En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



viernes, 27 de mayo de 2022

LA LUZ POÉTICA DE LAURA GIL CHINCHILLA

 

Miguel Fajardo



LA LUZ POÉTICA DE LAURA GIL CHINCHILLA

 

LIC. MIGUEL FAJARDO KOREA

 

PREMIO NACIONAL DE PROMOCIÓN Y DIFUSIÓN CULTURAL DE COSTA RICA

MINALUSA-DRA56@HOTMAIL.COM

 

 

(Moravia /Guanacaste). Una nueva voz poética surge en la literatura costarricense. Se trata de la Laura Gil Chinchilla (San José, 1993). Médica de profesión. Incursiona en la literatura con su libro de estreno “¿Dónde está la luz?”.

 

            La hablante plantea desde el comienzo del texto la necesidad de buscar y encontrar la luminosidad que destaque su destello como habitante del mundo:

 

¿Dónde está la luz?, la luz que me permite ver.

¿Dónde está la luz?, la luz que me da fuerza.

Al final, todo oscureció y yo resplandecí:

¡El destello soy yo!

 

            En su urgente búsqueda de la luz, el yo lírico encara la antítesis oscuridad / luz.  Es clara su intención para sostener sus convicciones de luchas, no rendirse y seguir en la lucha:

 

“No me da miedo la oscuridad.

Sin ella no sabría lo que es la luz.

A veces quiero apagarme.

Nunca me he rendido.

Mi lucha continúa”.

 

Por esa razón, censura la conducta de nuestra especie, con uno de los disvalores que presenta en su convivencia con los demás:

 

“El ser humano es la única especie

que hiere al que ama”.

 

            Asimismo, realiza una auscultación del encerramiento -refugio, jaula- tanto dolorosa como prolongada:

 

“Mis paredes se convirtieron en mi refugio.

  Mi cabeza en mi jaula: no había escapatoria.

  Hay dolor.

Nada terminará”.

 

Tampoco oculta sus fobias como un obstáculo para enfrentar y desafiar al entorno que le ha correspondido vivir:

 

“Tengo miedo de tener miedo.

Todo esto me impide ser la persona que quiero ser.

Tal vez viva normal y lo normal es aburrido,

pero estar triste es peor que tener miedo.

El miedo se enfrenta: la tristeza me hunde”.

 

            En la línea existencial, se plantea interrogantes sobre el espacio de su yo social:

 

“¿Por qué yo?

¿Por qué a mí?

Lentamente se apaga la llama

y no importa si hay sol o luna,

su mundo no se detiene a pensar en si habrá otro día,

porque el de hoy dejó de existir hace horas...

Es difícil admitir que no es fácil intentarlo otra vez y no rendirse”.

 

            Paralelamente, la hablante ha sido viajera en diversos sitios del mundo, porque Ningún lugar es lejos -como se titula mi más reciente libro-, por ello, expresa su confusión por lo visto en otros espacios del planeta, en diversos órdenes, donde expresa su condición humana:

 

“Del otro lado del mundo.

Confusión por haber visto el cielo.

Me siento aniquilada dentro de mi mundo.

Invalidada y mal entendida.

Quiero volar.

Déjame volar.

Ayúdame a volar”.

 

            Es importante constatar una de las líneas de pensamiento práctico dicotómico: “La falta de deseo o sueños es el comienzo de tu propia muerte”. Por otra parte, hay una apelación al Creador en un planteamiento de diversas posibilidades. Los seres humanos tenemos muchas pérdidas.  Hay un reforzamiento espacial dinámico de los movimientos físicos:

 

“Si hay algún Dios llévame de aquí.

¿Déjame ver el mundo si hay alguno?

Me separaron de mi familia y amigos.

Me mataron en el holocausto.

Y me liberaron del infierno en la Tierra.

“Siempre será más fácil ver hacia afuera.

Porque hacia adentro es más incómodo”.

 

            La voz lírica es consciente de que “Estamos llenos de vicios y vacíos que no queremos soltar, / porque nos acompañan en nuestra soledad.  / Solo somos insignificantes átomos. /Y somos incesantemente influenciados por las masas. / No miras hacia arriba para ver qué hay ahí. / Caminas directo, /como si la vida fuera una línea recta para entrar en un tren”.

 

            La situación de la muerte tiene asidero en el orbe lírico de Laura Gil Chinchilla.  Curiosamente, redefine que ambas se necesitan, tanto ella como la muerte:

 

“A veces siento que la muerte me necesita

y no puedo escapar de ella.

Lucho contra ella, porque sé que es una trampa.

La muerte me necesita para ella sobrevivir;

yo necesito la vida para vivir”.

 

            El espacio de lo alto se torna en un sitio de análisis para ponderar la finitud humana frente a la inmensidad celestial:

 

“Es en los cielos donde puedes ver y sentir,

cuán diminuto e insignificante eres realmente”.

“El cielo también llora. Se sacude y grita.

Mueve la tierra y la desprende”.

 

            En otro aparte, la hablante confiere su lugar a los elementos de la naturaleza.  Ve con ojos de gratitud la aportación de ella en nuestra vida como una relación simbiótica con ella:

 

“Porque somos una extensión de la naturaleza,

Al final, todas nuestras inspiraciones,

provienen de lo que la naturaleza nos deja ver”.

 

            En esa misma línea de acción, establece una relación tridimensional entre el amor, el alma y el universo:

 

“El amor no tiene límites. Puedes amarte a ti mismo

y después poder ser capaz de darle tu alma al universo.

Empiezas a reconocer que tú eres uno con el universo”.

 

Laura Gil Chinchilla, como mujer, profesional y poeta, es clara en establecer su independencia y sus convicciones. Se resiste a ser una marioneta de los demás.  No lo lograrán.  Su posición es firme en que no encajará en las formas patriarcales de los otros:

 

“Manteniendo mi esencia en cualquier milímetro de la tierra que conozco.

Me intentan cambiar como si fuera una marioneta.

No pierdan el tiempo en cambiarme,

porque nunca voy a encajar, y esa será mi realidad por siempre”.

 

Tampoco desea un mundo vacío, sin salida, ni mucho menos estar castigada en un limbo infeliz, en su lucha y convicción por afirmar su propia identidad:

 

“No quiero nacer otra vez en un mundo vacío,

errado, sin salida.

Pertenecer a un limbo.

Ser castigada por no ser feliz”.

 

“Si estoy viva es para aprender o para enseñar a alguien.

No es mi decisión, sino una señal que tengo por seguir viviendo”.

           

Es muy transparente su actitud para pedirle a los demás que luchen por la vida, sean ellos mismos y no den lugar a los prejuicios, así como resistirse a las clasificaciones sociales de los otros. 

 

En esta era de alta globalización, con las revoluciones tecnológicas, los demás quieren imponerte normas, formas de pensar, para anular la individualidad, para gobernar a los demás.  En ese espectro, la voz poética de Laura Gil Chinchilla conmina a enfrentar esos condicionamientos arbitrarios:

 

“Ábrete como un libro y déjate ser asombrado por la vida,

Aléjate de tu zona de confort

y no te aferres a lo que la sociedad dijo que eres.

Tú eres tú y nadie puede cambiar eso, solo tú,

No te avergüences o preocupes por la opinión de los demás,

Porque si dejas que otros tengan una opinión sobre ti,

entonces, serás gobernado por ellos.

Nunca son los demás:

siempre somos nosotros mismos”.

 

            La poeta costarricense es rotunda en la mayoría de sus textos.  En ese tránsito vital terrestre esboza signos de duda, de incertidumbre, pero siempre dispuesta a elegir el mejor camino de entre la maraña global:

 

“Ya no sé qué es la felicidad.

Solo estoy segura de que la oscuridad sí la he visto.

Pero no me estoy rindiendo ahora.

Solo estoy comenzando a correr otra vez”.

“Hay miles de caminos:

no sé cuál elegir,

o si devolverme”.

 

Ante esos cuestionamientos es capaz de elegir, decidir y vivir como un signo de autenticidad y autoafirmación:

 

“Y me di cuenta de que todavía

tengo que mostrarle algo al mundo.

Algo de mi arte.

Y decidí vivir.

Y decidí vivir”.

 

La poesía de Laura Gil es dinámica, busca entradas y salidas.

 

“Sobre la cima se siente la vulnerabilidad descendiendo, y asciende la serenidad. Cada obstáculo me enorgullece, porque logré ver la luz, aun cuando es efímera. Es usual que optemos por el camino de lo desconocido, porque lo conocido se vuelve trágico”.

 

 

“En dos polos del mundo,

el sol se esconde antes y después.

El sol es bipolar.

El solo es.

Aun así, ilumina a los demás con ambos lados.

He sobrellevado la oscuridad y he venido del infierno.

Estaba en llamas con mi propio fuego.

Y ahora no quiero retornar”.

 

El poemario apela a la toma de decisiones, e increpa por qué se escogió dejar de luchar y respirar, así como la causal de la sonrisa invertida.  Es decir, ahonda en la condición humana y sus preocupaciones estelares como parte de la existencia:

 

“¿De qué quieres escapar, dime?

¿Qué quieres esconder?

¿Qué pretendes encontrar?

¿Cuándo fue el día en que escogiste no luchar?

El día que ya no quisiste respirar...

¿Dime cuál fue la causa de que tu sonrisa se invirtiera?”

 

El poemario inquiere sobre la presencia de los demonios que pretenden desdoblar a la hablante, quien desea pararlo, borrarlo, apagarlo, dejar de ser rehén, sin embargo, dicha figura permanece agrandada en ella, con la fuerza suficiente para dominarla y matarla, solo cuando ella lo quiera o decida, pero que, en todo caso,  ha de ser su elección:

 

“Percibo un demonio intentando desdoblarme de mi cuerpo,

cuando menos lo espero, él me ataca,

no lo puedo parar, no lo puedo borrar, no lo puedo apagar,

él me tiene prisionera, sin rejas, pero con fuego.

¿Cómo continúo aquí?, con un demonio más grande que yo,

que me domina cuando le place,

y me mata cuando yo quiero”.

 

En el orbe lírico de Laura Gil, hay una interesante reflexión sobre el corazón, con base en cuatro verbos, a saber:

 

“El corazón no se regala: el corazón se presta.

Si se regala, se pierde y si se pierde, morimos”.

 

Asimismo, el yo lírico se dirige a un tú lírico, y le expresa diversas razones, con el propósito que el otro le permita mostrarle los sentimientos de su corazón:

 

“Quédate conmigo, porque tú importas.

Nuestros océanos son los mismos.

Tú importas, porque yo soy tú, y tú eres yo.

Sigue agarrando mi brazo, porque es tuyo.

No tengas miedo, porque yo estoy en ti y tú estás en mí,

sentimos lo mismo.

No te vayas. Sigue intentando quedarte conmigo,

Déjame mostrarte mi corazón”.

 

El arte, sin duda alguna, es una manera de afirmar la identidad humana, en ese contexto: “La música jamás me defraudó, porque la música soy yo”.  El clima de violencia o agresión se deja entrever en las líneas de este poemario, donde se aboga por no ser lastimada (infierno), y una búsqueda de la salida es dejar ir:

 

“No me dejes seguir luchando.

Estoy harta de estar lastimada.

No sé si estoy en un sueño o en un infierno en vida.

Dime que me detenga, que está bien dejar ir…

Tenemos que soltar, dejar ir y ser libres.

Porque lo que es tuyo volverá”.

 

La hablante afirma sus mismidad, cuando imbrica tres estados: ser, estar, hacer, sin embargo, cuantifica cuánta soledad anida en el ser humano, máxime en tiempos de globalización, donde se vive con el semáforo en alta velocidad, sin tiempo, muchas veces, para un saludo a quienes están al alcance de nuestro abrazo, o bien, para escuchar a los demás:

 

“Podré ser sola.

Podré estar sola.

Podré hacerlo sola.

¿Cuánta soledad lleva el ser humano consigo?”

 

Campea en este universo poético el deseo de libertad, sin censura, dado que es una manera de decidir las batallas por luchar o dejar ir. Todo ello, como una suma de protegerse, sin rendirse:

 

“Oblígame a vivir en un mundo sin censura,

porque solo así podré saber lo que es mío.

Debo decidir cuál batalla elegir y cuál dejar ir.

No es rendirse: es protegerse”.

 

La hablante poética expresa miedos para no sentirse atada entre la dicotomía pensar y sentir.

 

 

“Porque el incesante miedo a no tener todo el éxito me desvela.

Ya no quiero estar atada y permanecer en vela.

No me quiero definir por lo que pienso,

sino por lo que siento”.

 

El orbe lírico de Laura Gil Chinchilla opta por la dicotomía salvarse y salvar a otros, a pesar de que aduce no tener un lugar adónde ir, ya que todos están en su propio mundo.

 

“Ningún lugar adónde ir.

Todos en su propio mundo,

en su propia mente.

Perdida del contacto con la realidad.

Déjame salvarme a mí misma.

Y luego podré salvar a otros”.

 

Finalmente, la autora costarricense sostiene versos de acendrada afirmación, elección personal y autonomía:

 

“Mi único refugio

soy yo, fui yo y seré yo.

Solo yo llevo mi cuerpo a su sepultura,

porque sé que la vida no acaba.

Mi felicidad habita en mi corazón.

Soy autónoma de mi realidad

y no puedo dejar que otros escojan por mí.

Yo soy la vida misma”.

 

            Celebramos el surgimiento de este nuevo libro de la Dra. Laura Gil Chinchilla (1993) para acrecentar el catálogo de la poesía costarricense.  Sus diversos ejes temáticos marcan un universo de variados núcleos plurisignificativos, que muestran otras perspectivas dentro del ejercicio poético nacional. ¡Albricias, entonces!


miércoles, 18 de mayo de 2022

Oficio del descreimiento: epítome y plétora de la literatura escéptica

 

Oficio del descreimiento- André Cruchaga



Oficio del descreimiento:

epítome y plétora de la literatura escéptica

 

Enrique Ortiz Aguirre

 

La vida es monstruosa, infinita, ilógica, abrupta e intensa […]

y va por delante de nosotros con una complicación infinita.

Robert Louis Stevenson, Fábulas y pensamientos

 

 

 

Oficio del descreimiento, nuevo libro del prolífico poeta salvadoreño André Cruchaga, es tanto un título como una declaración de intenciones para una poética de la totalidad que encuentra en esta obra una acción única y absolutamente paradigmática. Muy a menudo, se han atribuido a su poesía los adjetivos de excesiva, deslumbrante, pesimista, existencialista o escéptica, pero este proesario neologismo del que daremos cuenta después, y cuya creación se halla íntimamente relacionada con el demiurgo poético, creativo, que esgrimiremos enseguida encumbra la producción cruchaguiana ya como literatura escéptica a modo de una realidad sustantiva. Es más, este oficio último eleva la literatura escéptica a sus más altas cotas y constituye lo que, con el tiempo necesario y la maceración imprescindible, ha de convertir a Oficio del descreimiento en un auténtico clásico de la literatura escéptica. Precisamente por este motivo, se trata de una obra nuclear de la escritura cruchaguiana y representa tanto el epítome (por cuanto contiene en síntesis perfecta los grandes temas de su poesía) como la plétora (lleva a su máxima expresión, por obra y gracia de la sobreabundancia, una suerte de sublimidad nihilista la nada puede ser generatriz, dotadora de espacios y tiempos no instalados en el kronos, sino en la piel del kairós, tan lírica e intensamente humana) de su obra y, por añadidura, también epítome y plétora de la literatura escéptica. Ello no constituye ninguna hipérbole, puesto que su adscripción a la literatura escéptica deja de lado una posible atribución meramente descriptiva para convertirse en una indagación en la naturaleza misma de su concepción poética. De facto, ciertos elementos esenciales de la poética, que venían desgranándose con el acontecer de cada publicación cruchaguiana, encuentran una articulación holística en el demiurgo de esta obra central, atravesado ineluctablemente por la literatura escéptica. A más a más, este proesario es título y declaración poética porque satura todos y cada uno de los significados recogidos por la RAE, de una parte, para el vocablo oficio (ocupación habitual; cargo, ministerio; profesión de algún arte mecánica; función propia de alguna cosa; comunicación escrita, referente a los asuntos de las Administraciones públicas; pieza que está aneja a la cocina y en la que se prepara el servicio de mesa; lugar en el que trabajan los empleados, oficina; e, incluso, oración litúrgica o cargo en diferentes instancias) y, de otra, se arraiga definitivamente en la literatura escéptica mediante un cohipónimo inconfundible: descreimiento. Esta abundancia sustantiva da buena cuenta de un intento concreto por definir, por conceptualizar, por nombrar el objeto mismo de la poesía, ese lenguaje para nombrar el vacío que nos habita, enraizado en el escepticismo más radical. No en vano, la poesía de Cruchaga constituye esa ocupación habitual, ese cargo, esa comunicación escrita para expresar la incompetencia cognitiva humana y, por ende, nuestra instalación en la falta de creencias, antitéticamente, como principio.

Los 161 poemas en prosa conforman un manifiesto sin precedentes para la literatura escéptica, cuya epítome y plétora se explican desde su condición maestra de elocuencia descreída con el fondo y con la forma, en fusión y confusión. El alineamiento semántico resulta evidente, pero el descreimiento se hace demiúrgico por cuanto, además de dinamizar los temas, participa en la vertebración formal y estructural. Este extremo resulta dilucidador ya en el poema dedicatoria que abre el proesario, “La luz irrumpe donde ningún sol brilla”, de Dylan Thomas, auténtico credo del descreimiento que enarbola una luz en medio de la nada: la gnoseología del escéptico, la “Linterna” con la que comienza la obra, la luz del hueco, del agujero en el centro de la nadería y la “Vuelta”, a modo de eterno retorno, de circularidad permanente, con la que se cierra; el poeta vuelve corriendo, “desasida ya la boca […] al río solo para ver el granito y los artificios del paraíso” todo menos el agua, para contemplar el estatismo pertinaz de la piedra, los reflejos sin origen, las réplicas inanes del pensamiento de la incertidumbre como estado socrático, como estatua poética del escepticismo que late en un marbete definitivo: “Los acasos son siempre ecos necesarios”; así, con la metábasis transformadora de los adverbios en sustantivos, para que taumatúrgicamente, a lo Dylan Thomas, alucinado y alucinante las circunstancias devengan conceptos mediante el credo incrédulo de la poesía como episteme.

Por tanto, Oficio del descreimiento participa poliédricamente de la literatura escéptica para compendiarla a modo de paradigma modélico y para conducirla a su culmen estético desde un relativismo vehiculado por la sociedad líquida de la posmodernidad; un vate, pues, de nuestro tiempo. Así las cosas, conviene recordar que el escepticismo presenta dos momentos filosóficos perceptibles en el proesario que nos ocupa, tal y como nos recuerda Castany en su Breve historia de la Literatura escéptica, un artículo estético publicado en 2009: uno destructivo, basado en el descrédito hacia los sentidos, hacia la razón y hacia el lenguaje como herramientas fiables y en el enfrentamiento respecto a posturas dogmáticas o a planteamientos superficialmente optimistas; y otro constructivo, en el que se plantea la esencia de lo humano desde la suspensión, en los intersticios del juicio, en la práctica de la tolerancia o del significado relacional, tan respirante y poético como volátil.

La estética del escepticismo, pues, invade la retórica para promover el léxico de la incertidumbre, de la dubitación continua mediante vocablos como “quizás” (en los prosemas “Vivir cada vez”, “Laxitud”, “Sombras”, “Rastrojo” o “Equitación de la levadura”), “acaso” (en “Orilla de los ojos”, “Parecido al diluvio”, “Fuego devorado”, “Panorama”, “Aljaba”, “Desandaduras”, “Ventanas”, “Acuario predestinado”, “Rasgadura”, “Ecos interiores”, “Memoria del tránsito”, “Cauce”, “Sed del cuerpo”, “Memoria inmerecida” o sustantivado, como se dijo en “Vuelta”, el último artefacto), el propio sustantivo “duda”, sin olvidar sus posibilidades en poliptoton o polipote (en “Avidez”, “Hastíos” o “En pos de la normalidad”), las expresiones directas del descreimiento, como “no sé” (en “Duro infinito” o “Estado mortecino”), o un poema central como “Descreimiento”, que entronca con presupuestos cartesianos en busca de espacios para la soledad: “A uno le toca ser cazador solitario entre multitudes aviesas”; asimismo, en esa tensionalidad escéptica entre destrucción y creación desde pulsiones entrópicas se dinamiza el léxico de la negación (para anular certidumbres, con el fin de desacreditar lo cognoscible, de contravenirlo), con términos capaces de nombrar el vacío como “nunca” (en “Fugacidad”, “Fuego devorado”, “Ojos de soledad”, “Coincidencias”, “Resumen”, “Alguna vez”, “Temor a la ponzoña”, “Vaciedades ahogadas”, “Descreimiento”, “Padecimiento”, “En pos de la normalidad”, “Estatua de sal”, “Aullidos del absurdo”, “Rasgadura”, “Otros silencios”, “Intranquilidad”, “Ahora lo sabemos”, Sed del cuerpo” o “Rastrojo”), “extravío” (“Vivir cada vez”, “En lo hondo”, “Entre rastrojos”, “Duro infinito”, “Aullidos del absurdo”, “Apuntes, mientras amanece”, “Estertores”, “Desazón”, “Pequeñas miserias”, “Trasiego”, “Tumba revelada”, o “Extravíos”, encabezado por una dedicatoria hacia la ataraxia del escéptico sin remisión “Quiero apuntar aquí los actos improbables, / la temeridad del que no espera nada”, del poeta español Luis Miguel Rabanal”) y todo un campo asociativo de la pérdida, del desvarío, de la intemperie, del aullido, del grito, del despropósito y del absurdo, detonado por el demiurgo de la estética ética del escepticismo. Al léxico escéptico le acompañan figuras literarias muy abundantes para la ocasión, que no han de extrañarnos en la épica del descreimiento, como las elipsis, las paradojas, los oxímoron, las dobles negaciones, las ironías o las antítesis, ya que desde sus espíritus destructivos por asimilación de contrarios generan el lenguaje de los intersticios, la construcción del significado entre las grietas mismas de la duda. En esta misma línea, se agolpan las metáforas, las personificaciones, las hipálages y, en general, una sintaxis dislocada que contribuye a convocar una teoría del caos que se erige como nuevo orden ante el anidamiento poético de la incertidumbre, que da paso a un surrealismo como método racional de lo confuso, de la duda genésica. La confusión desde el caos se articula, inspirada en el escepticismo, en la presencia de diálogo una polifonía de superposición de voces, en las constantes expresiones incisas (la invasión de los paréntesis a modo de excursos y de ramificaciones que abonan el desconcierto), el fragmentarismo como concepción fractal (la duda llena las unidades y el todo, como estructura del átomo poético), o de la autorreferencialidad como modo de poiésis para eludir la representación acartonada, abiertamente falsa, y como entidad contrafáctica del mundo capaz de albergar sistemáticamente la incertidumbre mediante la construcción de imágenes insólitas y autónomas en la centralidad constructiva de lo metafórico, atornillado en una concepción de una ética estética fundamentada en el escepticismo, gnoseológica y ontológicamente concebido desde una poética sistemática del cuestionamiento, que conducirá a la propia problematización del sujeto, en la antonomasia de lo pirrónico.

Y desde el escepticismo literario entendemos también este proesario, pues precisamente los escritores escépticos tienden a no respetar las fronteras entre los géneros, a habitar los intersticios, como en el caso de estas proesías, poemas en prosa transgenéricos, inmanentemente narrativos, atravesados por la oralidad y el dialogismo de una escritura que se cuestiona a sí misma, y que se encuentra en el espacio vacío de las grietas para dibujar silencios entre los muros, para hacer macerar lo sólido y contribuir a un discurso poético de lo líquido en el perspectivismo relativista que, en la posmodernidad, no puede renunciar a la provocación de una estética vanguardista que apuesta tanto por la autorreferencialidad y autonomía de la obra artística como por la ruptura provocadora y sistemática. Es más, el carácter innovador genuino del poeta salvadoreño resulta abiertamente llamativo en nuestros días y, sin embargo, esperable desde presupuestos escépticos, habida cuenta de que los escépticos, como tales, conducen sus textos hacia la innovación a través del descreimiento en doctrinas filosóficas y preceptivas estéticas monolíticas.  

En definitiva, Oficio del descreimiento explica y ejemplifica la poética cruchaguiana, en la que la dimensión sublime, el surrealismo, la mezcla genérica, el paroxismo metafórico, el pensamiento lateral, la innovación, el diálogo, los incisos, el lenguaje coloquial, la retórica alucinada, el erotismo deliberado en su naturaleza procaz encuentran su demiurgo en la estética escéptica, todo un lenguaje para habitar los dominios de la incertidumbre, el territorio respirante del descreimiento, la condición incrédula de la piel que nos hace tan profundamente humanos.

 

 

Dr. D. Enrique Ortiz Aguirre

Catedrático y Profesor Asociado en la Universidad Complutense de Madrid


lunes, 2 de mayo de 2022

LA VOZ FEMENINA EN LOS CONTEXTOS DE MARTA ROJAS PORRAS

 

Lic. Miguel Fajardo Korea



LA VOZ FEMENINA EN LOS CONTEXTOS DE MARTA ROJAS PORRAS

 

Lic. Miguel Fajardo Korea

Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural

minalusa-dra56@hotmail.com

 

 

Lic. Miguel Fajardo Korea

(Guanacaste/Moravia) El nombre de Marta Rojas (Costa Rica, 1950) se inscribe en las letras costarricenses, como la de una poeta con un sostenido compromiso literario y humano, sin dobleces, en favor de visibilizar la figura de la mujer a lo largo de la historia, tanto nacional como universal, desde los cimientos de su valiosa obra en favor de la cultura.

         Marta Eugenia Rojas Porras es Licenciada en Filología Española y Magíster en Lingüística de la Universidad de Costa Rica. Su catálogo poético incluye los libros La sonrisa de Penélope y su costumbre del adiós, 1993-1998; Aposentos del deseo, 1996-2005; Habitar la casa del tesoro, 2005; Destejiendo la intemperie, 2019; Zárate desencadenada, 2019; El fuego nombrado, 2021.

         Paralelamente, ha escrito, en coautoría, seis libros de investigación Conocimiento, participación y cambio en el aula; en textos didácticos Despertando a las palabras, así como nueve libros de Español de la serie Hacia el siglo XX1, seis libros de Palabras juguetonas. Dinámicas con léxico escolar gradual y una Guía de uso del lenguaje inclusivo del habla culta costarricense.

         Actualmente es directiva de la Asociación de Escritoras Costarricenses (ACE). Es asidua participante y organizadora de recitales culturales, tanto presenciales como virtuales. Su labor como gestora cultural es muy importante en favor de grupos y colectivos culturales.

         Durante mi ejercicio docente en el Liceo Laboratorio de Liberia me correspondió analizar su poema “Penélope”, con mis estudiantes de bachillerato.  La discusión interpretativa de su texto fue muy enriquecedora para el estudiantado de ese nivel educativo.

         Los 42 poemas que integran el más reciente libro de Marta Rojas. “El fuego nombrado”. (San José: Editorial Guayacán, 2021: 120 pp.) significan un dossier con intensa unidad temática sobre la condición de las mujeres a lo largo de la historia. Contiene prólogo de Carmen Nozal. El libro se estructura en cinco apartados: Pronuncio su nombre, Banderas de amor, Cantos de pandemia, Urgente y Soy barro.

         El libro regresa en el tiempo “Como a Eva se nos ha responsabilizado / de la pérdida del paraíso, / de desatar todos los males / y de negar la esperanza, / desde nuestra ánfora de Pandora”. Critica la desvaloración patriarcal y social como mujeres/objeto “nos exhiben como madres y esposas buenas; / como cuidadoras infatigables del nido familiar. / Somos la calladita y de discreta sonrisa, / la dulce, frágil y angelical”.

         La presencia de nombres religiosos, mitológicos e históricos, tanto del acervo nacional como de la tradición universal, es una especie de sistema recolectivo, para mostrar que muchas de esas condiciones deben ser superadas, de cara al siglo XXI que estamos viviendo. “Públicamente, nos incineraron. /Rompieron nuestros huesos. / Nos arrebataron el derecho sobre nuestros cuerpos. / ¿Cuántas fuimos quemadas? / El grito aún arde en los vientos”. Las nefastas maneras históricas de invisibilización de las mujeres debe acabar “Ya no nos cazan con fuego ni guillotina. / Ni como a Juana / nos encierran en calabozos de locas / para silenciarnos”.  El silencio cómplice y el lenguaje descalificador no deben seguir atentando contra las mujeres del mundo. Basta ya.

         El poema a Pancha Carrasco (1816-1890), heroína de la Campaña Nacional (1856-1857) es un texto de justicia histórica para la defensora de las libertades patrias “Sobre estas piedras de la memoria, / vos, Pancha Carrasco, / costarricense, pioneras de la igualdad de género / y quijote de la autonomía, pasaste. / Y oigo tuis pasos combativos”. Junto con Francisca Carrasco Jiménez, existen otros nombres ninguneados: Bernabela Chavarría, Mercedes Mayorga, María de Jesús Lunn, Rita Gutiérrez o Bernarda Durán.

         Los feminicidios aumentan en una proporción alarmante, como el caso de Eva “y su expareja, el padre del niño, la mató. / Y en Eva, todas las Evas. / Y en el hijo de Eva, toda la orfandad. / Y en la familia de Eva, todas las familias / torturadas por la violencia”.  Las mujeres asesinadas no deben ser una estadística fría.  La sociedad debe reaccionar.  Los mecanismos jurídicos no funcionan con la celeridad de los casos. Los agresores no deben quedar en la impunidad.

         Las Naciones Unidas declararon el 25 de noviembre de 1999 como el Día Internacional de la Eliminación de la violencia contera las mujeres.  Esa fecha recuerda el  triple asesinato de las hermanas Mirabal: Patria, Minerva y María Teresa, denominadas “Las Mariposas”, durante el régimen de Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana,  “Todavía, después de tanto duelo, / tres mariposas persisten, / en estas calles, / con sus alas desplegadas”.

El poema “Madres” es la evidencia de ser un texto que desmitifica el cuadro idílico que la sociedad ha impuesto a la figura maternal “Madre. / Nunca la agresora. / La bondadosa y abnegada, siempre. / Jamás la que abandona a su nidada. / No la gruñona. / No la explotada. / Madre estereotipo. / Objeto mercantil. / Pintura fantástica”.  El texto incorpora, asimismo, a las lobas, las lloronas, las ciegas las mágicas o las brujas, entre otras.

En la “Extranjera de mí: no más”, cita los intertextos de Casandra, Medea, La Llorona en una integralidad del dolor “Me acusaron por gritar: / Penétrenme con abrazos, no con culpas”. “No me lograron detener con sus decretos. / La mistificación me hirió, sí / pero hoy bato mis propias alas. / No más asfixia. / No más asesina.  / No más víctima”.

“Caperucita”, plantea diversas digresiones “El lobo dice que yo usurpé su bosque/ y sin ningún permiso andaba por ahí, / ton todo el irrespeto, cortando sus flores. / A Penélope también la asediaron. / La Llorona gritaba la muerte de su pueblo indígena. / Medea pagana la culpa de ser extranjera. / Magdalena, por sensual e inteligente, / de prostituta acusada. / María con una gran carga virginal a cuestas:/ Y hoy vengo a descubrir / que los lobos no comen abuelas”.

La voz lírica alude al lenguaje sexista “Y yo no me resuelvo/ a sellar sus partidas en el rotundo adiós. / Continúo esperando sus serenatas. / Continúo, cual Penélope, destejiendo la maraña/ atada a su olor”. (…) “La inexistencia se cuela en la madeja de lana / y Penélope sifgue tejiendo destiempos / en el “traje del emperador”

La hablante se siente cansada de las asechanzas, los temores, los miedos “Quiero renunciar al ayer y al mañana, / jugar en su aquí y ahora; / en ese siempre lúdico / columpiarme sin miedos; /que ni fantasmas del pasado / ni Odiseos ni Juanes / ni muertes futuras /acechen mis sueños”.  Las figuras patriarcales de Odiseo y don Juan significan el otro lado del río.

“El fuego nombrado”, de Marta Rojas, incluye un espacio para quienes padecen del Azhaimer “Y aun ahí, / del silencio de sus recuerdos / emergían, / luchando contra el olvido, / sus roces de enamorada”.

A pesar de tantos muros, la poeta costarricense no pierde las esperanzas de habitar en un mundo posible y mejor “Derribarlos es transitar en hermandad los mares, / las montañas, las ciudades, las fronteras. / Es mecer la esperanza y arrullarla / con la nana más humana. / Es crecer como el girasol hacia la luz. / Me niego a deshabitar la esperanza”.

Su poesía es un canto para izar la bandera del amor “Una bandera sin fronteras” (…) Una bandera que o arropa la usura ni la explotación”. El suyo es un anhelo colectivo en este mundo de alta velocidad que compartimos, hoy.

El poema “Y yo no dije nada” tiene una gran fuerza expresiva, cuando callamos ante las injusticias humanas o somos indiferentes ante muchos atropellos a la condición humana “Primero vinieron a desalojar de sus legítimas tierras a las poblaciones indígenas (…) Luego vinieron a buscar / a quienes profesaban credos ”ajenos” (…) Luego vinieron a buscar a los grupos ateos/ …() a quien no fuera heterosexual.

 En esa línea, alza la voz desde la poesía y expresa “Hoy, avergonzada, / quiero ser la mujer / que no calla en las asambleas/ ni pasa por alto que sangra mi tierra”. Su propuesta es “derribar muros/ es crecer como el girasol/ hacia la luz/ y que ningún yugo/ amordazará a la esperanza”.

La voz lírica es defensora de los territorios indígenas. Sí, la de los territorios, cuyos habitantes tuvieron cédula costarricense 500 años después. “Indiferencia y difamación. / La tierra ancestral sangra (…) / Eran del linaje de Presbere/ y les mataron (…) / La tierra ancestral resiste (…) / La tierra ancestral grita/ con espíritu de jaguar indómito. / No habrá tajo de hacha/ que, como a árbol, la derribe”.  De ese modo, el suyo es un grito de liberación y resistencia.

En “Madre matria”, establece una serie de abusos contra la patria. “Matria mía, / las mujeres y hombres de mirada plena, / de ojos del color de tierra, montañas, mares y cuevas/ ya no queremos parirle más ovejas a la hacienda. / Algo duele en lo profundo/ y nuestro canto continúa inscribiendo la esperanza/ pero/ es tan tenue/ casi un susurro, / un llanto”.

La poesía de Marta Rojas no escapa de confrontar la realidad inmediata del planeta. En “Cantos de pandemia”, aborda la coyuntura pandémica de la Covid-19 “El anciano llama. / Está más flaco. Más arrugado.  Más triste (…) Sostiene la tos del hambre para que no lo bajen. / Necesita llevar comida al rancho. / No puede atender el miedo por el contagio (…) El “quédate en casa” le retumba, / hueco, en su cansado paso”.

Este tiempo pandémico forjó otros hábitos sanitarios “Perillas, cerrojos, teléfonos, / la compu, el maus; / todo está alcoholizado. / Necesitamos emborrachar al enemigo. / Soy de la generación en riesgo”.

A pesar de los reacomodos de nuestros hábitos, la pandemia deja una enseñanza “desde abajo, / una convivencia más austera, /comprometida con toda la creación/ y solidaria. / ¿Será que esto pasará?

En “Si no creyera”, la hablante expresa “El recogimiento devela/ un mundo global enfermo y chico. / El agravio voraz de Grecia contra Troya/ se desenmascara en esta pandemia. /Bajo el manto universal/ de destapan provisiones desiguales”.

Y en “Sumemos luz”, expresa, a propósito del confinamiento decretado por las autoridades sanitarias. “En este recogimiento domiciliar, / tu casa, la mía, la nuestra, / centros de luz. / Sus llamas unidas iluminarán el mundo”. “Al otro lado del horizonte, / que siga la espera”.

“Una apacheta (del quechua y aimaraapachita) es un montículo de piedras colocadas en forma cónica una sobre otra, como ofrenda realizada por los pueblos indígenas de los Andes de América del Sur a la Pachamama y/o deidades del lugar, en las cuestas difíciles de los caminos” (https://es.wikipedia.org/wiki/Apacheta).

“Trilogía de apachetas” es un sostenido poema de gratitud “Montículo de piedras/ en alabanza cónica crecida hacia el cielo, / una sobre otra, / en manos de mujer, / como ofrenda de gratitud, sagrada. / Flores, ramas verdes y lloviznas, / roces de la montaña” (…) “Las manos se multiplican en setenta apachetas/ como setenta por setenta es el perdón/ que imploramos al cosmos. / Nuestras rutas se atan, así, / a caminos florecientes”.

“Urge” testimonia la honda preocupación por nuestra tierra. “La conciencia se aletarga. / Nuestras plenitudes se asocian a pertenencias. / Nos define un número en el registro de propiedades. / Te agredimos. Tierra, te agotamos. / Urge transformar las rutas del despeñadero/ en decreto de vida (…) Urge reaprender la existencia de la ternura/ y alejarnos de la voracidad”.

En el “Salmo a Shadai”, Shaddai -el apelativo hebreo que se refiere a atributos femeninos de la deidad bíblica-. Es un denso e intenso texto reflexivo. La hablante expresa: “Shadai, Ser Superior Femenino, / dame tu mano para asir a la creadora de vida, / a la intuitiva, / a la Penélope reinventada que soy. / Ayúdame a recuperar mi fuerza atávica. / Quiero ser aquella, / la inclaudicable en la batalla/ la que disfruta del detalle del canto del ave/ y la tonalidad de una flor. / Quiero ser refugio y no refugiada, / y en mis habitaciones aromas de paz. / Señora, Diosa Madre, a vos clamo”. No hay nada más por decir.

“Sin nombre, con muchos nombres” es un poema esperanzador, de luz y certeza por un cambio. “Creo en un ser infinito. / Sí, creo. / Si me instalo en el rechazo, / mi espíritu en necesidad/ reclama su presencia”: “Sin ser la tierra, lo abrazo, cuando siembro un geranio. /Sin ser el río, lo escucho en cada arroyo. / Sin ser ave, me consuela con su canto. / Sin ser aire, me da vida. /Sin ser el sueño, en su regazo, descanso. /Sin ser la luz, me hace resplandecer. /Sin ser el mar, ahoga mis miedos. /Sin ser piedras, conserva mis memorias”.

El último verso es una consigna “Quiero la conexión conmigo misma / con los seres humanos que me rodean / y con el objetivo global de la madre tierra”.

Comparto con la poeta y académica española Carmen Nozal, que “Sus versos tienen una particularidad: portan el estandarte de la bondad y apelan a la esencia humana para que cese la bestialidad y se humanice esa energía que todo lo depreda”.


sábado, 30 de abril de 2022

“NINGÚN LUGAR ES LEJOS” de MIGUEL FAJARDO: la tierra, el tiempo y la distancia

 




NINGÚN LUGAR ES LEJOS” de MIGUEL FAJARDO:

la tierra, el tiempo y la distancia

 

 

Por: Ligia Zúñiga Clachar

ligiamundo@yahoo.com

 

 

(Costa Rica).  El libro “Ningún lugar es lejos”, del poeta costarricense Miguel Fajardo Korea, testimonia una vez más el alma del poeta, que inmerso en su misión de concienciar al mundo mediante el arte literario, se enfrenta ante la injusticia, la infamia y la opresión que han estrujado y aniquilado a la humanidad durante milenios en la historia de la Tierra. Es un verdadero reto establecido en su conciencia en toda su prolífera obra poética.

Miguel Fajardo promete y testifica en “Ningún lugar es lejos” (San José, Costas Rica: Editorial Poiesis, 2022:86m pp.). Prólogo de Ronald Bonilla, Premio Magón de Costa Rica. Portada del Ing. Guillermo Navarro Mairena: la cercanía intrínseca del tiempo y los espacios que vivimos en el planeta. Donde “espacio-lugar” está dentro de nosotros mismos. Donde no existe el tiempo para sufrir o sentir la angustia y la tristeza o la alegría y la solidaridad para los demás, en cualquier lugar que estemos o que estén los seres humanos o cualesquiera de los otros seres de los diferentes reinos que habitamos nuestra Madre Tierra.

En esta obra, el poeta Fajardo nos conmueve de nuevo, reencontrándonos con los auténticos y ancestrales valores de la ética, la libertad y la paz, concentrados en el linaje del amor. Evoca con pasión y clama con ansia el rescate de nuestras esencias como seres, para integrar el poder de un mundo de Luz.

“Ningún lugar es lejos”, título que nos acerca sobremanera y nos adentra en nuestras propias almas, nos une y nos envuelve en forma magistral con la naturaleza: el mar, la roca, el risco, la arena, los árboles, el paisaje, los volcanes, la montaña, esa tierra de la que somos parte. Esa misma Tierra de la que fuimos conformados, las mismas células cercanas y ausentes en el mismo tiempo; nos muestra con solvencia la capacidad de fundir en sus metáforas esos vínculos, así como el oro se funde con el fuego, el agua con la justicia, la luz con los suicidas, la arena con los exilios, las sombras y las raíces con los migrantes, el oleaje y los sueños.

         El poeta nos sumerge en un conglomerado éxtasis de sentimientos entre rupturas y encuentros. La vida misma, en sus diversas facetas, fundiendo las vías de las múltiples opciones que al mismo tiempo absorben los límites y fecundan la esperanza infinita de la sobrevivencia.

Miguel Fajardo no aparta en su obra su “Guanacaste eterno”, cita lugares, costumbres, geografía, testimonios históricos, su “Árbol que escucha”, sus noches, sus días, esa vida que lleva en su alma de sol y lluvia. Donde los encuentros son renacimientos y las separaciones atraen la muerte, porque “Ningún lugar es lejos”. 

Transporta su sentimiento solidario a nuestra América, pregonando y compartiendo el clamor de sus ilustres poetas, en un gesto de admiración, solidaridad y amor:

“La mirada prosigue en los fantasmas/ del silencio rodeado, inacabable, /como recelosa tierra que habita /en el tronco de la sed, /más allá de los recorridos marinos. / Llega el atrevimiento de los mitos/que devoran la playa Pan de Azúcar. /Estamos enfrentados en la piedra, /obligados a reconocer que llegamos/ a lugares donde siempre debimos ir:/el desove en Ostional, /además de Garza y San Juanillo” (p.69).

El yo lírico clama en este poemario, con reiterativa urgencia, como eje primordial de su extensa obra literaria: por la justicia y la equidad de nuestra América y el mundo. Donde los bastiones de sus orígenes deben fortalecer los lazos de la hermandad para lograr restablecer el cauce de la certera misión del hombre y la mujer en este mundo.

“El litio es de América, /el oro arrebatado/se llenó de muertes/en los altiplanos de América/ en las pampas de la aurora” (p.24). “Las batallas ancestrales/no derrotaron al corazón de América”. (p.25).

“La lucha es el camino de la patria extensa, /sin banderas divisorias, sin criterios esclavistas, /para subsistir con el trabajo de las tierras/generosas de nuestro continente abierto. /Dejar de hacerlo sería una excusa/ para que los dominadores/arriben, indeseados, a nuestros límites, /sentados en el mar/de nuestra vigilia permanente” (p.28).

Fajardo conlleva en sus textos un permanente y solidario amor por la poesía y sus encuentros, donde manifiesta con gran conocimiento el apoyo y admiración a la obra poética de escritores de distintas latitudes, en sus poemas y dedicatorias:

“Recorrimos las calles de Santiago/con la poesía de Andrés Morales/y Jaime Quezada, /para confirmar, una vez más, /que la literatura es un encuentro/donde ningún lugar es lejos, /para llegar hasta el territorio austral. / Chile es poesía intensa/con Pablo Neruda, Gabriela Mistral, /Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, /Raúl Zurita, Juan Cameron…/Chile es grande en la voz de Víctor Jara, /Violeta Parra…/Chile mágico:/Todo Chile/ Franja Chile:/Territorio austral” (p.33).

“Ningún lugar es lejos”, marca el naufragio de la indiferencia del ser humano ante el dolor y la agonía, de manera tajante, abrumadoramente seguro de que la esperanza no muere, que esa insensibilidad quedará sepultada:

“Volvés a reamar:/ caricias en la medianoche, / me arrullo en tu cabello/ en el territorio del gozo, /antes que regrese el día, / para seguir amando, / contra la espera, / sin la distancia del sol, / en el deseo por la vida” (p.64).

Miguel Fajardo nos entrega una obra capital, muestra fidedigna de la madurez poética y humana del poeta. Un testimonio veraz de la certeza de sus creencias convertidas en poemas en encumbrado ascenso.

 El diálogo consigo mismo que transmite al lector, aniquila los demonios de la oscuridad, hace gritar el silencio de los abandonados, sepulta los vicios de los poderosos, convirtiendo esos anhelos, esos sueños en ráfagas de esperanzas clandestinas hoy, para revertir el mañana.

 La vinculación magistral que realiza con los ambientes naturales que conforman nuestros entornos, nos involucra en forma óptima en el discurso de sus temas inconfundibles, certeros y de profunda convicción, con nuestros más esenciales sentimientos que brotan de nuestras raíces.

“Las montañas recogen la mirada/con las pestañas de la ausencia. /Otean el resplandor, más allá /de los bosques y las mareas, / para evitar los naufragios. /En la cercanía del olvido/tiemblan las culpas encendidas, /después de todas las cenizas/que rechaza el mar/contra los veleros de la impunidad, /en el dolor de las travesías, /mar adentro, /en las islas acorraladas/por piedras y musgos” (p.61).

Este poemario inscribe el “ahora” eterno de Miguel Fajardo, que ha vivido y citado en todo el recorrido de su obra poética con la pasión y la vehemencia de una elevada conciencia humanista y solidaria que lo ha caracterizado. Una valiosa entrega a las hojas del Guanacaste eterno, este libro engrandece el caudal que el autor abrió hace ya varias décadas para la literatura costarricense.

Fuerte, profundo, hermoso y congruente testimonio nos ofrece “Ningún lugar es lejos”, donde el poeta Miguel Fajardo nos embriaga con la sustancia lírica de la poesía, al identificarnos con los espejos de la sabiduría, la solidez de la Luz en la esperanza y la fe, y la solidaridad plena por los desposeídos; fundiendo las cadenas para la libertad y la paz en el magno refugio natural de nuestra Tierra.

*Presentación interpretativa en la Feria del libro, Cañas, Guanacaste, Costa Rica, 29 -4 2022.

Lic. Miguel Fajardo Korea (Costa Rica)