En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



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miércoles, 5 de marzo de 2025

LA CASA DESHABITADA Y LA PARADOJA DE LAS BELLAS CICATRICES COMO NOCIÓN CONFESIONAL

 



LA CASA DESHABITADA Y LA PARADOJA DE LAS BELLAS CICATRICES COMO NOCIÓN CONFESIONAL

 

 

 

¿Por qué soñando, al deslizarse con miedo,

Ese miedo imprevisto estremece al durmiente?

Mirad vencido olvido y miedo a tantas sombras blancas

Por las pálidas dunas de la vida,

No redonda ni azul, sino lunática,

Con sus blancas lagunas, con sus bosques

En donde el cazador si quiere da caza al terciopelo.

LUIS CERNUDA

 

 

 

 

José Siles González, poeta prolífico y prologuista enjundioso, además de académico alicantino comprometido con la docencia, ha querido en esta ocasión, que sea yo el que le prologue su libro: «El desamparo del tabú en flor», un texto en su conjunto que a primera vista me conduce a reflexionar sobre algunos conceptos que de momento llamaré situaciones: casa deshabitada, tabú, confesional. Para Gastón Bachelard, la casa, el espacio, éste, nos conduce a la noción de intimidad, de recogimiento, de protección, pero, además, entraña el espacio vivido; fotografía, acaso impregnada de recuerdos, donde el «invierno frente al frío/ escarchado de los recuerdos,» con todas sus «presencias ausentes». Este poemario y su primer poema es todo un aserto porque nos remite de inmediato, adentrarnos en ese mundo de un cuaderno de huellas, versión de sombras y música, seguro de espejos al filo de las sombras. Pues bien, la atmósfera del libro es esa fragancia memoriosa y fundacional de un lugar labrado con tenacidad, pero que, al paso del tiempo, su plenitud luminosa, se torna «de viejos invocando/ …sus presencias ausentes». El libro también es esa metáfora de la casa como lugar destinado a las distopías y utopías. Pasado y presente se entrecruzan a través de la evocación como una estancia del ser que ha vivido y que vive en virtud de la remembranza, un espacio sagrado donde está el poeta. Y ello, además, me hace pensar (tomando en cuenta las respectivas distancias), en «La casa encendida» de Luis Rosales. Pensé, de inmediato, en mi casa de infancia, construida con el amor de la tierra, con paredes de adobe y, alrededor, árboles frutales y un río en el que la eternidad parece cobrar vida a través del recuerdo.

El concepto de  tótem, por su parte, y me remite a Carl Jung y Freud; ello demuestra, a partir de un análisis de la vida de los pueblos primitivos basado en los estudios antropológicos como el horror que los individuos sienten por el incesto es lo que determina su organización social y provoca el establecimiento de una serie de normas rígidas y prohibiciones, las cuales son comparables a los síntomas del neurótico (necesidad de lavarse las manos repetidas veces después de determinados actos, prohibición de mirar o tocar objetos, personas o animales. Pero el poeta nos habla desde el título de «El desamparo del tabú en flor». Y este concepto nos dice que es una «situación o estado de la persona que no recibe la ayuda o protección que necesita.» a más de ello está el sustantivo complemento que hace las funciones de determinante: en «flor», es decir, intuyo que se refiere a que está vigente, pervive o, «que se encuentra en el estado inmediatamente anterior a la madurez.» Rafael Narbona en El Español-cultural, nos dice, entre otras cosas: De hecho nuestras sociedades no escapan a ello. La gran aportación de Jung consistió en descubrir el inconsciente colectivo. En la estructura de la psique, hay un inconsciente personal donde se conserva y agita todo lo que la conciencia quiere reprimir y silenciar, y un inconsciente colectivo, que contiene la memoria biológica de la especie. El inconsciente «es idéntico en todos los hombres y constituye un substrato psíquico común, de naturaleza suprapersonal. Abarca una masa indescriptible de estratificaciones depositadas en el curso de la vida de nuestros antepasados. Contiene uno o dos millones de años de evolución». El inconsciente colectivo está poblado por arquetipos. No son símbolos o imágenes heredadas, sino estructuras vacías e innatas que representan las vivencias cruciales de nuestra especie: la imagen del padre y de la madre, la imagen de uno mismo, la relación entre los sexos, la figura del héroe, del sabio, del embaucador. Los arquetipos se manifiestan en los sueños, pero también en la mitología, el arte y las tradiciones religiosas. El Sí-mismo es el arquetipo central del inconsciente colectivo. Expresa la totalidad del ser humano, su «yo consciente» y su «psique inconsciente». La personalidad individual se forja mediante la interacción entre esas dimensiones opuestas. Esto que he retomado se asocia, además, con «Bellas cicatrices», independientemente de la paradoja, me parece, y lo dice el yo poético: «el olvido es justo y necesario. / Justo para equilibrar las malevolencias/ con las bondades que guarnecieron nuestra vida/ desplegando lo que llevamos dentro:/ por aquí y por allá,”» … No sé si el olvido, en efecto, sea la cura, esa bella cicatriz de cual nos habla el poeta. La vida es inexorable, aunque dance en la memoria con sus abismos afilados. El recuerdo a menudo nos devasta, pero en sus brazos de hipnosis, nacemos y desnacemos.

El in media res del poemario, el brillo del Paraíso que alguna vez fue, y que no es curable el retorno a él, al menos en términos de evocación. Pero el poeta lo da por hecho, algo imborrable y atesorado, como una sombra que se acerca, purificada. «Regocijo, —expresa el poeta— que permanecerá por siempre/ en la memoria azulando/ esas fábulas que refieren/ al final de la historia/… el sentido de la vida.» Por tanto, la vida no enmudece en la piedra caliza de los estertores, ni en el roce de esas líneas del horizonte que el sujeto traza en las instantáneas estriadas de este mundo, acaso, como «Hijos de una realidad inacabada», tal cual uno de sus poemas. Y sí, el ser humano, no debería caminar entre espinas, «Dolorido por los ladridos de una jauría de aturdidos/ que se obstinaron en acumular un botín de miserias.» Sí, no deberían ver la bestia descomunal, aun así, sea entre buganvillas escarlata. En el transcurso de la vida, el poeta José Siles González, ha aprendido no solo el poniente de los jazmines, sino que su vasta experiencia poética y de vida le dice que es necesario en la vida, «aprender su oscuro lenguaje», del que nos hablaba Pushkin en “Versos escritos de noche durante el insomnio.” O bien, como lo entendía don Carlos Bousoño: «el hombre lo único que puede hacer es aspirar, sin pausa, bien que inútilmente, a esa huidiza plenitud anhelada, sea en cuanto hombre que vive y expresa esa vida suya ansiosa de metas inaccesibles, sea en cuanto poeta que escribe un poema, cuya perfección igualmente se le escapa.» Porque la vida es a fin de cuentas una fogata alígera. Y lo que hoy es, mañana puede no serlo.

En este itinerario del poeta, «El desamparo del tabú en flor», la analepsis se convierte en mi opinión en columna vertebral. Hábilmente, el poeta, «altera la secuencia cronológica de la historia, conectando momentos distintos y trasladando la acción al pasado». Lo dicho hasta aquí me lleva al tercer elemento que acoté al inicio de estas digresiones: la noción confesional. Antes, veamos: La poesía no se escribe con inspiración, sino con lucidez y rigor. La lección de Stéphane Mallarmé quedó aprendida, cuando dijo que el poema se escribe con palabras, no con ideas. También queda atrás el lenguaje que convierte la lengua en discurso o en jerga, que es peor, porque el lenguaje es iluminación en la sombra. Verso libre, rítmico, cadencioso. En ese caso, deberíamos hablar pero no aquí es el cometido de los nuevos ritmos del verso prosaico o el despojo de los ritmos clásicos del verso. Lo confesional (en torno al desamparo y la pérdida) salta a lo largo de todo el libro como radiografía del alma. Ya sabemos que la mejor biografía del poeta es su obra y esto, precisamente, es lo que hace grande a la obra. Los grandes poetas han sido confesionales, se implican e implican el tiempo que les tocó vivir. Las Confesiones de san Agustín es un ejemplo. También abundan las metáforas cargadas de novedad y originalidad: José Siles González asume la escritura con sumo rigor y sacrificio. Nos recuerda a Gustave Flaubert cuando escribía dolorosamente en lucha con la palabra. Siles González confiesa que: «Desde entonces todo dejó de tener sentido/ Todo lo que fue a partir de aquella noche», o estos otros versos, en los que hace alusión a una de las aristas referidas: «Es entonces cuando el tabú emerge enfangado del lodazal/ y un asomo de insólita insurgencia recorre ese cuerpo/ acostumbrado a la censura de todo tipo de goces.» Rebelarse es la manera de destruirlo.

Es importante, como lo expresa Miguel Lorenci, «…saber qué me ha pasado en la vida; de dónde vengo, quién soy y dónde estoy. Un ejercicio honesto de verdad vital que está en el origen de la literatura desde los ensayos de Montaigne y es útil para el lector.» Lo cierto en lo confesional es que es un recurso no solo de la poesía y de algunos de nuestros clásicos, es elemento importante en la narrativa. Es Michel Foucault, en mi opinión el más creíble pensador en esta materia: entiende la confesión como algo más que el acto de redención religiosa, más bien como nuestro ritual preferido para la producción de la verdad. La confesión es la técnica empleada en las relaciones familiares, en la justicia y la medicina, en la psicología, en la educación y también en las artes. Vivimos en un sistema que ha convertido al hombre en un «animal confesional» en el que el conocimiento se transmite siguiendo los esquemas y patrones de técnicas que se basan y dependen de la confesión. (Alejandro Melero Salvador: La técnica confesional como recurso narrativo).

El tiempo modifica los límites de la vida, de las ingenuidades germinativas, el paladar y la memoria que hurgan en el disfraz de la escritura. El poeta se atreve a desvelar las realidades del ojo, solo así: «En la memoria sonora de todas las tardes, / noches y madrugadas que se nos quedaban cortas/ para pescar en el faro, recorrer tortugas, arlequines, machos, puerto ricos, waikikis y / uvas jumillanas / retumban los ecos de pláticas socráticas, / venenosos benedictines, vidrios rotos/ …y amistad pura.» Lo que es materia lejana, se acerca, se hace próxima en virtud de la capacidad del poeta para recordarla. Y es que la memoria confesional no deja de ser una calle húmeda, con pájaros suspendidos en el sendero silencioso de la lejanía. La buena poesía como la de José Siles González, desciende a nuestra boca como un follaje que solo la palabra respira y transpira. En este caso, el verso, diáfano, ebrio, sin oblicuidades.

La poesía siempre supone, al menos desde mi modesta perspectiva, un viaje espectacular; para muchos constituye la fábula, la metáfora del agua, del horizonte, del arrebato eterno del ser humano frente a su realidad. Y, así, como dice Rafael Cadenas: «Que cada palabra lleve lo que dice. / Que sea como el temblor que la sostiene. Que se mantenga como un latido.» Este ser humano, a veces platónico, socrático, hegeliano, etc, acumula en su devenir toda la escarcha enjuta del horizonte. No siempre uno cuenta con un nahual que lo ampare, ni esos absolutos en que se constituye la nada. La poesía siempre es reflejo de la vida en cualquiera de los momentos históricos en los que viva el ser humano, el poeta: la realidad nos habla de la vida a través del arte, en este punto de la palabra, de la poesía: en cada época, clasicismo, romanticismo, realismo, simbolismo, creacionismo, surrealismo, etc., la metáfora cambia, el mundo de la poesía toma diversas formas. Sin poesía, —como nos lo dijese Mayakovski—: «la calle, sin lengua, se retuerce: / no tiene con qué gritar y hablar.»  La poesía de José Siles González tiene una proyección vital, aunada a su expresión lírica. «Porque la palabra del alma es memoria» y eso lo recobramos tras la experiencia y los recuerdos. Es más, la poesía está construida a partir de ellos, trasunto y trascendencia del alma del poeta. En atención a esto, el poeta se encarga de acercarnos a ese camino del que venimos hablando: «La irrupción de tu presencia / desleída en un sueño tembloroso / en medio de aquella devoradora madrugada / azota los ecos flameando los ’viejos tiempos’ /…corridos.»

Sin duda una de la más visible singularidad en el estilo poético Silesiano la encontramos en el uso de deícticos, deixis: espaciales, temporales verbales; sin lenguaje, sin pensamiento no existiría la poesía, ninguna poesía de cualquier poeta. Cada palabra del poeta se inserta en un contexto, o está vinculada a él. También está presente en su poesía el elemento referencial, cuya función es importante en el acto comunicativo, la misma nos permite transmitir información y características de todo aquello que nos rodea, (factores externos del propio acto comunicativo y del emisor, lo que permite exponer la realidad de manera concreta y objetiva): lugares, objetos, animales, personas, acciones, acontecimientos. Así, el poeta se fusiona con el mundo, su entorno y «ve reflejada su intimidad en todas sus formas» y conquistas expresivas. Sobre sus ojos derramados en la hoja de papel, el día de las palabras hasta convertirse en alfabeto; transcurrido el misterio, (Aunque Neruda decía que en la poesía existe), el poeta da testimonio en este libro de su periplo como un árbol que crece para la vendimia. El mismo Neruda que rechaza el misterio, dirá tiempo después en uno de sus versos canónicos: «La luz de la tierra sale de sus párpados».

            «Soñarme contigo más allá de todos los limbos», es de singularidad confesional, íntima, evocativa: un diálogo inevitable con su memoria, vislumbres o concreción del amor filial, trocado por la poesía. En otro de sus poemas, el poeta se abre a la realidad que vive la niñez en muchos de nuestros países. A esa niñez desventurada de las periferias de las urbes: «Cuando por fin diviso su rostro / de chiquillo callejero/ distingo todas sus edades / olvidando el ayer por momentos / y advierto en su expresión envejecida / las arrugas que ya han plantado sus raíces»… El hastío también alcanza al poeta por su constancia y territorio infame: «Cuando se desmorona el aire / se respira una decadencia sin aliento / que acentúa la vaguedad de un universo / tan fútil e ingrávido / tan inmensamente vacío / tan puro e invertebrado /…advenimiento mustio del hastío»…; en cambio la noche prosigue en su fijeza de mundo. Quizás muta, pero siempre tiene un sonido largo incapaz de ocultar «la monotonía inapetente/ de las lentas tardes» … En este espacio de la subjetividad, el poema, está intervenido por la historia y la ideología del poeta, sus valores, su forma de percibir la realidad exterior e interior. En este punto, el poeta no renuncia a la referencialidad, porque dicha referencialidad contextualiza el poema.

            La poesía, más que tratar sobre la realidad, quiere ser la realidad, Se trata de una poesía orgánica, viva; (Selena Millares Martín, Madrid, 1992). Un desmantelamiento del tabú del cual nos hace referencia el poeta, del que además han germinado hojas y apóstatas. «Reduciendo el paisaje a una descomunal sombra / Magnificando la lobreguez del crepúsculo».  «Desde siempre, nos confiesa el poeta Siles estuve acompañado por mi sombra / No recuerdo ir a sitio alguno sin su escolta» …Y más adelante, en otro poema, se pregunta: ¿Quién se descubre en su memoria perdida / Caminando por la noche que colmó una plenitud de sombras/ En las que se ocultan todos sus desvaríos? El poeta Siles, desde su yo lírico es consciente de la finitud de la vida, al menos eso pienso cuando siente (lo percibo así) el espesor de la noche y la cúpula del cielo en tierra: «Ahora dedicas tu tiempo a envejecer aún más/ navegando irremisiblemente hacia tu último destino / el puerto habitado de sombras / donde la oscuridad te amará eternamente.» El tabú está presente en casi todas las actividades del ser humano (y no es la excepción la poesía); de ahí siempre la ingente necesidad de la transgresión en unas sociedades más que en otras; y es así como el poeta desea destruir esa danza que yace en la conciencia. Tal situación nos conduce a esa lucha estoica y permanente; como «la incapacidad que encuentra el individuo de fundamentar sus valores morales.»

          La poesía de José Siles González, sin embargo, no se queda ahí a imagen del blanco y el negro como un pájaro ebrio de sombras. Su poesía es un licor de luces magnéticas, con palabras nacidas de su entraña, una conciencia en la existencialidad del ser, como «el poeta que se acuerda de la vida: Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.» (Aleixandre, Poemas de la consumación). «El desamparo del tabú en flor», bien puede ser esa consumación de la poesía de Siles González. Seguramente el poeta continuará en esa pesquisa o lucha por entender la sed y la noche, aun con antorcha en mano. Arduo oficio el del poeta: reconstruir el tiempo, mientras el tiempo concurre en nuestras manos como un libro de estaciones y espejos.

 

 

André Cruchaga,

Sábado, 9 de abril de 2022,

Barataria, El Salvador


miércoles, 8 de enero de 2025

La sustancia poética de Ahora es de noche y tú no tienes nombre. De nuevo la trascendencia sin concesiones de André Cruchaga



La sustancia poética de Ahora es de noche y tú no tienes nombre. De nuevo la trascendencia sin concesiones de André Cruchaga

José Siles

Catedrático Universidad de Alicante. Facultad Ciencias de la Salud (España)

 

            André Cruchaga (Nueva Concepción-Chalatenango, 1957), es una persona que rebosa humanismo por los cuatro costados. Su vida, tan compleja y llena de matices como su poesía, es, en cierta medida, el resultado de un amplio compendio de actividades y dedicaciones, la mayor parte dedicadas a su faceta pedagógica en enseñanza media y universitaria: docente, gestor educativo y, sobre todo, un esteta que ama el lenguaje y lo emplea sin complejos para transformarlo en arte…arte de la palabra como un artesano de la sublimación expresiva. Cruchaga, salvadoreño y ciudadano del mundo, inició su andadura literaria en la década de los noventa. Lo hizo a conciencia, pues se dedicó a escribir de tal forma que, casi sin percatarse, acabó siendo abducido por la poesía hasta un punto de dedicación colindante con la exclusividad. Su memoria, experiencias, sensibilidad, intuición e inteligencia, a partir de dicha década (tal vez mucho antes, pues estas cosas connaturales no se improvisan), se pusieron a disposición de una creatividad insólita mediante la que este singular poeta comenzó a drenar sus pulsiones otorgando a la poesía la potestad de erigirse en su válvula de escape estética, su salida al mar para verter tamaño acopio de impresiones, emociones y sentimientos acumulados a lo largo de una vida vivida sin carencia de intensidades y tensiones.

Poeta ubicado entre la hipermnesia y el olvido: La obra del poeta salvadoreño es tan dilatada que parece como si hubiera sido “bendecido” con una buena dosis de hipermnesia, una afección que le permite recordarlo todo a costa de mantenerse en un estado de vigilia perenne manteniendo activa y sin descanso alguno su atención. Borges, en su “Funes el memorioso” describe como Ireneo Funes recuerda hasta la extenuación todo lo acontecido…hasta el último detalle, lo que puede resultar extremadamente agobiante. Esta incapacidad para el olvido o la desmemoria, se debe al insomnio que padece debido a un accidente que le impide tanto conciliar el sueño como crear parcelas de olvido para purificar su memoria (Borges, 1988). Tal vez Cruchaga sea un poeta insomne o sonámbulo, que es capaz de mantener activas de forma continua todas sus capacidades perceptivas al servicio de la memoria con el firme propósito de que no se le escape nada de lo que ocurre y se almacene convenientemente en su depósito de retentivas. Así, nos encontramos que el sonambulismo está presente en diferentes poemas: “Rebelión de sombras”, “Muelle de pañuelos” , “Tierra difusa e irreal” o  “Ábaco de sombras”. Cruchaga, se sirve de la poesía para drenar los sentimientos que se acumulan en su hospitalaria memoria, siempre dispuesta a dar asilo a los ecos de sus experiencias vividas, soñadas o imaginadas. Sí, es posible que la asociación entre experiencia vivida, recuerdo de la misma e intuición hayan sido los pilares sobre los que se ha cimentado la talentosa y prolífica poesía de Cruchaga, una poesía que se involucra, a pesar de esta aparente hipermnesia,  en el olvido con el propósito de purificar el paisaje donde —como en los relojes blandos de Dalí—[1] el sustrato lírico vence al tiempo cronológico manteniendo vigente una insultante juventud que le permite desarrollar una lírica tan profunda como extensa. Estas alegorías del olvido, esencial para enriquecer la memoria tal como sostenía Nietzsche (1999), aparecen en diversos poemas de este nuevo poemario: “Escarcha en la bahía”, “Ché la diritta via era smarrita”, “Turbiedad del tiempo nuestro”, “Sumario de la materia”, “Estertor de la sangre”, “Ábaco de sombras”, “Corazón de epifanías”, “Ahora, esto es la vida”, “Arqueología del tiempo indefinido”, etcétera.

Para avalar el carácter prolífico de André Cruchaga basta con echar una mirada a su amplia obra de alcance internacional (ha sido traducido a nueve idiomas hasta la fecha con varias ediciones bilingües) más de una veintena de poemarios, entre los que destacamos: “Alegoría de la palabra” (1992), “Memoria de Marylhurst” (1993), “Visión de la muerte” (1994), “Enigma del tiempo” (1996), “Roja Vigilia” (1997), “Rumor de pájaros” (2002),” Oscuridad sin fecha” (2006), “Pie en tierra” (2007), “Caminos cerrados” (2009), “Viajar de la Ceniza” (2010);  “Poeta en Barataria” (2010), “Cielorraso” (2017), “Balcón del vértigo” (2014), “Lejanía” (2015), “Viaje póstumo” (2015), “Via lliure” (2016), “Ars moriendi” (2018), “Motel” (2018), “La experiencia de vivir” (2018), “Cuervo imposible” (2019), “Vacío habitado” (2019), “Huidobro redivivo” (2019), “Lejanías rotas” (2020), , “Antípodas del espejo” (2021),  “Umbral de la sospecha” (2023), “Precariedades” (2023), “Metáfora del desconcierto” (2023), “Camino disperso” (2023), “Travesía de la muerte” (2023),  “Invención de la espera” (2024), “Cadáver Baudelaire” (2024),  “El hijo de la estación de trenes” (2024), etcétera.

El reincidente Cruchaga nos vuelve a sorprender con un nuevo poemario: “Ahora es de noche y tú no tienes nombre[2], una obra integrada por 125 poemas en los que el poeta salvadoreño vuelve a tratar esa vasta y variada temática cuyo arco cromático oscila entre el oficio de vivir, el tiempo, la nostalgia por un pasado que se obstina en mantener su huella en el presente, atisbos  de incertidumbre, piadosa barbarie que nos devuelve al atávico primitivismo, ausencias, vacíos y presagios, injusticia, incomprensión  y, obviamente,  el heideggeriano misterio insondable de la muerte. Sin embargo, el tono de intuitiva contención que mantiene el poeta nos acerca a la idea —si no de aceptación— sí de constatación, a pesar de todo, de la conciencia de vivir plenamente.

Una de las constantes que se mantienen vigentes en este nuevo poemario es su originalidad, una capacidad para innovar: “(…)  tan natural que deslumbra casi sin querer, confiere a sus versos (y a su prosa poética) la trascendencia desnuda en sí misma, sin los abanderamientos tendenciosos ni artificios baldíos; tal como hacen los grandes escritores que no necesitan mutilar la realidad para hacer más fácil la comprensión de las contradicciones de la vida (…)”. (Siles, 2024, 331). Otra de las características que constituyen las señas de identidad de André Cruchaga consiste en su acercamiento a las raíces de la realidad poética, allá donde anida la trascendencia, con una clarividente perspicacia omnipresente en este poemario.

Entre la cadena de inmutables condiciones de la poesía cruchaguista, hay que destacar su indiferencia y autonomía respecto a las tendencias poéticas vigentes, poco dadas al radicalismo trascendente y más inclinadas a borborigmos pirotécnicos ventoseados desde planteamientos tan tradicionales como intelectualmente insustanciales (Ortiz, 2019). La radicalidad cruchaguiana se revela, por ejemplo, en la enorme preocupación por la ausencia de identidad, en esa oscuridad sin nombre (en alusión al título de este poemario), que esta poesía delata conservando las inconfundibles señas de identidad, manteniendo con firmeza y resolución una serie de líneas maestras que cimentan su obra.

Sin ánimo de etiquetar[3],  tal vez la denominación más apropiada para describir la poesía cruchaguiana con el menor artificio posible sea el concepto: “poesía humanista y sensorial” (Siles, 2019).  El humanismo poético de Cruchaga se revela, además de centrar el arte de la palabra en la persona, en las diversas fuentes de las que bebe su poesía: creacionismo, ultraísmo, absurdismo, etc. Las influencias de Cruchaga son inabarcables para el que suscribe (y para cualquiera que no sea el propio poeta), pero, por ejemplo, resulta nítida la influencia de Vicente Huidobro quien equiparaba el arte poético al ejercicio divino, dotando así a su poesía todo el potencial creativo inherente a la libertad de los dioses.

Otra de las constantes de Cruchaga la constituye su recurso a la sinestesia (polisensualismo)[4], la metáfora y el simbolismo; siempre empleados como cargas de profundidad para desenterrar las raíces más ignotas de la experiencia. Además del mencionado Huidobro, tanto la sinestesia como el creacionismo se pueden percibir en la obra de otros poetas que también han influido en la vida del salvadoreño:  Juan Ramón, Quevedo, Vallejo, Alexandre, etc. (Ynduraín, 1969; López Martínez, 1991; Córdoba et al, 2012).

Tanto el carácter sinestésico de esta poesía como su progresiva decantación hacia una creatividad ilimitada o divina, denota también una vinculación con el enfoque cuántico (al final todos somos fotones, luz, energía en un eterno baile o trasiego) y con la dimensión fractal de la palabra como mecanismo de superación de las limitaciones impuestas por la realidad (Durán, 2017; Martínez Simón, 2018). En “Rebelión de sombras”, Cruchaga explora la capacidad del lenguaje para crear nuevas realidades describiendo su entrada a "vestiduras que no tienen nombre" y su chapoteo "sin salir de los oscuros follajes de la hipnosis" (Cruchaga, 2025, 19). Estas imágenes sugieren la posibilidad de usar el lenguaje para crear espacios de libertad y resistencia dentro de un mundo opresivo. De forma que en "Ahora es de noche y tú no tienes nombre", el poeta insiste en la sinestesia como un adicto a la recurrencia de tal recurso para evocar una atmósfera de desolación, pérdida y desarraigo que, empero, no implica desapego a la existencia, sino más bien, una superación desde el más íntimo plano del poeta.

La obra está colmada de ejemplos de sinestesia, donde los colores se escuchan, los sonidos se palpan y los olores se visualizan. En el poema “Ruido y furia” de resonancias faulknerianas, Cruchaga emplea la expresión "aroma quemado” que se mezcla con la sensación visual y táctil de "arder". “(…) sino en el aroma quemado que arde después de leer los gritos duplicados del regazo (…)” (Cruchaga, 2025, 11). Asimismo, en  “La tierra de los adioses”, el color "amarillo" se asocia al sonido de los "gritos", creando una imagen disonante y perturbadora: “(…) esa catarata de sangre en la boca y sus límites amarillos/ de locura suspendida en la ferocidad de un nombre (…)” (Cruchaga, 2025, 76). En “Es de noche y tú no tienes nombrereaparece la sensación visual de las "sombras" fusionándola con la sensación táctil de "recorrer" el rostro: “(…) Sientes que solo hay sombras que recorren tu rostro y no alcanzas a ver qué es lo que refleja el espejo quemado (…)” (Cruchaga, 8).

En el poema “El ruido del poniente”, el sonido se describe como algo "amargo", mezclando los sentidos del oído y el gusto: “(…) El ruido amargo del poniente es eso: una perversa ventana de rodillas que hace de la angustia su propio talismán (…)” (Cruchaga, 2025, 45). En “Criptas erigidas por la memoria”, la lengua se describe como "sórdida", mezclando el sentido del gusto con un juicio moral: “(…) He aquí en las postrimerías del tiempo unas llaves oxidadas/ pateando el frío de la lengua sórdida de Lázaro.” (Cruchaga, 2025, 93). Así, se observa como mediante la sinestesia, Cruchaga logra transmitir de manera poderosa las emociones y sensaciones que impregnan la obra, dado que el lector no solo lee sobre la tristeza, el dolor y la desorientación, sino que las experimenta sensorialmente a través de las imágenes sinestésicas del poeta. En definitiva, el recurrente recurso a la sinestesia se convierte así en una herramienta fundamental para la construcción del significado y la atmósfera del poemario.

En “Ahora es de noche y tú no tienes nombre”, Cruchaga, explora la condición humana a través de imágenes de oscuridad, soledad, abandono y pérdida de identidad. Los poemas, escritos en un lenguaje poético y denso, se centran en la búsqueda de un nombre propio en medio de la áspera experiencia de no pertenencia donde se perciben sentimientos motivados por la incertidumbre y la fugacidad del tiempo. Asimismo, en este poemario, a poco que se lea entre líneas, se aprecian diferentes tipos de angustia y vacío descritos mediante un acertado y muy original uso de la metáfora y la alegoría, como instrumentos para mostrar simbólicamente esa lucha eterna que desde Virgilio constituye el incesante combate en aras a encontrar un lugar en el mundo y la búsqueda de sentido en medio de la fragilidad y la desilusión (Broch, 2019).

De manera que, desde estos sentimientos de inexistencia, tales como: silencio, oscuridad, pérdida de identidad y muerte; Cruchaga ya alude a la muerte, a la pérdida de identidad y a la inmersión en la oscuridad.  Nos encontramos de bruces con la "materia en penumbra del silencio" y "rostros mortuorios" que no tienen nombre. La noche, además de la oscuridad, simboliza la muerte y la incertidumbre. En “La Memoria Siempre y Sus Descreencias", la muerte se presenta a través de imágenes como "sombras", "polvo y sollozos", "candil en desuso", "lecho convertido en monólogo", "escombro del éxtasis" y "manos sangrientas del despojo". La muerte, pues, se relaciona con el paso del tiempo, la pérdida de la inocencia y el deterioro de la memoria. En “Más Acá del Deseo y Más Allá de la Muerte", Cruchaga explora la búsqueda de sentido en un mundo donde la condición de mortalidad está omnipresente: "comensales de Leteo", "mugido de los mataderos", "espectáculo más avieso del deseo confinado a las estatuas", "bitácora de fosas y cadáveres", "piadosos esqueletos", etc.

Sin embargo, para verificar la parte positiva o no pesimista de este poemario, es conveniente recurrir a la clásica obra "El Ser y el Tiempo", de Heidegger, quien sostiene que la idea consciente de la muerte resulta sustancial para comprender el significado de la vida, pues tan solo cuando se asume tanto su precariedad y finitud como la inevitable certidumbre de su arribada, es posible su comprensión y hasta su aceptación. Todo ser humano es un ser arrojado a la vida para la muerte, por eso mismo somos para la muerte, pero esta conciencia de finitud, lejos de hacer caer al poeta en una desesperanza incapacitante, constituye una llamada a la vida de una forma significativa, intensa y profunda (Siles & Solano, 2007). La muerte, pues, es aceptada de forma serena y sin aspavientos  por el poeta salvadoreño, quien, asimismo, la concibe como la raíz oculta de alguna forma de eternidad, una variante de infinitud que solo se puede aprehender, al menos simbólicamente,  mediante los significantes que nos aportan las palabras (la fractalidad de las palabras en un entorno cuántico) dado que “el fuego el fuego está ahí remoto en la ceniza”: “Ya hemos remontado el árbol de sueños de la sombra del día./Y no hay nada más que hacer, aunque insista la risa/ en la memoria de este viajero tardío que camina contra el olvido./ (No se trata de adelantar o postergar las horas corrompidas,/ las significancias ulteriores de la batalla, ni resucitar una oblea/ de estatuas), sino de deshacer las estrías de nuestras manos,/ sino de recobrar la tibieza prometida./ Aunque caminemos hacia la muerte con nuestros nombres/ descarnados, el fuego está ahí remoto en la ceniza” (Cruchaga, 2025, 109).

Esta conciencia de finitud emerge en poemas como:  “Asimetría del azogue” donde Cruchaga reflexiona sobre una incertidumbre que cabalga a lomos de un oleaje de confusas oscuridades:  “Al ojo le vienen bien las sombras del horizonte, las páginas negras/ con su pelaje de tinta, los espejos enredados en las oscuridades./ Todo este trasiego de confusas oscuridades nos sitúa en el límite/ de las paredes, en la asimetría del azogue de las distancias./ Somos insignificantes en el agujero del féretro por más que muertos/ evoquemos la cuna tejida con azúcar respirada de las ingles (Cruchaga, 2025, 58).

En “Nadie somos”, además de mostrar los estragos que el tiempo causa en la identidad, nos previene para que no ensalcemos nuestro ego y controlemos con serena aceptación nuestra nimiedad, dado que nadie somos, y menos aún seremos cuando el tiempo haga su trabajo y pasen varios siglos y nadie tenga ya un hueco en su memoria para almacenar, siquiera, un resquicio de lo que fuimos. En esta misma idea centra el significado del poema “Invocación al tiempo” del poeta argentino Antonio Requeni: “Brizna de voluntad e incertidumbres, / temblor entre dos pausas infinitas. / Solo eso soy, un desamparo, un grito, / una segura muerte que te invoca/ en tanto tú me roes o acaricias”. (Requeni, 2017, 30). Cruchaga invoca al tiempo reconociéndole su capacidad para subordinar cualquier atisbo de propósito existencial al inevitable mugido del dios Cronos. Así, en Más acá del deseo y más allá de la muerte, el poeta salvadoreño nos previene sobre la despiadada insensibilidad del transcurrir de las agujas del reloj: “(…) Entre los comensales de Leteo, nosotros, el mugido de los mataderos/ abriéndose a los estragos del tiempo sin la necesaria compasión, /si acaso, la herejía de cuestionar el espectáculo más avieso del deseo/ confinado a las estatuas y la abstinencia de pezuñas y arrugas (…)” (Cruchaga, 2025, 17).

Otra constante presente en este poemario es la oscuridad, una negrura que aumenta la sensación de complejidad en los sentimientos que inspiran la poesía del poeta salvadoreño. El tiempo se hace oscuridad cuando cae la noche y Cruchaga En " Ahora es de noche y tú no tienes nombre", indaga sin descanso acerca de la complejidad del sentimiento partiendo de un enfoque poliédrico y sinestésico como única alternativa para abarcar la laberíntica magnitud de la existencia: “En lugar de simplificar las emociones, busca preservar su naturaleza compleja, explorando las múltiples facetas y profundizando en las raíces del ser poético. Cruchaga, como poeta sinestésico, va más allá de la percepción sensorial tradicional. Su poesía busca la trascendencia en cada acto perceptivo, utilizando una variedad de sentidos para despertar la conciencia del lector ante la realidad, incluso frente a la muerte” (Siles, 2017). Esto queda patente en el poema “Nadie somos”: “Nada es cuando la noche enronquece y nos deja solo la escarcha/ pululando entre las sombras pálidas de la luna. Junto a la amenaza, / también el paisaje se torna esquivo, imagen lejana, ahora, /de los jardines; monótonas arcadas nos rodean haciendo/del firmamento un abismo. Muy cerca del silencio, el corazón/ ennegrece de rojos trenes, signados por el cine mudo de los sueños” (Cruchaga, 2025, 65).

Quizás los aspectos de la vida que más cuesta entender son aquellos donde se alcanza la álgida intensidad de lo sublime. En lo sublime, sentimiento ecléctico donde los haya, se mezclan el dolor, el amor y el absurdo; por ejemplo, el padecimiento o el insondable misterio de la muerte, como alegorías que encierran el significado más sublime y trascendente de la existencia, como universo donde reside la especulación entre el ser, que es capaz de sentir dolor, amor y miedo; y la desamparada orfandad de todo esto cuando se deja de ser. Tal vez por eso mismo, la enigmática, cruda y fría belleza de la muerte, aunque sea prematura, atrae casi tanto como el terror que provoca lo desconocido en tanto que en lo ignoto puede caber cualquier destino…incluso el devenir de la nada (Siles & Solano, 2016).

En definitiva, Cruchaga se encuentra a gusto en el universo especulativo que le brinda la poesía. Así se puede comprobar en “Estación de especulaciones”: “Y había un ruego de cipreses y sedantes en aquella alegoría/ de parpadeos al azar: mientras sentía los mordiscos en la piel/ de una otredad de extraviados zapatos y guijarros,/ la boca devoraba todos los temores gestados en el escombro,/el crematorio de los pensamientos en el fuego encallado,/el pez pulcro en la última sonrisa enrarecida.(…) Hay muchas preguntas detrás de cada vida, mucha trama/ sin destejerse; ahora sabemos que lo nuestro fue muerte prematura,/que vivimos desheredados y con las manos vacías (Cruchaga, 2025,14).

Esta forma de enfrentarse sin remedos a la realidad, siendo plenamente consciente de la impotencia que provoca su limitada comprensión, constituye una de las características invariablemente presentes en la obra de un poeta que no se amedranta ni ante las restricciones sensoriales, ni mucho menos ante las estéticas.  Cruchaga despliega su subjetividad con una valiente serenidad: “(…) una subjetividad consciente de la incapacidad del ser humano para percibir el mundo en su enredada integridad, dado que estamos limitados a un reducido catálogo de posibilidades sensitivas: colores, sabores, olores, tactos y sonidos” (Siles, 2024). En definitiva, el poeta salvadoreño, creativo, intuitivo y especulativo, se vale de la poesía como herramienta que tritura las limitaciones sensoriales e intelectuales para desenterrar y hacer visibles las raíces más insondables de la experiencia.

En definitiva, Cruchaga, en "Ahora es de noche y tú no tienes nombre", describe la experiencia de la identidad y el anonimato como una lucha constante, un estado de pérdida y desorientación en un mundo hostil e indiferente.  A través de una serie de poemas, el autor explora las diferentes facetas de esta experiencia, desde la sensación de vacío y falta de arraigo hasta la angustia de vivir en un país marcado por la violencia, el odio y que tiene por bandera la mentira. Así pues, insiste en la pérdida del nombre como tema recurrente, simbolizando la ausencia de identidad y la disolución del individuo en la masa anónima.  Frases como "Ahora es de noche y tú no tienes nombre", "Nadie tiene nombre en este vocerío de ojos, ni un mapa de pretexto", y "Somos nadie en este país asolado por la peste del odio y la mentira";  reflejan de forma recurrente esta idea de anonimato que se percibe nítidamente en el poema que da título a esta obra: “Nadie tiene nombre en este vocerío de ojos,/ ni un mapa de pretexto./ Algún peñasco, entre bocanadas nos muerde. Nos derrama. / Nadie ha vuelto a casa porque somos apátridas de este vestigio/ de dolor que se llama país: en la claridad el páramo sumergido/ en el pecho como un uñazo de matorral tuerto (Cruchaga, 2025, 8).

Por otro lado, el poeta salvadoreño describe la experiencia de la falta de identidad como algo doloroso y deshumanizante vinculado a un anonimato que implica soledad, desesperanza y ausencia de sentido. Así se comprueba en un poema que parece un aviso a navegantes, “No entres aquí”: "En nuestros dientes cercenados se encienden cuchillos y peñascos de aullidos que golpean la tierra nuestra de cada día" (Cruchaga, 2025,7).  La falta de un nombre propio implica la negación de la individualidad y la reducción del ser humano a una mera cifra perdida en la inmensidad de un océano de letras donde la incertidumbre es tan inabarcable porque ni siquiera nos quedan ojos para observar. En “No tienes nombre, tampoco ojos” Cruchaga nos advierte:  “Ya no tienes nombre, tampoco ojos, ni país, ni certezas, ni aire,/entonces no puedes ver el infierno por la inanición/y el camino que se agita en las sombras/de la indiferencia prolongada del desencanto;/no posees cara para inclinarla sobre las mamposterías del atisbo,/solo esa dimensión de la noche conversando con tu cuerpo/ entre esfinges frías y confusas lavanderías” (Cruchaga, 2024, 35).

Sin embargo, el poeta no claudica y sigue insistiendo, buscando alguna salida que lo salve del absurdo. La búsqueda de la identidad se presenta como una tarea ardua y, en ocasiones, infructuosa.  El autor explora la memoria, los recuerdos y la historia personal en busca de un sentido de pertenencia y arraigo, pero a menudo se encuentra con la frustración y el desencanto. Así se observa en “Estación de especulaciones”:Siempre excavamos en la inercia de los onomásticos de los abuelos,/ en el cadáver de las epifanías y en la miseria de los techos:/nosotros siempre hemos sido nadie para respirar en el día/ y quizás por ello no tengamos derecho a un epitafio, si acaso,/solo a las flores marchitas de la tristeza, ahora profunda/en esta noche donde ha cesado el sueño./Hay muchas preguntas detrás de cada vida, mucha trama/sin destejerse; ahora sabemos que lo nuestro fue muerte prematura,/ que vivimos desheredados y con las manos vacías” (Cruchaga, 2025, 14)

La palabra como espejo del alma es otro símbolo recurrente que se corresponde con la identidad. La idea del espejo como imagen que se repite a lo largo del poema constituye un emblema de la identidad, y el reflejo del yo (o del nosotros como sociedad), en este caso, refleja una imagen vacía, fragmentada y desconocida. El mar como espejo aparece en el poema “Muelle de pañuelos”: “Este muelle en el que estamos es la danza cincelada de un infinito/ que supongo no sabe de mar ni de gaviotas, ni despojos./Aquí, anónimos en un derrotero de golpes y sonambulismo,/no diferente a mástiles ahorcados por las aguas del Pacífico./Nada podemos reclamar porque el espejo se ha convertido en bulto/de opacos tragaluces y peñascos./ Nos muerde la sal de la orilla y callamos en su juego de regazo (Cruchaga, 2025, 25). La misma metáfora del espejo surge como alteración o desordenada locura del reflejo especular en “Astillas del aliento”: “Danzamos siendo pasto de la noche, esbeltos como un grito/ en los dominios del fuego, tallados como el desquicio de un espejo:/la brasa borró las huellas del sueño a la velocidad/ en que se pierden las entrañas y cordura y la dignidad de ser alguien (Cruchaga, 2025, 26). En “Campanada a destiempo” Cruchaga emplea el símbolo del espejo como testigo mudo de una ceremonia transcendental donde, en un escenario desordenado y deprimente,  se constata la mortalidad como única certidumbre existencial: “Erguido el sudario de la locura en el espejo de nuestra consagración,/mortal y los demonios oscuros ahogados en el pecho,/no nos queda sino un laberinto de gritos en el fregadero/ de una ciudad envejecida y hollada de anemia,/de una ciudad colmada de fríos y pesadillas (Cruchaga, 2025, 30).

El autor nos invita en este poemario a cuestionar nuestra propia experiencia de la identidad y el anonimato en un contexto social y político complejo. Por ejemplo, en “No entres aquí”: “No. No entres a este país porque pueda que también te alcance/ el odio y embote tus sueños, igual que unos guantes del grito/ de los que no pueden vencer la tormenta./En nuestros dientes cercenados se encienden cuchillos/y peñascos de aullidos que golpean la tierra nuestra de cada día./ Una y otra vez queremos escapar de este abandono arqueado./Una y otra vez la boca en el barro,/la vida arrancada de sus cimientos” (Cruchaga, 2025, 7); o en “Es de noche y tú no tienes nombre”: “Ahora es de noche y tú no tienes nombre como tampoco lo tienen/  las estrías del aliento y la múltiple levadura de la noche” (Cruchaga, 2025, 8). Esta misma temática fue abordada por el poeta mexicano Jaime Sabines quien dedicó buena parte de su obra a la reflexión sobre la muerte, la ausencia de identidad y la soledad: “Los que tenemos frío de verdad, /los que estamos solos por todas partes, /los sin nadie” (Sabines, 2016).

Asimismo, nos encontramos con cierta resignación ante la falta de protagonismo de nuestras vidas que incluso se prolonga tras la arribada de la Parca “Estación de especulaciones”: “Uno se acostumbraba a esos pellizcos desalmados espaciándose/ con el laconismo de un lenguaje que no nos pertenece;/ a veces los maniquíes y los ataúdes tienen nombres exactos/ y rimbombantes, para nosotros sería un artificio de hipérbole./ Siempre excavamos en la inercia de los onomásticos de los abuelos,/ en el cadáver de las epifanías y en la miseria de los techos:/ nosotros siempre hemos sido nadie para respirar en el día/ y quizás por ello no tengamos derecho a un epitafio, si acaso,/ solo a las flores marchitas de la tristeza, ahora profunda/en esta noche donde ha cesado el sueño”.

De nuevo, la ausencia de nombre propio simboliza una profunda crisis de identidad, una desconexión con el mundo y consigo mismos. Así, en “Estación de especulaciones”, el poeta confiesa su vaguedad identitaria respecto  a un lenguaje que lo ignora: “Uno se acostumbraba a esos pellizcos desalmados espaciándose/con el laconismo de un lenguaje que no nos pertenece;/a veces los maniquíes y los ataúdes tienen nombres exactos y rimbombantes, para nosotros sería un artificio de hipérbole./ Siempre excavamos en la inercia de los onomásticos de los abuelos,/en el cadáver de las epifanías y en la miseria de los techos:/nosotros siempre hemos sido nadie para respirar en el día(…)” (Cruchaga, 2025, 14). Se sugiere que esta pérdida de identidad es un producto de la violencia, la opresión y la desilusión que caracterizan al "país" donde los personajes escenifican, bastante perdidos, sus existencias. De esta forma se manifiesta en Sobre la esperanza perdida: “Entre la muchedumbre despreciada, abandonamos de golpe el país;/al cabo sobre nuestros hombros llevamos toda la orfandad que sabe/a cuchillo, a una cárcel que se disputa nuestra boca e identidad” (Cruchaga, 2025, 55).

El contexto cultural y sociopolítico desempeña un papel importante en la configuración de la identidad y el anonimato.  El autor describe un país asolado por la violencia, donde el miedo y la represión  silencian las voces individuales y obligan a las personas a vivir en el anonimato; así se observa en el poema “Es antiquísima la lluvia”: En esta tierra de aullidos no tenemos nombre, solo el dedo que señala/y esconde su mano; antes en la almohada sentía tu aliento del retozo,/ahora es el miedo reluciente hasta en los bolsillos,/la noche como un tatuaje perverso de identidad./Sabemos que aquí no es sitio para nosotros sino para el desastre” (Cruchaga, 2025, 50).

Recapitulando, tras la lectura de “Ahora es de noche y tú no tienes nombre”,  nos damos de bruces con un Cruchaga que nos ofrece una reflexión profunda sobre la importancia de la identidad individual en un mundo que a menudo busca homogeneizar y silenciar las voces disidentes.  A pesar de la crudeza de la experiencia del anonimato, el autor deja entrever una pequeña esperanza: la posibilidad de encontrar la identidad en la conexión con otros seres humanos y en la resistencia contra la opresión. Así se evidencia en el poema Hemos ido dejando calles conocidas”: "En el clima afantasmado de las seducciones, los nombres de personajes del destiempo, el encanto tenebroso en palabras embalsamadas. Todo resulta huraño cuando se carece de un nombre." (Cruchaga, 2025,42).

En esta profusa reflexión se pueden destacar aspectos como:

 

- El peso del pasado y la memoria con sus recuerdos dolorosos, fracasos y pérdidas; se presenta como una carga pesada que dificulta la construcción de una identidad sólida en el presente.

- La fragilidad de la existencia humana: Los poemas transmiten una profunda sensación de fragilidad e incertidumbre ante la vida. La muerte, la violencia y el sufrimiento se repiten poniendo de manifiesto la precariedad de la existencia humana.

-La incesante búsqueda de sentido como raíz de inconformismo o rebeldía: A pesar del dolor y la desilusión, los poemas también sugieren una búsqueda constante de sentido en un mundo aparentemente absurdo e indiferente. El amor, la poesía y la conexión humana se presentan, a pesar de su fragilidad, como posibles fuentes de esperanza y redención..

-La soledad como experiencia consigo mismo (mismidad) como desdén social y, a la vez, refugio interior ante el abandono.  

-La pérdida de identidad y el anonimato constituyen los temas centrales en la representación de la soledad. El título mismo del poema, que hace referencia a la falta de un nombre, establece este motivo desde el inicio.  Esta falta de nombre se extiende a otros aspectos de la existencia, como el origen, la patria y el sentido de pertenencia.

- El autor utiliza la imagen del espejo repetidamente a lo largo del poemario. El espejo, tradicionalmente un símbolo de la identidad y el reflejo del yo, en este caso irradia una imagen vacía, fragmentada y desconocida.

-La noche se convierte en un espacio simbólico de la soledad, el abandono y la inoperancia. La oscuridad, la falta de luz y la presencia de sombras representan la incertidumbre, el miedo y la sensación de estar perdido.

-Las alusiones al deterioro y la decadencia, como la "tierra carcomida", "rostros mortuorios" y "ciudades despobladas" refuerzan la sensación de abandono y desolación.

-La ausencia de un hogar y la pérdida de la patria aumentan el sentimiento de aislamiento y desarraigo. El hablante se describe como un "apátrida" que vaga sin rumbo, sin un lugar al que pertenecer.

-La naturaleza a veces ofrece un escape momentáneo, pero a menudo también refleja el desierto que habita el poeta. Los cipreses, la lluvia, el viento y el mar, pueden constituir elementos reconfortantes, pero también se vinculan con la tristeza, la desolación y el miedo.

-De forma natural en una situación de aislamiento donde la comunicación carece de sentido, el silencio se convierte en un símbolo omnipresente de enclaustramiento y de ausencia de conexión humana.

En resumen, este poemario de Cruchaga se caracteriza por una exploración profunda y desgarradora marcada por la búsqueda de identidad, la experiencia del abandono, la soledad y el poder evocador de la memoria. La obra recurre a una estética sombría evocando un ambiente donde la decadencia no es incompatible con ciertos atisbos de serena esperanza. En su lenguaje poliédrico y metafórico, cuya densidad es obstinadamente clarificadora, se aborda la fragilidad humana, la búsqueda de significado en la oscuridad, y la confrontación con la muerte y el vacío. Sus poemas reflejan imágenes vívidas en un clima poético único que nos invita a confrontar las complejidades de la existencia. Asimismo, la poesía de Cruchaga mantiene una veta combativa que denota una voluntad firme y activa mediante la que se busca sin descanso la razón del ser con el propósito de hallar un significado que contribuya a superar la crisis existencial de la sociedad contemporánea. Por último, señalar que se trata de un poemario sin freno, ortopedia ni tratamiento cosmético alguno, pues la poesía que transita entre sus páginas es fruto de la libertad derramada a conciencia por su autor. Si están preparados para lanzarse al vacío sin paracaídas en la lectura de “Ahora es de noche y tú no tienes nombre” donde encontrarán una poesía rigurosamente original e independiente de “ismos” mostrándoles una realidad sin andamiajes, ortopedias ni tratamientos cosméticos; si todavía mantienen viva la llama de la curiosidad y son lo suficientemente temerarios para enfrentarse a “las verdades del barquero”, les invito a aceptar el reto de su lectura… no se arrepentirán.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Ynduraín, F. (1969). Sinestesia en la poesía de Juan Ramón. Madrid: Gredos.



[1] La persistencia de la memoria, también conocido como Los relojes blandos, o Los relojes derretidos es un cuadro del pintor Salvador Dalí realizado en 1931 como fruto de su método crítico-onírico..

[2]El título del presente poema corresponde a un verso del libro «Las adivinaciones» de José Manuel Caballero Bonald.

[3] Etiquetar a los poetas para integrarlos en una taxonomía lírica puede llegar a ser una tarea mutiladora y artificiosa que siegue parte de la pluralidad y matices que tienen las obras en sí mismas. Para manumitir la labor hermenéutica de este riesgo potencial, es conveniente asumir que todo exégeta parte de las experiencias vividas y leídas que se han incrustado en alguna zona recóndita o límbica donde se desvanece la frontera entre el consciente y el inconsciente.

[4] Se ha identificado de forma recurrente la utilización a la sinestesia en poemarios anteriores de André Cruchaga (Siles, 205, 2017, 2019, 2024).


 

miércoles, 31 de enero de 2024

Invención de la Espera o Tejiendo expectativas y ausencias mientras pasa el tiempo

 

Portada del libro «INVENCIÓN DE LA ESPERA»
EDITORIAL DOS ISLAS, 2024



Invención de la Espera o Tejiendo expectativas y ausencias mientras pasa el tiempo

 

José Siles

Catedrático de la Universidad de Alicante. Facultad de Ciencias de la Salud. Alicante, España

 

 

El poeta salvadoreño André Cruchaga (Nueva Concepción, Chalatenango: 1957), cuya singladura por el mundo de la poesía se inició allá por la década de los noventa compatibilizando su faceta lírica -que acabaría convirtiéndose en algo fundamental en su vida- con su actividad docente y la gestión en instituciones educativas; ha sido capaz de dar a luz una vasta e impresionante obra cuyos ecos han trascendido fronteras geográficas, lingüísticas y culturales (sus poemarios han sido editados en diferentes países de distintos idiomas y variopintas culturas). Entre su amplia producción poética se pueden destacar: “Alegoría de la palabra” (1992), “Visión de la muerte” (1994), “Enigma del tiempo” (1996), “Roja Vigilia” (1997), “Rumor de pájaros” (2002),” Oscuridad sin fecha” (2006), “Pie en tierra” (2007), “Caminos cerrados” (2009), “Viajar de la Ceniza” (2010), “Cielorraso” (2017), “Vacío habitado” (2020), “Estación Huidobro” (2021),  “Lejanías rotas” (2022), “Noción de la extrañeza: Antología poética (1988-2018)” (2022),  “Metáfora del desconcierto”(2023), “Camino disperso” (2023), etc.

A estas alturas tengo claro que Cruchaga es uno de los autores más prolíficos que conozco (su amplia obra lo corrobora), pero, además, el salvadoreño acostumbra a dotar a sus poemas con una hondura poco habitual en el panorama poético actual y que en alguna ocasión he llegado a calificar de “radical”[1]. Su originalidad, tan natural que deslumbra casi sin querer, confiere a sus versos (y a su prosa poética) la trascendencia desnuda en sí misma, sin abanderamientos tendenciosos ni artificios baldíos, de los grandes escritores que no necesitan mutilar la realidad para hacer más fácil la comprensión de las contradicciones de la vida. Así, en su dilatada obra, nos damos de bruces con poemarios que, respondiendo a diferentes temáticas, mantienen con atino y severa pertinencia el rumbo de una nave lírica cuyo patrón tiene claras las coordenadas que tiene que seguir para alcanzar siempre el mismo destino, un puerto conocido de antemano solo en el plano onírico, pero revelado durante el proceso de escritura que ha dado lugar a tantos vástagos poéticos. De ahí la necesidad de escribir de Cruchaga: no puede vivir sin reiniciar, una y otra vez, el mismo periplo que le ha de llevar siempre a la misma dársena, un fondeadero donde pueda, al fin, anclar su existencia navegante.

He tenido la inmensa suerte de leer con profusión a Cruchaga. Sus poemas, casi siempre escorados a la prosa poética, jamás me han dejado indiferente y a estas alturas he de confesar que mi creciente interés por su obra estaba vinculado al hecho de que me resultara imposible quedarme impasible ante la lectura de una poesía en la que me sentía como en mi propia casa; sí, una lectura que reflejaba en gran medida lo que yo siempre he intuido que constituye la esencia de la poesía. Tal vez por este seguimiento contumaz de la obra de un poeta como Cruchaga al que he calificado en otras ocasiones como referente de la poesía “humanista sensorial”, y tras diferentes interpretaciones sobre la misma, creo que por fin, con la lectura de “Invención de la Espera”, he llegado a descubrir, al menos en parte, la nucleogénesis que constituye su proceso creativo. Pero vayamos en primer lugar al sugestivo título de este nuevo poemario.

La espera —su invención— como título que preludia una temática, supone un reto a la imaginación de los lectores: ¿Qué es la espera y qué o a quién se espera? El irlandés Samuel Becket (secretario de James Joyce) a mediados del siglo XX, escribió Esperando a Godot, un personaje que nunca llega a presentarse mientras sí que hay otros personajes que lo esperan con más o menos paciencia, a la vez que se agranda la sombra de una ausencia (lo que no acaba de llegar) (Becket, 2015). No se sabe para que lo esperan ni parece importar, pero mientras el tiempo pasa, la espera -y por tanto la ausencia- va adquiriendo protagonismo y, al mismo tiempo, perdiendo sentido. Cruchaga propone la Invención de la espera para que esperemos algo, tal vez aguardando la llegada de la felicidad, el amor, un amigo, la enfermedad o la muerte (que sería el final de la mencionada espera). Analizando algunos de los poemas integrados en Invención de la espera podemos hallar algunas pistas sobre el enfoque del autor respecto a la espera.

En He abierto los ojos, la espera es sumamente incómoda y se evidencia a través de la autocontemplación: “(…) Es torpe el frío frente al espejo degollado de la espera (…)” (Cruchaga, 2024.114); por otro lado, en Todo pasa, Cruchaga parece advertirnos sobre la futilidad de toda espera: “(…) La vida supone una espera desheredada (…)” (Cruchaga, 2024, 115); Asimismo, en Casi comedia este pasado, se nos advierte de las bajezas y pobreza de la espera:” (…)  la espera, al cabo, es infame embriaguez, indigencia (…)”.  (Cruchaga, 2024, 118); por último, en Infructuosidad, el poeta nos previene de que, en realidad, todos somos víctimas de la espera: “(…) De alguna manera fuimos «víctima de la angustia, del que espera de súbito que todo se haga luminoso» (…)” (Cruchaga, 2024, 125). En definitiva, Cruchaga nos dice que hay que abrir los ojos para percatarse de que todo pasa, todo…menos la espera.

En reseñas previas sobre su obra he sostenido que el cruchaguismo se caracteriza por el mantenimiento de unas constantes o líneas maestras que se manifiestan, por un lado,  en cuanto a recursos propiamente literarios: la sinestesia (polisensualismo), la metáfora, el simbolismo, la sensorialidad transversal, etcétera; y, por otro lado,  persistencias derivadas de su particularismo literario que incidían en el anclaje de su poesía en diferentes caladeros estéticos[2]: creacionismo (Ahí están sus reiteradas referencias a Huidobro e incluso su poemario titulado “Estación Huidobro”)  o ultraísmo (aunque no de forma epidérmica, pero en el sustrato de la obra cruchaguiana aparecen vetas borgianas y, sobre todo, urgencias por innovar para erradicar cualquier obstáculo que se interponga en el advenimiento del futuro y en la sensorialidad poética empleando la metáfora como arma principal), surrealismo (la propia sinestesia es una declaración de surrealismo en cuanto hace hablar materia inerte y subleva el orden y organización funcional de los sentidos, tal como ciertos ecos de la etapa surrealista de Alexandre que se dejan translucir en parte de la obra cruchaguiana), absurdismo (al igual que sucede con Huidobro, César Vallejo es otro gran referente en la poesía cruchaguiana que fluye sin pausa entre la angustia y el absurdo) (Matas Moreno, 2007). Podríamos seguir estableciendo diferentes vínculos con otras tendencias, pero resultaría redundante y poco práctico porque con lo expuesto hasta ahora es suficiente para obtener una imagen o impresión de la complejidad y magnitud de la obra de André Cruchaga; además, en esta poesía el autor respira una libertad hermenéutica tan abierta al holismo experiencial y sensorial (el todo del poema no es equivalente a la suma de sus versos) que resultaría casi imposible que el sugestionado lector no se “contaminara” y acabara identificando paralelismos y perpendicularismos entre la obra cruchaguiana y diferentes (y tal vez aparentemente incompatibles)  coordenadas estéticas.

Volviendo a la nucleogénesis, al análisis de la motivación esencial de André Cruchaga, aquello que le impulsa a escribir de la manera que lo hace, creo estar en condiciones de lanzar algunas hipótesis que, aunque no descabelladas, sí que emanan tanto de mi subjetividad, una subjetividad socializada,  habitus o conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales puedo percibir, sentir  y actuar en una realidad dada tal como es el caso del mundo representado en la poesía cruchaguiana y particularmente en “Invención de la Espera” (Bordieu, 2012). A nuestro entender, son tres las líneas maestras sobre las que se vertebra la obra y el auténtico leitmotiv de André Cruchaga: las limitaciones perceptivas del ser humano, las limitaciones y potencialidades del lenguaje para interpretar y describir la realidad, y, por último, las dificultades para entender de forma clara y definitiva el sentido de la vida.

ü La percepción de la realidad como primera limitación del ser humano

Cruchaga también percibe, siente y actúa según su propia subjetividad, una subjetividad consciente de la incapacidad del ser humano para percibir el mundo en su enredada integridad, dado que estamos limitados a un reducido catálogo de posibilidades sensitivas: colores, sabores, olores, tactos y sonidos. En “Invención de la Espera” (2024) (por supuesto, también en su obra anterior), Cruchaga vuelve a insistir en la necesidad de pulverizar las limitaciones sensoriales mediante el recurso poético:

Sobre el olfato:

En Eventualidades nos damos de bruces con un poema donde las parábolas   tienen cierta fragancia: “(…) Nada inventamos después del hedor del aroma de las parábolas (…)” (Cruchaga, 2024, 87); Asimismo, en Única conquista, el lector se encuentra con el dolor que le provoca al poeta la inodora naturaleza de los recuerdos  “(…) y ya no hay sed en el pecho, ni olor en el recuerdo (…)”(Cruchaga, 2024, 31).

Respecto a la vista:

 En el poema que da lugar al título del poemario: Invención de la Espera, el poeta refleja la necesidad de percibir visualmente el alma en toda su magnitud: “(…) Para darle sentido a la propia defunción, intento sin vaciar mis ojos, otras maneras de ver el absoluto de su alma (…)” (Cruchaga, 2024, 7).

En Petición, Cruchaga deja constancia de su anhelo de visualizar la sangre tras la batalla y los temblores del mañana: “(…) luz para ver el hilo de sangre de la batalla, el temblor de mañana (…)” (Cruchaga, 2024, 91).

En el poema En la distancia: el poeta barrunta que solo se ve lo que no se puede ver: “(…) supongo que solo nos quedan los ojos para ver la penumbra (…).” (Cruchaga, 2024, 117).

Acerca del Tacto:

En el poema Ventana de entresueño el poeta ahonda en la sensualidad sinestésica: “(…) Hay días en los que mis pies no tocan el alba (…)” (Cruchaga, 2024, 71).

Asimismo, en Eventualidades, el autor expresa sus sospechas sobre la veracidad de lo que se percibe a través de los sentidos: “(…) Acaso clamor en el falso tacto de los sentidos (…)” (Cruchaga, 2024, 87).

Mientras en Viajeros impertinentes y Un Hombre camina, Cruchaga se centra en el tacto para volver al recurso polisensorial: “(…) A través del ramaje de la ropa sudada, el pecho toca la cabeza del lenguaje desvelado (…)” (Cruchaga, 2024, 131);  “(…)A mi alrededor pasan los ciegos con el aroma de un flor en sus manos y tocan la felicidad de mi tristeza(…)”. (Cruchaga, 2024, 74).

Sobre el oído:

En los poemas Certezas y Juego extraño el poeta retorna de nuevo al abordaje sinestésico combinado con dosis ajustadas de absurdismo: “(…) Un túnel sordo oye mis cansancios, la piedra con la que tropiezo, la falsa sonrisa con la que espera el alma (…)” (Cruchaga, 2023, 20); “(…) El rastro que dejan las máscaras de agua y que usted oye (…)” (Cruchaga, 2024, 28).

En Semblante de la ira, el poeta se lamenta y revuelve ante el acechante cerco que la existencia, en forma de enfermedad, depresión, infortunio, va estrechando, tal vez, en torno a una joven a la que correspondería vivir una fase de esplendor: “(…)  Jamás entendí el río de sombras en su joven carne, ni qué moría en su pecho, al escuchar el ojo de agua tibio en su ingle (…)”. (Cruchaga, 2024, 44).

En torno al sabor:

En el poema Solo este tiempo, el autor se queja levemente respecto a la fugacidad de la vida y el tiempo que se nos pasa dejándonos un sabor a fruta inmadura que repercute en el lenguaje: “(…) En realidad no hay otro tiempo sino este que se escapa y nos deja un sabor tetelque en las palabras. Un sabor de sintaxis desfigurada (…)”(Cruchaga, 2024, 85).

 

ü Las limitaciones y potencialidades del lenguaje para interpretar y describir la realidad: el reto asumido por André Cruchaga

Es lógico pensar que, si no se dispone de capacidades perceptivas para interpretar la verdad, la realidad (Lyotard, 2000)[3], el lenguaje, que es el principal instrumento mediante el que el hombre fue catalogando el entorno a su alcance perceptivo para poder pasar del caos (desorden) al cosmos (orden), también estará afectado por esas limitaciones.  Ante esta situación de impotencia, la poesía en general y la lírica de André Cruchaga en particular, empoderan al lenguaje revistiéndolo con una fuerza que trasciende lo perceptivo: la imaginación creativa y el mundo onírico como medios para superar las limitaciones sensoriales, aunque sea mediante quiméricos espejismos surgidos de una inspiración creativa febril donde el instinto, la hermenéutica desnuda de dogmas y la genialidad conforman el triángulo de una transgresión presentida.

Para Siles, Cruchaga, consciente de que el lenguaje es dependiente de las percepciones, de los sentidos, se revela contra las limitaciones transitivas del lenguaje explorando formas expresivas que superan la capacidad de lo sensorial (Siles, 2019). De ahí la importancia del polisensualismo, la sinestesia y de enfoques poéticos como: absurdismo, creacionismo, ultraísmo, surrealismo, etc. Uno de los recursos esenciales para la poesía cruchaguiana ante las restricciones del lenguaje es el empleo de metáforas que hacen fluir las palabras y dinamizan las expresiones mediante idas y venidas de una a otra parte explorando el universo poético para establecer puntos de balance comparativo, una especie de cotejo que evidencia el carácter proteico de su obra. En invención de la Espera se pueden encontrar diferentes referencias a la labor infructuosa del lenguaje:

La zozobra lingüística -en cuanto a su incapacidad para superar las limitaciones del tinglado perceptivo- también es productiva en este caso para Cruchaga: Así, En Ebriedad del ahogo, vemos como: “(…) Se abren al polvo los miembros absortos. Vómito que nunca deja mancha. Desprendidos trozos del cuerpo (…)” (Cruchaga, 2024, 25).  Mientras en Solo tengo presente: “(…) Todo me habla desde el lenguaje arrancado a los muertos (…)” (Cruchaga, 2024, 35); o en Búsqueda del olvido  “(…) la lluvia del oprobio elevada a lenguaje (…)” (Cruchaga, 2024, 43). En Cábala irreal dota a los pájaros de lenguaje y sentimientos “(…) Entonces valen la pena los pájaros sobre el estanque de la rosa. Vale la almohada en su lenguaje de ternura (…) (Cruchaga, 2024, 77). En Instantes del sopor, Cruchaga explicita la ineptitud rancia del lenguaje: “(…) Y claro, resultó insuficiente el lenguaje de los peces, confuso, para discurrir en esta lenta espera, lacerada por el moho (…)” (Cruchaga, 2024, 100).

Otra de las estrategias del poeta para superar las limitaciones del lenguaje y las contradicciones existenciales estriba en el uso de la dialéctica. Así, por ejemplo, podemos observar en Invención de la Espera como proliferan expresiones contrapuestas que despiertan sentimientos que tienen su parte de yin y su porción de yang. Uno de los ejemplos de esta dialéctica poética la encontramos en dos poemas que tratan sobre el olvido: Búsqueda del olvido y Resistencia al olvido.

En el pensamiento de Nietzsche hay una valoración del olvido que se refiere a una reflexión sobre los seres vivos y su funcionamiento: el olvido es una condición para el buen funcionamiento de la vida en tanto el peso del recuerdo puede transformarse en algo aplastante (Nietzsche, 1999). Borges en su “Funes el Memorioso” describe la vida de una persona que está tan atribulada por los recuerdos (lo recuerda absolutamente todo) y que no tiene tiempo en todo el día para nada, ni siquiera para dormir, sólo puede dedicarse al ejercicio evocatorio (Borges, 1988). Cruchaga, poeta cuya vida andará colmada de evocaciones, se siente atraído por la memoria y la necesidad de recordar…al menos tanto como por la desmemoria y el salvífico recurso a la amnesia y al olvido. Es este, el del olvido o la evocación, un tema especialmente delicado para los poetas. El poeta salvadoreño afronta el olvido de una forma dialéctica en “Invención de la Espera”, tal como se ha señalado anteriormente, nos topamos con dos poemas complementarios que sintetizan la sustancia de un cruce: Búsqueda del olvido y Resistencia al olvido.

En Búsqueda del olvido, Cruchaga explora la sensación de querer olvidar y dejar atrás ciertos recuerdos o experiencias dolorosas. El poeta expresa su anhelo por encontrar pequeños fragmentos de memoria que sean inalterables, como muros que puedan protegerlo del frío emocional. El verso "esa suerte de plegaria en la sangre cuando ya fenece" muestra la búsqueda de consuelo o alivio en momentos de desesperanza. El deseo de una mirada y la imagen del "trompo de girasol maullando sobre el pasto de los ojos" sugieren la necesidad de conexión y afecto en medio de la desolación. El poema continúa describiendo la sensación de quedarse en los rincones de algún bostezo, lo que podría significar una sensación de estancamiento o monotonía. Los "recovecos de espina de mi casa" y los "estrépitos de gato en celo" crean una imagen de cierto desasosiego.

Búsqueda del olvido: Alguien desde el olvido, añora pedacitos imperturbables/ de memoria, muros abruptos para preservar o detener el frío, /esa suerte de plegaria en la sangre cuando ya fenece/ el aire en el umbral de la puerta y solo queda el deseo/ de una mirada, el trompo de girasol maullando sobre el pasto de los ojos (…) /  Después solo me quedo en los rincones de algún bostezo:/nada nuevo en los recovecos de espina de mi casa/ y sus estrépitos de gato en celo (…)” (Cruchaga, 2024, 45).

En Resistencia al olvido, el poema presenta una actitud de entereza ante el olvido. La referencia a la resistencia de rodillas sugiere un esfuerzo constante por no dejar que los recuerdos se desvanezcan por completo. La noche en ascenso y la claridad extraña del desencanto evocan sentimientos de desilusión y confusión. El poema continúa con una imagen de agua confundida y meses desbocados, lo cual podría simbolizar el paso del tiempo y la sensación de estar atrapado en una corriente caótica.

Resistencia al olvido: “(…) De rodillas aquella resistencia al olvido/ La noche en ascenso, como la claridad extraña del desencanto, /como el agua confundida de los meses desbocados:/aterido me pierdo en los vagones del ansia/de una esperanza de aullidos, /en vagones de ojeras que cuelgan, lánguidos, /de un grito de garlopas fruto del viento enloquecido (…)” (Cruchaga, 2024, 9).

Ambos poemas exploran la temática del olvido y la búsqueda de consuelo o resistencia frente a la pérdida de recuerdos o experiencias significativas. Presentan imágenes evocadoras y emotivas para transmitir la complejidad de estos sentimientos. Tal vez la obra de Dalí “Los relojes Blandos o La persistencia de la memoria” (1931) expresa de alguna forma la dialéctica poética de Cruchaga sobre la memoria y el olvido mediante la pintura metafórica: Mientras que los relojes se derriten, no perduran (el olvido); el paisaje marino, la rama de olivo o el mueble sí resisten el paso del tiempo (la persistencia del recuerdo).

Pero el lenguaje no solo tiene limitaciones, también posee potencialidades; es decir recursos que son desarrollables en determinadas condiciones para superar, por ejemplo, la caducidad del lenguaje científico ante nuevos hallazgos como el fenómeno cuántico o la inteligencia artificial. El lenguaje poético tiene potencial para superar el lenguaje científico dada su funcionalidad no pragmática, sino estética y se mueve como pez en el agua con la eclosión del absurdo dado que como señala Cohen (1973) se trata del absurdo creador de un sentido diferente, extraño que rompe la cadena causal y juguetea incesantemente con lo ilimitado. En el mismo sentido se expresa Michel Houellebecq (2006) afirmando que el lenguaje poético es un recurso especialmente pertinente que supera al lenguaje científico para describir conceptos abstractos y complejos.

En la poesía de Cruchaga encontramos desarrollada esa potencialidad del lenguaje poético que le permite que sus poemas siempre vayan más allá de lo predeterminado como lógico. Así, en el poema Levedad, Cruchaga nos avisa de la proteica naturaleza del lenguaje que es, simultáneamente, esclerosis de la palabra y torbellino avasallador: “(…) Lo que tenemos en las palabras es una especie de esclerosis como fuerza plural de un torbellino avasallador. A ratos somos solo un enloquecido minuto de la muerte, ese polvillo del lenguaje que se enreda en los dedos y que nos opaca los pensamientos (…)” (Cruchaga, 2024, 88); o el poeta confiesa su esfuerzo por transgredir las limitaciones del lenguaje en Instantes del Sopor: “(…) Uno tiene que inventar ventanas para desarmar la niebla en los ojos (…) Y claro, resultó insuficiente el lenguaje de los peces, confuso, para discurrir en esta lenta espera, lacerada por el moho (…)” (Cruchaga, 2024, 100).

 

 

ü La dificultad para entender de forma clara y definitiva el sentido de la vida.

 

Por último, vamos a tratar una temática universal en el mundo de la poesía: el sentido de la vida. Ya Heidegger recurrió a la poesía para lamerse las heridas provocadas por su hiriente afirmación sobre lo absurdo de la vida en El ser y el tiempo: “El hombre es un ser arrojado a la vida para la muerte”; lo que provoca una desesperanza  lacerante que quizás solo tiene remedio mediante los meta-relatos religiosos y,  sobre todo, a través del absurdismo e incluso el creacionismo poético (Siles y Solano, 2007).  

André Cruchaga comparte con Heidegger esta preocupación existencial (lo ha testimoniado a lo largo de su obra poética) y en Invención de la Espera, como no podía ser menos[4], presta gran atención a la muerte, pues es este un tema recurrente que nunca ha rehuido y sobre el que ha mostrado siempre gran interés; así en Campana sumergida: “(…) Alguien desde su muerte desdeña la ternura, mientras muerde la cueva de larvas de la mudez (…)” (Cruchaga, 2024,8), describe como la muerte despoja de sentimientos y voz al difunto. Asimismo, en Al punto de la nada, el poeta explora las posibilidades del descanso o el nirvana que nos regala la muerte: “(…)  No quiero esta eternidad de abismo,/ni la reiteración de la fosa./No el miedo a la noche que empieza a hacerse negra,/no al frío amargo que se posa sobre el césped o la piedra,/no a los ojos abatidos,  arrodillados en el vacío de lo desandado,/no al silencio hundido en las manos./No a este césped de oscuridad que cubre el cuerpo./Aquí el preludio de un pájaro sin alas, al punto de la nada./Una muerte infinita que se recuesta en el pecho./Una fosforescencia negra que rompe de tajo los relámpagos (…). (Cruchaga, 2024, 14).

En Porción de mi sangre el poeta confiesa que la espera de su fin ocupa buena parte de su vida y su pensamiento: “(…) Ayer y ahora, la espera viva de la muerte. Sus huesos. / El retrato cerrado sobre la carne helada de las fechas. / La espera sombría en este cuarto donde los perros cada día, /estrenan su aullido, o su inalterable servidumbre (…)” (Cruchaga, 2024, 26). Por último, para no prolongar más este apartado dedicado a la preocupación más universal del ser humano: el paso de la existencia a la nada, el poeta salvadoreño nos presenta en Después de todo, una visión panorámica desde el féretro: “(…) Permanezco con mi garganta raída de llagas. / Pienso en laúd abisal de huesos en lo profundo de la muerte de una lágrima. / Bajo la tierra estaremos rotos en la asfixia de un féretro (…)” (Cruchaga, 2024,111).

Como conclusiones tras la lectura de este nuevo poemario, lo primero que se puede afirmar es la pertenencia o parentesco de “Invención de la espera” con la obra anterior de André Cruchaga, pues se mantienen los aspectos más significativos que distinguen la poesía del poeta salvadoreño. Estos pilares sobre los que se erigen los poemas cruchaguianos responden a unas características estilísticas y temáticas que el autor domina con una genialidad que puede llegar a resultar desconcertante para quien no esté familiarizado con su obra. Una obra que no nos atrevemos a incluir exclusivamente en una sola tendencia, pues Cruchaga dinamiza su poesía de tal forma que lo mismo encontramos en el sótano de sus poemas yacimientos de corte surrealista, que estratos de puro absurdismo o creacionismo. En todo caso, la poesía de André Cruchaga es transgresora y su lenguaje mantiene una rebeldía que lo aleja de los remansos donde fluyen la poesía autocomplaciente y los estereotipos fijados por las diferentes tendencias o modas poéticas cómodamente establecidas y reconocidas.

Sí podemos constatar, además, que la poesía que Cruchaga nos presenta en “Invención de la Espera” es dialéctica (pues está cómoda, o aparenta estarlo, con las contradicciones), sinestésica (dota a los sentidos de un cierto caos ordenado) proteica (su dinamismo confiere una vivacidad vertiginosa a los poemas), metafórica (el autor reincide en el empleo generoso de las comparaciones), y, por supuesto, simbólica (pues los poemas cruchaguianos respiran símbolos).

En definitiva, en Invención de la espera Cruchaga trata sin condescendencia la condición humana y las complejidades de las relaciones interpersonales. Sus versos exploran la fragilidad de la vida, el paso del tiempo y la búsqueda de significado en un mundo efímero y casi siempre perdido en la confusión. Se trata de una exploración que recorre el paisaje donde se ubican los temas más universales y existenciales. Además, la musicalidad y el ritmo de la poesía de Cruchaga son notables. Sus versos fluyen con armonía y cadencia, creando una experiencia poética que va más allá del significado literal de las palabras y que, sin duda, provocará resonancias emocionales en los conmovidos lectores que vayan a tener la fortuna de leer este poemario.

 

 

 

REFERENCIAS

Becket, S. (2015). Esperando a Godot. Barcelona: Austral.

Bordieu, P. (2012). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Madrid: Taurus.

Borges, J.L. (1988). Funes el memorioso. Buenos Aires: Arcadia.

Vallejo, C. (1973).  Obra poética completa. La Habana: : Casa de las Américas.César Vallejo, 2ª ed. México/Madrid/Buenos Aires: Siglo veintiuno.

Cohen, J. (1973). Estructura del lenguaje poético. Madrid: Gredos.

Cohen, J. (1982). El lenguaje de la poesía. Madrid: Gredos.

Cruchaga, A. (2014). Viaje póstumo/ Viatge pòstum. El Salvador: Imprenta Rilcadone.

Cruchaga, A. (2020) Vacío habitado. El Salvador: Teseo.

Cruchaga, A. (2024) Invención de la espera. Miami (USA): Editorial Dos Islas.

Houellebecq, M. (2006). El mundo como supermercado. Madrid: Anagrama.

Lemaítre, J. Monique (2001), Viaje a Trilce. México: Plaza y Valdés.

Lyotard, J.F. (2000). La condición posmoderna. Madrid: Cátedra.

Matas Moreno, J.Mª. (2007). César Vallejo entre la angustia y el absurdo. Salina: revista de lletres, 21, 127-136.

Meo Zilio, Giovanni (2002), Estilo y poesía en César Vallejo. Lima: Universidad Ricardo

Nietzsche, F. (1999).  Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Madrid:  Biblioteca Nueva.

Siles González, J. (2015). Viaje Póstumo/ Viatge pòstum (Reseña). Cultura de los Cuidados, 19, (41), 171-172. Disponible en: http://dx.doi.org/10.14198/cuid.2015.41.21

Siles, J. & Solano, C. (2007). El origen fenomenológico del “cuidado” y la importancia del concepto de tiempo en la historia de la enfermería, Cultura de los Cuidados, 21, 19-27. https://doi.org/10.14198/cuid.2007.21.04.

Siles, J. (2017). Cruchaga,Cielorraso, la poesía sinestésica de André Cruchaga [Cruchaga, André (2017). Cielorraso. Colección Palabra de Alto Riesgo. El Salvador: Editorial Otoniel Guevara]. Cultura de los Cuidados, 21(48), 245-246. Recuperado de http://dx.doi.org/10.14198/cuid.2017.48.27

Siles, J. (2019). Reseña de “Vacío habitado de André Cruchaga o la poesía como búsqueda de un lenguaje aprehensor del sentido/ sin sentido de la existencia”. Cultura de los Cuidados, 23(55), 305-312.  Recuperado de http://dx.doi.org/10.14198/cuid.2018.54.27

Vallejo, César (1975), Obra poética completa.  La Habana: Casa de las Américas.



[1] “(…) Una radicalidad (de raíz, de profundidad, de ignota trascendencia) que confiere un gran calado al conjunto de la obra. Efectivamente, leyendo cualquiera de estos poemas al azar, el lector podrá confirmar tras su detenida lectura la persistencia de una estética que trasciende y aglutina la diversidad temática en cualquiera de ellos. Tal como afirmamos cuando escribimos la reseña de Cielorraso: “(…) Cruchaga no se ampara en la supuesta sencillez del fenómeno sujeto de su acción poética, sino que su indagación profundiza en las raíces siguiendo todas las vías posibles del ser poético…,ser que observa, siente, huele, ama, odia, toca, disfruta, sufre y, sobre todo, respeta la esencia del sentimiento (Siles, 2019).

[2] “(…) Etiquetar a los poetas según las características de sus obras no es tarea sencilla y, muchas veces resulta artificioso, pero en el caso que nos ocupa es aún una tarea mucho más ardua. También es posible escudriñar las influencias de otros poetas y otros movimientos: modernismo, surrealismo, creacionismo, ultraísmo, etc. En este sentido, Cruchaga admira y ha leído a muchos poetas y seguramente tendrá influencias de muchos de ellos, pero es difícil que se reflejen en su poesía de forma evidente. Vicente Huidobro es uno de los poetas cuya influencia sí se puede atisbar nítidamente en el trabajo de Cruchaga. Huidobro equiparaba el arte poético al ejercicio divino pues éste rezumaba la libertad y la pulsión creadora (…)” (Siles, 2019, 307).

[3] El posmodernismo que ha hecho caer a la ciencia en un relativismo radical rechazando no solo los grandes mitos, religiones y fábulas que explicaban los grandes misterios para mantener al hombre con una mínima dosis de certidumbre sobre la tierra: cosmogénesis, antropogénesis, enfermedad, dolor, guerra, muerte, vida, etcétera (Lyotard, 2000); sino que también, desde estos presupuestos posmodernistas,  se refutan los logros científicos colocando a la ciencia en el núcleo de la impotencia del ser humano para observar e interpretar la verdad. Ante esta fragmentación y disipación cultural y científica, el lenguaje, además de sufrir las limitaciones derivadas de las sesgadas capacidades perceptivas, debe asumir la descomposición abocado al relativismo posmodernista.

 [4] En “Vacío habitado” encontramos múltiples referencias a la muerte: “Así, en “Féretros” el poeta vislumbra con el sosiego de los sabios cautos la irreversible llegada del porvenir: “Siempre me ha cautivado la madera al poniente de mis zapatos. /En el callejón sin salida de la tumba, /las honras fúnebres del océano. /Y la turbiedad de los espejos (…)” (Cruchaga, 2020: 54).

En “Cada día la muerte”: “Sube a la memoria el prensapapel de los ataúdes. / Todo está escrito, allí, después de todo en la respiración (…)” (Cruchaga, 2020); se aprecia la preexistencia del final desde el primer aliento vital, pero no como un drama, sino más bien como la constatación de una realidad que todo el mundo necesita soslayar para seguir su camino con cierta higiene diaria (Siles, 2019).