“TODO
EN LA NADA”, de MIGUEL FAJARDO
M.Sc. Mía Gallegos
Premio
Nacional de Poesía de Costa Rica
Miguel Fajardo. “Todo en la nada”. (San
José: Lara & Segura Editores. 2026:104).
Prólogo de Mía Gallegos. Portada e
ilustraciones de Karen Clachar.
“Escribir un poema siempre es
una
forma de morir:
cada
palabra nos libera”
André Cruchaga
Así de improviso, como suelen ocurrir casi todas las
cosas, apreté fuertemente un libro del escritor mexicano Carlos Fuentes, en el
que reflexiona sobre España y América. El tomo de Fuentes se titula: El
espejo enterrado. Al ver la portada, un sinnúmero de ideas empezó a
revolotear, porque España posee en su seno muchas voces: árabes, judías,
grecolatinas y como tales se presentan en nuestro rico idioma. Mas también está
Nuestra América, poblada por voces y etnias muy diversas. Pienso en esos incas
fuertes, que vivieron en sociedades matriarcales. Pienso en el rey poeta de
México: Nezahualcóyotl (1402-1472), quien fue el gobernante de Texcoco, famoso
por su profunda sabiduría.
¡Ah!, pero de esa España que tiene hondas raíces en el
mediterráneo, y que inician las hazañas de conquista y colonización, vienen
asimismo en las carabelas, las primeras legiones de esclavos africanos.
Es ahí, donde empieza, sin duda, a conquistarse el
océano Atlántico, y nace, según las profundas observaciones de Walter Mignolo,
el inicio de las diferencias raciales en la América hispana, pues según señala
este sociólogo y otros de la corriente sociológica de Modernidad/Colonialidad,
antes no hubo ese “delito” racial. Lo llamo así, porque durante la conquista y
colonización de América, primero se diezmó la población nativa, y para ello fue
necesario buscar esclavos en África, en un continente que tenía cultura,
filosofía y reyes. No eran estos hombres de piel negra ciudadanos de segunda
clase. Poseían y poseen aún, a pesar de todo, una rica cultura.
Se preguntarán ustedes adónde quiero llegar con esta
introducción que se hizo más extensa de lo que yo pretendía en un principio.
Muchas veces las manos son raudas y el pensamiento también, entonces, cuanto
escribimos es como el acto de ir deshilvanando una portentosa madeja de hilo.
Todo en la Nada es el más
reciente libro escrito por el poeta costarricense, nacido en Guanacaste, Miguel
Fajardo Korea. Este poeta tiene por lo menos cincuenta años de andar
buscando e investigando proezas de esa provincia, una de las más bellas de
nuestro país que, sin embargo, ha ido cambiando tanto, que teme una que algunos
elementos distintivos queden en el olvido, o que se pierda esa rica cultura que
posee el Guanacaste.
Al menos, lamento que ya no sea posible, hundir los
pies en el río Tempisque, que tampoco pueda una volver a sumergirse en las
pozas de ese río. Quizás haya aún árboles de calabaza, nísperos, mis favoritos
de siempre, los árboles de cornizuelo, donde el árbol y las hormigas conviven
en una relación surreal.
Miguel es heredero, me atrevo a decir, de la cultura
africana que en uno de los viajes de los conquistadores españoles arribó y se
asentó en Guanacaste. Pero su libro es de corte decolonial. Es un libro que,
para los que no somos filólogos, sino simplemente lectores, debe ubicarse desde
otra perspectiva que nos permita reconocer la otredad.
Para continuar desarrollando algunas ideas, vuelvo a
mirar el libro de Carlos Fuentes, me siento muy atraída por una cita que está
puesta en la solapa:
“Cuando buscamos en el espejo de la memoria el
significado de ser latinoamericano vuelven a surgir antepasados, y las imágenes
que suscitan crean profundos contrastes. La memoria oye las voces de los
antiguos pueblos. Nuestra identidad es múltiple”.
Para continuar con el análisis, observo que Miguel
colocó cada uno de los poemas de una manera de perfecta arquitectura. Es así
como al mero inicio del poemario coloca un poema que escribió en torno a esa
ciudad exótica que de siglo en siglo renace y que no morirá:
Machu Picchu
El tren devora kilómetros desde Ollantaytambo
hasta Machu Picchu, entre vastas montañas
nubosas.
Machu
Picchu se erige con solemnidad como la voz de los ancestros,
desde
las piedras del sueño,
en la
perennidad de las alturas.
Su
vibración energética…
Aquí cito solo el fragmento
inicial de dicho poema, que nos sitúa en un espacio geográfico que ha tenido
una importancia vital en el mundo incaico. También sobre Machu Pichu escribió
Pablo Neruda. Nos habló de las alturas de ese singular lugar que sigue
atrayendo a estudiosos y a un sinnúmero de turistas.
Cuando se realizan estudios
decoloniales la mirada y el pensamiento se centran en esta parte del mundo:
América Latina, Nuestra América o Abya Yala… por una razón muy particular.
Desde que aparecen las teorías de Carlos Marx, en las que se estudian las estructuras
de las sociedades primitivas, y así en adelante, hasta llegar a la sociedad sin
clases (que no ha existido, aunque quizás los primeros pobladores de este
pequeño y muy globalizado mundo sí las conocieron). El pensamiento de Mignolo,
de Dussel, de Grosfoguel y de Aníbal Quijano nos obligan a situar la atención
en esta región del mapa, para observar cómo y por qué el continente llamado
América Latina es una construcción.
Entonces, esta América, la
nuestra, la colmada de etnias, de nativos, de culturas nahuas, aztecas, de
reyes poetas, donde surgió una forma de pensamiento como el Tlacuilo, que no
tiene nada que envidiar al pensamiento que se dio en el mundo occidental, entonces,
sí, se empieza a desacomodar la idea o, más bien, las ideas en torno al
significado que posee en su interior América Latina, con sus lenguas y culturas
sepultadas bajo la tierra.
Es ahí cuando el poemario
de Miguel Fajardo se vuelve un verdadero pergamino de esa América que
debemos reconocer, que debemos mirar con otros ojos. En realidad, se trata de
hallar un mundo, sacarlo a flote, para saber verdaderamente quiénes somos.
En la página 9 del ya
citado libro de Carlos Fuentes, el escritor señala una verdad que pienso todos
conocemos, y señala la fragilidad de nuestros sistemas políticos y económicos.
Aunque, a decir verdad, esta fragilidad está presente hoy en todo el Orbe.
Añade, no obstante, Fuentes,
una verdad que debemos sostener y apoyarnos en ella fuertemente. Las crisis que
vive y ha vivido esta América hispano hablante (y portuguesa también), nuestra
herencia cultural ha permanecido. Cito a Fuentes, pues la última parte de este
párrafo es elocuente: “La cultura que hemos sido capaces de crear durante los
pasados quinientos años, como descendientes de indios, negros y europeos, en el
Nuevo Mundo”.
Pero la mirada interior que
ve más allá, me indica que es necesario volver a las páginas escritas por Miguel.
En el segundo poema del libro, Miguel habla de los problemas ecológicos que nos
atormentan, y que nos hacen escuchar la voz de la Madre Tierra, protestando por
tanto daño causado al ambiente. El poema ostenta un título que llamó mi
atención. Lo cito a continuación con un fragmento.
El mediodía de la oscuridad
Toda caída es una sombra en el mediodía de
la oscuridad,
en el infinito mar bicentenario,
que esquiva ser contaminado
por la ignorancia de los depredadores del
medioambiente.
El mar expulsa los desechos
para enseñarnos a respetarlo en su
equilibrio integral.
Al leer este fragmento y
otros más que observaremos, Miguel logra sintetizar varios temas: la identidad
cultural, el problema del ambiente, la crítica a la represión.
Además, en el tercer poema
del libro, hace referencia a los cenotes de Tulum. Aquí cabe señalar que este
es una especie de milagro en la península de Yucatán, en México. Son pozas de
agua cristalina milenarias, en las que se van formando pozas. Claro, que esta
absoluta magnificencia debe conservarse, a pesar de todos los avances
tecnológicos en un mundo que necesita volver a la naturaleza, si es que quiere
resguardar la especie humana y los ecosistemas. Un fragmento del poema dice
así:
Como universos humanos
Yendo y viniendo, sin retroceder,
el viento divide el mundo en no lugares
diferentes.
Los cenotes de Tulum, enquistados,
para no olvidar que el agua discurre
en la obstinación de su rutina.
En realidad, en el poemario TODO EN LA NADA, de
Miguel Fajardo, hay una construcción lingüística perfectamente
consolidada. La sensibilidad del poeta en torno a los desvalidos, los
migrantes, esos otros que nadie quiere, esos otros que no caben en ninguna parte, esos otros empobrecidos,
migrantes de todas las latitudes, de todos los colores que deben devolverse a
sus países o arbitrariamente a otros y vivir en reservas o en cárceles, en
donde no hablan el idioma, solo nos muestra una faceta de nuestro mundo: la de
los desplazados que huyen de países donde solo hay gobiernos fallidos, donde
cunde la represión o la violencia del narcotráfico. Son los sin patria, los que
tienen que despojarse de sus raíces, de su tierra, de su identidad, condenados
a ser extranjeros o expatriados, porque nadie quiere a los pobres. Eso se llama
simplemente aporofobia.
No existe ningún mandamiento que señale este pecado
ingrato. Tan solo el Papa Francisco miró hondamente a este ejército infinito de
desposeídos. Los vio. Nos habló del prójimo en desgracia, del sin tierra, el
herido, el manchado, el mendigo, el ser paupérrimo, como si todo esto fuera
delito y no la denigrante ostentación de la riqueza.
Este libro debe leerse, debe publicarse de inmediato.
Este libro debe llegar a las manos de los pensadores decoloniales. Este libro
es un verdadero mapa americano. Este libro equivale a un pergamino. Es un libro
que debe estar en los programas de estudio en la secundaria, debe estar en las
manos de los científicos sociales, de los lingüistas, de los sociólogos, de los
defensores del pensamiento americano. Debe caer como una semilla sobre tierra
abonada en estos nuestros jóvenes que están prestos a perder su identidad,
porque tal vez les hemos robado la esperanza y, con ella, la identidad.
Miguel Fajardo está ahí, de pie,
en la provincia de los sonrientes chorotegas, de esos enhiestos
afrodescendientes que conocí en la infancia, y que me poblaron la cabeza de
historias de aparecidos y de caballos que llegaban sin montura, trotando por el
patio de la hacienda Santa Rosa.
Miguel Fajardo escribe
para el mundo. Puede ser leído y disfrutado en todo el mundo. No es un libro de
un meseteño enmontañado, como suelo calificar a veces a mis prójimos. Es un
libro que brota de la pampa y, como dice la canción, para que se vuelva
inmortal.


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