En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



lunes, 14 de enero de 2013

LA FIEBRE

Yván Silén




LA FIEBRE





Solamente comparto con usted la fiebre de la imaginación
          . . .soñando con que la imaginación es posible. . .tú la imaginación.
Y. S.[1]

---Una mujer regresa sola o no regresa. . .
El tiempo duele como una traición[2]. . .
¿Para qué sirve el narrador?3
                                     Y. S.



El campo, que se parece a la selva, es espantoso. Al lado del portón mohoso de mi casa la figura de la mujer ondulaba, fluctuaba y titubeaba. Su sonrisa era un mohín. Su cuerpo era transparente. ¿Sería Mebahial o sería Gabriel? Estaba fundido. Parecía un ángel y parecía al mismo tiempo una mujer con su bata transparente. Parecía que no se había afeitado la vulvafalo. Pensé, pensaba ella, que nadie la vería. Estaba oscuro. La lluvia era oscura. Mis ojos eran oscuros. Virtuaba.

Salí de la universidad en la otra versión de mí mismo y me sentía mal. Los libros en el bulto me molestaban. Caminé hacia el estacionamiento y las vitrinas de las librerías y de los restaurantes estaban empañadas. Sudaba. Creo que tenía fiebre. Cuando contemplé mis manos en el guía estaban azules. Estaba infectado. Había comenzado a darme asma. Respiraba mal. Estaba escupiendo flema amarilla, pero la doctora no hacía nada para recetarme antibióticos. El sonido del gatito de los asmáticos me perturbaba.

El tiempo se había quebrado: llegaba a mi carro y abrí la puerta. Me senté y encendí el auto. Puse el concierto de Vivaldi. Soñaba. Creo que me había metido en un sueño, pero tenía los ojos abiertos. Puse la grabadora y comencé a hablar por si despertaba o si me dormía. Estaba zombi. Creo que me sonreí. Contemplé las pociones que la doctora me había recetado: Natussin y Sambucus. El sueño prosiguió y las carreteras se tornaban blancuzcas. Era como si lloviera tiza. Los cristales de mi auto se estaban empañando como las vitrinas de las librerías de Río Piedras. ¿Sería un virus? No sabía a quién llamar. Mis estudiantes, como mis colegas, me habían abandonado. Cada día que pasaba mis libros resultaban más violentos. El ensayo sobre los bugarrones había sido muy fuerte. Mi lirismo y mis conceptos los golpeaba como si fueran sida.

Había recibido varias llamadas de los autohomofóbicos y de las cachaperas amenazándome de muerte. No me importaba. Escribía y publicaba como me daba la gana. Por otro lado, mi libro sobre Nietzsche se encontraba a mitad. Mi escritura titubeaba. Mis diferencias (Auseinandersetzung) con Heidegger se habían tornado radicales. Me di cuenta de que había comenzado a llover y el Expreso Pedro Albizu Campos se había tornado peligroso. Granizaba. Los parabrisas funcionaban mal y la visión se me dificultaba. Veía mal y veía oscuramente. La mujer calidoscopiaba. Estaba atónito y ella estaba estupefacta.

La mujer me miraba y se defendía de los focos largos sosteniendo su enorme arpa debajo de su brazo derecho como si fuera un arco. Era delicada como las ramas de los flamboyanes que se jamaqueban y chirriaban. Su brazo, su mano pequeña, lastimaba y estrujaba las cuerdas del instrumento.

Visualizada desde la carretera número uno, la estrella de Navidad, enorme, se jamaqueaba como si estuviera a punto de romperse. La estrella parpadeaba como si estuviera a punto de un cortocircuito. Relampagueba; ahora tronaba. Los relámpagos se habían convertido en rayos. La noche se estaba desgarrando. Llovía furiosamente como si estuvieran pasando una podadora a mitad de los insomnios continuos. Los insomnios parecían los orgasmos intelectuales del alma. En el cielo, detrás de la tormenta, Selene se escondía y se exhibía. Febe se tornaba ambigua mientras sus nombres se multiplicaban. El mundo estaba cambiando. La memoria era el ser.

Me goteaba agua de la nariz y los oídos se me habían tapado totalmente. La oscuridad era total. Los faroles de la carretera titubeaban. Aceleré el auto. La montaña estaba totalmente oscura y la neblina impedía que se vieran las orillas resbalosas de la carretera. Tenía miedo y simulaba rezar. El espacio había desplazado la velocidad de la luz. Había lunas sobre la ilusión del parabrisas. Tenía miedo de que los autohomofóbicos me siguieran. Tenía miedo de que los terroristas del sexo me persiguieran. Busqué en el asiento del pasajero mi revólver 38 y estaba allí. Yo conocía sus líderes y estaba a dispuesto a matarlos uno por uno. La paranoia me hacía visible. El carro brincaba en la carretera. La neblina me circundaba. Llovía sucio.

Creo que Dios no me veía ni me oía, porque el agua caía demasiado fuerte. La neblina parecía las sábanas sucias de los hospitales abandonados. (¿Tendría cáncer, tendría sida o tendría tuberculosis?)

---¡Tienes neologivitis!—dijo la voz.

Me ericé. Parecía un extraterrestre al borde del guía. Estornudaba. La luz de los faroles empujaba la neblina hacia abajo. Un gato blanco brincó hacia la carretera, pero no frené. Sólo oí el sonido del “crack”. Quité las luces grandes para no ver por el retrovisor y para que la neblina no se convirtiera en una pared, en un espejo o en un mosquitero. Las luces bajas, amarillentas, me permitirían ver mejor. Era el color de la muerte y era el color de Zaratustra. (Mañana daría clase sobre la estupidez nietzscheana de los poetas.)

Llovía. La noche se había llenado de charcos. La lluvia era ensordecedora. Frené. Vi cuando los ojos del gato blanco salieron de sus cuencas. Y sentí que Dios era subatómico. Sentí que Dios podía existir físicamente en múltiples lugares al mismo tiempo. El tiempo se detenía. La luz volaba en cámara lenta. Debía estar dormido. Dios se omnipresenciaba como la lluvia. Dios era quántico. Dios colapsaba en sus propias realidades paralelas. Dios se esquizaba. Frené nuevamente y vi como la lengua del gato se quebraba. Barajeaba lo verbos. Sinestesiaba. Los estudiantes me habían contaminado incorrectamente. Era nefasto. No me dejaría matar. Mataría.

Tenía miedo de golpear a los vagabundos y a los indigentes que bajaban la jalda como sombras debajo de paraguas negros y agujereados. Estaban empapados. Visionaba como un reo que arrastraba su cruz. Cienciaficcionaba. Los árboles parecían muertos.

Veía fantasmas. Me veía a mí mismo como adolescente. Me levanté de la cama. Mi hermano menor roncaba. Nadie podría espiarme. Caminé ansioso hacia la puerta de mi casa. Si mi padre me hallaba sonambulando despierto me mataría. Esa sería mi excusa. Abrí la puerta y traté de que no se cerrara. Me dirigí hacia el portón que daba hacia la acera y brinqué. Hacía frío. El viento soplaba como si fuera a haber tormenta. Corrí hacia la casa de la esquina. Crucé la calle y me dirigí hacia la casa que tenía una verja de amapolas rojas. Brinqué. Me dejé caer y me arrastré hacia la ventana que estaba levemente iluminada. Me coloqué debajo de la ventana y me fui aupando poco a poco. Me incorporé y me encontré con los ojos de la mujer que estaba totalmente desnuda y que se acercaba a cerrar la ventana. Nos contemplamos, pero no nos reconocimos. Gritó y yo corrí como un gato asustado. Estaba fulminado. La visión de sus senos y su vulva me había electrocutado. ¿Era Dios? ¿Había sido Dios? La carne me había incendiado. Chorreaba semen. Goteaba ceniza. Destilaba pega, “crazy glue”, y mi falo se pegaba furiosamente al pantalón de mi payama. Me desnudé y me acosté debajo de las sábanas. Eyaculé. Me matarían. Me había venido. Mi madre me colgaría debajo de los palitos zigzagueantes del umbral de la puerta.

Mi payama estaba empapada. (No me había quitado el pantalón. Tiritaba. Tenía asma. Era psicosomático. --“¿Para eso te enseño palabras nuevas?”--me interrogó mi madre.)

El viento me golpeaba. El asma me taladraba. Me detuve frente al portón de mi casa y miré hacia atrás. Las casas estaban iluminadas o comenzaban a iluminarse. ¿Sería cierto? ¿Era yo mismo? Brinqué la verja de cemento de mi casa y me escurrí hacia la puerta entreabierta. Me parecía a los ladrones. Me había robado el cuerpo hermoso de la madre de mi amigo.

---¡Eres un paranoico!—me decía y se burlaba.

Empujé la puerta y traté de que la cerradura no hiciera ruido. El clic fue espantoso. Oí que había hombres corriendo calle abajo como si persiguieran o siguieran a alguien. ¿Me seguían a mí? ¿Me perseguían a mí?. El sexo me importunaba. Tropezaba con mi cuerpo y me escandalizaba de él. ¿Androginaba? No me atrevía a encender la luz. Tanteaba en la oscuridad, pero me detuve ante mí mismo. El espejo era horrible. Despertaba. El pasillo se había llenado de conejos enanos. Los espantaba con las medias húmedas, pero ellos me miraban siniestra y cínicamente. ¿Eran Dios? ¿Me hallaba en juicio? ¿Mi casa era el Erebo?

Despertaba otra vez. Mi frente chocaba contra el volante del auto. Me había soñado a mí mismo. Había soñado íntegramente a mi pasado. Mi inconsciente había venido a visitarme. ¡Grité! ¡Toqué la bocina y tuve miedo! Comenzaba a gotear sangre por la nariz. Pude haberme matado. ¿Cómo sería morir? Debía de estar borracho. (La universidad quedaba atrás.)

Algunos de los vagabundos que bajaban orcamente me hacían señales y me pedían que les diera pon, que los llevara  hasta la última parada de las guaguas de los choferes ebrios. Pero yo no me atrevía a detenerme. (Era como si corriera desnudo adolescentemente.) Los asesinatos en el país se habían tornado insoportables. Los que pedían ayuda eran los que no habían enloquecido cuando niños. Los muertos, no éstos, aparecían en todos los rincones del país, en todas las esquinas de las ciudades, en las carreteras de todos los campos, en las puertas y los zafacones de todos los cafetines y en todos los estacionamientos vacíos de las plazas comerciales extranjeras.

Las funerarias se enriquecían cínica y rápidamente. Los muertos se acumulaban en los sótanos y se apilaban en los estacionamientos. La luna corría desaforada entre las nubes (los adverbios reculeaban en mi mente); los tulipanes holandeses y los tulipanes africanos se interrumpían. Me vi forzado a apagar el aire acondicionado del carro, porque las ventanillas se empañaban. Abrí la ventana del conductor de mi Toyota azul para ver si escuchaba el canto de los búhos (los pavos reales habían callado), y me resultaba imposible el concierto de Vivaldi que había puesto cuando salí del estacionamiento de la estación Martínez Nadal. Los trenes cesaban. Las aves de Plutón, de tamaño pequeño, ocultas entre los bosques, se habían escondido del sonido de las luces y del ruido de las llantas que resbalaban insólitamente ante las miradas de las mujeres que aguardaban la llegada del último autobús.

            Me temblaban las manos, sudaba, y decidí encender otra vez el radio. El locutor decía que tendríamos inundaciones toda la noche. Entraba a la Carretera Número Uno y divisaba la estrella eléctrica que yacía simbólicamente sobre la montaña. Tomé la carretera 795 y encendí las luces largas. Veía mal. Olía mal. Peaba. Y oía el ladrido ajeno de los perros y las voces prestadas de los muertos. Buscaba, tanteaba uno de los frasquitos de la poción para poder beber algo que me librara del asma porque comenzaba a toser horriblemente. Bebí, expectoré, abrí la ventana y escupí. El tiempo era breve. El aire me golpeaba los ojos. Me dolía el golpe de las hojas muertas sobre los ojos. Me lastimaba la humedad que entraba por la ventana del carro. La universidad quedaba atrás. Había cruzado la muerte.

Subí la ventanilla.

                                                                  *****

Creo que era inevitable.

Salía de la actividad de la universidad y me sentía mal. Tenía fiebre. Me orinaba o espermaba. Mi semen olía a pega u olía a pacholí. Postumamente me había acostumbrado a equivocarme. Estaba incorrecto. Creo que era invisible. Escupía sangre. Me había contaminado con Dios. Pensé que el ángel Mebahiah estaba desnudo. Parecía hermafrodita. Hermafroditaba. Sus senos eran lúcidos y su falo era luminoso. Era dos. La noche auroraba por la presencia de la luna. Tenía miedo. Los autohomofóbicos habían puesto precio a mi cabeza. Me emboscarían. Me mandarían a matar. Los nombres de todos ellos y de todas ellas yacían en la gavetita de la guantera. Vi a la mujer, el ángel, el asesino. Frené, pero fue inútil.

La mirilla de su rifle apuntaba directamente sobre el parabrisas de mi auto. Sudaba. Miré los ojos de la mujer desnuda. Miré los ojos de la muerte. La madre de mi amigo era hermosa. La lucecita roja del rifle caía sobre mi frente. Oí el disparo del ángel. Oí el grito de la mujer desnuda. Frené. El tiempo era breve. El sonido de las llantas fue espantoso. Creo que vomitaba sangre. Choqué.

El asesino se había equivocado. 


                                                     *****


11 d’enero del 2013
Puerto Rico

[1] La biografía, 1984.
[2] Ibid, 135.


martes, 8 de enero de 2013

NO A LA UNIVERSIDAD COLONIAL

Yván Silén





Yván Silén:                  

     NO A LA UNIVERSIDAD COLONIAL      




                       
Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, 
y digan contra vosotros toda clase de calumnias. . .
mintiendo (Mateo 5:11).

 Dichosos seréis cuando los hombres os odien.[1]
 Lucas 6: 22.

Tenemos que preguntar[nos]:[2] 
¿Por    qué fracasó la universidad? ¿Por qué tuvo que fracasar?
                          M. Heidegger

La universidad se ocupó de hacer el resto domesticando
 el saber para volverlo inofensivo.
                             M. Onfray

In principium poesis erat.

La universidad es un choque con la “política del saber” de los que resistimos, y en donde la dicha nos consume. Es un choque con los neofilósofos y con los poetas neovanguardistas de la metagramatización. Estos poetas, aunque hayan publicado más de diez libros, prosiguen inéditos porque las editoriales no poseen la líbido que la poesía derrama bella y subversivamente.

Por otro lado, están los poetas-riopedrenses en la escoria de los “micrófonos-abiertos” que viven de la universidad mediocre. Estos sanjuaneros-poéticos escriben aterrados y leen celiacamente. La colonia les ha cosido los labios y el esfínter. Las editoriales colerinas que los trafican nabucodonosormente ni riegan la voz ni esperman las palabras. La colonia, independentista o no, cocacolamente o no, los “prohibe”. Los persigue y los exilia. La “profesión de verdad” ha sido falseada colonialmente. Su yanquización ha sido la forma demokrática de pervertirlos. La universidad hiede y ha sido putada.

El “nuevo bachillerato” de la Universidad de Puerto Rico no ha funcionado, porque su misión ha sido falseada. En los últimos trece años la Universidad ha dejado de serse. Ese “nuevo bachillerato” se ha convertido en algo inútil y en una deformación intelectual del trasfondo de todos los estudiantes que lo padecen. Los estudiantes han sido descojonados y desmatrizados.

La universidad se ha convertido en un mito. El problema con este “nuevo bachillerato” es que los profesores saben que es inútil y no se manifiestan en su contra. Estos asumen el silencio de sus comités mansa, demokrática y appumente, y se hacen cómplices de la mediocridad que dicho bachillerato genera. Los comensales se sientan en los triclinios del humanismo-demokrático a comer la corroña del espíritu. Son cómplices de sus clases individuales, a pesar de que algunas clases resulten “excelentes” y otras sean asumidas esbirramente. Las alcantarillas de la universidad de  Río Piedras huelen a gasolina. Sólo faltan los fósforos. Los profesores de Estudios Hispánicos mariconean en el silencio de los autohomofóbicos. La universidad produce clones.

¡La universidad ha fracasado!

Una vez más nos vemos precisados a levantar la voz contra el fracaso de los neoliberales, contra el concepto de los técnicos de la universidad postmoderna y de la universidad neocolonialista. El intento de tecnologizar la universidad muñocistamente es mezquino y empobrecedor. Los técnicos peroran y sainetisan. Los técnicos leperonizan y son hombres que pelafustean.  La misión de la universidad ha desaparecido en la realidad de los diezmos. Periodistas, estudiantes y profesores han sido fornicados por el anhelo hipercolonial de la estadidad: ¡el ser esclavos yanquis! Los politólogos de la radio y de la televisión se han corrompido sexoralmente y se han podrido y se han prostituido en el intento fallido de alcanzar el siddha. El atma de estos ha fracasado. La universidad demokrática produce estudiantitos. La universidad es el estercolero de la demokracia y viceversa: la demokracia es el estiércol de la universidad. (Los profesores estercoleran el saber de la libertá.) La universidad es la apariencia de los burócratas del infierno.[3]

La universidad se pauperrimiza. Y los estudiantes se han convertido, después de la derrota de la huelga (2010), en la miseria de la enajenación y en los condenados de la tierra. Son los articulistas “of the new Bachelor of Arts (B.A.)” y se consumen bajo el paternalismo de los profesores. Las humanidades declinan. Y el sentido de lo orgiástico y de lo orgásmico ha culminado. La literatura se anarquiza. Lo greco-romano se abandona. Los “neopoetas” no conocen a Ovidio: La metamorfosis. No hay latín, no hay griego antiguo. No conocen a Kafka, ni a Nietzsche, ni a Cioran. (Ni a Duras, ni a Martín Adán, ni a Lima). La mayoría de los estudiantes no saben conceptualizar, no saben sinonimizar; viven en la miseria de los sinónimos que los consume y le tienen terror a los neologismos. Y este movimiento poésico de la lengua hacia sí misma les resulta extraño yanquista-y-castellanamente. Este movimiento de la fuerza política e intelectual de la poesía porno-lírica los desorienta. Ignoran totalmente la poesía (del yo poesío), desconocen la realidad (del yo realido), e ignoran el laberinto asteriónico de lo antigramatical y de la libertá.

La universidad está en crisis.

Los estudiantes tienen que enfrentarse a su propia denigración y a su propia miseria con o sin el visto bueno de los profesores de derecha y de los burócratas muñocistas. Los estudiantes tienen que enfrentarse a la universidad como mercancía técnica del capitalismo. Tienen que enfrentarse al pensamiento (a la filosofía, al arte, a la política--al aburrimiento, a la babosidad, a lo fatuo, etc.--). La universidad tiene que renunciar políticamente a su propio suicidio. La universidad tiene que quemar sus propios ataúdes. Su propio “sementerio”. Tiene que enfrentarse a los burócratas, a los costumbristas, a los cristianos, a los nihilistas de la demokracia y a las celestinas y a los bugarrones de la paz.

Esto tiene que acaecer así, porque los estudiantes son el cuerpo y el alma de dichas estructuras vacías: los salones despojados de sus profesores-dionisiacos. Los estudiantes son la reciprocidad que la colonia ha pretendido arrebatarles: los estudiantes y los profesores como síndicos. Los estudiantes como los entes que nombren su presidente y sus decanos. No sólo se puede padecer la “ley”, sino que hay que ser parte de ella, hay que forjarla. Los estudiantes tienen que enamorar a Dike. Tienen que serla. Porque las Horas son la parte esencial de los que forjaron el tiempo de Kairós. Los estudiantes son los que pueden detener el tiempo acaecido de la “Casa de Estudios” (=Jaime Benítez). La universidad se ha tornado decadente. Y ella misma, anexionizada, se ha convertido en el sarcófago de los que pelearon para que la universidad no se les escurriera entre los dedos. Pero esto ha sucedido. Kairós se ha fatigado. Kairós se limaba las uñas.  

¡La universidad no existe!

La universidad olía y huele a podredumbre. La universidad huele a “welfare”. Olía y continúa oliendo a plutocracia. Los estudiantes piden limosnas miserablemente en las esquinas y en los kioscos de una universidad apolillada que los convierte en la purulencia misma del espíritu. El saber universal se ha suspendido. Se ha sustituido por el “saber” del simulacro de la globalización. La universidad finge que sabe. Finge que performa. Finge que arde y que arte. Finge que premia la belleza de los “poetas” inexistentes que celebran el turismo. Su libertá de expresión ha sido sodomizada: ¡No grafites! ¡No carteles! ¡No poesíes! ¡No haikus! ¡No pienses! ¡No aforismes! ¡No fumes, ni te arrebates, ni bebas! ¡No hagas el amor! (¡Sólo habla en inglés cretinamente en los corredores de los exágonos de la estupidez y de la muerte muñocista ahora, anexionista mañana!)

¡Alguien se ha robado la universidad!

La “política del saber” ha sido suspendida. Los exégetas han sido castrados en la lengua (en el falo y en el clítoris). Las hermenéuticas latinoamericanas han sido arrojadas a la basura. Los zafacones están de pláceme. Las violaciones están de moda en todos los pasillos oscuros de la universidad. El feminismo se ha cosido los labios de la cara y se ha cosido los labios de la vulva. El amor libre también ha fracasado. El crimen aumenta. El suicidio se desborda de las latas de carne beef. Las vitrinas se han llenado de suicidas. El siddha es el secreto de los monjes, de los poetas, de los oshos y de los suzukis. El siddha es profundamente zen.

El silencio de la universidad es espantoso. La complicidad de la universidad con la traición y con el reino de los colegas gusanos y colaboracionistas es siniestra. Elimas (Muñoz; Guadalupe: Magdala) es el líder del suicidio muñocista. El crimen triunfa.[4] Y los colegas callan. Los araneros dirigen la universidad, la encarcelan, la empobrecen, la roban, y la encarecen.

El saber se han convertido en mercancía.


                                                     *****



7 d’enero del 2013
Universidad de Puerto Rico




[1] El subrayado es mío.
[2] El añadido es mío.
[3] Véase la película de Jean Cocteau: Orfeo.
[4] La universidad me ha vuelto a dejar sin trabajo (2011, 2013). En el fondo les resulto a los síndicos y a los decanos muy “profesor”, muy  “violento”, muy “poetafilosófico” y muy  “metagrameticalista”. El lenguaje arde Jericó y bastillamente. 



miércoles, 2 de enero de 2013

ANCLAS EN EL HORIZONTE

Roberto Manzano Díaz, Cuba





DÉCIMAS DE ROBERTO MANZANO DÍAZ




ANCLAS EN EL HORIZONTE
(Fragmento)





1

En la bondad —dulce saga—
mi corazón fue nacido.

Desde que nací su nido
toqué de silvestre maga.

Entre la flor, y en la llaga.
La bondad, con su cobija
azul, de mi madre hija,
hija de mi padre claro.

La bondad, como un amparo
que a lo terrestre se fija.




2

Algo nos pasa, y sucede
de una manera truncada.

Quién nos roba la pisada?
Quién nuestro gesto intercede?

La bondad todo lo puede.
Mi canto, con la premura
de enloquecida cordura,
lo que quiere es encender:

que la bondad vuelva a ser
como abierta voladura.




9

Pero la bondad asienta
sobre el corazón un aro
de luz: su noble disparo
corta en seco la tormenta.

Se levanta la osamenta
con médula de torcaza:

y baja un calor de brasa
rodando por el semblante:

qué claridad de diamante
alumbra a toda la casa!




10

Yo camino de estudiante,
de estudiante encanecido:
en las aulas del olvido
me olvido por un instante.

Y como marcho adelante
y con entera atención
oigo esta oscura canción:

Para llegar, el que parte:
todo regreso es el arte
de esculpir el corazón.





11

Hacia dónde el pulso va?
Algún hilo se lo lleva:
ya vendrá con sangre nueva:
ya se tiene quien se da.

Que ninguna fruta está
de por vida en alta rama:

dentro, la semilla clama
con un vocerío inmenso:

toda fruta es un descenso
hacia el suelo que la llama.





12

Zafa la ceiba su flor:
en qué nudillo del viento
fijará su blanco aliento?

Piedra pulida es fulgor
que se brinda alrededor.

Marchemos al orbe vasto
con canasto o sin canasto.

Sólo en lo feraz se ara:
sólo la sombra se aclara:
sólo se retiene el gasto!


La Guernica, 1989


Fuente: peglez.blogspot.com


martes, 1 de enero de 2013

EN ESTA TERQUEDAD.

María Eugenia Caseiro, Cuba






EN ESTA TERQUEDAD.
Fragmento, Parte I





I



Antes de borrar el parque en que no estás pero te anhelo

he visto nuestras nubes pasar a solas…
Estamos sin embargo acumulados en esta terquedad
de no sabernos, de no acordar la fecha, estamos
cada uno en su trazado trabado al esternón
esperando el plumazo en el diseño,
sin tiempo para transitar nuestros parajes
con niños tan distintos, almizclados de temporalidad;
con el recuento de otros parques distantes
con bicicletas y fuentes fraccionadas
por donde un día la flecha de otro amor que no fue el nuestro,
se cansó de habitar y se deshizo
hollín volante como la suciedad
o como la ceniza
arrasada por el paso de los ciegos.






II



Estamos cada uno

doblando su equilibrio en mansedumbre
con los brazos abiertos
sin caer de la cuerda asediados por esta terquedad,
en la secuela de aquellos que se pierden
por las dulces comisuras de veredas antiguas;
vendedores ambulantes, patinadores, artistas callejeros,
fotógrafos que inusitadamente atesoraron el instante,
los que vinieron a buscar un objeto perdido
y no lograron parte en la originalidad,
los que no tuvieron la suerte de llegar a encontrarse,
aquellos otros que creyendo descubrir en los libros
una razón para hacer de las bancas su timón, se despidieron
y marcharon en busca de otro tiempo que antes no les fue posible.





III



Cuando vino a mentirnos la hoja en blanco

con vuelo de infinitud anunciando otras ciudades
con mujeres solas que ya no lloran a sus hijos
donde habitan vagabundos bosquejados, dichosos
con sus pasos sin pena en días con lisura de espalda,
quisimos transitar nuestros propios perímetros:
tú y yo sobre la inmensidad de la inconsciencia
sin mujeres que lloren a sus hijos, sin vagabundos dichosos,
sin fotógrafos, ni bicicletas, ni vendedores ambulantes….
quisimos nuestro plano, nuestro espacio en el dibujo
nuestro propio parque con sus bancas y sus árboles felices
que guardaran el presente sobre la edad detenida,
el punto neutro de la lealtad en la tabla de los años.
Y logramos empotrarnos en un intervalo,
en el sosiego de empacar las diferencias y partir dejando el pozo
donde tú en tu tiempo, yo en mi tiempo,
esperábamos la continuación olvidados de la costumbre
adoptándonos en el instinto para transitarnos y buscar…
hallar la música que se adaptase a nosotros,
el verso, la estrofa
continente de un jirón de ser, un suspiro, una lágrima
o simplemente una similitud con nuestras biografías.





IV



Siempre cansados de recorrer las tardes,

los pájaros murieron
sin saber que otros pájaros que hoy ocupan su lugar,
han conquistado un sitio en el dibujo
a ser borrado luego para engordar
el pecado de las viejas hechiceras con sus baldes de lluvia
lavando todo cuanto no les fue fácil olvidar
o hacer desaparecer, cuando quedaron proscritas.
Pero nosotros/pintados de blanco en el dintel de nuestra incógnita
nunca nos marchitaremos.
VY no alcanza el boceto, el diseño, el papel, la propia terquedad

que anima el no saber, el no acordar de una buena vez la fecha,
para poner en claro lo que pretendemos,
lo que podemos compactar de nuestras mitades sobrantes
con dicotomías de fuentes,
de existencia, de amores, de parques…
con nuestras muchas, infinitas mitades siempre en medio
extendiéndose los bordes de cada pergamino a procrear
raíces sobre dédalos vivientes.
Y no alcanza este vivir, ni otro cualquiera, ni la posteridad
si es que la hay, para decidirnos a compilar el tiempo;
el de todos los parques, el de cada mitad con sus fracciones,
el de cada torcedura, sus terminales y su composición atómica,
para decirnos que el tiempo del dibujo,
todos los fragmentos y toda la música del mundo,
no basta en esta eternidad tan nuestra que ya no puede pintarse,
que sube a hasta sus límites y luego,
se disipa para envolvernos en la perspectiva que nos busca.
Antes de borrar el parque en que no estás pero te anhelo

con tu tiempo, con tus fuentes, con tu música y con tus mitades,
he decidido esperarte.