólo a multiplicidad de registros, sino a una forma de caer: las voces no se ordenan jerárquicamente, irrumpen, empapan, erosionan. El poema ya no habla desde una sola conciencia, sino desde una superposición de memorias: la infancia, la pobreza, la violencia política, el exilio, la genealogía familiar, la historia nacional.

Esta sección adopta deliberadamente una estructura de deriva: viajes, estaciones, muelles, casas derruidas, trenes, calles, patios, ríos. Todo está en tránsito. El poema se mueve como la lluvia: no progresa linealmente, desciende por acumulación, dejando sedimentos.

El yo como testigo y como resto. El sujeto poético aquí no es heroico ni estable. Es un yo erosionado, consciente de su fragilidad, que se reconoce como espantapájaros, caminante, fugitivo, hijo, huérfano, testigo de una historia que lo excede. En textos como Salto al vacío, Fuga sin equipaje, Historia íntima o Desmesura del apátrida, el hablante se define por la pérdida: de casa, de patria, de certezas, incluso de identidad.

Este yo no se confiesa para absolverse, sino para dejar constancia. La escritura funciona como acto de inventario: «cicatriz con addenda», «historia íntima», «olvido». Cada poema es una nota al margen del vivir, un intento de registrar lo que no tuvo relato oficial.

Memoria familiar y pobreza estructural. Uno de los logros más conmovedores de esta parte es la incorporación de la memoria doméstica y familiar sin idealización. La infancia aparece ligada al hambre, a la precariedad, a la ausencia del padre, a la figura materna trabajando, a los abuelos, a la casa de adobe, al tren, al mercado, a los oficios humildes.

Poemas como Muelle en el río Lempa, Casa empapada de rostros, Estación de Las Pavas, Cicatriz con addenda o Jardín de furias y batallas convierten lo autobiográfico en símbolo colectivo: la historia personal es inseparable de la historia social de El Salvador. La pobreza no es un accidente, es una condición histórica heredada, transmitida como una cicatriz.

Historia nacional y violencia política. La sección asume con claridad una conciencia histórica explícita. Aparecen la dictadura de Martínez, la matanza indígena, las dictaduras militares, la represión, la cárcel, el exilio. Sin embargo, el poema rehúye el tono documental: la historia se filtra a través de imágenes corporales, domésticas y sensoriales.

En Historia íntima, Adversidad innumerable, Claroscuro o Desmesura del apátrida, la patria es una entidad ambigua y dolorosa: espina, ruina, bandera hecha escombro. La nación no protege, hiere. El apátrida no es sólo quien migra, sino quien ya no puede reconocerse en el discurso oficial.

Viaje, tren, río: símbolos del tránsito perpetuo. El viaje es una de las grandes metáforas estructurales de esta parte. No es turismo ni aventura, sino desplazamiento forzado: trenes atestados, estaciones pobres, muelles, ríos, caminos polvorientos. El río Lempa, en particular, funciona como eje simbólico: memoria, infancia, paso del tiempo, persistencia.

Viajar aquí es una forma de pensar. El sujeto se desplaza para entender, para recordar, para no quedar fijado en el trauma. Sin embargo, no hay destino final: el viaje es condición permanente.

El espantapájaros como figura ética definitiva. En Lamentación de un espantapájaros, la figura central del libro alcanza su formulación más clara. El espantapájaros es el sobreviviente inútil, el testigo que permanece de pie entre ruinas, incapaz de ahuyentar del todo la devastación, pero negado a desaparecer.

El espantapájaros es el poeta mismo: expuesto, ridículo, erosionado por el clima histórico, pero todavía ahí. No representa poder, sino persistencia.

El Lenguaje es el recurso que permite visibilizar la conciencia del desgaste. Este tercer bloque de poemas seleccionados lleva al extremo una poética del exceso verbal: imágenes encadenadas, enumeraciones, asociaciones inesperadas, frases que se prolongan como torrentes. El lenguaje intenta abarcar lo inabarcable, decir lo que no tuvo voz.

Al mismo tiempo, el libro es plenamente consciente de la insuficiencia del lenguaje. Aparecen el balbuceo, la ortografía rota, el analfabetismo simbólico, la dificultad de nombrar. El poema se escribe desde la ruina del decir, no desde su dominio.

Luz final: no hay redención, sino conciencia. Aunque emergen momentos de luz (Luz, Vitral, Muelle en el río Lempa), esta claridad no es redentora. Es una luz sobria, casi doméstica, que permite ver sin ilusiones. No salva, pero permite permanecer.

La escritura no promete justicia ni reparación; promete memoria. Y esa memoria, aunque dolorosa, es el único territorio habitable.