En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



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martes, 11 de mayo de 2010

apuntes sobre literatura erótica-víctor montoya

Ilustración del autor del artículo


APUNTES SOBRE LITERATURA ERÓTICA





Censura del lenguaje

Aunque vivimos en un milenio avasallado por la informática y la masiva propaganda de los medios de comunicación, cuyos mensajes nos convierten en una pequeña provincia de la aldea global, donde los emblemas y costumbres sexuales se difunden de manera vertiginosa, se debe admitir que no es fácil escribir en español sobre el sexo, sin caer en la vulgaridad y el simplismo, debido a que el idioma, en su función de vehículo del pensamiento y sentimiento humanos, ha sido castigado por la Inquisición y la moral de los padres de la Iglesia. Consiguientemente, así se busquen giros idiomáticos adecuados, resulta difícil encontrar expresiones equivalentes a la frase “hacer el amor” o “coito interruptus”, sin dejar de herir los sentimientos y códigos morales de quienes se confiesan seguidores convictos de las Sagradas Escrituras.

Si uno intenta inventar alguna frase, en verso o en prosa, no siempre convence al lector, ya sea por la fonética de la palabra o por su connotación semántica. Quizás por eso, los más diestros “inventores” de expresiones referidas a los desenfrenos del sexo se valen de hábiles perífrasis, de metáforas enunciadas por los poetas y de los chistes de los truhanes que, acostumbrados a desgranar palabras obscenas en el ruedo de amigos, comparan los órganos genitales con las frutas y verduras, a modo de evitar palabras triviales como “pene” o “vagina”.

Sin embargo, en otros idiomas, que probablemente no sufrieron jamás una amputación moral, se conocen obras narradas con un lenguaje rico en matices lexicales. En el famoso “Kama Sutra”, un auténtico tratado sobre el arte erótico hindú escrito por Mallinaga Vatsyayana hacia el año 500 d.C., se describe en sesenta y nueve casos los modos de alcanzar el goce físico del sexo, que va desde el roce de la piel con un beso, hasta las más avanzadas técnicas de exploración del instinto sexual, que es tan antiguo como el hombre.

El arte de narrar historias eróticas, como las expuestas brillantemente en el “Kama Sutra”, requiere de un lenguaje que esté exento de términos científicos y verbosidad propia de los sexólogos, sobre todo, si se quiere aludir las pasiones eróticas de una manera sugerente y poética, como ocurre en las novelas y los relatos del marqués de Sade, quien, sin ser experto en las reglas gramaticales del francés, tuvo la intuición de explayar un lenguaje apropiado incluso para describir las pasiones más violentas y perversas.

Transgresión de los sentidos


La transgresión moral, sin resquicios para la duda, es una de las características de la literatura erótica. El escritor debe ser un ser irreverente, heterodoxo, para transgredir las franjas de censura que le impone su entorno sociocultural y religioso. Sin una actitud irreverente es imposible crear una literatura erótica despojada de tabúes y prejuicios.

El escritor es, y ha sido siempre, una suerte de válvula de escape de los impulsos reprimidos y prohibidos en la colectividad. Es el modulador de voces anónimas y actúa como un psicoanalista, intentando iluminar los cuartos oscuros de la memoria, donde cohabitan los instintos más bajos y los deseos sexuales, desde los más sensuales hasta los más promiscuos, incluyendo la sodomía, el fetichismo y el sadomasoquismo.

La religión, así como ha sido la madre de muchas exquisiteces y arrebatos místicos, ha sido también una maquinaria que ha frenado la libertad sexual de los individuos a lo lago de los siglos. Quizás por eso la literatura hispanoamericana, que recién está experimentando un renacimiento en el arte de narrar historias eróticas, no ha creado tradición en este terreno, debido a los procesos iniciados por la Santa Inquisición, que propagó el concepto del pecado de la carne y emprendió una cruzada contra toda obra literaria o pictórica que abordara el tema de la sexualidad más allá de los valores éticos y morales establecidos por la Iglesia que, durante el oscurantismo de la Edad Media, fue una institución retrógrada que condenó los deseos carnales y las llamadas “perversiones mentales”. Incluso hoy, a principios de un nuevo milenio, el Vaticano sigue lanzando cruces de condena contra las relaciones homosexuales y sigue considerando el adulterio como un pecado capital y el divorcio como una tentación del diablo.

La lujuria, que consiste en el apetito desordenado y excesivo de los placeres sexuales, era uno de los pecados capitales que alejaba al hombre de la salvación espiritual y lo acercaba a las puertas del infierno. Los teólogos distinguían diez tipos de lujuria, tres de las cuales eran contra natura: la masturbación, la sodomía y la zoofilia, con diversos grados de nocividad. La fornicación con prostitutas, por ejemplo, les parecía menos reprensible que el estupro, que implica la desfloración de una mujer virgen que no pasa de cierta edad fijada legalmente. Asimismo, el deseo de seducir a la esposa del prójimo o el adulterio, considerado como pecado carnal, eran reprimidos con la Biblia en la mano.

De modo que, aun tras haber aprendido a llamar por su nombre las “partes vergonzosas” del ser humano, sigue siendo un heroísmo el acto de escribir obras eróticas en un contexto social en el cual todavía existen quienes pregonan el retorno al puritanismo medieval y la censura de las relaciones sexuales incompatibles con la moral católica que, en uso de sus atribuciones, considera este género literario como un síntoma de decadencia humana, que debe ser combatido por todos los medios y con la mayor severidad posible.

Literatura erótica a pesar de todo

Si bien es cierto que el relato erótico es algo transitorio, que se vive y siente mientras se lee, es cierto también que sirve para estimular los impulsos de la fantasía, que constituye uno de los instrumentos mentales que permite ventilar los instintos sexuales más recónditos y lúdicos. El erotismo es la mejor expresión de una relación sexual regida por las fuerzas de la pasión y la fantasía. Sin la fantasía no sería posible un erotismo que enriquezca la vida conyugal, social y existencial. El erotismo, con sus censuras habidas y por haber, es lo que diferencia a los humanos de los animales irracionales, aparte de que el erotismo, en materia literaria, es la metáfora del amor en todas sus dimensiones.

No es lo mismo leer una buena obra erótica, que trasluce su propia magia, que ver a una mujer desnuda en el afiche de la propaganda comercial, a las modelos semidesnudas en la pasarela o a las actrices en las películas y telenovelas. La literatura erótica, con todo su poder de sugerencia, ha deslumbrado desde siempre la atención de los lectores, sobre todo, en sociedades relativamente conservadoras como la nuestra, donde todavía es casi imposible hablar abiertamente sobre esos libros que se leen con una mano y a media luz.

La literatura erótica, de no haber tenido una fuerza de atracción sobre la gente, no hubiese sobrevivido en el tiempo y la historia. La prueba está en que, a pesar de las censuras y cortapisas impuestas contra el erotismo, las mejores obras han sido salvadas de las hogueras y los depósitos clandestinos, para ser puestas al alcance de los lectores ávidos de una literatura que perdure en la historia, no sólo porque la sexualidad es una de las pasiones auténticas del ser humano en su proceso de reproducción, sino también porque el erotismo, indistintamente de razas y condiciones sociales, está presente en toda pasión amorosa y a cualquier hora del día.

Varias obras clásicas, como el “Kama Sutra” hindú y “La Plegaria” china, siguen despertando el interés de los lectores hasta nuestros días. Por otro lado, todos los libros con características eróticas escritas en Asia, Europa y América, son joyas que han sobrevivido a las catacumbas de la censura. Ahí tenemos el “Decamerón” de Boccaccio, “Fanny Hill” de Apollinaire, “Trópico de Cáncer” de Henry Miller, “Lolita” de Vladimir Nabokov, “Delta de Venus” de Anaïs Nin, “La misteriosa desaparición de la Marquesita de Loria”, de José Donoso, “Los elogios de la madrastra” de Vargas Llosa y “Las edades de Lulú” de Almudena Grandes, entre otros. Todo este caudal literario demuestra que la literatura erótica, contrariamente a lo que muchos se imaginan, se va consolidando cada vez más con autores contemporáneos que trabajan conscientemente en torno a la literatura erótica. Si esto ocurre, es porque el sexo es un alimento indispensable en la vida de los humanos y porque tiene la capacidad de conmover y seducir a los lectores. Al fin y al cabo, a todos nos interesa el sexo y nos apasiona el erotismo en las obras de arte.


Nuevos tiempos, nuevos desafíos

Los tiempos han cambiado y la llamada “posmodernidad” ha permitido que los escritores que antes se movían en el anonimato y la clandestinidad salgan a la luz pública para deleitarnos con su chispeante fantasía y su pirotecnia verbal, capaces de convertir el tema erótico en una magnífica obra de arte; más todavía, existen nuevos desafíos, un evidente “destape” y una juventud dispuesta a modificar los códigos morales de sus abuelos.

Los estudiantes de secundaria ya no tienen porqué mirar una revista erótica a escondidas, detrás de los muros del colegio o en un rincón de la habitación. El mundo comercial ha irrumpido en las costumbres sexuales, introduciendo por todos los medios mensajes eróticos que antes estaban destinados sólo a los “mayores de 18 años de edad”. Hoy, en cambio, todo es distinto. El tema de la sexualidad está contemplado desde una perspectiva mucho más natural, gracias a la abundante información proporcionada por los medios de comunicación y las innovaciones hechas dentro del sistema educativo moderno, por cuanto escuchar la palabra “condón” no es ninguna novedad ni hace falta llamarlo “preservativo” en voz baja y con el rubor en la cara.

De otro lado, los quioscos de la ciudad están saturados de publicaciones eróticas, cuyas portadas enseñan las fotografías de mujeres y hombres desnudos. Cada vez son más las tiendas que ofrecen, junto a los productos de lencería y “la ropa interior de señoras escandalosamente escotadas”, una serie de aceites especiales, ungüentos y “dinamizadores de contacto”. Lejos han quedo los tiempos en que uno, a la hora de asistir a una “Sala X” donde se exhibían películas eróticas en función rotativa, debía enfundarse en abrigos y colocarse gafas oscuras, para no ser reconocido por el amigo o el vecino.

En la actualidad, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, los espectadores comentan sin prejuicios las escenas eróticas de “El último tango en París”, “Calígula” o “Emanuele”, como si hubiese sido superado definitivamente el oscurantismo medieval y el puritanismo sexual, aunque no por esto todo es sexo en la sociedad, pues si bien es cierto que la sexualidad es una de las pasiones auténticas de los humanos en su proceso de reproducción, es también cierto que nadie vive las 24 horas del día pensando en el sexo, por la sencilla razón de que el individuo, en su función de elementos activos dentro del sistema de producción, debe cumplir con otras obligaciones ajenas al erotismo, como es el trabajo cotidiano, los quehaceres domésticos y el cuidado de la familia. No obstante, el erotismo, que reivindica sin reticencias lo sagrado y lo profano, lo prosaico y lo lírico, es una de las manifestaciones más sublimes de la condición humana.


Diferencia entre erotismo y pornografía

Así algunos insistan en señalar la línea sutil que separa al erotismo de la pornografía, nadie es capaz de definir dónde empieza y termina el erotismo. Lo único cierto es que el texto erótico, tanto por el manejo del lenguaje como por el tratamiento del tema, debe alcanzar un nivel estético que lo diferencie del discurso obsceno y grotesco de la pornografía.

A pesar de estas premisas, sigue siendo difícil demarcar la diferencia entre la pornografía y el erotismo, un tema tan relativo como subjetivo, pues la definición que cada lector tiene sobre el erotismo y la pornografía depende, en gran medida, de su grado de educación, sus experiencias personales, su credo religioso y su escala de valores ético-morales, pues todo lo que pude ser pornográfico para unos, puede no serlo necesariamente para otros.

Ahora bien, ¿cuáles son los verdaderos criterios que permiten juzgar si un libro es erótico o pornográfico? Las respuestas pueden ser varias, habida cuenta que este razonamiento es tanto más inapropiado por cuanto nadie consigue explicar la diferencia. Y con justa razón, ya que para algunos no existe ninguna diferencia. La pornografía es la descripción pura y simple de los placeres carnales; en tanto el erotismo es la misma descripción revalorizada, en función de una idea del amor o de la vida social, explica el ensayista Alexandrian en su “Historia de la literatura erótica” (1990).

Para ciertos autores, como Vargas Llosa, lo erótico consiste en dotar al acto sexual de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística. Para otros, en cambio, todo lo que es erótico puede ser también pornográfico, dependiendo del ángulo desde el cual se lo mire. Alexandrian, refiriéndose a la doble moral que parece justificar la visión pacata de algunos comentaristas de la literatura erótica, explica: “Hay una nueva forma de hipocresía que consiste en decir: si esta novela (o esta película) fuera erótica yo aplaudiría su calidad; pero como es pornográfica la rechazo con indignación”. Es decir, trazan una frontera definida entre lo erótico y lo pornográfico, como quien, atenido a sus gustos particulares, determina lo que es “buena” o “mala” literatura.

sábado, 8 de mayo de 2010

el mago de la botella-víctor montoya

Ilustración del autor







EL MAGO DE LA BOTELLA








Otra vez frente al Diablo, el corazón acongojado y la botella de aguardiente en la mano.

–Desde el maldito día en que empezaste a beber como un condenado, has perdido la dignidad y el decoro –me regañó el Diablo–. No eres ya el mago de la palabra, sino el mago de la botella.

Me estremecí al oír sus palabras. Suspiré y me quedé callado. Lo miré desde abajo y él me devolvió la mirada con desprecio, mientras sus colmillos, afilados y de blanco esmalte, centelleaban como el ascua de sus ojos.

–Has llegado al extremo en que tu tufo espanta a la gente y sólo atrae a las moscas –dijo el Diablo, en tanto yo procuraba mantener el gollete de la botella en los labios–. Primero has perdido tu casa y tu trabajo, después a tus hijos y a tus amigos. A tu mujer nunca la perdiste, porque nunca la tuviste. Ella se burló de tus nobles sentimientos y te puso cuernos conmigo. De nada sirvió que le entregaras tu amor y le demostraras tu fidelidad de perro. Ahora es tarde, demasiado tarde. No pararás de beber hasta que la muerte te encuentre tirado en el piso cual un miserable diablillo entre los diablos...

Permanecí callado pero sin derramar lágrimas, aunque sus reproches me dolían en el cuerpo y en el alma, con la misma intensidad con que le duele a cualquiera que no tiene el corazón de piedra ni el puño de hierro.

Aligeré otro sorbo y, moviéndome como la llama de una vela mecida por un soplo, le pregunté entre hipo e hipo:

–¿Y qué debo hacer para dejar la botella y volver a ser el mago de la palabra?

–Debes sobreponerte a tus debilidades, liberarte de los fantasmas del pasado, superar las frustraciones del presente y tender tu mirada altiva en el horizonte del porvenir. Sólo así lograrás vencer las tentaciones del alcohol que, tal cual habrás constatado, son mucho más fuertes que mis propias tentaciones.

–Si me ayudas –supliqué sintiendo que la angustia me devoraba por dentro–, estoy dispuesto a darle un giro a mi vida, desterrar la botella y volver a ser un ratón de bibliotecas; es más, quiero que me conviertas otra vez en el mago de la palabra, aunque tú sabes, en lo más hondo de tu ser, que no soy una maquinaria de palabras, sino un artesano que me rompo las manos para escribir lo poco que escribo, con un esfuerzo que a veces me deja postrado como a todo aquel que padece la enfermedad de las palabras. Pero eso sí, y esto también lo sabes bien, estoy dispuesto a consagrarme como el mago de la palabra, a seguir escribiendo los dictados de la razón y del corazón, y, de pasadita, seguir escribiendo tus dictados que, de un tiempo a esta parte, me traen de cabeza como a un loco de remate. Pero con todo, quiero que conviertas la botella en un tintero y me devuelvas las ganas para continuar escribiendo lo que pienso y lo que siento.

–Si ése es tu deseo, retirarte del vicio y no caer en un tonel sin fondo, así lo haré –dijo el Diablo–. Te concederé tu deseo como el genio de la lámpara maravillosa concedió los deseos de Aladino, pero..., pero con una condición...

–¿Qué condición?

–Que me rindas tributo y no me reclames tu alma, porque tu destino no está ya en tus manos sino en las mías; más aún ahora que convivo contigo noche y día, en tu casa y en tu cuerpo.

–¿Cómo? –retrocedí tambaleante, mirando doble y la botella todavía en la mano.

–Sí –reafirmó el Diablo–. A estas alturas de nuestra relación, tu vida vale más que la mía. Eres mis cinco sentidos y mi voz. Eres mi carne, mis huesos y mi sangre. Además, a diferencia de lo que ocurrió entre Fausto y Mefistófeles, tú no me vendiste tu alma a cambio de conservar una eterna juventud, sino que yo te la arrebaté desde el primer día en que me viste, en mi estado más natural, en la galería principal de la mina en Siglo XX. ¿Recuerdas?..., ¿recuerdas?

Me quedé atónito, cabizbajo, hasta que de pronto, como quien retorna a la sobriedad bañado por un cubetazo de agua fría, reflexioné un instante y repliqué:

–Si la condición para volver a ser el mago de la palabra es que te entregue mi vida y te rinda tributo por el resto de mis días, entonces prefiero seguir siendo el mago de la botella así me cargue la muerte.

–¡No seas pendejo! –gruñó el Diablo, con el rostro encendido como por las llamas del infierno–. ¿Cómo puedes permitir que el alcohol se lleve tu vida? ¿Cómo puedes creer que el mal de borrachera sólo se cura con la muerte? En lugar de vivir cual fantasma errante, agarrado de la botella como un crío de su mamadera, piensa en que si me sigues idolatrando, tendrás lo que andas buscando, no sólo salud, dinero y amor, sino también la capacidad de convertir en literatura todo lo que toques; de desnudar tu alma como los poetas, de transformar tus pensamientos más profundos en metáforas alucinantes, de atravesar los corazones enamorados como los flechazos de Cupido; en fin, serás un mago entre los magos de la palabra y no un pobre diablillo entre los diablos...

Fue entonces cuando me cargué de coraje, alcé el tono de la voz y dije:

–No es el alcohol el que se lleva mi vida, ni el que me roba el alma. Eres tú, solamente tú, quien anda metido en el fondo de la botella como el genio andaba metido en la lámpara de Aladino...

El Diablo me miró por el rabillo del ojo, con un aire de solemne superioridad, y sentenció:

–Si quieres dejar de ser el mago de la botella y volver a ser el mago de la palabra, y seguir escribiendo cada día como si fuese el último de tu vida, ya sabes, no tienes otro remedio que someterte a mis designios y temerme como el siervo le teme al amo, porque quien teme al diablo, no teme a la muerte...

–Quizás sea cierto –dije acercándome hacia él, mientras un sudor pegajoso cundía en la palma de mis manos–. Me rendiré a tus pies y me someteré a tu voluntad, pero sólo hasta que se me rompa la botella y tú desaparezcas de mi vida como por ensalmo.

El Diablo, aunque intentó inclinarse hacia atrás, recibió una repugnante tufarada en el rostro. Luego, malhumorado, frunció el entrecejo en actitud de reproche. Me clavó su mirada diabólica, se restregó las manos ante el fuego de sus ojos y, consciente de tenerme atrapado en sus redes, se dispuso a decirme algo, pero...

En ese instante, cuando la botella se me resbaló de la mano y saltó en pedazos contra el piso, desperté de un sueño alborotado, el cuerpo terriblemente machucado y una resaca pidiéndome a gritos hacer aparecer más botellas destiladas por el Diablo.

viernes, 7 de mayo de 2010

microcuentos-víctor montoya

Víctor Montoya, Bolivia
Retratato por Agustín García-Espina martínez


Microcuentos





EL INMORTAL




Cada vez que atenté contra su vida, se salvó de la muerte. Por eso, decidido a poner fin a mi pesadilla y acabar con él de la manera más rápida y efectiva, me armé de una pistola de caño corto, lo abordé en la calle, le apunté en la cabeza y le disparé un tiro a bocajarro. Él me miró tranquilo, abrió la boca y escupió la bala.





EL PRÓFUGO




–¡Alto!

El prófugo siguió corriendo.

¡Pum!...

El prófugo cayó de bruces.

La sangre siguió corriendo.





EL NÁUFRAGO




Una noche de tormenta, de aguas salvajes y cielo roto, el barco encalló contra los arrecifes de la isla. En poco tiempo la resaca terminó con él y sólo el náufrago despertó en la arena bajo el sol ardiente.




PEDERASTA

La gente murmuraba que el párroco, como Satanás disfrazado con sotana, era vulnerable a los pecados de la carne; practicaba felación y sodomía, mientras rezaba con voz celestial, suplicando a Dios que los monaguillos no soltaran la lengua ni los padres de la Iglesia lo condenaran a las hogueras del Santo Oficio.





LA VIDA Y LA MUERTE




Sentadas en el tren del tiempo, conversaron de los altares y los ritos de Todos los Santos, hasta que la muerte, ataviada de negro, le dijo:

–Quisiera que me des tu vida para dejar de ser muerte.

–¡Ni muerta! –le contestó la vida.





EL ALPINISTA




Alcanzó la cima más elevada de la montaña. Miró el vacío que se abría a sus pies y se lanzó en honor a su hazaña. El eco de su grito rodó entre las peñas y su cuerpo, precipitándose como una piedra, se fue achicando, achicando y achicando. Se hizo un puntito negro y luego nada.





CRIMEN PASIONAL




La misma noche en que retorné del viaje, encontré a mi mujer acostada con mi padre. Un torbellino de celos me arrebató la razón y un instinto de venganza me estalló en el pecho. Busqué el revólver en la gaveta del escritorio, apunté contra mi progenitor y de dos tiros lo revolqué en la cama.

Ella abrió los ojos y pegó un grito, mientras se levantaba desnuda y despavorida. No soporté su traición y la reduje a golpes; la amordacé, la maniaté y la asfixié con la almohada, antes de darme a la fuga y colgarme del mismo árbol bajo cuyas frondas verdes un día le declaré mi amor.

Y si ahora me tienen aquí, es sólo para confesarles el porqué del crimen, el porqué de mi partida y el porqué de mi muerte.





EL SOLDADO Y LA MADRE




El soldado, al término de la guerra, llamó por teléfono a su madre y le dijo:

–No llores... Estoy vivo... No maté a nadie, pero perdí las piernas y los brazos...

La madre, al otro cabo del teléfono, quedó con el grito atascado en la garganta y cayó fulminada por un infarto.






TERROR




Desde que empecé a leer libros de terror, no podía conciliar el sueño ni vivir tranquilo; tenía la mente poblada de voces de ultratumba y el cuerpo habitado por el espíritu de quienes encontraron una muerte atroz en circunstancias inverosímiles. Así pasaba los días, sentado en la mecedora de mimbre que había en la última habitación de la casa, hasta que una noche, mientras el cielo se rompía en relámpagos y aguacero, y yo leía un episodio en el que iba a consumarse un nuevo crimen, sentí una mano ruda sobre el hombro, volví la cabeza con vértigo y me enfrenté a la mirada fría de un monstruo que, con un enorme machete en la mano, me partió el cuerpo de un solo tajo.





CELOS

Los cuatro hombres la desearon, la amaron y se suicidaron. Ninguno soportó la idea de compartirla con el otro.





ALLANAMIENTO





Varios policías, el rostro cubierto y portando armas de fuego, rodearon la casa de un profesor acusado de subversivo. Saltaron por el muro del patio, echaron la puerta abajo y allanaron las habitaciones de pared a pared. Destrozaron la cama, deschaparon los cajones de los muebles y tiraron al piso todo cuanto hallaron a su paso.

–¡Aquí tiene la “Caperucita Roja”! –gritó uno de ellos, acercándose al estante–. ¡Éste es un comunista de mierda! ¡Deténganlo!

Los otros lo encañonaron con la pistola y se lo llevaron por delante.





MUERTE ANUNCIADA





Aún no había nacido cuando los diarios anunciaron mi muerte. Cincuenta y cinco años después, al leer por casualidad el aviso necrológico en la Red de Internet: “Escritor suicida se quitó la vida en circunstancias desconocidas...”, no tuve más remedio que cargar el revólver y pegarme un tiro.
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Víctor Montoya (La Paz, Bolivia, 1958). Escritor, periodista cultural y pedagogo. Es autor de más de una decena de libros entre novelas, cuentos, ensayos y crónicas. Dirigió las revistas literarias PuertAbierta y Contraluz. Su obra está traducida a varios idiomas y tiene cuentos en antologías internacionales. Reside en Estocolmo, donde llegó como exiliado político, tras haber sido liberado de la prisión en 1977. Escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos.