En el presente blog puede leer poemas selectos, extraídos de la Antología Mundial de Poesía que publica Arte Poética- Rostros y versos, Fundada por André Cruchaga. También puede leer reseñas, ensayos, entrevistas, teatro. Puede ingresar, para ampliar su lectura a ARTE POÉTICA-ROSTROS Y VERSOS.



martes, 17 de marzo de 2026

Una lectura integral a “Mosaico”, de Mainor González Calvo

 

Poeta Miguel Fajardo, Costa Rica


Una lectura integral a “Mosaico”,

de Mainor González Calvo

 

 Lic. Miguel Fajardo Korea

Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural

minalusa-dra56@hotmail.com

 

 

            Mainor González Calvo (San José, Costa Rica, 1974), ha publicado 13 libros (poesía, novela y cuento): Calvarios y catarsis (1997); La sombra inconclusa (1998); Poemas para desmentir y especular (2001), Prosas antropófagas (2005); Esbozos de un citadino cualquiera (2008); El desaire del agraviado (2011), Fijaciones (2014); Las aventuras del Oso mañoso (2015) y Mudanza (2017), Parodias y antiparodias (2018-2019); Corbata de osos rosa (2021), Ráfagas en la ruta (2023) y, Mosaico (2026).

           Ha editado su poesía en revistas nacionales y del exterior. Desde la Universidad de Costa Rica, lidera el Festival Centroamericano de Poesía, Guanacaste Eterno, junto con Ligia Zúñiga, Soren Vargas y Miguel Fajardo, festival que este año tendrá su cuarta edición y, con ello, se llegará a los 11 cantones de la provincia.

          Trabaja como Académico en la Sede Guanacaste, desde 1999.  Ha participado en recitales, congresos y simposios de literatura, tanto en el país como en el extranjero. Es un gran promotor cultural desde este polo interior costarricense. Asimismo, participa con el Centro Literario de Guanacaste, fundado hace 52 años, el 20 de marzo de 1974.

 

            Aduce Mainor Calvo: “La poesía para mí significó un rescate, una razón de seguir mermando en este mundo inacabado. Sin ella, no habría hecho lo que llevé a cabo: ese buscar un significado en mi existencia. Por dicha la encontré. Sin ella, hubiera terminado siendo un músico frustrado o un profesor de secundaria con mal humor perenne”.

            El más reciente poemario de Mainor González Calvo. MOSAICO (San José: Círculo y Punto, 2026: 82 pp.). Portada de Juan Gallal Leybardi; maquetación de Soren Vargas. Con epígrafes de Rafael Courtoisie y Silvina Ocampo. El libro está compuesto por 52 poemas.

           Según la Real Academia Española (RAE), “un mosaico es principalmente una obra artística decorativa en muros o suelos formada por la unión de pequeñas piezas (piedra, vidrio, cerámica) de colores”.

           En “Coincidencia” se lamenta de la trágica muerte del cantautor Facundo Cabral, un ícono de la canción popular de nuestra América “todo por haberlo confundido con un vil narcotraficante”.

           El hablante habla de la mala experiencia de haberle dado muerte al cantante Leo Dan en Facebook “pero todo fue un engaño: / Leo Dan aún pataleaba con fuerza / y salió a desmentir públicamente la noticia / a través de la remoción y la contundencia de la realidad”.

            En un tono irónico, en “Yo sí quiero ir al cielo si Dios es Morgan Friedman”, el hablante enumera una serie de situaciones que pediría, tales como ser el director de un colegio atiborrado de drogadictos, el mejor chofer de señoras arrepentidas por su segregación, que pueda subirme a su arca y que lee enseñe el décimo segundo mandamiento que nunca ha podido practicar a cabalidad: “honrarás el baile”.

           La poesía de Mainor González es abierta, contestataria, rebelde a cánones. En “Candidato a la presidencia” el hablante aduce que “Miente con el descaro de los estafadores (…) dice públicamente / que se preocupa por la cultura / cuando en realidad / gusta de escuchar impunemente canciones foráneas de reggateón”.

           “De por qué los ticos deberíamos odiar el café”, es un título que parece irreverente. Sin embargo, las líneas versales proyectan otra dimensión: ese cultivo destruyó bosques y riachuelos; la economía nacional depende de ese producto; sus desechos se expanden por todas partes.  Pero el sistema recolectivo hace ver, al final, la hegemonía de unos pocos sobre la voluntad de casi todos, donde “la clase política / aún chorrea a su gusto / nuestro destino plagado de incertidumbres”.

           Censura los caprichos del olfato: “Detesto el olor artificial de los chiches / me enardezco como un volcán / cuando piso el cadáver de uno de sus especímenes / me pongo de mal humor / cuando quiero besar la mejilla de una dama / y me recibe de frente su hálito de cementerio” / aborrezco la estela olfativa que deja el chicle / pues evoca en mí una cultura de dependencia / y un camino ataviado con la fétida presencia de la muerte”.

 

 

           Es decir, en el recorrido textual de MOSAICOS, de González Calvo, se tematiza sobre la gripe, la piña, los garrobos, el gato callejero, ex amantes, un viaje en bus desde San José hasta Liberia, derrumbes en la carretera, el gorila literario, etc. Su poesía tematiza hechos de la cotidianeidad, con una poesía directa y con severidad crítica.

           El texto sobre los garrobos es lúdico “sus vidas / no interfieren con la mía (…) ni pretendemos adueñarnos de nuestros romances de turno (…) unos se activan por la noche / y los otros lo hacen durante el día”.  La alusión temática es explícita.

            En “Amor de madre”, se muestra el sarcasmo: “A ella no le importa / si su hijo es estafador /un chulo con renombre (…) -incapaz- de revolcarse con las putas más siniestras y putrefactas” -tampoco hará caso cuando “le digan que vieron a su hijo borracho / tirado como un pañal inservible”, entonces dirá “no qué va / si solo se tomó dos cervezas / y está descansando / porque tuvo que trabajar en exceso”.

           En “Exhortación nocturna”, inicia con “Denle gracias a Dios / porque en la tierra existen los noctámbulos”, y al final aduce “pues dicha estirpe está determinada / a sobrellevar los pecados y las malas intenciones / que afloran con frecuencia en el desvelo repentino / de este mundo”. Su tematización alude al comportamiento y funcionabilidad como “extraños en su mundo”.

           “Ex amantes” es un poema río, con versos quizá irreverentes, pero poéticos, que se presentan en la vida cotidiana de alguien, de los más de 8 000 millones de habitantes del planeta: “la que dormía con su perro (el cual se ponía celoso (), la que comía ajos por montones / y cuyos besos eran una pócima / para espantar a Drácula y a todos sus secuaces () “la que creía que mi pene / formaba parte de un complot internacional / y trató por todos los medios / de decapitar su inocente cabeza” …

           En “Razones por las que no soy un escritor de Facebook”, “detesto que se fijen en mí / cuando amo a brazo partido / el fregar incesante de la soledad”; “odio a las personas que pretenden imponer / sus pensamientos”; “porque mi mundo es privado / al extremo de cerrarle las puertas / a la inoportuna búsqueda que hacen de mí mis familiares”; “me gusta ser reservado () lejos del barullo y el exceso sin fin / de tanta tecnología entrometida”.

           El abordaje de las conductas humanas encuentra eco en el mapa lírico de Mainor González “Los escritores tienen ego de piedra () algunos se creen únicos () ellos suponen/ (que solo sus escritos deberían estar alojados en la nueva biblioteca de Alejandría () piensan que ellos merecen más atención / que un desastre natural”.

           La cotidianeidad sigue latente como eje temático en los poemas de MOSAICO, de González Calvo. En “Teléfono en la madrugada”, el hablante repudia las “llamadas inexplicables / inoportunas inesperadas () sin que nadie las quiera / a través del teléfono de la aurora”.

           El poema “Los hombres somos unos pendejos”, tiene una doble significación: “Cuando nos da un ataque sin tregua de gripe / una varicela invasora o una diarrea inatajable () cuando caemos heridos como soldados heridos en la cama / y empezamos a padecer ante la terrible presencia / del dengue (…) ellas: madre, hermana, novia, esposa, vecina, enfermera Siempre están allí. / para darnos desprendidamente una porción de sus vidas / de lo contrario / nos desplomaríamos”.

           Es relevante estas connotaciones de reconocimiento a la callada, pero imprescindible labor de las mujeres, en todos esos y otros trances. Es una hermosa forma de reconocer la trascendencia de la mujer en la vida del ser humano, siempre. Sé que ahí está reflejado, sin ninguna duda de que sea así, el reconocimiento fraterno a la Prof. Kimberly Sandí Fallas, compañera de vida del poeta y académico Mainor González.

           El libro censura las poses de la diva y poeta oficial, quien /sonríe con glamur ante las cámaras / la que posa como un pavorreal / y lee sus poemas /escritos en una época / donde su culo y tetas / no tocaban el suelo como ahora”. Esa “vedete” vive de su talento temprano”. Esta descripción versal es una crítica directa a los poetas de la oficialidad, quienes, de alguna manera, venden el alma a la prensa rosa, y su calidad literaria, muchas veces, deja mucho que desear, en cualquier parte donde suceda, independientemente de quien sea.

           El tono crítico contra los manejos impopulares de la clase política, sea cual fuere, es acre. “Esta vez vienen por todo”: “se quitaron su disfraz de republicanos / y su piel de estadistas () para mostrar sus fauces de lobo / y buscan eliminar los derechos / los que fueron conseguidos / a través de la lucha / el sudor diario / y la sangre derramada de mi pueblo”. El hablante aduce que desean acabar con las leyes solidarias para engordar más sus bolsillos y cuentas bancarias “con los restos jugosos de nuestros pactos sociales”. Y nuestro pueblo sigue creyendo en las promesas de los políticos del turno, quienes son parte de un sistema dominante.

            En el universo lírico de González Calvo hay un espacio para los hijos espirituales “mis hijos / mis poemas”. Los hijos de la palabra “es probable que sufran discriminación / de persecución por decir abiertamente lo que piensan / de prisión en las frías jaulas del olvido / por no ser complacientes ni zalameros / e incluso / pueden lograr que yo muera / por algo que dijeron / en un lugar inapropiado”.

            Sabemos que miles de poetas en el mundo son perseguidos, encarcelados, expatriados y desaparecidos por sus hijos de la palabra, y sus creaciones literarias.  Es una realidad insoslayable, pero tristemente real. Pienso en el gran poeta búlgaro Gueo Milev asesinado cruelmente, hace una centuria, por escribir el extraordinario poema nacional “Setiembre”. O bien, lo que sucede con la quema de libros, reflejado en la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, donde se “explora la lucha entre el deseo humano de conocimiento y la individualidad en una sociedad/sistema que espera la ignorancia y el conformismo”.

           “Pesadumbre” es una crítica a la radiografía social de las juventudes en cualquier país “me da compasión ver a las nuevas generaciones / añorar la virtualidad repetible de las imágenes / desear la vista que se engaña con pantomimas / su absurda búsqueda / por devorar besos y gemidos que salen de una pantalla /porque así los han hecho creer / porque esa es la manera / de domar sus voluntades y ordenar sus caprichos”. No hay más que agregar.  Solo queda meditar y cambiar.

           “Guanacaste, finales de enero”, Mainor González reside en Guanacaste desde el 2012, acuerpa y defiende la territorialidad donde radica. Censura el problema anual de las quemas en el verano. “Ya empezó el olor a pasto quemado en la provincia / ya comienzan los hacendados a quemar sus tierras / y el ácido se mete entre las casas () a través de la pampa sedienta y agotada () ya se inició el ritual de los incendios en estas tierras / y la provincia lo sabe con la boca seca () / y quienes habitamos estos lugares / debemos soportar el acoso del fuego inducido / y su aire atiborrado de desdén hacia la vida”.

           En la época de la alta velocidad en la que vivimos, el poema “Big Brother”, retrata lo que significa la vida con cámaras de vigilancia de múltiples ojos: “yo no puedo mirarte hermosa mía / porque mi gesto quedaría registrado / en esos ojos que no parpadean () justo porque ahora / en esta época de lo simultáneo y de control / todo queda constatado / observado / retenido o guardado / nada puede escaparse / de la vista omnipresente y gélida de las cámaras / ni siquiera el amor / y ni se diga / de este deseo etéreo que se marcha calle abajo / con el vaivén jacarandoso y atrayente de tus nalgas”.

          El estadio corporal tiene un espacio en el tema del dolor humano. “Cada vez me hago más tolerante al dolor / no importa en qué parte del cuerpo brote () / ahí mismo aparece el desgraciado / con sus tanques de guerra / indicando que ha venido de nuevo / a destruir mis fortalezas de alegría”. 

           La frase "el dolor que no nos mata nos hace fuertes", atribuida a Nietzsche, sugiere que la adversidad superada aumenta la resiliencia y la fortaleza personal. No implica que el dolor sea positivo, sino que enfrentar y gestionar los momentos difíciles puede transformarnos, obligándonos a desarrollar nuevas habilidades y perspectivas (IA).

          El cotidiano acto del amanecer se poetiza con positivismo, con cierta inferencia en el origen. “Me gusta levantarme de madrugada/ sentir el tamborileo del rocío en el techo / los sonidos de la noche que alistan su equipaje () de ahí insisto / que me gusta levantarme en las madrugadas / pues se contempla diariamente / el surgimiento del Génesis / sin ser expulsado / por curioso / del Paraíso”.

           “Nunca se deben hacer planes de más”, es una ponderación del pasado, presente y futuro. Su apuesta es “pensá siempre en el presente / el lugar donde se buscan los sueños / donde palpita el asombro / y se plasma la plenitud inatajable del deseo”. Encuentro alguna connotación con la alabanza crística “un día a la vez”, que se ha generalizado en “Un día a la vez, sin ayeres, ni mañanas”, o bien, con la locución latina “Carpe diem”, de Horacio, que nos incita a disfrutar el presente, dada la fugacidad temporal y la incertidumbre vital. 

          En síntesis, MOSAICO, del poeta y académico Mainor González Calvo, es un libro de alta sensibilidad para el abordaje de ejes temáticos plurisignificativos, tales como los personales, humanos, de la realidad cotidiana, social, política, temporal, de la memoria identitaria costarricense y universal, así como del amor, el erotismo, la tecnología absorbente, como un todo integral, en un MOSAICO holístico, acerca de los avatares del factor humano, del cual cada quien forma parte, quiéralo o no.

 

Nota: El poemario “MOSAICOS”, de Mainor González Calvo, lo presenta el Lic. Miguel Fajardo, Sede Guanacaste, Universidad de Costa Rica, 8 de abril 2026, 3:30 p.m.

 


martes, 10 de marzo de 2026

PARAÍSO DE LA DEMENCIA: la lucidez en ruinas, una poética de la intemperie, la memoria y el delirio

 

Portada

PARAÍSO DE LA DEMENCIA:

la lucidez en ruinas, una poética de la intemperie, la memoria y el delirio

 

ATORMENTADO por las luces desconfié desde entonces de su buena intención

y rehuía su encuentro cuando desbocado

buscaba los acuarios escondidos en los pliegues de la madrugada.

JOSÉ MARÍA HINOJOSA

 

Al lado de la roca fría hay un pelo de pestaña.

Un pedazo de carne desgarrada señalando el mal tiempo.

Hay seis pechos extraviados dentro un agua cuadrada. Un burro podrido zumbante de pequeñas minuteras representando el principio de la primavera.

SALVADOR DALÍ

 

El poemario funciona como un continuum de conciencia: una larga respiración donde cada texto prolonga, tensiona o repliega el anterior. Paraíso de la demencia se instala desde el inicio en una zona liminar —entre memoria y delirio, entre lucidez y colapso— y hace de esa frontera su verdadero territorio poético.

En «Memoria de balcones», poema que abre simbólicamente este libro, el hablante se sitúa en el umbral de la evocación: recordar no es volver a un territorio apacible, sino atravesar una herida activa. Los balcones de la infancia aparecen como espacios de tránsito entre el cuerpo y el mundo, entre la mirada y el vértigo. La memoria se manifiesta como una fuerza física —«sangré horizontes en mi boca»— que compromete al cuerpo entero, subrayando que el pasado no se contempla, sino que se padece. El recuerdo, lejos de consolar, intensifica la conciencia de la pérdida y del desarraigo.

En «Vocación de amanecer», el poema se desplaza hacia una reflexión colectiva. El amanecer no es una promesa luminosa, sino un campo de tensiones éticas y sociales. Cada sujeto enfrenta el día desde estrategias dispares —la fe, el extravío, el cuerpo, la negación—, mientras el país aparece como telón de fondo de «ahogos» y ventanas teñidas de rigidez. El amanecer, más que inicio, es un acto de resistencia mínima, una tentativa frágil de sentido frente a la intemperie cotidiana.

«Silencios imposibles» profundiza en la imposibilidad de callar. El poema plantea que el silencio es irreal allí donde la historia, la violencia y los muertos habitan la sangre. La acumulación de imágenes de asfixia y desbordamiento señala que hablar no es una elección estética, sino una necesidad vital. El lenguaje, aunque erosionado, se vuelve el único espacio donde la conciencia puede confrontar el horror sin desaparecer del todo.

En «Hondas noches», el poema adopta un tono meditativo y existencial. La noche se convierte en metáfora del desgaste del tiempo y de la soledad radical del sujeto. La escritura aparece como una forma precaria de libertad: escribir no salva, pero permite confirmar la lucidez frente al encierro. La jaula que se menciona no es solo social o histórica, sino también ontológica: vivir es aceptar esa clausura y, aun así, intentar comprenderla.

«Fugacidad de espejos» explora la fractura de la identidad. Los espejos multiplican un «nosotros» escindido, incapaz de fijarse en una imagen estable. El tiempo no edifica, sino que disuelve; la memoria se vuelve un espacio de tránsito donde nada cuaja. El poema sugiere que la conciencia contemporánea vive en una permanente intemperie identitaria, sostenida apenas por destellos y residuos.

En «Indigencias», la precariedad adquiere un cariz ético y existencial. La indigencia no es solo material, sino interior: una estrechez del ser que se refleja en la imposibilidad de asir lo que se desea o se recuerda. El poema recuerda la condición mortal del sujeto, desmontando cualquier ilusión de permanencia y subrayando la fragilidad como rasgo constitutivo de la experiencia humana.

Y en «Rosa de olvidos», el tono se aquieta sin perder profundidad. El olvido no aparece como negación, sino como una forma de sosiego necesario. La rosa —símbolo tradicional de plenitud— se redefine aquí como persistencia interior, como aceptación de lo vivido sin estridencias. El poema propone una tregua: no una redención, sino una conciliación momentánea con el tiempo y la memoria.

Este comentario muestra cómo, a través de poemas específicos, el primer bloque seleccionado del libro construye una poética del desarraigo, la memoria herida y la resistencia del lenguaje, donde cada texto aporta una variación distinta de una misma inquietud fundamental: cómo seguir habitando el mundo cuando la experiencia se ha vuelto excesiva.

En Follajes postreros, la escritura se interna en una zona de agotamiento existencial, donde el lenguaje ya no busca revelación sino persistencia. El título mismo anuncia una temporalidad terminal: lo que habla es lo que queda cuando la savia ha comenzado a retirarse, cuando la vida se sostiene en residuos, cenizas, herrumbres y respiraciones forzadas. Esta segunda parte radicaliza la poética del libro: el sujeto ya no observa la catástrofe, habita dentro de ella.

El poema homónimo, «Follajes postreros», plantea desde el inicio una conciencia erosionada. La voz poética avanza «en la última fila del nudo ciego», imagen que condensa marginalidad, desgaste y lucidez dolorosa. La memoria no funciona como refugio, sino como arreo violento de pensamientos, un mecanismo que obliga a revivir lo irremediable. El cuerpo —ojos fatigados, vísceras hirvientes, rodillas que flaquean— se convierte en el lugar donde la historia, el deseo y la culpa se acumulan sin posibilidad de redención. Nada puede postergarse: ni la marcha, ni la geografía, ni el daño.

En «Continuidad de la duda», el poema despliega una interrogación persistente sobre el sentido colectivo. El «nosotros» aparece fracturado, atrapado en una repetición estéril de gestos y simulaciones. El país —presente de forma oblicua pero constante— es un organismo que respira mal, sostenido por una coreografía de fingimientos. La duda no es tránsito hacia el conocimiento, sino estado permanente, adoctrinamiento de ceniza que impide cualquier epifanía. Los cipreses, las campanas, la lluvia reiterada refuerzan la sensación de un tiempo detenido en la intemperie.

«Incertidumbre» profundiza este clima de desconfianza ontológica. Nada es seguro, ni siquiera el sollozo. El poema insiste en la imposibilidad de asir un origen o un destino: los nacimientos y los caminos quedan fuera de foco. La sombra no es amenaza externa, sino deuda íntima: cada uno es «deudor de su sombra». El lenguaje se vuelve áspero, cargado de imágenes minerales y nocturnas, como si toda claridad hubiese sido confiscada por la historia y sus poderes.

En «Lección de orfandad», la orfandad se presenta como condición fundacional. No se trata solo de una pérdida afectiva, sino de una pedagogía cruel: se aprende a vivir desde el despojo, desde la estrechez de la verdad y la proliferación de la mentira. El hablante sobrevive entre máscaras, consciente de que no hay misericordia posible, apenas una respiración que confirma la existencia. La infancia, lejos de ser paraíso, es ya una zona devastada, atravesada por intemperies y vejámenes.

«Juego de concavidades» y «Polilla del desquicio» exploran el vacío como experiencia central. Las concavidades, los huecos, las abolladuras del mundo y del cuerpo son espacios donde se acumulan hambre, violencia y olvido. La oscuridad no absuelve ni redime; golpea. En estos poemas, la realidad cotidiana —ataúdes, pobreza, objetos gastados— se carga de una potencia alegórica feroz, denunciando la normalización del horror y la miseria.

En «Sofocos» y «Ruidos dispersos», el país emerge con mayor nitidez como un escenario de asfixia. La historia de sangre ahoga, reduce a los sujetos a números, a objetos utilitarios. El lenguaje registra este colapso mediante imágenes de ruido, fragmentación y exceso sensorial. No hay silencio verdadero: todo vibra, zumba, cruje. La palabra se vuelve tormenta, pero también único espacio donde la conciencia puede todavía articular su resistencia.

Frente a este panorama, «Palabra habitada» introduce una inflexión significativa. Sin negar la ceniza ni el escombro, el poema afirma que algo subsiste en la palabra: un fuego interior, un rescoldo que no se extingue. No se trata de sacralizar el lenguaje, sino de reconocerlo como territorio mínimo de herencia, como camino que aún aguarda, cargado de atributos dolorosos pero necesarios.

En poemas como «Trasluz del sueño», «Perenne fugacidad» y «Sepulcros indisolubles», la temporalidad se vuelve ambigua: todo pasa y todo permanece. La fugacidad no niega la huella; la eternidad, lejos de ser redentora, se revela feroz, inmóvil, opresiva. El sueño, la memoria y la historia se entrecruzan en un mismo plano de desgaste, donde vivir consiste en atravesar ruinas sin la promesa de un más allá.

Consecuentemente, textos como «Imagen de la caída», «Versión de mis ojos» y «Escenario del viento» consolidan una poética del descenso. La caída deja de ser accidente para convertirse en estado estructural. Los ojos —recurrentes a lo largo del libro— ofrecen la única versión posible del mundo: una mirada contaminada, lúcida, sin ilusiones. El viento, el movimiento, la errancia confirman que nada se sostiene, que toda estabilidad es ilusoria.

En conjunto, Follajes postreros configura una cartografía del desgaste, donde el sujeto, el cuerpo, el país y el lenguaje comparten una misma condición de precariedad. Estos poemas no buscan consuelo ni clausura: insisten, más bien, en nombrar lo que persiste cuando todo parece perdido, haciendo del exceso verbal una forma de resistencia frente al silencio impuesto por la historia y la intemperie.

El siguiente bloque de poemas que da pie con «Horizonte remoto» despliega una poética de la lejanía irreversible: no se trata de un horizonte prometido, sino de uno inalcanzable, erosionado por la historia, el cuerpo y la memoria. En estos poemas, la mirada no se proyecta hacia el futuro, sino que registra los restos, los residuos de sentido que sobreviven en medio del colapso. El horizonte es remoto porque el sujeto ya no cree en la llegada, solo en el tránsito fatigado.

En este poema inicial, «Horizonte remoto», la conciencia se presenta asediada por el desgaste del tiempo: «sofocadas las bisagras del tiempo», imagen que inaugura una temporalidad clausurada. El yo poético no avanza: se oxida, se detiene ante alambradas, charcos de difuntos y muros que ya no protegen. El horizonte se interioriza —«el asilo hecho añicos de mis sienes»— y la realidad se reconoce como algo que ya no coincide con el deseo. El gesto final, querer «poner las manos sobre la corrosión», condensa la ética del libro: tocar la ruina, no el consuelo.

En «Oscuridad de la pobreza», el poema abandona cualquier abstracción y se instala en la materialidad del hambre. La pobreza no es un concepto económico, sino una experiencia corporal: sed, ojeras, cobijas de estiércol, mesa vacía. El «Sistema» aparece como una maquinaria fría, ajena a la vida concreta, mientras la patria se define como el espacio compartido de la carencia. Aquí no hay promesa teológica ni paraíso posible: vivir es pagar un precio «sin intermediarios». El poema denuncia sin panfleto, desde la exposición cruda del desamparo.

«Severidad de calles» convierte la ciudad en un organismo hostil. Las calles no son tránsito sino herida, espacios donde la inocencia es amputada y los gestos se vuelven ruina. El poema alterna escenas de sordidez con una reflexión metapoética: inclinarse «a la tinta del poema» aparece como una forma de huida, pero también como una condena. La vida es descrita como «una constante afectación», subrayando la imposibilidad de neutralidad frente al sinsentido cotidiano.

En «Aberturas estrechas», el libro acentúa la experiencia de encierro. Las infancias que avanzan sobre el asfalto, las alcantarillas, las cucarachas y los gusanos configuran una pedagogía del abandono. El camino es estrecho no solo físicamente, sino moralmente: cualquier intento de neutralidad resulta imposible. La barbarie aparece como desproporcionada frente a la fragilidad humana, y el poema insiste en la idea de que vivir es atravesar estrecheces sin salida clara.

«Nieblas oscuras» profundiza la sensación de confusión ontológica. La niebla no oculta: ahoga. Los calendarios escupidos, las monedas cegadoras y los utensilios oxidados del aliento crean un mundo donde el tiempo se descompone. Sin embargo, en medio de esta densidad, surge un deseo mínimo: «una escuela de pájaros con ojos que duren semanas». La imagen introduce una grieta de anhelo, una aspiración a una mirada que no se consuma de inmediato.

El poema «Escepticismo» articula una poética de la renuncia a las certezas. El hablante asume su condición de tierra, angustia y exilio, y declara que lo que lo salva es no tener respuestas para el absoluto. La palabra ya no busca pureza ni sistemas: se vuelve un refugio precario, pero honesto, frente a la imposibilidad de interpretar el presente. El escepticismo no es apatía, sino una forma de lucidez.

En «Cavidades», el país es descrito como un cuerpo lleno de huecos: pozos, ombligos, cuevas, cementerios clandestinos. La violencia se inscribe en lo íntimo y lo colectivo, y el poema oscila entre la crudeza y una extraña veneración por lo que persiste. Las cavidades son heridas, pero también espacios de resonancia donde la conciencia aún se reconoce viva.

«Desperdicios» y «Anillos del humo» trabajan la estética del residuo. Peces muertos, escombros, máscaras, humo: el mundo aparece como un basural simbólico donde incluso la memoria se vuelve desecho. Sin embargo, el yo insiste en pensar, en recordar, incluso en pensar en los ataúdes como forma de mantenerse vivo. El humo —anillo que se forma y se disuelve— funciona como metáfora del tiempo y de la identidad.

En «Grieta de la sombra», la sombra deja de ser ausencia para convertirse en materia activa. El país de los desequilibrios se despliega entre recuerdos escindidos y grietas del aliento. El poema afirma una verdad fundamental del bloque: «uno deja de ser el mismo después de haber llovido tanto sobre el esqueleto». La experiencia transforma de manera irreversible.

Finalmente, poemas extensos como «Lugar sin límites», «Trasiego» y «Ritual de la enajenación» llevan la escritura al borde del colapso sintáctico. La acumulación, la falta de puntuación y el flujo incesante reproducen el estado mental del desbordamiento. Aquí el poema no describe la enajenación: la encarna. El lenguaje se vuelve un campo de batalla donde se cruzan historia, deseo, cultura, violencia y memoria personal.

El bloque «Horizonte remoto» configura una poética de la intemperie radical. Estos poemas no buscan orientación ni salida, sino nombrar la imposibilidad, registrar el desgaste del cuerpo, del país y del lenguaje. El horizonte es remoto porque el sujeto ya no cree en la llegada, pero sigue caminando, escribiendo, respirando en medio de la ruina. En esa insistencia —áspera, excesiva, sin consuelo— reside la fuerza ética y estética de este tramo del libro.

En el cuarto bloque de poemas intitulado Infinitos mutilados, la escritura se erige como registro extremo de una conciencia sitiada. Desde los primeros poemas, el libro instala una atmósfera de devastación donde el sujeto poético sobrevive —más que vive— entre ruinas físicas, morales y simbólicas. El poema inicial, que da a la sección, propone una cartografía del colapso: ciudades arrasadas, cuerpos vulnerados, lenguaje corroído. El «infinito» ya no remite a plenitud ni trascendencia, sino a una repetición interminable de la herida, a la persistencia del daño como condición histórica y existencial.

En «Unidad de la embriaguez», el mar funciona como imagen ambivalente: es memoria, exceso y asfixia. El vaivén de sus apariciones —«el mar que levita en mi dentadura», «el mar ahogado en una manzana»— sugiere una conciencia intoxicada por la realidad, donde toda experiencia se vuelve saturación. La embriaguez no es festiva, sino una forma de anestesia ante la intemperie social, una manera de soportar el despojo, la orfandad y la imposibilidad de un paraíso que no sea precario y cerrado.

«Zona proscrita» intensifica la noción de exclusión. Aquí el espacio es cárcel, pared, celda; no hay afuera posible. El hambre, la sexualidad, la culpa y el deseo aparecen mezclados en una imaginería corporal que enfatiza la degradación y el agotamiento. El poema construye una ética de la intemperie, donde la supervivencia implica aceptar la oscuridad como territorio cotidiano y el lenguaje como único refugio, aun cuando ese lenguaje esté herido y balbuceante.

En «Identidad plural», el yo se fragmenta y se reconoce múltiple, erosionado por el tiempo y la experiencia. No hay identidad fija ni promesa de posteridad; lo que queda es la conciencia del desgaste y la negativa a aceptar la inercia. La escritura aparece aquí como un acto de resistencia mínima: no redime, pero impide la desaparición total. El poema asume que vivir es administrar pérdidas, aprender a despedirse y a nombrar lo que se desvanece.

«Conversación en un estanque nublado» propone un diálogo con la ruina. El estanque —agua estancada, turbia— simboliza una memoria saturada, donde los restos del pasado flotan sin orden ni jerarquía. El hablante se reconoce «arañado por tantos ahogos» y asume que la escritura es una forma de descender a la fosa común de la experiencia. Aquí la palabra poética ya no busca claridad, sino testimoniar la asfixia, hacer visible la putrefacción moral y afectiva del entorno.

En «Confinés del aleteo», el motivo del pájaro —recurrente en el libro— aparece mutilado, incapaz de elevarse. El aleteo es tentativa frustrada, deseo de fuga que se estrella contra la decrepitud del mundo y del cuerpo. El poema articula una crítica implícita al fracaso de las utopías: caen la República, la memoria, la inocencia. Solo queda una luciérnaga pálida, un destello mínimo que insiste en medio del derrumbe.

En textos como «Relectura» y «Lecciones infinitas», la poesía reflexiona sobre sí misma. Leer y escribir se presentan como actos obsesivos, circulares, marcados por la imposibilidad de clausura. La tradición —evangelios, cosmogonías, manifiestos— aparece erosionada, pero aún operativa como sedimento cultural. La lección que se impone no es moral ni estética, sino existencial: no hay salvación, pero sí conciencia, y esa conciencia duele.

En «Infinitud del fuego», el fuego se convierte en símbolo totalizador: destrucción, purificación, deseo y agotamiento. El poema sugiere que escribir es «una excusa para atenuar el abandono», una forma de quemar restos, de habitar la ceniza sin negarla. La voz poética asume la necesidad de descender, de inmolarse simbólicamente para alcanzar un estado precario de lucidez.

En conjunto, Infinitos mutilados despliega una poética del despojo radical, donde el cuerpo, el lenguaje y el país aparecen atravesados por la misma violencia estructural. Los poemas no buscan consuelo ni armonía, sino nombrar el exceso de realidad, la saturación del dolor y la persistencia de una conciencia que, aun mutilada, se niega a callar. El paraíso, si existe, es irónico y oscuro: un espacio de lucidez feroz donde la palabra sobrevive como último gesto de dignidad.

En síntesis, podemos decir a partir de los cuatro bloques de poemas desde los que se ha abordado el libro, lo siguiente:

Memoria de balcones. Esta primera parte inaugura el libro desde una poética del umbral. La memoria no aparece como refugio, sino como herida activa: mirar hacia atrás es exponerse al vértigo, a la infancia devastada y al país inscrito en el cuerpo. El balcón simboliza una conciencia suspendida entre el deseo de comprender y la certeza de la caída. Aquí se funda la voz del libro: excesiva, lúcida, atravesada por el desarraigo y la necesidad de nombrar aun desde la fractura.

Follajes postreros. El segundo bloque profundiza el desgaste. La escritura se instala en un tiempo terminal, donde lo que habla es lo último que queda antes de la extinción. El cuerpo, el lenguaje y el país comparten una misma condición de agotamiento. La duda, la orfandad y la precariedad se convierten en estados permanentes. No hay promesa de salida: solo la insistencia del poema como respiración mínima frente al colapso.

Horizonte remoto. Aquí la conciencia asume la imposibilidad de llegada. El horizonte es inalcanzable, pero la marcha continúa. Los poemas confrontan de manera directa la pobreza, la violencia y la asfixia urbana, construyendo una cartografía de la intemperie. El lenguaje se vuelve fragmentario, acumulativo, casi al borde del desbordamiento, encarnando la enajenación contemporánea. Es la sección donde el país se vuelve herida explícita.

Infinitos mutilados. La última parte radicaliza la experiencia del daño. El infinito ya no remite a trascendencia, sino a la repetición interminable de la pérdida. El yo poético se fragmenta, se multiplica, se reconoce mutilado. El fuego, la ruina y la embriaguez atraviesan los poemas como formas de soportar lo real. La escritura persiste como último gesto de dignidad: no redime, pero impide el silencio absoluto.