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jueves, 10 de marzo de 2022

PAISAJE y HUMANISMO en NINGÚN LUGAR ES LEJOS de MIGUEL FAJARDO

 

Carátula de Ningún lugar es lejos



PAISAJE y HUMANISMO en NINGÚN LUGAR ES LEJOS de MIGUEL FAJARDO

 

 

RONALD BONILLA CARVAJAL

(Premio Magón, Costa Rica. Editorial Poiesis)

 

 

Partiendo del título, este poemario inicia su decir poniéndonos al tanto de su intencionalidad de vislumbrar como todo debe resultarnos cercano y, al adentrarnos en el texto, percibimos que la cercanía intuida y representada, es de todo aquello que sea humano y naturaleza. Nada está lejos, nos habla un principio de la posmodernidad, donde la relatividad de un objeto próximo o lejano respecto a otro, no debe existir. Cuando se trata de concebir lo humano siempre con la cercanía del principio de que todos somos hermanos, incluso los otros seres de la naturaleza, vegetación y fauna que nos acompañan sobre el planeta, y quizá, más allá.

Partiendo de este principio de la conciencia de humanismo, el poeta va a unir el mensaje social, político, geopolítico y solidario, con el cultivo de la bella apreciación del paisaje y el involucramiento de un tú lírico (vos) que acompaña a la voz poética en sus exhortaciones a comprender esta verdad abrazada y abrasada, con el amor y la pasión, que el poeta ha sido capaz de vislumbrar en su largo periplo creativo, que ya ha pasado por tantas lecturas como por el ejercicio de más de quince poemarios y muchos otros escritos literarios e investigaciones sobre la literatura y la realidad que nos rodea, en esta cintura breve de América, y desde su guanacastequidad.

Y porque Ningún lugar es lejos, el autor se anima a pronunciar los topos de su entorno, del aquí y del allá, aunque estos adverbios sean anulados por la disertación que nombra como todo cercano, todo nuestro, todo dentro y nada afuera.

“El lago Arenal
extiende nubes que alcanzan el peregrinaje,
donde las mariposas se beben el día,
detrás del sol en Xilopalo”.

En este poemario se erige un canto a América, la actual y la precolombina y la fusión de las culturas, al rescate de lo nuestro:

“Las batallas ancestrales
no derrotaron al corazón de América”. (pág. 21)

Pero es también un canto al mundo y a la gente, con los nombres de poetas y trovadores que dejaron sus manos para seguir cantando, como Víctor Jara (en varios poemas se entrelazan Costa Rica y Chile con paralelismos culturales). Como ya lo venía haciendo este nuevo Miguel de la poesía, es un canto denuncia del dolor y el maltrato de los inmigrantes, porque todos somos eso, y no hay nadie fuera de nuestro sentir; nos sentimos cerca de lo absurdo ante la pandemia y los decretos que parecen prohibir los abrazos, que intentan convertirnos a todos en extraños, temerosos del otro, cuando la proclama es que no existe la otredad, sino un gran nosotros.

“En la memoria vacía,
la corrupción teje y desteje
círculos despiertos
en media pandemia”. (pág. 53)

Sí, este es un libro que canta y clama, proclama, dice y sugiere, revienta en la furia de la voz que se desangra, nos abraza a todos y denuncia a quienes se salen de la hermandad por la ambición. Algunos de los ejes temáticos del libro van quedando reseñados en estas letras: la migración, la pandemia, la desolación ante la injusticia, el paisaje, la solidaridad con los pueblos, la destrucción de la naturaleza por la falsa idea del progreso:

“La montaña ruge furiosa
en el pecho de la tierra,
contra las máquinas torturadoras
sin ningún límite de piedad”. (pág. 44)

Así como el metalenguaje y el homenaje a grandes poetas como en el canto a Chile y el tema del rescate de la ancestralidad:

“La nieve chilena como un gran juego,
a la espera de encontrar el límite austral
de Caupolicán y Lautaro,
quienes lucharon contra las lágrimas
de los pueblos indígenas,
pero no se doblegaron fácilmente”. (pág. 21)

Así como la lucha por la libertad y la paz, la lucha porque el amor prevalezca y toda la naturaleza se erija como parte de ese ser nosotros, los humanos en búsqueda de alcanzar su sueño de trascendencia y unidad con el todo. La lucha porque la historia y la verdad se restablezcan, por eso los elementos naturales están inmersos o adheridos a la piel del dolor:

“La luz de la roca
como peñón de sacrificio
de un mundo oscuro
entre las nubes del abismo”.

 

Miguel Fajardo no le teme al paisajismo, sobre todo, cuando se arraiga a lo guanacasteco:

“Regresamos a Flamingo
y Brasilito para mirar
el oleaje del mediodía
desde las ventanas del catamarán,
cuyas cerradas olas resplandecen”. (pág. 52)

Pero tampoco cuando se trata de postular su denuncia, por eso, que no nos sorprendan sus frases lapidarias donde prevalece lo conceptual:

“Nuestra tierra es un estadio
abierto contra los crímenes
y la exterminación
de los que hayan caído por el odio,
la xenofobia o el racismo”. (pág. 23)

El tema de los migrantes es ya una recurrencia que deviene de libros anteriores en Miguel Fajardo: recordemos su libro Nunca como ahora, 2019, el tema de lo geopolítico y del exilio en Nadie es dueño, 2014, o del dolor de la guerra en Comienza la palabra, 2018, pero igualmente la incorporación del paisaje para trazar una línea revelativa donde la vibración de lo inefable nos posee y nos hace percibir la esencialidad y grandeza del espíritu humano en el sentido cosmogónico, aparece en su poesía temprana, estoy recordando Extensión del agua,1981 y algunos poemas de Margen del sueño, 2000.

Ahora bien los procedimientos literarios hablan de un respeto a la poética del buen decir, de la imagen intuida y despierta  desde las entrañas, que anuncian la búsqueda de entroncar realismo e imaginación creadora y que de hecho logra sentencias revelativas y trascendentes. Esta sentencia intuye un aprendizaje para el ser humano captado en la naturaleza.

“El tajamar no contiene las mareas;
las deja continuar hacia la libertad”. (pág. 36)

También es esta una poesía desde lo existencial, desde la angustia, pero a su vez, desde la claridad del pensamiento: un poeta que lleva ya ocho lustros de luchar con la palabra que lo asedia y reivindica, y que le habla y exhorta al hermano, a ese tú (el vos tan nuestro) que le acompaña en su periplo por el mundo de su literatura, su lector, sus seres amados y quizá el otro yo, el alter ego al que debe conminar en la búsqueda de un mundo mejor:

“Nunca te encerrés sin gritar
en el incendio que reclama libertad”. (pág. 32)

Veamos aquí como ese vos, es una exhortación al inmigrante que toca las puertas del país vecino, en el poema La oscuridad cruza fronteras:

“Partís la atmósfera
en el destino cerrado
de los pasajeros con sed,
con el emblema de los labios
en el grito del mar partido:
siempre solos,
desesperadamente ausentes”.

De la unidad del vos se llega a la pluralidad que se encuentra inerme. Y en el tema de la pandemia, el nosotros se vuelve el pronombre por excelencia:

“Despedimos a los amigos,
quienes lucharon contra la pandemia,
pero el aire quedó en deuda…

y apagó sus vidas”. (pág. 31)

Otro aspecto, que denota el yo lírico de estos versos, como si no hubiese extrañeza, es el contraste intercultural:

“Frente al rancho indígena,
donde bebés daiquirís
para aplacar
la sed de nuestros sueños”. (Occidental Papagayo, pág. 28)

Denotamos estos elementos de culturas sobrepuestas: rancho indígena, piscina del ahora, los daiquirís, y el vos, para dirigir la palabra al sí mismo o al que está cerca, o mejor, al nosotros en este aquí y ahora.

Esta poesía es fiel a una propuesta de ideario, a una  poética de humanismo; erige imágenes con los elementos de la naturaleza y postula su sed de fraternidad, al igual que en los sesenta ese otro costarricense llamado Jorge Debravo, Miguel Fajardo, irrumpe con sus poemas, pero ahora con topos y nombres propios de su admiración, con sostenida emotividad y con el pensamiento:

“Propiciemos la equidad,
sin agresiones.
Por la memoria viva
de Víctor Jara:
“Hoy es el tiempo que puede ser mañana”. (pág. 20).

Entre otros adyuvantes protagónicos, se encuentran también los adversarios, los enemigos: son aquellos que se oponen a la lucha por la libertad, la hermandad y la justicia, los que ejecutan “Las guerras de la barbarie”:

“Después de los fracasos evidentes,
los caminos inmóviles tiemblan
al cierre de las manos homicidas”. (pág. 51).

Por eso y como corolario a esta invitación a la lectura, estos versos que contienen uno de los propósitos fundamentales del libro:

“Que no venga nadie a insultarnos
por no llevar papeles de legalidad.
“Ningún ser humano es ilegal”.
Debí haber hablado
desde el inicio de la civilización:
todos somos migrantes,
amamos la vida,
porque ningún lugar es lejos…” (pág. 70)

Y por eso, prevalecerá: “La identidad nunca vendida”.

 

Ronald Bonilla Carvajal

Costa Rica.

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Texto contracubierta

Partiendo del título, este poemario inicia su decir poniéndonos al tanto de su intencionalidad de vislumbrar como todo debe resultarnos cercano y, al adentrarnos en el texto, percibimos que la cercanía intuida y representada, es de todo aquello que sea humano y naturaleza. Nada está lejos, nos habla un principio de la posmodernidad, donde la relatividad de un objeto próximo o lejano respecto a otro, no debe existir. Cuando se trata de concebir lo humano siempre con la cercanía del principio de que todos somos hermanos, incluso los otros seres de la naturaleza, vegetación y fauna que nos acompañan sobre el planeta, y quizá, más allá.

Sí, este es un libro que canta y clama, proclama, dice y sugiere, revienta en la furia de la voz que se desangra, nos abraza a todos y denuncia a quienes se salen de la hermandad por la ambición. Algunos de los ejes temáticos del libro van quedando reseñados en estas letras: la migración, la pandemia, la desolación ante la injusticia, el paisaje, la solidaridad con los pueblos, la destrucción de la naturaleza por la falsa idea del progreso.

Ronald Bonilla

Premio Magón, Costa Rica


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