En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



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miércoles, 13 de marzo de 2013

LA OTRA,LA MISMA DE DIOS...

Aleyda Quevedo Rojas





QUEVEDO ROJAS, Aleyda (2011). La otra, la misma de Dios, Prólogo de Soledad Álvarez, Epílogo de Yolanda Castaño, Quito: Ediciones de La línea imaginaria.



Juan Carlos Abril | Aleyda Quevedo Rojas



La otra, la misma de Dios, de la ecuatoriana Aleyda Quevedo Rojas (Quito, 1972) sorprende por una densa y extensa discursividad donde se da paso al confesionalismo, el coloquialismo, la canción lírica (con estribillos propios del son), el poema en prosa y, por qué no, ciertos toques vanguardistas que van trufando —enriqueciendo— con distintos recursos los textos. El resultado es un libro compacto y una escritura madura que medita y reflexiona, que va y vuelve sobre el Eros (también por sus alrededores), en ocasiones en clave minimalista y otras torrencial. Así, las diferentes partes que constituyen el poemario se titulan «Del erotismo de los cuerpos», «Del erotismo de los corazones», «Del erotismo sagrado», y «Del erotismo de la contemplación», si bien la primera posee una sección final de poemas dedicados a Safo. Cada una de estas partes hace una cala en diferentes aspectos del erotismo, concibiéndose como maneras de profundizar en su universo, enfocadas hacia el conocimiento de la pasión y la reflexión amatoria sin olvidar que, tras el título La otra, la misma de Dios, hay un subtítulo entre paréntesis que reza (Tratado de erotismo). Nos encontramos, por tanto, ante una declaración de principios en una escritura que explicita su contenido desde el primer momento, sin hermetismos ni subterfugios retóricos, una escritura descarnada que hurga en una herida abierta en carne viva donde el lenguaje se acerca a veces a la visceralidad en el filo de las experiencias límite y las pulsiones erotanáticas: «BESAS MI SEXO / y reinventas en mi nuca / Inicio y escape. / Besas mi sexo / y te busco en las películas de amor / que retuve en la cabeza. / Besas mi sexo / concentrada, / amorosamente, / abstrayéndote del ruido. / Hasta que reviento. / Estallo de gozo. / Grito llamando a la muerte. / Me quedo en blanco / regreso a una escena / y arruino la armonía. / Besas mi sexo / cortado en dos.» (p. 27). Lenguaje sin alambicamientos que se aproxima a experiencias físicas, matéricas, alejadas de cualquier proceso de idealización, donde se suda y se sufre, se goza o se siente.
Diario o dietario amoroso, la tradición de este poemario se remota a los tractatus amoris que, desde la Antigüedad, fueron esos manuales que han guiado a los amantes en el ordo amoris, es decir en el buen cumplimiento del amor, pero también han presentado comúnmente —aparejado a los textos, insertos de un modo u otro— un remedia amoris, o un de amoris remedio, ya que el mal de amor, o el daño que el amor puede procurar a los amantes, se halla tan cercano como el gozo, es inherente a él. En este sentido La otra, la misma de Dios (Tratado de erotismo) es un tratado y una cura, ya que a través de la experiencia catártica de la escritura se puede festejar y homenajear al ser amado, pero también curarse de una experiencia dolorosa, tal y como nos relata en «Tras un largo período de lluvias», cuando al final confiesa que «Aquí, en la región del olvido, / ni uno solo de esos versos / conmueve una pizca / de esa mujer que fui» (p. 59). Tras la experiencia dolorosa van surgiendo las superaciones y la superposiciones de nuestros yoes, siendo nuestro actual yo una acumulación —por estratos— de todo lo que nos ha ido nutriendo. Por eso se habla de «esa mujer que fui». El cambio existe, aunque nos cueste creerlo. Concebido, por tanto, como un tratado amoroso, y partiendo de esa premisa, asistimos al desdoblamiento del otro, tanto por necesidades internas de nuestra propia evolución personal, como por factores externos, en nuestro constante relacionarnos con los demás. De este modo el personaje poético —convengamos que es el mismo que escribe— sólo toma cuerpo en el otro, sólo se conforma en el otro, sólo posee plenitud en el otro. Y existe un diálogo que va desencadenando las reflexiones, auténtico motor de la escritura, al querer epatar al otro, acercarnos, aun a riesgo de que en muchas ocasiones el entendimiento no sea posible: «Excluida ya de tu corazón, / me obligo al páramo» (p. 68). Hay muchos versos y poemas que juegan a hablar del otro, en ese continuo tira y afloja, nombrando al otro para nombrarse a sí mismo. Porque a partir de la borradura de la propia identidad logramos apresar lo que el otro nos aporta. Nos encontramos entonces, según esta máxima del dialogismo bajtiniano, ante una poesía que se construye en el diálogo —diálogo intrasubjetivo también, en última instancia, de la propia conciencia— y en la cancelación de las marcas que nos definen no como esenciales (pues no existen como tales), sino como proceso, para poder después adentrarnos en el otro, entregándonos plenamente, como no puede ser menos en lo que significa el amor o la pasión que deambula por todas estas páginas. Y en la vida real. Pero, ojo, cuando el individuo se diluye en el otro corre el riesgo de perder su propia identidad, de borrarse definitivamente, de ser fagocitado. «[...] Cuando empezamos a amarnos / —tú rodeado de agua / yo de viento y bosques— / dijiste que lo realmente importante / era la intensidad del uno por el otro. / Después llegaron las noches / de los fantasmas que entibian la cama. / No digas que no te advertí: / donde vivo no se ve el agua, / solo permanece la fuerza de las emociones / como eficaz forma de entendimiento.» (p. 25). No somos ajenos a este peligro y cualquier amante experto sabe qué significa este vértigo, obstáculo en muchos casos, rémora y miedo.
Sea como fuere se trata de asumir estos riesgos y, desde este poema citado, que es el segundo del poemario, darnos por advertidos. Hace falta entendimiento, intentarlo: no ya dominar nuestros sentimientos y emociones sino al menos vivir con ellas, comprenderlas, saber por dónde nos llevan. La otra, la misma de Dios hace del amor y del pansexualismo un punto de apoyo, leyéndose algunos de sus poemas en clave homosexual o lésbica (no sólo la parte dedicada a Safo, también otros textos desperdigados), por ese escorzo femenino que se concibe no como marca o punto de llegada sino como punto de partida, referencia y origen. Saber quiénes somos —tal y como nos pedía la máxima délfica— es la clave para conocer al otro, no sin antes bucear en el otro para después poder reconocernos a nosotros mismos. En esa ida y vuelta, en ese diálogo inacabado e irresoluto, se halla esta poesía que otorga una dimensión trascendente, sagrada o divina al amor, en sentido secular y profano, gentil y panteísta de una deidad corporal, que no interviene. «Me arrodillo ante el rostro del amor / en el fondo del pozo, / justo en su vórtice / oliendo la oscuridad. / Lamiéndome como gacela perdida / que conoce el punto exacto del dolor. / No me he separado de mí misma, / estoy en el fondo del pozo, / conociendo las heridas de amor, / perfectamente adheridas al cuerpo» (p. 99). Trascendencia relativa en un continuo juego dialéctico, ya que se trata de un Dios carnal apegado a las pasiones, culmen del éxtasis en el que debemos adentrarnos, aunque luego nos alejemos, quemados por el sol.
Aleyda Quevedo Rojas (éste es su séptimo poemario) nos ha entregado una guía —recomendaciones, experiencias— y un testimonio. Para escarmentar en cabeza ajena, si es que eso es posible. A los lectores sólo nos queda disfrutarlo en el mejor de los sentidos, pues es en sí una poesía de los sentidos; aprender de estas sabias palabras y, a través de la experiencia amorosa que se relata y del conocimiento que implica, intentarnos conocernos, también, nosotros mismos.



NOTA: Material enviado por la autora al administrador de este blog.

jueves, 28 de febrero de 2013

POEMAS DE ALEYDA QUEVEDO ROJAS, Quito-Ecuador.

ALEYDA QUEVEDO ROJAS, ECUADOR.





POEMAS DE ALEYDA QUEVEDO ROJAS,

 Quito-Ecuador.





POEMA DEL DESEO

Lobos negros en las montañas
se juntan al acecho

Carne dulce
para los sonidos de la tierra baldía
el hilo mortal y denso de la saliva

Lobos surgidos en la penumbra
allí donde las montañas se juntan
y el deseo llama al deseo.




LO QUE SE APRIETA ENTRE LAS PIERNAS,
rugidos de mar,
libertad bondadosa que se ciñe al alma.
Lo que se promete y tarde se cumple:
la nieve quemando tu rostro.
Lo que me debes por tanto amor entregado
a pesar del cinismo y las mentiras.
Comerás de mi mano y no es resentimiento.
Lo que se deja pasar por orgullo:
heridas abiertas de miel y hiel.
Como lo que no puedo ocultar de mí:
enfurecida imagen de dos cuerpos
que al final de la noche se conocen.
Lo que una mujer hunde entre su almohada
y las fibras de lo que escribe.
Lo que ella, seguramente, es.




ALGUNAS ROSAS VERDES

Esta mujer de hechizos
de mentiras y
yeso
teje las medias
más cálidas
para el día
de su muerte
Una cruz
una caja de madera
algunas rosas verdes
esperan por ella

No hay temor
a la muerte

Solo pido
sea justa.




ARRANCO TODAS LAS FLORES DE MI CUERPO

para ofrecértelas, Señor.
Allá voy, más desnuda sin las diminutas flores
del torso, más desvestida que nunca
sin las dalias que crecían en la espalda.
Voy saltando las piedras ciegas de la desdicha
y el viento me ayuda a alcanzar la arena.
Señor de las Angustias, todopoderoso mío,
me despojo incluso de la flor pasionaria
y de la corona de heliconias que adorna mi pubis.
Desnudísima, para entregarme a ti,
sin los lirios de la nuca o los girasoles de las nalgas,
pulcra, tal vez insondable isla de misterios
Y no más rosas, ni margaritas, ni violetas
encandiladas en mis senos.
Limpia estoy, vuelta promesa.
Brillante y sola para entregarme a ti
sin las astromelias del sexo,
sin la flor azul del corazón.


ALEYDA QUEVEDO ROJAS, (Quito-Ecuador, 1972). Poeta, periodista, ensayista y gestora cultural. Máster en gestión cultural y políticas públicas. Premio Nacional de Poesía: Jorge Carrera Andrade. Ha publicado los libros: Cambio en los climas del corazón, La Actitud del Fuego, Algunas Rosas Verdes, Espacio Vacío, Soy mi Cuerpo, Dos Encendidos y La Otra, la misma de Dios. Mantiene inédito su libro: Jardín de Dagas. Ha sido traducida al inglés, francés, portugués, hebreo, italiano y árabe; su libro "Soy mi Cuerpo", traducido completamente al francés, aparecerá en julio del 2013. Toda su poesía está reunida en la Antología "El Cielo de mi Cuerpo" que lleva prólogo del escritor Fernando Iwasaki y será editada en Cuba por el Instituto Cubano del Libro.

Sus poemas se incluyen en las más importantes antologías de poesía de Hispanoamérica, así como en revistas digitales de literatura y cultura. Ha sido invitada a los más destacados festivales de poesía en casi toda América Latina, El Caribe, España y Francia. Como gestora cultural coordinó y seleccionó la Antología: 13 Poetas del Ecuador, que reúne las voces de escritores nacidos en los 70 y que fue publicada por Ediciones El Perro y la Rana de Venezuela. Coordinó y seleccionó la Antología: "Mordiendo el frío y otros poemas" del escritor ecuatoriano Edwin Madrid, publicada simultáneamente en Ecuador y Cuba. Ha escrito ensayos sobre la obra de los poetas ecuatorianos: Jorge Carrera Andrade y Lidia Dávila; así como análisis críticos sobre la poesía de la uruguaya Marosa di Giorgio y la argentina Diana Bellessi. Trabajó en múltiples diseños de proyectos culturales y curadurías de difusión de la poesía contemporánea de su país. ctualmente prepara un libro de entrevistas a 6 poetas del Caribe. Colabora con las revistas digitales de Cultura y Literatura: La Otra de México y Agulha de Brasil.


domingo, 24 de enero de 2010

poemas de aleyda quevedo rojas


Aleyda Quevedo Rojas, Ecuador










Hondo muy hondo







Me afeito la cabeza
y empiezan las preguntas
sobre lo que dejamos de hacer

La alfombra verde que se hace hierba
cuando la pisas y se extiende como
mancha de insectos sobre mis manos
aún permanece en la sala de televisión

Un presentimiento puro
sale de mí
Las preguntas cubren mi cabeza afeitada

¿Quién soy?

¿Quién soy?
Tal vez la mujer senos de ámbar
y pies helados que escribe versos
para reconfortarse
Más la poesía
solo logra descarrilarme
Como el tren rojo que soy
Ese tren que se abre paso
entre las montañas puntiagudas
y difíciles de algún país
Ese tren que nunca llega
a ninguna estación de humo
Esta mujer que emana voces
Trenes y más trenes
que me esperan
Versos para sobrevivir
¿Quién soy?
Quizá este cuerpo encendido
que aún guarda tus huellas en los pliegues.








El ansia de ser traspasada amorosamente






rompe los sentidos y turba mi noche
Es poco lo que alcanzo rozando la almohada
Hacer caballito en el sillón suave tampoco engaña
y deambulo por los pasillos de la casa
con los senos al aire y el cabello peinado
divina Safo coronada de violetas
dolencia de amor
el “olisbo” del padre Aristófano
finalmente entrará en mí.









Canto animal







Obedezco al llamado
de las cenizas de la mujer
enterradas al borde del cielo
son los restos de Alejandra Pizarnik
que descansan en mi territorio

Descalzos sus pies y los míos
sienten la madera
la astilla de los corazones
y el trabajo de las hormigas

Boca abajo
apretando los senos
contra la tierra y las hojas
respiramos los tallos
los breves encuentros con el amor

1972 yo nacía
el territorio estaba definido
tú te ibas con los "prófugos del mundo"
con esos pájaros que escogieron
estrellas no conocidas
en este espacio
reconozco tu último día
que siempre es el mío.

martes, 20 de mayo de 2008

Hondo muy hondo_Poema de Aleyda Quevedo Rojas

Aleyda Quevedo Rojas, Ecuador.



Hondo muy hondo

Me afeito la cabeza
y empiezan las preguntas
sobre lo que dejamos de hacer

La alfombra verde que se hace hierba
cuando la pisas y se extiende como
mancha de insectos sobre mis manos
aún permanece en la sala de televisión

Un presentimiento puro
sale de mí
Las preguntas cubren mi cabeza afeitada



¿Quién soy?

¿Quién soy?
Tal vez la mujer senos de ámbar
y pies helados que escribe versos
para reconfortarse
Más la poesía
solo logra descarrilarme
Como el tren rojo que soy
Ese tren que se abre paso
entre las montañas puntiagudas
y difíciles de algún país
Ese tren que nunca llega
a ninguna estación de humo
Esta mujer que emana voces
Trenes y más trenesque me esperan
Versos para sobrevivir
¿Quién soy?
Quizá este cuerpo encendido
que aún guarda tus huellas en los pliegues.
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